Christian Almeida y su hija Priscila, en los vestuarios del estadio Belvedere. Foto: Santiago Mazzarovich

Fútbol a pico y pala

Entrevista con el defensor de Liverpool Christian Almeida.

Le tocó jugar en los mejores años del equipo dela cuchilla. Desde dentro de la cancha no conoció otra cosa que pelear arriba en el ámbito local y jugar partidos internacionales. Hoy transpira un campeonato que se va dando bien. Liverpool va primero en la B, invicto y con diferencias que ilusionan tanto como para mantener los pies sobre la tierra. De eso y de su vida, la diaria habló con el popular “Keke”.

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Belvedere nos recibe verde, negro y azul. Conversamos con los ojos trepados al alambrado. Entre las púas y el herrumbre están los sueños de muchos, y un metro más allá, entre la alfombra verde que otros tantos han pisado con glorias y penas, está la cal de las líneas que delimitan un mapa por conquistar. Uno cuenta historias de tribuna, del cañaveral cuatro o cinco escalones para abajo, cerca de donde juegan los niños a ser Luis Suárez o Emiliano Alfaro. El otro habla desde la grama, el sudor y el aire que apenas alcanza para llegar a aquella pelota que genera el suspiro de la multitud. Ambos están adentro, tras los bastones negros y azules que caen desde los hombros hasta el short o hasta el jean. “Pasamos momentos difíciles porque nos tocó bajar, sufrí mucho, esperamos subir pronto. Vamos por buen camino. La B es diferente, es complicada, es más aguerrido el fútbol, pero teníamos confianza en que si hacíamos las cosas bien íbamos a andar bien, y por suerte sacamos esa distancia con el segundo. Tuve la chance de jugar una copa [internacional] en Liverpool, y este golpe fue muy duro para nosotros”.

El popular Canario nos recibió en el hall al que pocos llegan y el vestuario nos cobijó de la tormenta como tantas otras veces. El Keke Almeida ya está hablando de sus 24 años de vida, Priscila -su hija, de apenas un año- ya anda en la vuelta haciendo del camarín un mundo de juegos simples.

“Estaba trabajando de verdulero cuando me fue a buscar un amigo y vine a prueba, tenía 18 o 19 años, era la última chance. Había jugado en Sexta en Uruguay Montevideo y después en el Libertad Washington, un cuadro de mi barrio. El trabajo era tranquilo, el problema fue cuando empecé a venir a Liverpool, porque llegaba una y media a casa y a las dos entraba a laburar hasta las diez de la noche. Por suerte me quedaba cerquita”.

Christian Keke Almeida se ríe por lo bajo, se aferra al banco de madera del vestuario locatario. Es tímido por un lado y pícaro por otro. Ambos caracteres se complementan como dos punteros distintos pero efectivos. “Trabajaba de mañana, jugaba en Cuarta, y volvía a trabajar otra vez, así libraba el domingo, si no me mataba. Federico Rodríguez, que había quedado libre de Defensor Sporting fue el que me dijo ¿vamos a Liverpool a probarnos? Éramos amigos desde la escuela, él me conocía y sabía cómo jugaba, porque además jugábamos en el barrio”. Keke se atajó aludiendo al trabajo, pero Federico insistió, ya que la práctica era de mañana. “Bueno, vamo”. A la semana lo fichó el técnico Elio Rodríguez, jugaba de lateral izquierdo.

La pierna zurda lo favorece, sabe usarla para amagar y salir jugando, o bombearla lejos del peligro, incluso para mandarse al ataque. Contrarresta su altura con grandes saltos que increpan a cualquier número nueve. “El loco de la verdulería, un fenómeno, yo le manejaba el horario. Si era otro... tas loco. Una vez me agarró la campera y pesaba 40 kilos. La sacudió un poco y empezaron a caer las papas, los boniatos y las frutas. ¿Qué hacés Christian, si sabés que si me pedís te doy? Yo le dije que le iba a avisar, que era para comer cuando llegara. Esa semana cambió un poco, pero después bien de bien. Yo podía comer ahí, pero me llevé y quemé. Después nunca más”.

Vida que edifica

El aire del vestuario se puebla de recuerdos. Todavía quedan vestigios del partido del fin de semana. Siempre quedarán vestigios de lo hecho. Un pedazo de cinta, una botella de agua, los bancos y las sillas en desorden. Y si hay desorden es porque hubo vida.

“Después empecé a faltar al fútbol, venía un día sí, tres días no, hasta que llegó Nito Puente. Tuve una charla con él y le dije que quería seguir esos seis meses. Él me aguantó y ahí tuve la suerte de que me subieran. Iba a dejar de jugar, porque apenas cobraba un viático y tenía que laburar y quedaba muerto, no me daba. Después empecé a cobrar en Primera y laburaba a fin de año en las canastas de los jubilados. Hacía una moneda”, dice Keke.

