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La despolitización como discurso de la eficiencia política

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La última medición de Factum sobre los niveles de apoyo de la ciudadanía al gobierno y a la oposición, de diciembre de 2025, refleja una percepción que quienes vivimos en política –no de la política–, con años de militancia y experiencia, venimos registrando desde hace tiempo.

Nunca un fenómeno se explica por una sola causa. Sin embargo, hay algunas que son determinantes si se quiere corregir el rumbo. Las causas externas al fenómeno son difíciles de cambiar; por ejemplo, la situación internacional, las decisiones del imperio, el contexto global no están bajo nuestro control. Pero siempre podemos analizar las condiciones internas y tomar decisiones que jueguen a favor de nuestros propios intereses. Por eso intentaré decir algo sobre estos números.

El 59% de los encuestados no aprueba la actuación ni del gobierno ni de la oposición. Eso implica que dentro de ese casi 60% hay votantes de ambos lados. Pero me interesa centrarme en otro aspecto: el desinterés, el descreimiento, el desencanto, la desinformación quizás de un porcentaje tan alto en este Uruguay, históricamente politizado, culto y debatidor.

Cabe señalar, además, que esta “indiferencia” es mayor en los sectores jóvenes. Ya he trabajado en otros artículos el descreimiento de la gente en la democracia, producto de que esta no logró resolver sus problemas concretos. La llamada era progresista del subcontinente fue breve y tampoco pudo cumplir plenamente con esas expectativas.

Un proceso histórico

Este fenómeno no es nuevo en la historia y tiene causas profundas. Tras la primera mitad del siglo XX, el mundo inicia un proceso de internacionalización acelerada. En los años 1980, la globalización se presentaba como una maravilla salvadora, acompañada por la caída del muro de Berlín y la idea de que las utopías, la revolución, el cambio social y lo político colectivo habían fracasado. Esa imagen quedó grabada en la retina de millones: jóvenes alemanes, melenudos, rubios, de jean, trepados al muro, demoliéndolo y “alcanzando la libertad” con Coca-Cola.

Se abrió una nueva etapa que fetichizó la libertad y la emancipación. La alienación fue recreada por el capitalismo tardío, financiero y globalizado. El ser humano se cosificó: se percibió y se relacionó como cosa, perdiendo la conciencia de totalidad.

Herbert Marcuse, desde la escuela de Frankfurt, retomó el concepto y lo trasladó al capitalismo avanzado: el del consumo, la tecnología y el control social sutil. Su idea central es que el capitalismo ya no se sostiene sólo por la represión violenta, sino por una integración psicológica y cultural de los individuos. La gente cree ser libre mientras sus deseos, necesidades y formas de pensar están moldeados por el sistema.

Aquí la alienación ya no se da tanto por la explotación directa, sino por una falsa conciencia de bienestar y libertad. Las personas se identifican con aquello que las domina: consumo, confort, tecnología, productividad. El hombre unidimensional es aquel que piensa en los términos del sistema, no puede imaginar alternativas y vive satisfecho dentro de un mundo administrado.

La política, despojada de su dimensión ideológica y reducida a un problema de mera eficiencia, se vuelve inaccesible para el ciudadano común. Se instala el desinterés por los asuntos públicos.

Miren su propio mundo, su vida cotidiana: todo está normatizado. Se consume lo mismo, se tienen los mismos gustos, se vacaciona de la misma forma, se compran las mismas cosas. El individuo se refugia en su sofá, fetichiza su sufrimiento en las redes y su “mundo feliz” ni siquiera llega a ser un jardín. La alienación ya no se vive como sufrimiento –como en el Marx joven–, sino como conformismo feliz: una alienación invisible.

El mundo feliz individual

Luego de más de 40 años de globalización acelerada y avasallante, se creó bienestar en amplias capas sociales, junto con nuevas formas de confort y satisfacción personal. El mundo feliz del siglo XXI no es colectivo, es individual: el de la autoayuda, el aislamiento, el “no te metas”; aquel espíritu liviano y despolitizado que recordamos incluso en figuras culturales como Fido Dido, ícono publicitario de fines de los 80.

Para consolidar este sentido común, el neoliberalismo fusionó lo público y lo privado, convirtió a las personas en emprendedoras de sí mismas y decretó que el futuro ya no sería colectivo. Este discurso neoliberal alaba la tecnocracia y la delegación de decisiones en expertos (burocracia experta) despolitizando sutilmente la esfera pública, vaciando de contenido político las decisiones y generando apatía.

Esto tiene consecuencias graves para la democracia. La política, despojada de su dimensión ideológica y reducida a un problema de mera eficiencia, se vuelve inaccesible para el ciudadano común. Se instala el desinterés por los asuntos públicos, la abstención electoral y la idea de que la política es un espectáculo ajeno o un trabajo de otros.

Este escenario se vuelve terreno fértil para los oportunistas que ven en la política una carrera, un empleo o un negocio. El lumpenizado con aspiración a burgués, fácilmente manipulable por los verdaderos dueños del poder –esos que nunca se desclasarán–, encuentra allí su lugar.

La política despolitizada también abre la puerta a una peligrosa concentración de poder. Los tecnócratas, aun siendo eficientes, no están sometidos al mismo nivel de control y rendición de cuentas que los representantes electos. Así, decisiones que afectan a millones de personas quedan en manos de expertos no electos, muchas veces más sensibles a intereses corporativos o globales que a las necesidades populares.

Restaurar lo político

En definitiva, la despolitización de la política es uno de los grandes cambios culturales, políticos e ideológicos, invisibles, del capitalismo contemporáneo. Como señala Zygmunt Bauman con su concepto de modernidad líquida, vivimos en una sociedad de vínculos frágiles y efímeros, donde el individualismo y la primacía de lo económico erosionan la ética pública y la participación ciudadana.

Restaurar lo político implica recuperar el sentido colectivo, el diálogo, la acción común y la construcción de mayorías. Implica separar lo político de lo meramente técnico o privado.

La primera pregunta a responder es para qué. Luego, con quiénes. Y finalmente: ¿qué hacer?

Se trata de devolver la confianza en la política, en lo colectivo, en el conocimiento, en el pensamiento crítico, en el debate de ideas y en la construcción del nosotros. No será una tarea fácil, y menos en este contexto. Pero es necesaria. Y nosotros, los y las uruguayas, todavía tenemos una oportunidad.

Liliana Pertuy es socióloga.

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