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Opinión Posturas

Sobre salud mental y la falta de prevención y controles

Actualmente escuchamos una y otra vez, en diferentes medios, de manera casi que cotidiana, dos palabras: salud mental. Asociado a ello, algún episodio social o privado, en donde se considera que “lo mental” estuvo en juego o fue determinante.

La salud mental resuena en el futbol, en lo educativo, en el tránsito, en lo laboral, en lo familiar, en relación a la pobreza, a lo hospitalario, y podríamos seguir con una larga lista. Otras palabras que a menudo acompañan a aquellas primeras son suicidio, bullying, violencia, maltrato, femicidio, locura, cárcel, entre otras.

¿Qué es la salud mental en Uruguay?

Si vamos a las bases, la salud no se trata de abordar la enfermedad, sino de promover hábitos saludables y prevenir la enfermedad. Cuando la enfermedad se presenta, entonces se atiende, se procura un diagnóstico y se aplican los tratamientos, se espera una evolución y un desenlace.

¿Existe la salud mental en Uruguay? Debo decir algo que suena fuerte, pero que explica bastante la realidad: en Uruguay no existe la prevención en salud mental. Un sujeto nunca se enfrenta ante un especialista en salud mental sin que algo lo atraviese o lo aqueje.

Cuando hace unos años fui padre pude constatar que ni el niño ni los padres tienen un control de salud mental de ningún tipo. En el llamado “carné de salud del niño” no hay ningún indicio, ni indicación, ni recomendación, ni nada que toque a la salud mental como un punto a controlar, ni tampoco lugar para un especialista en el área. Esta es una cartilla que acompaña al niño y a los padres en controles que van de los 0 a los 12 años de vida. En esos 12 primeros años de vida no hay ningún tipo de control preventivo en salud mental, nadie promueve prevención, nadie promueve información directa con familia y niños, ni se habla de patología mental; tampoco se identifica si hay probabilidad o desarrollo incipiente, o si cuestiones vinculares pueden estar generando una situación que a futuro pueda ser determinante.

Cuando entramos en la adolescencia y salimos del control pediátrico para entrar en otro tipo de controles y necesidades propias de la edad, la situación se mantiene.

Avanzan los años y ese adolescente llega a una edad en la que adquiere otros derechos y uno de ellos es la posibilidad de acceso al trabajo. Con ello muchas veces viene la necesidad del control médico; en este caso, se le llama “Carné de salud”, sin más. En este caso tampoco hay cuestión que haga referencia a la salud mental; se le da a la persona una acreditación, porque es eso lo que implica un carné, de que está saludable. Esta persona ya llegó a lo que llamamos mayoría de edad sin ningún tipo de control en salud mental, nada que haga a lo preventivo, ni a la atención en el primer nivel de atención en salud. Nada lleva a los padres de un adolescente a pensar que esto es algo en lo que se deben detener, promover y educar. Como tal vez si en otros aspectos de la salud, los cuales si están promovidos y son exigidos por los prestadores de salud.

Y los padres no tienen por qué saberlo, esto es algo que tenemos que aprender, en lo que nos tienen que enseñar y educar. La salud orgánica la cuidamos en relación a lo que nos han enseñado. Hoy, que se habla de poner la salud mental en agenda, amerita preguntarse: ¿por qué la salud mental no es en Uruguay? ¿Quién, dónde y cómo promueve dicha salud? ¿Quienes son responsables de hacerlo? ¿Cómo se trabaja en la prevención?

En Uruguay no existe la prevención en salud mental. Un sujeto nunca se enfrenta ante un especialista en salud mental sin que algo lo atraviese o lo aqueje.

Nadie se detiene en las características del ser de la salud mental en Uruguay. Arrastrados por arrebatos personales, por sectorización de opiniones, por política partidaria, por cuestiones de modas, lo único que hacen es bordear el agujero, no solo dejándolo vacío, sino, produciéndolo.

En lo privado y otro tipo de controles por los que pasa el sujeto también se encuentra la misma situación. Por ejemplo, si alguien va a sacar la libreta de conducir y, por tanto, va a entrar en una escena como la del tránsito, con accidentes, muertes y hechos de violencia cotidianos, se licencia a la persona y se la determina apta para conducir sin ningún tipo de control en salud mental. Basta con que esquive unos conos y sepa detenerse cuando tiene delante un cartel de “Pare”.

Me detengo en los primeros 20 años de vida porque es allí cuando el sujeto comienza a ser y a hacer, donde se forma, donde están todas las huellas que determinan su personalidad y sus conductas. El camino que se recorra en esa etapa marcarán indefectiblemente su vida.

Aventurando una respuesta a la interrogante de qué hablamos cuando nos referimos a salud mental en Uruguay, diría que se trata de una cuestión histórica. No solo por lo que como país hemos hecho por reconocer la salud mental como un pilar insoslayable en el desarrollo de la población, sino por ser algo de lo que se habla y se opina. Estamos “continuamente apagando incendios”, como se dice popularmente. Cuando algo pasa se habla de lo que pasa, cuando lo hechos son consumados se actúa, cuando hay una muerte por una discusión de pareja, un suicidio por depresión, un asesinato por cuestiones familiares, se difunde como dato estadístico, se promueve y se genera opinión, se intenta actuar. Eso está bien, pero ¿eso es salud?

La salud mental como especificidad no está presente en la salud del Uruguay. Si alguien puede llegar a un control en salud mental será por puro arresto personal. Desde mi experiencia y la de otros colegas puedo afirmar que ello siempre ocurre frente un malestar, frente algo que está instalado, que tiene una historia, frente a determinados síntomas. Y se requiere de un trabajo arduo para que ello pueda ser pensado y abordado. Nunca es en términos preventivos y, frente a la situación instalada, la posibilidad de abordar estas cuestiones en tiempos de globalización e inmediatez hacen aún más compleja la situación.

Sabemos, porque lo aprendimos y estuvimos expuestos a controles desde antes de poder decidir, cuándo consultar de inmediato a un médico. Si alguien está en una situación que implica cierto riesgo sabe que puede haber consecuencias para su cuerpo; hay ahí un saber que hace a lo vital. Esto lisa y llanamente no funciona así para la salud mental. No tener controles también implica no tener información, no estar al tanto, ni haber transitado caminos preventivos que muestren cuáles son los riesgos y las consecuencias de las que tenemos que estar advertidos.

Si cruzo la calle sin mirar y con el semáforo en rojo sé que algo me puede pasar y mi cuerpo puede sufrir las consecuencias, entonces, trato de evitarlo. Pero no todos pueden ver con claridad las consecuencias que se pueden sufrir de cierta exposición en desmedro de la salud mental, por ejemplo, a vínculos tóxicos, violentos o patológicos, o el padecimiento que eso puede generar para la persona y su entorno.

La prevención, en tanto inclusión y obligatoriedad en los controles pediátricos, y sobre todo el acceso a la información, deberían ser un derecho. De hecho, podemos decir que hoy son una necesidad dentro del derecho de acceso a la salud para cada sujeto.

Entonces, ¿puede ser la salud mental en el Uruguay?

Álvaro Tulaniche es licenciado en Psicología y psicoanalista lacaniano con más de diez años de experiencia clínica.