Andrés Scotti, de Defensor Sporting, y Diego Forlán, de Peñarol, anoche en el estadio Luis Franzini. Foto: Federico Gutiérrez

A lo Sporting

En un partido táctico, de movimientos medidos, Defensor Sporting festejó ante Peñarol en el Franzini.

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Escribir sobre el triunfo violeta mojando la pluma en el tintero de las falencias carboneras sería un despropósito. No sólo se puede sino que se debe hacer referencia a ellas, pero construir una explicación del resultado de anoche a partir de las carencias de Peñarol y no de las virtudes tuertas sería injusto y desajustado. Defensor no deslumbra, pero hizo lo suficiente para ganarle 3-1 a Peñarol. Y puede tener explicaciones individuales, como la de Brian Lozano y su zapatazo del primer tiempo, que tuvo replay pero sin gol, pero, sobre todo, los porqués son colectivos: la narración de la zona de generación en el mediocampo tiene claro el planteo y el desarrollo, y aunque a veces se le complica el desenlace, el lirismo es el necesario para que tres de los cuentos cambiaran las tres letras de fin por las otras tantas de gol. Mathías Cardacio y Mauro Arambarri, sobre todo el primero, hacen lo que tienen que hacer sin arriesgarse a mucho más. Ellos son los hombros sobre los que treparon, más abiertos y arriesgados, Felipe Rodríguez y Lozano, sumándose, en ocasiones, a la línea de Santiago Barboza y Héctor Romário Acuña en ataque. Tal vez faltó más conexión con y entre estos últimos, pero los goles a favor, se sabe, disimulan cualquier flaqueza. Defensor fue medido, pero no conservador, porque propuso y arriesgó.

Peñarol, por su parte, tuvo un comienzo similar, también medido (lo que por momentos hizo de los primeros minutos un bodrio), pero ya dejaba ver las puntas de su principal contradicción: mucho peso ofensivo, pero pocas herramientas para meter bisturí. Faltaba el corte y el pique que eluden y hieren. Además, ante la ausencia de balones que llegaran bien controlados, ambos delanteros apuntaron a tirarse hacia atrás unos metros. Peñarol tenía mucho peso ofensivo, sí, pero estaba lejos del arco. Parecía evidente que, a no ser por alguna pelota quieta o una bomba de Forlán, las chances claras de gol iban a ser pocas. En ocasiones, Defensor fue más Sporting que nunca. Se vio, por ejemplo, cuando apretó la salida de Sebastián Píriz y liberó a Lozano para que tirara desde unos 30 metros, al ángulo izquierdo de Gastón Guruceaga; iban 22 minutos. Peñarol empató por una de las pocas vías posibles: córner, cabezazo forzado que dejó la pelota picando al borde del área chica, y Gonzalo Viera la metió. Hasta ese momento no era tan injusto el 1-1. Incluso Peñarol, cuando ya se transitaba el segundo tiempo, con el ingreso de Diego Ifrán y el argentino Carlos Luque, pretendió la movilidad que le faltaba. Pero cuando intentaba armar el nuevo planteo llegó un balón desde lejos al segundo palo del arco carbonero. Diogo no pudo restar, y Lozano aprovechó para meterla adentro, sin mucho ángulo pero con potencia. Peñarol reaccionó tras el 2-1, y de no ser por Campaña, que arriesgó cuerpo y alma en la línea de su arco, podría haber conseguido el empate. Los minutos desesperaron a Peñarol, no a Defensor, que seguía medido. Otra presión en campo ajeno, aprovechando que Nahitan Nández quiso hacer lo que nunca hicieron Cardacio y Arambarri, dio la posibilidad del tercero. Llegó de los pies de Adrián Luna, que recogió un centro de la muerte. Gol y triunfo de Defensor, a lo Sporting.

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