Ingresá

Romero Rodríguez (archivo, enero de 2022).

Foto: Alessandro Maradei

La Sexta Región olvidada y el vínculo de Uruguay con África

5 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

La cancillería prevé invitar a la Unión Africana a un encuentro con la Celac.

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Podrán escuchar este artículo quienes estén registrados.
Escuchá este artículo

Tu navegador no soporta audios HTML5.

Tu navegador no soporta audios HTML5.

Leído por Mathías Buela
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Desde comienzos del siglo XXI, la Unión Africana reconoce oficialmente a las personas afrodescendientes de la diáspora como su Sexta Región. Se trata de una definición política que incluye a individuos y comunidades de América Latina, el Caribe, América del Norte y Europa, independientemente de su nacionalidad o ciudadanía. Uruguay está comprendido en esa categoría, pero en la práctica suele comportarse como si no lo supiera.

África ocupa en el imaginario local un lugar anclado casi exclusivamente en el pasado, asociado a la trata esclavista y al origen remoto de una parte de la población uruguaya. Rara vez se la piensa como un presente vivo o como un futuro compartido, y mucho menos como un espacio político del que Uruguay pueda formar parte.

Romero Rodríguez, histórico activista afrodescendiente y exembajador itinerante en África, sostiene que Uruguay fue el primer país fuera de ese continente en reconocerse como parte de la Sexta Región. Según explica, se trató de un gesto con peso simbólico, pero también con consecuencias concretas en el plano diplomático y político, al habilitar un mayor acercamiento con países africanos. Para que eso ocurriera, señala, fue necesaria una voluntad política que existió durante el gobierno de José Mujica, pero que luego se debilitó.

Tras ese período, la relación con África perdió relevancia en la agenda gubernamental en general y en la política exterior en particular. Ese retroceso incluyó el cierre de representaciones diplomáticas en el continente y la ausencia de vínculos sostenidos con organismos africanos. La omisión no sólo contribuye a invisibilizar una dimensión constitutiva de la identidad afrodescendiente del país, sino que también supone una pérdida concreta de oportunidades en un escenario internacional en transformación.

África gana centralidad geopolítica en el marco de un mundo cada vez más multipolar, con el fortalecimiento del bloque de los BRICS –integrado originalmente por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y ampliado luego con otros países del Sur global, como Egipto y Etiopía– y con proyecciones demográficas que indican que hacia 2050 aproximadamente una cuarta parte de la población mundial será africana.

En ese contexto, la cooperación Sur-Sur aparece como un campo en expansión, con potencialidades en áreas como soberanía alimentaria, agroecología, salud pública, industrias culturales, formación técnica, energías renovables y derechos humanos. “Uruguay tiene experiencia para compartir en políticas sociales y gestión ambiental, y al mismo tiempo podría nutrirse de procesos de innovación social y tecnológica que se desarrollan en distintos países africanos”, afirma Rodríguez, integrante histórico de la organización Mundo Afro.

“De lo que se trata es de construir una política de Estado que entienda que el destino de los pueblos afrodescendientes está profundamente ligado al destino de África. Retomar esa conexión no es sólo una deuda histórica: es también una posibilidad transformadora para Uruguay en el siglo XXI”, agrega.

El único anuncio relevante del actual gobierno en relación con África se conoció semanas atrás, cuando se informó que Mario Silva estará al frente de la reapertura de la embajada uruguaya en Etiopía, país donde tiene su sede la Unión Africana. Silva es activista afrodescendiente y estudioso de la historia y la actualidad del continente africano.

En ese marco, fuentes de la cancillería señalaron, en diálogo con la diaria, que para el canciller Mario Lubetkin la relación con África, y en particular con la Unión Africana, reviste especial importancia. El nombramiento de un embajador afrodescendiente en Etiopía, indicaron, forma parte de esa definición política. A eso se suma que Uruguay asumirá este año la presidencia de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y que el Ministerio de Relaciones Exteriores prevé promover una invitación a la Unión Africana a participar en una cumbre del organismo. El objetivo, según las fuentes, es profundizar el vínculo entre ambos bloques regionales y posicionar a Uruguay como un actor relevante en ese proceso.

África y la diáspora

La noción de “sexta región” no surgió como un gesto meramente simbólico. Fue el resultado de debates panafricanistas contemporáneos que la Unión Africana incorporó de forma progresiva y que quedaron formalmente recogidos en sus documentos estratégicos. El propósito fue integrar a la diáspora africana en los procesos de desarrollo, cooperación, intercambio cultural y toma de decisiones del continente. No se trataba únicamente de memoria histórica, sino de presente y de futuro.

