Cómo te lo digo

Te dejé un billete en la puerta de la heladera.

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El tipo estaba abajo de la sombra que regalaba uno de los tantos árboles del campo de juego. Reconocí rápidamente las historias de sillas plegables a lo largo y ancho de esa cancha y sus tantos partidos del fútbol de selecciones del interior, en los que se jugaban el orgullo, el placer y algunos pesos. Son muchas narraciones que existen en la tradición oral. Anécdotas que hacen la historia: hab...
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El tipo estaba abajo de la sombra que regalaba uno de los tantos árboles del campo de juego. Reconocí rápidamente las historias de sillas plegables a lo largo y ancho de esa cancha y sus tantos partidos del fútbol de selecciones del interior, en los que se jugaban el orgullo, el placer y algunos pesos. Son muchas narraciones que existen en la tradición oral. Anécdotas que hacen la historia: hablan de 4.000, 5.000 sillas plegables recorriendo en U la cancha. Porque el parque Alex Haberli tiene una sola tribuna y el resto es césped. Además, las características del terreno, que es como un talud de pasto, ayudan a que las sillas queden de atrás hacia adelante, con una altura tal que no impiden la visión a los últimos. El hombre se paró, acomodó el almohadón y volvió a sentarse. Su aparente soledad era matizada entre cebaduras amargas. Enfrente estaba el ruido.

Cuando pasé a su lado observé su rostro. Tenía la mirada distante, como con ojos vacíos, en una cancha de Segunda que lo traga todo. Eso es jugar en la B, pensé. Di unos cuantos pasos y me acomodé. Aunque me alejé unos cuantos metros, la sensación de observarlo retuvo mi curiosidad, arrebatándome la posibilidad de prestarle atención a cualquier otra cosa. Salvo por su mirada y los mates, no le notaba gesto alguno. Parecía estar seguro, aunque no pude adivinar de qué. Di vuelta sobre varias posibilidades. Primero pensé que se sentiría un privilegiado al estar en esa ubicación, detrás del arco y bien cerca de la línea de fondo, con su silla de toda la vida. Tal vez eso le daba paz. Como si disfrutara de la razón, como si tuviera razón. La única razón de siempre. Pero siempre no existe, entonces descarté esa opción. Un atípico martes de tarde, sin horas lentas de siesta ni la habitual programación de radio. Eso. Debe ser más simple, me dije: se trata de un hombre que quería hacer. Con la seguridad de saberse ahí descartando cualquier posibilidad distinta. Como si nada representara más importancia ante él en tal día y a aquella hora. Me convencí de que elegía su destino. De todas las vidas diarias pretendió ésa. Quería aquel minuto. Ese brevísimo instante infinito que todo justifica.

Cuidadosamente dejó termo y mate en el pasto, al costado de la silla. La expectativa terminó de golpe. Cuando salieron los equipos a la cancha se levantó de un salto. Gritó fuerte. Sólo entonces pude saber qué colores mantienen su existencia como hincha.

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