Cuando el 25 de febrero de 2002 el presidente Hugo Chávez removió a la cúpula de PDVSA, siguiendo su estilo de comunicación peculiar –“pa’fuera”, gritaba desde Venezolana de Televisión–, comenzó una veloz cuenta regresiva que culminó en la movilización masiva de la derecha, el paro general, la masacre de Puente Llaguno y el golpe de Estado del 11 de abril. La junta cívico-militar presidida por el empresario Pedro Carmona gobernó durante 72 horas, suficientes para reunirse con el embajador norteamericano, Charles Shapiro, recibir el apoyo incondicional del Fondo Monetario Internacional (FMI) y contar con la logística de los aviones de la fuerza aérea norteamericana que aterrizaron en Maiquetía el 12, mientras barcos de la US Navy vigilaban en el golfo de Maracaibo y otros puntos clave de la costa.
Unos años después se supo que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 2001 había realizado el ejercicio Balboa, ensayando la invasión a Venezuela, tratando de crear condiciones para aplicar la llamada Carta Democrática. La movilización popular y la lealtad de la mayoría de las fuerzas armadas abortaron la intentona. El general Raúl Isaías Baduel —luego caído en desgracia por su rechazo al autoritarismo y la corrupción— salvó la vida de Chávez en La Orchila, una isla 160 km al norte de Caracas. Cuando Chávez fue restituido en Miraflores, Condoleezza Rice —un petrolero de la Chevron lleva su nombre— maldijo su suerte y, en vez de saludar la reinstitucionalización, cegada por la frustración, espetó: “Que le sirva de lección”.
Las élites norteamericanas vieron en Chávez, siempre, un problema y un enemigo. Y así atizaron las debilidades del régimen, que son variadas, principalmente la inmensa corrupción. Alguna vez lo hablamos con el comandante, en el marco de una reunión con la Coordinación Socialista Latinoamericana, y la respuesta fue la de tantos líderes revolucionarios en todo el mundo: “Tuve que hacer la revolución con el material humano que disponía”.
Consciente de las debilidades del chavismo, la derecha local aliada con sus afines globales desestabilizó durante 2003 y 2004. Derrotados, desgastados y divididos, bajaron la intensidad, pero no las intenciones. Desde 2005, respaldado ahora por la oleada progresista que ganó en América Latina, el gobierno de Hugo Chávez llevó a su país a los primeros lugares en el índice de desarrollo humano en Latinoamérica y, montado sobre la explosión del precio del barril, intentó ejecutar el proyecto bolivariano continental. La chequera chavista fue generosa, tal vez demasiado, con todos los emprendimientos, y si bien durante el gobierno de Barack Obama el presidente venezolano bajó el tono en su relación con el imperialismo, seguía siendo una referencia para la izquierda radical.
La guerra de Exxon contra Venezuela no cambió nunca. En 2008, litigio judicial mediante, Exxon congeló los fondos de PDVSA en el sistema financiero, hasta que la Justicia británica falló a favor de Caracas. Mientras tanto, Shell, Petrobras, Repsol y decenas de empresas de todo el mundo aumentaban sus inversiones multimillonarias, en tanto que el gobierno realizaba sus primeras transacciones del barril en euros. Entre sus nuevos clientes, la China National Offshore Oil Corporation (CNOOC) y diversas empresas rusas inquietaron especialmente al cartel petrolero norteamericano. Hugo Chávez llevaba las de ganar, así que utilizó políticamente la canilla petrolera para la liberación. No es casual que sea Exxon uno de los aportantes centrales del club petrolero a las campañas de Donald Trump.
El modelo
El régimen venezolano dependía enteramente de la figura de Hugo Chávez. Su estilo populista in extremis marcó una época en la historia de la izquierda latinoamericana. Al fin de cuentas, era un remedo de la cultura comunista que hegemonizó a la izquierda ortodoxa desde el triunfo de la Revolución cubana. La constitución de la quinta república buscó instalar una nueva democracia de instituciones barrocas, con instrumentos originales y extravagantes que terminaron generando su opuesto. Era una constitución para Chávez, mientras Chávez estuviera. Pero desde el 5 de marzo de 2013 Chávez no estuvo más.
Cuando el comandante faltó, quedó en evidencia que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) había copiado lo peor de las experiencias ortodoxas. Una inmensa burocracia partidaria y estatal, asociada a un aparato militar y represivo sumado a la boliburguesía, formaron una rosca de poder, en un proceso que tiene grandes similitudes con la burocratización en la URSS y sus satélites. Pero mientras que en el comunismo la conformación del régimen llevó décadas, en Venezuela todo fue rápido. El gobierno de Chávez duró 15 años, y su dedazo agonizante designó a Nicolás Maduro como sucesor, puenteando los pactos del complejo espacio chavista y respaldado por su socio regional, Cuba. Maduro gobernó 12 años.
Sin la autoridad ni la popularidad de su mentor, Nicolás Maduro fue jaqueado varias veces por la oposición de derecha, hasta que el 28 de julio de 2024 no pudo manipular un sistema electoral inexpugnable. La solución fue simple y trágica: suspendió el escrutinio y, al hacerlo, dio un golpe de Estado. Su dictadura tuvo la parafernalia habitual de los que necesitan legitimar los despotismos por medio de símbolos y ceremonias. La rosca del poder mantuvo sus privilegios y sus granjerías, ahora por medio de una tiranía que también sufrió el vértigo de la velocidad histórica. Como tantas veces sucedió -Lenin lo explica en El Estado y la Revolución—, la rosca cooptó el discurso y los lemas del movimiento popular, transformándolos en una jerga como si la revolución continuara. Y eso valía tanto cuando se enfrentaba al imperialismo —digámoslo así— como ahora, cuando se transformó en su cómplice.
