Carlos de Pena, ayer, en el Parque Central. Foto: Nicolás Celaya

De alegría

En la noche de Carlos de Pena, con hattrick incluido, Nacional se reencontró con el triunfo.

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Varias de las virtudes que pueden caber en un partido se acumularon en medio partido. Fue en la segunda mitad del que enfrentó a Nacional con Atenas de San Carlos. Pasó mucho; tanto, que entre los dos equipos convirtieron ocho goles, y pese a que la diferencia entre uno y otro fue de dos, hasta el último minuto el que perdía tuvo chances de empatar. Nacional, el de ayer, estuvo lejos de pare...
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Varias de las virtudes que pueden caber en un partido se acumularon en medio partido. Fue en la segunda mitad del que enfrentó a Nacional con Atenas de San Carlos. Pasó mucho; tanto, que entre los dos equipos convirtieron ocho goles, y pese a que la diferencia entre uno y otro fue de dos, hasta el último minuto el que perdía tuvo chances de empatar.

Nacional, el de ayer, estuvo lejos de parecerse al que venía casi último. Incluso dejó esa impresión en el primer tiempo, cuando no lograba dominar completamente al rival.

Polenta como zaguero; Santiago Romero como lateral no tan ofensivo, pero cubriendo huecos aparentemente intencionales que tuvo el esquema de Gutiérrez por el sector derecho; Nacho González un poco más adelante que los mediocampistas de contención (Arismendi y Porras), pero no solo, ya que estaba acompañado por Barcia y De Pena, dos que cuando se los ve en la cancha disparan el debate sobre si habría que llamarlos delanteros o volantes. Más arriba estaba Iván Alonso. Así se veía a Nacional, y funcionaba, pese a que en el primer tiempo no hubo mucho más que buenas intenciones, triangulaciones interesantes y definiciones que se encontraron con Carlos Méndez dispuesto a volar hasta donde fuese necesario. Nacho González, que ayer era el que sustituía a Pereiro y hoy es el que hace que Pereiro no se extrañe, fue de los más claros, y aunque su ritmo hasta mejoró en el segundo tiempo, fue opacado por el destello de un inaguantable Carlos de Pena.

Tampoco es que Atenas no haya existido. En absoluto. Si hasta podría haber abierto el marcador a los 22 minutos, si no fuera porque el disparo se le abrió unos centímetros más de la cuenta a Leandro Sosa.

Iban 5 del segundo tiempo cuando el laboratorio funcionó en un córner. Después de un cabezazo de Barcia mucho más allá del segundo palo, Arismendi la mandó adentro. Y se destrancó todo. Dos minutos después, arrancó el huracán De Pena. Corrió 40 metros dejando en el camino a Techera con un toque sutil, y desde el vértice izquierdo del área mayor la mandó cruzada, rastrera, para hacer pensar que con el 2-0 se estaba terminando el partido. Pero no. Castillo, después del centro que cayó de un tiro libre lejano, aprovechó que ni asistente ni juez vieran el offside de Perazza, para empujarla hacia el más allá del arco tricolor. Cinco minutos pasaron hasta que llegó el quiebre que, otra vez, pareció definitivo. Un lujo de Barcia desde la derecha derivó en un buscapié que cruzó el área hasta encontrar a De Pena ingresando por la izquierda; 3-1. Y en otros cinco, porque “la vida es eterna en cinco minutos”, llegó el cuarto. Fue De Pena, con un globo de cabeza a palo cambiado, medio minuto después de haber dejado temblando uno de los palos al culminar un contragolpe que hizo acordar bastante a los de la celeste cuando arrancaba esta década.

Fue a los cinco o seis minutos que Perazza puso el 4-2 con el que Atenas revivió y alimentó el tercero; éste llegó de penal, cinco minutos después. De todos modos, el conjunto carolino nunca pudo dominar. En uno de esos destellos colectivos en los que De Pena era fuente de luz, él mismo tuvo el cuarto personal, pero se le fue por arriba del travesaño. De una situación no muy diferente llegó, ya en los descuentos, el quinto, de Gonzalo Ramos.

Fue, indudablemente, otro Nacional. Por lo visto ayer hace pensar incluso que empezó otro campeonato.

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