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Típico de Capricornio: sentidos que profundizan la individualización

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Hace unos días, el escritor español Antonio Muñoz Molina escribía para El País de España1 una columna atravesada por una sentencia tan clara como incómoda: “Los buenos profesores sufren el descrédito, la postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el triunfo de la ignorancia y la barbarie”. En ese mismo texto sugería, además, que quizá la educación ya no le importe a nadie, salvo a un puñado de docentes, estudiantes y personas que siguen creyendo que el saber es un ingrediente de libertad y de dicha. Muñoz Molina advertía allí sobre una deriva cultural más amplia: la dificultad creciente para distinguir entre conocimiento y embuste, entre evidencia y propaganda. Una confusión que se proyecta también sobre otras distinciones fundamentales: entre lo verificable y lo sugestivo, entre la justicia y la injusticia, entre la democracia y la tiranía. Desde esta orilla, y como fiel seguidor de lo estelar, sobrevuelan inevitablemente conexiones con otros síntomas sociales propios de un tiempo que parece desdibujar los marcos desde los cuales comprendemos el mundo.

Antes de entrar a discutir nombres propios, vale la pena detenernos en algo más cotidiano: la forma en que problematizamos nuestra propia vida. Cuando intentamos entender por qué nos pasan ciertas cosas, solemos elaborar relatos que ponen el foco en nuestras decisiones, nuestra personalidad, nuestros méritos o fracasos. Esa forma de narrarnos es valiosa, pero también tiene un efecto: desplaza a un segundo plano las condiciones materiales, históricas e institucionales que nos rodean y termina personalizando como culpa individual lo que muchas veces es resultado de estructuras más amplias. Algunas formas de mirarnos privilegian casi exclusivamente la biografía del yo. Preguntarnos desde dónde hablamos –si desde el yo o desde el nosotros–, y qué queda oculto en cada una de esas miradas, es un primer paso para entender por qué ciertas narrativas se vuelven tan atractivas en nuestro tiempo.

A veces, sin pensarlo demasiado y hasta de una forma simpática, hemos escuchado: “Esto me salió así porque soy de Capricornio”, “choqué con un Aries, obvio que discutimos”. Los humanos atribuimos sentidos a lo que nos pasa. Más allá de la anécdota, estas frases muestran algo relevante: cómo, en la vida cotidiana, buscamos relatos que nos ayuden a ordenar la experiencia. No porque seamos ingenuos, sino porque convivimos con un contexto cambiante en el que las explicaciones simples, y las que nos hablan directamente, resultan reconfortantes. La astrología, con su mezcla de humor, cercanía y simbolismo emocional, ocupa ese lugar con notable eficacia.

Esa lógica no se expresa sólo en frases sueltas o en conversaciones informales. Basta recorrer redes sociales, escuchar podcasts o revisar contenidos recientes para ver cómo el lenguaje astrológico opera como práctica cotidiana. En Tik Tok e Instagram, millones de personas consumen y comparten videos que explican vínculos afectivos, conflictos laborales o estados de ánimo a partir del signo zodiacal; en entrevistas, figuras públicas justifican decisiones personales apelando a su carta astral; incluso han circulado propuestas concretas de llevar la astrología a ámbitos históricamente educativos, como lo es el Planetario de Buenos Aires. En todos estos casos, la astrología deja de ser un simple símbolo para convertirse en un hecho socialmente aceptado de traducir experiencias, desplazando y ocultando, sin negarlas explícitamente, otras explicaciones.

Los cambios educativos recientes han puesto el acento en las llamadas “competencias para la vida”, la gestión emocional y la autorregulación. ¿Dónde queda, entonces, lo comunitario?

Esa búsqueda de sentido, sin embargo, no ocurre en abstracto. Como señalan diversos artículos recientes de la diaria, asistimos a un momento de tensiones en torno al lugar del conocimiento científico en la educación: advertencias de la Academia Nacional de Ciencias sobre la pérdida de profundidad en la formación, preocupaciones de grandes pensadores por el debilitamiento de los contenidos, diagnósticos académicos que describen un clima en el que la evidencia y la opinión tienden a confundirse. Nada de esto convierte a la astrología en un problema en sí mismo, pero sí dibuja un escenario donde los lenguajes más inmediatos y personales ganan visibilidad frente a otros que requieren mayor recorrido.

En la misma sintonía, los cambios educativos recientes han puesto el acento en las llamadas “competencias para la vida”, la gestión emocional y la autorregulación. ¿Dónde queda, entonces, lo comunitario? ¿En qué espacios se habilita aquello que existe más allá de uno mismo? Este énfasis refuerza la idea de que lo individual es el punto de partida para interpretar cualquier experiencia. En ese marco, la astrología se acomoda con naturalidad: propone un relato íntimo, centrado en la vivencia personal, que puede ayudar a nombrar emociones o a encontrar patrones en lo cotidiano.

El desafío aparece cuando esa mirada se vuelve la única disponible. Cuando problemas estructurales –sociales, educativos, económicos, etcétera– se interpretan exclusivamente como cuestiones individuales de temperamento, actitud o destino; se vuelve más difícil advertir que existen experiencias compartidas, estructuras comunes y desafíos colectivos que no dependen del signo zodiacal. La astrología, más que causa, es en este sentido un reflejo cultural casi inocente de esa tendencia: ofrece explicaciones accesibles en un mundo que con frecuencia se percibe como abrumador.

Ahora bien, quienes practican o disfrutan de la astrología podrían argumentar que no se trata de una experiencia aislante, sino de una práctica que conecta con un cosmos simbólico y conecta también con otros que comparten un lenguaje común. En muchos espacios, la astrología opera como una forma de comunidad artificial: un código compartido, un modo de conversación y una búsqueda de empatía emocional entre personas. El objetivo de este texto no es desestimar, sino ampliar la mirada hacia lo que queda por fuera de esa “conexión”: si esa comunidad simbólica alcanza para sustituir otras formas de experiencia compartida, o si corre el riesgo de reforzar la idea parcial de que lo común se reduce simplemente a quienes “son como yo”.

¿Le gana lo individual a lo colectivo? Tal vez esa no sea la pregunta más útil. Vivimos en un tiempo en que lo personal adquiere un protagonismo inédito, mientras que lo colectivo busca nuevas maneras de organizarse y expresarse. No se trata de decidir cuál dimensión es mejor, sino, primeramente, evitar que una opaque completamente a la otra.

El desafío, entonces, no es cuestionar a Capricornio. Es cuidar que ninguna narrativa (la del signo, la del mérito individual, la de la autosuficiencia absoluta) se convierta en la única forma de leer el mundo. Porque cuando se debilitan los aprendizajes que nos permiten distinguir entre conocimiento y embuste, entre explicación y consuelo, también se erosionan los marcos comunes desde los cuales pensamos la justicia, la democracia o la vida compartida.

Como advertía Muñoz Molina, sin una educación que nos ayude a comprender el mundo y a reconocernos en la humanidad de los otros, se vuelve cada vez más difícil salir del encierro de lo puramente individual. Aunque cada quien tenga su carta astral y encuentre en ella un lenguaje significativo, seguimos compartiendo un mismo cielo. Y aprender a mirarlo juntos es un camino que, quizás, todavía estamos a tiempo de volver a transitar.

Daniel Fernández González es docente de Astronomía.


  1. “No enseñar al que no sabe”. Antonio Muñoz Molina. 

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