Florencia Reichmann es licenciada en Gestión Ambiental y, en diciembre, defendió su tesis de maestría que tituló Presión antrópica en ecorregiones de América del Sur, evidenciada por la contaminación lumínica y sus efectos en la conectividad del paisaje. Es la primera tesis de posgrado que aborda la contaminación lumínica en nuestro país. Ella también es docente en el Centro Universitario Regional Este, integra el Núcleo Interdisciplinario de Estudios en Contaminación Lumínica y escribe en su blog Arriba la oscuridad. A su vez, ha asesorado técnicamente a movimientos de vecinos que buscan proteger su cielo nocturno. Uno de los casos más emblemáticos tuvo lugar en el Área de Protección Ambiental Laguna Blanca, ubicada en Santa Lucía del Este, Canelones. “No se trata de no iluminar, sino de iluminar bien, de recomponer el vínculo con la noche oscura y entender que es una parte esencial de nuestra salud y la salud de los ecosistemas”, dice a la diaria como una especie de mantra. En esta entrevista habló sobre la necesidad de regular la contaminación lumínica, cuáles son los principios de la iluminación respetuosa y las posibles “reservas de cielo nocturno” en el país.
¿Cómo nació tu interés por la contaminación lumínica?
Durante la carrera tuve acercamientos al tema. Un docente de Física impactó mucho en mi formación; es astrofísico y trabajó en Venezuela en la adaptación de la luminaria de un observatorio y a mí esto me quedó en la vuelta. Por otro lado, cuando tenía 18 o 19 años, veraneaba en Valizas y hubo un movimiento de vecinos que se manifestaron en contra de las luminarias de alumbrado público. Conectar las dos ideas me hizo ver que hay mucha capacidad de acción en este problema. En la carrera tratamos problemas ambientales súper complejos, que involucran modelos productivos y dinámicas capitalistas que van a ser difíciles de cambiar a corto plazo. Este tema me pareció muy importante porque es relativamente fácil de abordar.
¿Cómo definirías la contaminación lumínica?
Hay dos grandes escuelas respecto a las definiciones de contaminación lumínica. La más científica es “toda luz artificial que tiene algún impacto sobre el ambiente”. Toda iluminación artificial genera contaminación porque tiene impactos negativos sobre la oscuridad, que es un recurso natural fundamental. Hay otra definición con la que yo simpatizo más porque es más ajustada a la gestión ambiental. Habla de la contaminación lumínica como “todo exceso de luz nocturna artificial que tiene impactos en ecosistemas, salud humana, economía y cultura”. Prefiero esta definición porque es la que nos permite atacar todo lo que no es necesario de la iluminación nocturna. Me parece la definición menos dramática, la que choca menos. Si reducimos toda la iluminación innecesaria estamos haciendo un cambio enorme.
Todos los organismos evolucionamos con la clave ecológica de los ciclos día y noche. Es el ciclo más estable que ha habido en la naturaleza. Tenemos un montón de mecanismos internos, un reloj biológico, que nos ordena hacer ciertas funciones de acuerdo a la cantidad y calidad de la luz disponible en el momento. Muchos organismos que tienen este reloj biológico pueden tener impactos por la contaminación lumínica. Impactos en el tiempo en el que están activos, en el rango de distribución, algunos se sienten más atraídos por las luces, otros sienten que la luz es una barrera y dejan de ocupar esos lugares. Las interacciones entre especies también se desacoplan, porque no todas las especies sufren de la misma forma el impacto. Hay un montón de cambios internos, fisiológicos, metabólicos cuando hay contaminación lumínica. Esto les pasa a las plantas, a los árboles, a los insectos, a las aves, pero también nos pasa a nosotros.
En cuanto a impactos culturales tenemos una pérdida muy grande, porque el cielo nocturno es patrimonio cultural-paisajístico. Observando el cielo nocturno muchas comunidades o muchas culturas ancestrales generaron sus cosmovisiones, sus formas de ver el mundo. Perdernos de esa conexión con nuestros ancestros tiene un impacto cultural. Además, está lo paisajístico, es bello y nos reporta beneficios a nuestra salud también.
Nos muestra lo chiquitos que somos y cómo hay que cuidar del resto.