El imperialismo siempre encuentra aliados dispuestos a entregar y a entregarse y con más facilidad en las dictaduras, donde el sistema de derechos no existe.
La intervención quirúrgica
El imperialismo norteamericano siempre buscó el control de los recursos energéticos venezolanos. Es largo el drama durante todo el siglo XX y es imposible sintetizarlo aquí. Desde 2014, las violaciones a los derechos humanos, la persecución y represión a la oposición dieron pie a Estados Unidos para la avalancha de sanciones contra el país. Antes, en 2008, hubo sanciones circunstanciales como el embargo de armas, a las relaciones de PDVSA con Irán o inhabilitaciones que afectaron a jerarcas de inteligencia y del Ministerio del Interior acusados de tener vínculos con las FARC. Pero ahora Washington tuvo los argumentos que esperaba para lanzarse contra Maduro y la rosca. Sumemos las crisis del sistema, el largo exilio de venezolanos desde 2006 —mucho antes de las sanciones— y el fracaso general, jaqueados además por un imperio que no sacaba sus miras de los pozos de petróleo y de las potencialidades del Arco Minero del Orinoco, un reservorio de minerales y tierras raras, controlado totalmente por los militares. El segundo gobierno de Donald Trump no dejó pasar el momento.
Esa extrema derecha norteamericana, supremacista y dictatorial, ejecutó el plan tal como fue la historia venezolana reciente, a toda velocidad. El 3 de enero, en un operativo que sólo se pudo realizar con una amplia complicidad interna, los helicópteros aterrizaron en Fuerte Tiuna y secuestraron solamente al dictador y a su esposa. Los cubanos que guarecían a Nicolás Maduro murieron, junto con muchos venezolanos. La cirugía fue precisa, realizada con un ojo clínico que no pudo disimular las complejidades de la rosca.
Esa operación imperialista dejó en evidencia las debilidades del régimen, no de seguridad, sino políticas. ¿Cómo no cayó el ministro de Defensa ante tal demostración de inoperancia? Porque el general Vladimir Padrino es un pilar de la rosca y tiene el suficiente poder para quedarse a pesar de los cimbronazos. El mismo razonamiento sirve para el ministro del Interior, Diosdado Cabello. Esto pasa cuando gobiernan los hombres y no las leyes.
El shock de la Operación Lanza Sur fue superado, también, rápidamente. En días, la rosca venezolana se acomodó a la nueva situación, pactó con Donald Trump, recibió al director de la CIA, John Ratcliffe, abrió el mercado petrolero y cambió discursos y estrategias, sin perder el poder. El 16 de enero, Delcy Rodríguez envió a la Asamblea Nacional una Ley de Hidrocarburos dictada por la Casa Blanca, entregando el petróleo a la inversión privada. Esta perestroika express confirma demasiadas cosas sobre el destino de estos procesos, y cómo sus burócratas ejecutan acrobacias veloces, olvidando sus pasados y pactando con impunidad.
La perestroika express venezolana abre ante nosotros inesquivables advertencias. El imperialismo siempre encuentra aliados dispuestos a entregar y a entregarse, y con más facilidad en las dictaduras, donde el sistema de derechos no existe. “Es muy veleidosa la probidad de los hombres, sólo el freno de la Constitución puede afirmarla”, dijo José Artigas hace dos siglos.
Asimismo, el imperialismo aprende de sus traspiés. Donald Trump no reincidió en el error de Juan Guaidó. Haber quedado en ridículo en su primer gobierno apoyando una marioneta inocua era irrepetible. El presidente norteamericano iba a pactar con el poder real, y así secuestró al presidente para darle espectacularidad al hecho, ganarse aplausos en su interna distrayendo a la opinión pública de vergonzosos escándalos, pero previendo la alianza con el chavismo podrido, porque pasó de Maduro. Estados Unidos no podía entramparse de nuevo como en Irak, cargando todo un país sobre sus arcas; dejó el régimen incólume, lo compró y lo asoció a sus negocios, porque, además, coinciden con su programa político, donde la democracia no importa, al igual que los derechos humanos y la legalidad. También en el armado de la política institucional trumpista, la rosca venezolana es un aliado.
Sabemos que muchos sostienen que en estas circunstancias no es de recibo analizar o interpelar las internas de los invadidos; se debe solamente denunciar la infamia. En la historia de la política internacional liberal, progresista o de izquierda, esto fue siempre un grave error. Embanderarse con los corruptos porque son atacados por un imperio no beatifica a los delincuentes. Prescindir en los diagnósticos de los principales factores de un proceso histórico y político lleva, siempre, a análisis errados y a opciones equivocadas. Y en estos tiempos los errores de enfoque pueden ser fatales.
El sistema mundo capitalista llegó a uno de sus límites y necesita recomposición. Las correlaciones de fuerzas entre los imperios se están reformando más rápido de lo que supusimos y, para seguir jugando al póker, cada uno debe afirmarse en sus zonas de influencias, donde primará el derecho de la fuerza y no la fuerza del derecho. Washington, sin pelos en la lengua, presenta a la región como “su hemisferio” y no va a permitir que China, especialmente, le quite el botín. Delcy Rodríguez podrá vender barriles a Pekín, pero deberá contar con el aval del gobierno norteamericano.
Cuando ganó Trump dijimos que venían tiempos borrascosos; hoy estamos adentro del huracán. Aferrarnos a los principios democráticos, a los derechos humanos, al derecho internacional, al diálogo y a la veracidad de los hechos es imperativo. Son los únicos antídotos contra la barbarie que quieren instalar.
Fernando López D’Alesandro es historiador.