Hace 20 años la pregunta incómoda era qué quedaba del ciudadano cuando el mercado lo había convertido en consumidor. Hoy esa pregunta llega tarde. En Colonia del Sacramento, a una hora de ferri de Buenos Aires, se proyecta una ciudad que ya no piensa ni en el ciudadano ni en el consumidor: piensa en el suscriptor. El cambio no es de vocabulario. Es un cambio en la manera en que se produce, y se retira, la pertenencia.
Una ciudad de espaldas al país
El proyecto +Colonia, impulsado por el empresario argentino Eduardo Bastitta sobre unas 500 hectáreas al este de la ciudad, sumó a Praxis, una empresa que se presenta como “comunidad” y como nación nacida en internet. Sus promotores anuncian una ciudad para los pensadores más talentosos del mundo, llamados a ensayar nuevos sistemas culturales, económicos y de gobernanza para el mundo posterior a la inteligencia artificial. Bastitta llegó a definirla como el proyecto de ciudad inteligente más libertario del planeta.
En el afán de atraer inversiones, hay una promesa: respetar la ley uruguaya y moverse dentro de sus marcos, sin un orden jurídico propio. Pero cuando algo se autodefine independiente del país que lo recibe, cuando anuncia que va a ser una comunidad aparte, ya está diciendo cómo piensa operar. La promesa dice una cosa; la autodefinición, otra.
El problema no empieza en lo jurídico. Empieza en la idea de que es posible fundar una cultura en paralelo a la del país que la aloja: una comunidad que se define a sí misma, se gobierna con sus propias herramientas y decide quién forma parte. Sin pasar por la historia, la lengua o los vínculos del lugar donde se instala. No se proclaman país, y quizás ahí esté lo más revelador. No aspiran a ciudadanos, que tienen derechos por el solo hecho de ser. Aspiran a miembros. A suscriptores.
Esto ya no es exactamente colonialismo, que al menos pretendía imponer su ley sobre los otros. Es algo más frío: apropiarse de una tierra dándole la espalda a la cultura que la habita, como quien instala un servidor.
El consumidor, con todas sus miserias, conservaba algo: compraba, y la cosa era suya. El intercambio terminaba. Había un afuera del mercado, un momento en que uno se iba a su casa con lo comprado y dejaba de ser cliente. El suscriptor no tiene ese afuera. No posee: accede. La música, las películas, el software, el auto, la vivienda, cada vez más el trabajo mismo. Todo se paga mes a mes, y todo se apaga el día en que se deja de pagar.
Pero lo decisivo no es lo que se alquila como objeto. Es lo que se alquila como lugar. Lo que estos modelos ofrecen ya no es un producto, sino una franja identitaria: una comunidad, un estilo, un “nosotros”, un marco de pertenencia. Ser parte de tal red, tal ecosistema, tal tribu de rendimiento. El vínculo ni siquiera es comercial en sentido clásico; es un arrendamiento permanente de quién uno es.
Durante siglos la pertenencia se constituyó de otra manera. Uno era de un barrio, de un pueblo, de una familia, de un club, de un país, porque era. No había que renovarlo. Esa pertenencia podía ser asfixiante, injusta, a veces cruel, pero tenía una virtud que hoy se nos escapa: no se revocaba por falta de pago. Uno podía fracasar, enfermar, caer, y seguía siendo de ahí. El lazo sostenía precisamente cuando el sujeto no podía sostenerse a sí mismo.
Lo inquietante es que no hay resistencia, ni ideológica ni política. Compramos la idea de que basta con que inviertan, de que todo desembarco de capital es una evolución para el país.
Peor que la mercantilización
Durante décadas criticamos la mercantilización de la vida: que todo tuviera precio. La suscripción va un paso más allá. La mercancía, al menos, se intercambia y se suelta. La suscripción no suelta nunca, y además condiciona. No alcanza con pagar: hay que calificar.
Para permanecer en esos márgenes aparecen rigores de rendimiento: métricas, puntajes, reputaciones, niveles, rachas, visibilidad. Hay que rendir para seguir adentro. La identidad deja de ser un punto de partida –algo desde donde uno vive– y se vuelve un resultado precario que hay que revalidar cada mes. Al que no rinde no lo echan con un portazo, simplemente se le vence la suscripción. Si la pertenencia se alquila, quien no puede pagarla, o no pueda rendir lo que exige, queda sin lugar. No es pobre en el sentido clásico; es un apátrida de sí mismo. Un mundo organizado así se llena de parias, personas sin marca, sin red, sin el sello que acredita que pertenecen a algo. Y lo más inquietante es que la condición de paria no es la excepción sino el estado por defecto, del que solo se sale de manera transitoria, mientras duren el pago y el rendimiento.
Se debilita así la idea misma de relación. El otro ya no es vecino, compañero o conciudadano, alguien con quien se comparte un lugar que nadie compró. Es otro suscriptor, eventualmente un competidor por el mismo nivel, o alguien de otro plan.
Conviene recordar cuánto valió llegar hasta acá. Cuántas vidas se dejaron en luchas colectivas, cuánta gente resistió a las monarquías para poder decir “queremos una república”. Queremos sistemas de los que todos seamos parte, queremos elecciones, queremos derechos, queremos gobernarnos entre todos. Aunque sea una utopía, aunque sea un ideal que quizás nunca se alcance del todo. Entre todas las incomodidades de la vida en común, el modelo democrático republicano sigue siendo el más justo que supimos construir. Lo que construyó fue, precisamente, el ciudadano: alguien que tiene su lugar, su capacidad de decir, de declarar, de reclamar. Un lugar que no se compra ni se alquila.
¿Qué pasa con todas esas luchas cuando los modelos que se diseñan en las sedes tecnológicas pasan por encima de los modelos políticos? Lo inquietante es que no hay resistencia, ni ideológica ni política. Compramos la idea de que basta con que inviertan, de que todo desembarco de capital es una evolución para el país. Y no advertimos que en ese trato estamos enajenando parte de la posibilidad de ser libres en nuestra propia tierra, y dejando que decaiga aquello que nos daba identidad. Cuando la ciudadanía se reduce a suscripción, lo que somos queda a merced de las marcas que fabrican identidad. No queda arraigo cultural. Quedan suscriptores.
Lo que está en juego
No se trata de demonizar la tecnología ni de añorar un pasado que también tuvo sus exclusiones. Se trata de advertir que la ciudadanía es, entre otras cosas, una pertenencia que no se alquila: los derechos no se pierden por no renovar, y la escuela, el hospital, la plaza o el club de barrio son lugares donde uno está porque es, no porque califica.
Defender esos lugares no es nostalgia. Es, a la vez, una política de salud mental y una política democrática. Y es también una cuestión de reciprocidad: si hoy no reclamamos por los derechos de los otros, no podremos esperar que mañana alguien reclame por los nuestros. El día en que estemos solos frente a la impunidad de un sistema arbitrario y despersonalizado, no habrá a quién recurrir. Porque una sociedad en la que nadie es de ningún lado sin pagar y sin rendir no produce suscriptores satisfechos, produce sujetos solos, exhaustos y siempre al borde de la baja.
Marcelo Aprile es licenciado en Psicología y director general de Clínica Equilibrium.