Cuando tallan los recuerdos

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Aun sin usarla de forma completa, la mente registra y guarda todo. Sus letras nunca se borran, son imperecederas, jueguen quienes jueguen del otro lado del vidrio (y a lo que jueguen). Buenos Aires es eternamente amplia. No seré yo quien juzgue cuáles son sus flores o cuáles sus muertos. Cada sensibilidad construye sus puentes con la patria porteña. Sí puedo decir que hay un lugar de donde me es imposible escapar: Buenos Aires baila el tango como ninguna.

Buscaba un cafetín de los de antes porque afuera la lluvia descargaba sus deseos, que no eran los míos, y me atravesó un recuerdo. Mi puente conectó el ayer de dos por cuatro que más conocí: el abuelo Guido, el paisano de pañuelo al cuello en invierno y camisa desprendida hasta el ombligo en verano; el tanguero de mi perdición. Una vez me dijo: “El café Tortoni está bien, muy bien, pero lo miramos como a una pieza de museo. Prefiero el que está enfrente, creo que se llama Pichín. Es un bar con olor a uno”. Apuré los pasos hasta encontrarlo. Afuera el agua, y adentro el café con medialunas. Tres parroquianos miraban una tele con imágenes mudas, porque el sonido era mandato exclusivo de la cantora.

Del tango al fútbol hay un amague de distancia. Amainando guapos, Defensor, con esa convicción de creer en sí mismo, vino al porteñazo barrio de Parque Patricios con pilchas de internacional. Por eso estoy acá, hoy, mirando el ayer. Es que me da la sensación de que el violeta le hace la vida imposible a la memoria del tiempo, ésa que quiere guardar un instante para toda la vida porque lo considera el mejor, pero que lucha con atesorar el nuevo buen momento que empuja a la nostalgia (“aquí vengo para eso, a borrar antiguos besos…”, diría Enrique Cadícamo). No hace mucho que Defensor jugó semifinales de la Libertadores, y ahora tienta nuevamente al destino.

Al Tomás Adolfo Ducó, el Palacio, lo observo y me gusta. Es un estadio de los de antes, sin berretines ni ínfulas de pedantería, confortable para quien sabe comprender que lo nuestro es lo nuestro. Un estadio de los de antes, donde jugaban los de antes. Un nombre salta solo: René Houseman, el Loco. Sus buenos boletos deben de haber pagado para verlo jugar en esa banda derecha de rabonas rantifusas, quiebres de caderas, enganches y tragos de los buenos y de los malos. Un pícaro que festejaron por pícaro, raro y encendido, al que hallaron bebiendo; esas mismas causas por las que lo enterraron.

La noche tiene pinta de desafío alto; lo saben los propios, lo reconocen los ajenos. Envío estas líneas justo antes del momento en que las fotografías detengan los rostros con cara de circunstancia: Huracán, acaso el porteño sufrido que cae bien, tiene gestos ansiosos de darle a su historia el triunfo internacional que le falta; Defensor deja notar la pose del que sabe lo que quiere y lo viene buscando hace rato. La pelota, quietita en el círculo de cal, está dispuesta a todo.

Buscan su camino. Para ganar hay que llegar; ésa es la lectura, aunque los que no lleguen desacreditan con visiones exitistas. ¿Hay algo tan miope como el exitismo? Por ahí, sería más interesante que quienes no llegamos apuntemos a ver más claro lo que está verdaderamente lejos. Cualquier cacatúa no puede soñar con la pinta de Carlos Gardel. Sobre todo, si no apuntala los sueños.

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