Totalmente, no es menor. En una sociedad en la que estamos cada vez más saturados y dentro de nuestras casas con las luces prendidas, es importante salir y tratar de ver la Vía Láctea. Por último, está el impacto económico. Si definimos la contaminación lumínica como el exceso de luz nocturna artificial, el exceso lo estamos pagando. Es plata que estamos invirtiendo en emitir luz al cielo, no al objeto o con el motivo que queremos iluminar. Hay que reconocer que en Uruguay estamos en una situación bastante privilegiada respecto al resto del mundo. Tenemos gran parte del territorio uruguayo que todavía no tiene contaminación lumínica. A escala mundial se estima que el 80% de la población vive bajo cielos contaminados por luz nocturna artificial. Esto tiene mucho que ver con que nos agrupamos en ciudades y estamos en los lugares donde más se emite luz. También habla de que, por más que haya mucho territorio oscuro, la gente está desconectada de esa oscuridad por vivir en ciudades. En Uruguay todavía estamos a tiempo de pensar cómo vamos a gestionar el paisaje nocturno. Es un gran momento para empezar a planificar teniendo a la noche como uno de los componentes fundamentales de la naturaleza.
¿Es necesario empezar a regular la contaminación lumínica?
Sí, es urgente que haya regulación. La contaminación lumínica es similar en temas de gestión a la contaminación sonora. De hecho, en mi tesis de grado trabajé sobre la contaminación lumínica y sonora y la interacción entre ambas. Hice una comparación porque son contaminaciones que se transmiten por ondas, que se generan en un lugar puntual, pero se dispersan y molestan a un montón de vecinos y demás organismos con los que coexistimos. En contaminación sonora, por más que se puede mejorar, hay un marco normativo que regula cuáles son los límites máximos y está claro cómo se procede. Sin embargo, no hay ninguna reglamentación ni normativa que limite la emisión de luz nocturna artificial en Uruguay. Me parece que hay un terreno fértil, hay interés desde la Intendencia de Montevideo, la Intendencia de Rocha, la Intendencia de Canelones.
Es un tema que es bastante complejo también. En Sudamérica hay normativas, por ejemplo, en Chile, en Perú hace poquitos meses, en alguna parte de Brasil, alguna de Argentina. Más que nada están asociadas a los cielos astronómicos. En algunos países de Europa las regulaciones tienen muchos años y no están teniendo el éxito que se esperaba, se está revisando nuevamente qué tipo de medidas se están tomando y qué tan drásticas son. Es fundamental tener normativas, porque si no establecemos máximos, no tenemos manera de decirle a un vecino, a la intendencia o a quien sea “esta luz que tenés está impactando contra mi calidad de vida y tenés que bajarla”.
¿Los estudios de impacto ambiental tendrían que considerar la contaminación lumínica?
Sin dudas. Es una instancia en la que se podría tener en cuenta y proponer un plan que la mitigue. Por suerte se paró, pero en Rocha se llamó a una licitación y el Ministerio [de Ambiente] había dado la aprobación para hacer la iluminación de Bahía Chica y Bahía Grande en La Paloma. Era en la playa, en la arena. Como no está regulado el impacto de la luz, no está incluido como un tema a abordar en los estudios de impacto. De hecho, en el estudio se mencionaba cómo iba a ser el pozo donde iban a poner el poste y parecía una intervención de bajo impacto. Sin embargo, estás cambiando toda la dinámica día-noche de un área que es súper compleja y una interfaz donde tenés insectos, aves, peces. Considero que esto es algo que tiene que pasar a la brevedad.
Existe la visión de que la luz nos da más seguridad.
Es la gran discusión que solemos tener. No hay evidencia concluyente de que más luz se relacione con más seguridad. Hay estudios que, en casos particulares, dicen que sí, otros dicen que no. No están asociadas directamente, no hay sustento científico que las relacione. Lo que sí hay es una asociación entre la sensación de seguridad y la luz. Por temas culturales, nos sentimos más seguros cuando los lugares están iluminados, pero si ponemos el doble de luz no quiere decir que vamos a estar el doble de seguros. De hecho, iluminar en exceso, iluminar mal, también puede atentar contra la calidad de vida y puede atentar contra la seguridad.
Se ha usado la iluminación como un pinkwashing en cierta forma, como que para hacer ciudades más amigables con las mujeres y para que las mujeres se sientan más seguras, hay que poner más luz. Estas afirmaciones están basadas en una investigación que se hizo en Uganda, son recomendaciones que integró la ONU en un documento que armaron en 2021. Sin embargo, hay un montón de variables que no se están problematizando. Traer un estudio de un lugar con características muy distintas al que tenemos nosotros y decir que acá funciona igual es muy complejo. Me ha pasado, dando charlas en balnearios, que mujeres te dicen: “Me iluminaron la entrada al balneario y hay autos que me ven caminando por la ruta a 500 metros. Antes, cuando no tenía luz, si tenía miedo, me escondía atrás de un árbol, pasaba el auto y salía caminando de nuevo”. La asociación entre seguridad e iluminación es un área de estudio en contaminación lumínica que está en auge.
En octubre estuve en un congreso en Irlanda específico de contaminación lumínica, se habló bastante sobre el tema de seguridad y sensación de seguridad. Para dimensionar lo complejo del tema, una chica presentó un estudio que hizo en India y evaluaba dónde miraban las personas en lugares más y menos iluminados. Los hombres se comportaron más o menos igual en lugares más iluminados que menos iluminados, pero las mujeres se sentían más libres y miraban a la cara de las personas en los lugares menos iluminados, porque culturalmente en esa zona está mal visto que las mujeres miren al rostro a las personas. Hay una complejidad en todo esto y una trama cultural recontra profunda que asigna todas las soluciones a la luz. Me parece muy ingenuo.
Termina reafirmando la necesidad de ciencia local.
Claro, todo bien con la recomendación de la ONU, pero intentemos entender acá si nos está generando más seguridad, si las mujeres estamos mejor, estamos peor. Hay que ver si para sentirnos más seguras el punto a atacar es poner luz o dar respuesta en las tantas otras dimensiones que hacen al problema.
Durante una entrevista en el programa En perspectiva te escuché mencionar los principios de iluminación respetuosa. ¿Cuáles son?
Sabemos bien qué cosas tenemos que tener en cuenta para tener una buena iluminación. Hay cinco principios de iluminación exterior responsable que los definió Dark Sky International, una organización internacional que vela por el cuidado de los cielos nocturnos y de los ambientes nocturnos en general. Es una ONG formada por sociedad civil y científicos. El primero es que la luz sea útil. ¿Voy a iluminar mi puerta? Perfecto. ¿Voy a iluminar una planta? No tiene sentido. El segundo es que sea dirigida. Si voy a iluminar la puerta, que sea una lámpara alumbrando la puerta, no al cielo. El tercero es que los niveles de iluminación sean bajos, que sea una luz tenue, lo suficientemente intensa para reconocer el espacio, pero no un flash que molesta más de lo que ayuda. La cuarta es que sea controlada. Esta dimensión habla del control en el tiempo; hoy en día tenemos un montón de sensores de movimiento o dimerizadores que bajan la intensidad de la luz cuando no hay gente en el lugar. Hay que aprovechar estas tecnologías. La quinta es que sea cálida. Los colores de luz más amarilla, más naranja tienen menos impactos en la salud humana y en los ecosistemas en términos generales. Esto tiene dos razones. La luz fría se dispersa más en la atmósfera, contamina a mayor distancia y es más similar a la luz del día. La luz cálida, que es más parecida al fuego, no nos da tanta señal de actividad diurna.
Montevideo es la ciudad que concentra la mitad de la población del país. ¿Qué se podría hacer para apaciguar la contaminación lumínica?
Las ciudades tienen un problema grande con la no planificación. En Montevideo, Canelones y Rocha hay interés desde la intendencia en atacar esto. Queremos probar algunas zonas particulares que puedan servir como reservas de cielo oscuro. En la capital estamos hablando de Punta Espinillo, el parque Lecocq, lugares en los que se puedan tomar medidas diferenciales y cuyos entornos también se puedan adaptar un poco más. Queremos que sean sitios donde escaparse un ratito a ver un buen cielo. Algo interesante de la contaminación lumínica es que si nos alejamos 20-30 kilómetros de una ciudad, rápidamente notamos que empiezan a verse estrellas. En Uruguay todavía tenemos cielos de muy buena calidad a pocos kilómetros de la principal ciudad. Todavía tenemos capacidad de acción, por lo menos de generar relictos que sean un lugar al que ir a disfrutar y conectar. Hace un tiempo estaba preparando una charla que iba a ser en el Planetario de Montevideo y tomé dimensión de que era el primer planetario de América Latina. Muy rápidamente entendimos que el estudio del cielo nocturno era algo a priorizar, disfrutar y llevarle a la ciudadanía. Sin embargo, rápidamente, alrededor del planetario iluminamos e iluminamos. Hoy salís y es difícil ver estrellas. El cómo nos desconectamos creo que es algo a revisar, pero también creo que está bueno generar una especie de planetario natural donde la gente pueda ir a reconectar con esto.
Ojalá que nunca dejemos de ver las estrellas.
Ojalá que no. Ni bichos de luz, ranas, búhos, noctilucas. Hay tantas cosas alucinantes para descubrir en la noche oscura que sería una pena.