Christian sabe lo que es pertenecer al gremio de los que juegan y trabajan. Sus ojos celestes reconocen de memoria el espacio en la cancha de lo que significa entrenar sin dormir, laburar sin dormir. Pero sueña. No pierde ese hábito, y cuenta que con su señora, Stefanie, lo fundamental para su hija es tener un techo y el resto se verá. Entonces no le pesa. Cosas que suceden cuando el sueño es compartido. “Empecé en la Cooperativa 28 de agosto, en Lezica. Es cansador, pero mi señora me ayuda mucho, cumple 12 horas y yo hago las otras 11, supuestamente son dos años. Por suerte ella hace las sereneadas, si no tenía que venir a entrenar sin dormir. Por ahora vengo zafando, pero cuando termine el campeonato las hago yo”, expresa.

Priscila se arrima con el padre, que se desentiende un poco de la charla y juega con su hija. Ella nos mira, nos estudia, sonríe, nos aprueba. Vuelve a sus juegos, se ensucia las rodillas con tierra que quizás su padre trajo en los tapones. Se apaga la luz, la tormenta hace lo suyo. Priscila se asusta un poco pero se siente segura, abrimos la puerta y el día nos brinda la justa claridad para seguir. “Nos mandan trabajos duros de peón, hacer zanjas, picar los pilotes, descargar arcilla, las bolsas de pórtland. El capataz te manda y vos tenés que hacer, si no te manda pa’trás”, y Christian va para adelante. Le pone pecho firme al casco y zapatos de obra con puntera metálica, se calza los guantes, el pantalón, la remera de la cooperativa o una musculosa porque el verano lo permite. A pico y pala, como en el fondo descascarado de las canchas de la B, aguerrido y peleado en el área con un delantero que no cede, defendiendo con la zurda lo que otros atacan con la derecha. El fútbol tiene que ver con todo.

Dicho de otra forma, se encuentran comparaciones donde se buscan. Las situaciones de la vida trasponen cualquier escenario posiblew: “Hay cuadros que están complicados, más en la B, y hay jugadores que tienen familia. No les queda otra. Necesitan plata. Es sacrificado porque al fútbol trabajás con el físico, y encima después tenés que ir a trabajar. Ganarte el puesto e ir a trabajar”.

En familia

Christian jugó de niño en el baby fútbol de Olimpo, allá por el Complejo Colón. Desde aquel tiempo hasta los últimos días de la primera rueda del torneo de Segunda División hay algo que no ha cambiado: la familia está. “Mi vieja, mi abuela, dos hermanos más chicos, mi hija, mi señora y su hija. Siempre me apoyaron. Me vienen a ver en la medida de lo posible, porque a veces se complica”, comenta Keke, y sale decidido a cerrar el lateral de su identificación con Liverpool: “Cuando era chico siempre venía con el padre de mi hermano. Por eso me siento identificado. Después que empecé a jugar... ta. Fue en la época de principios de 2000, por ahí. Jugaba el Boya [Daniel] Pereira, [Fabián] Césaro, Carlitos Macchi, los dos Medina [Leonardo y Alexander]. Coincide que estaba en la B Liverpool, pero son distintas épocas. Ahora el club creció, el fútbol también, hay talento y muchos gurises que vienen de abajo y se mantienen en Primera, que es fundamental”.

Asegura que nunca le faltó nada en Liverpool, desde la confianza de los técnicos, pasando por los compañeros, hasta llegar al presidente. Nada. Pero hubo un lugar en la cancha que descubrió y cambió su vida para siempre.

“Tenía un hermano jugando en Séptima, con 11 o 12 años. Nunca me enteré de nada. Cuando fue grande, ya más adolescente, quiso saber sobre el padre y me quiso conocer. Se dio y nos conocimos. Siguió y sigue en el club, ahora está en sub 16. Anda bien el guacho. De todo eso me enteré acá, por Liverpool”, confiesa Christian, que asegura que la llevan bien, sin tener una relación cercana, pero escribiéndose para estar al tanto de sus vidas, y que “siempre me pregunta por la bebé”. Keke se da vuelta, rastrea a su hija por el vestuario, la encuentra, ella ríe porque reconoció el sonido de bebé; son sus ojos.

Alto deseo

La pelota va para ahí: a Liverpool le falta salir campeón. La gente lo tiene ahí, atragantado. “Es una deuda salir campeón. Pero subir es un paso muy importante para seguir creciendo”, opina Almeida. “Si ganamos la mitad de los partidos vamos a tener el ascenso. Hay que seguir el camino, que viene bien. El plantel está bien. Por todo el tiempo que llevo acá, para mí sería un sueño salir campeón con Liverpool”, cierra Christian con categoría.

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