Cabe recordar que los antecedentes de la Unión Africana se inscriben en los procesos de liberación, independencia y descolonización de las excolonias africanas, en un contexto marcado por la vigencia del apartheid en Sudáfrica. Ya entonces, distintos líderes del continente subrayaban la necesidad de contar con el apoyo de la diáspora, tanto en términos políticos como materiales. En ese marco, integrantes del movimiento de las Panteras Negras de Estados Unidos estuvieron en Ghana; Ernesto Che Guevara y ciudadanos cubanos en el Congo, y militantes comunistas uruguayos lo hicieron en Angola.

La conceptualización de la diáspora africana como Sexta Región también forma parte de un giro historiográfico que cuestionó la idea de una ruptura definitiva entre África y los pueblos afrodescendientes del resto del mundo. Investigadores africanos y americanos han señalado que la historia del continente no puede comprenderse sin incorporar a los millones de personas desplazadas por la trata transatlántica, a sus descendencias en América y a las múltiples huellas de identidad africana que siguen presentes en la región.

Reparación y solidaridad racial

“Reconocerse como parte de la Sexta Región funciona como una hoja de ruta. No es sólo el reconocimiento individual como afrodescendiente, sino el reconocimiento del país en su conjunto, el orgullo de asumirse parte y de entender que, así como existen lazos culturales con Europa o con Iberoamérica, también los hay con África”, sostiene Rodríguez. A su entender, esa fue una de las visiones centrales del gobierno de Mujica, ya que permitió un vínculo distinto con el continente, “como el de un pariente que visita a otros parientes y se mira con otros ojos”.

Rodríguez señala que en regiones como el Caribe la pertenencia a la Sexta Región tiene una fuerte gravitación política y está estrechamente vinculada a las demandas de reparaciones. “El planteo de las reparaciones surge con fuerza entre los afrolatinoamericanos y afrocaribeños, reforzado por países africanos. El reconocimiento de la Sexta Región te habilita a ingresar a la geopolítica africana desde una mirada que va más allá de lo cultural o folclórico”, explica. “Lo primero es reconocernos como hermanos”.

Recuerda que, tras ese reconocimiento, Uruguay inició contactos con distintos gobiernos africanos. “Se pudo traer a 12 reyes de regiones de África con importantes capitales. No vinieron a Barrio Sur, fueron a Punta del Este a hacer negocios. Se exploró un mercado basado en lo que algunos intelectuales llaman solidaridad racial”, relata. Según Rodríguez, este tipo de vínculos no es novedoso, “Europa siempre ha privilegiado relaciones con quienes le resultan cercanos, y nosotros entendimos que allí había una oportunidad”.

A partir de su experiencia de más de 25 años de viajes al continente africano, Rodríguez destaca las mejoras en infraestructura y condiciones de vida en países donde se registran inversiones chinas y rusas, y sostiene que Uruguay debería priorizar el acercamiento al bloque BRICS.

Desde su perspectiva, tanto en el plano cultural como en el económico, los afrolatinoamericanos necesitan aliados que no reproduzcan lógicas coloniales de explotación. En ese sentido, plantea que Uruguay debería posicionarse en un mundo multipolar y multicéntrico, con alianzas que incluyan a los BRICS. “Somos socios históricos de Brasil, nuestro principal socio comercial es China y también existen vínculos con Rusia, India y países africanos. Si no son nuestros aliados, que alguien lo explique”, afirma.

“Ser parte de la Sexta Región, contar con un paraguas multipolar y avanzar en la agenda de reparaciones puede significar mayores niveles de intercambio y desarrollo para Uruguay. Y en esa mejora, ¿qué obtenemos los afrodescendientes? Reparación, mejores condiciones de vida, mejores oportunidades económicas y sociales. Para eso hay que cambiar el chip, y ese cambio requiere voluntad política”, concluye.

En Uruguay, esta mirada de la diáspora africana como comunidad transnacional, región sin fronteras geográficas y con la reparación como una de sus banderas interpela una narrativa nacional que suele relegar a África al pasado esclavista. Sin embargo, la presencia afrodescendiente –el último censo señala que es el 10,6% de la población, lo que la convierte en la principal minoría étnico racial del país– muestra continuidades culturales profundas que incluyen el candombe, formas de organización comunitaria y memoria histórica, a lo que se suman brechas sociales que marcan desigualdades estructurales en pobreza, empleo y educación respecto del resto de la población.

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura