Las sienes del tiempo

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Villa Española bien podría ser la Santa María de Onetti si de pueblos se tratase en vez de clubes de barrios. Pero nuestro fútbol mal llamado uruguayo no abarca los escudos más lejanos del interior, pintados en los muros del olvido. Nuestro fútbol apenas alcanza los barrios periféricos más arcaicos; entonces el Villa, esa suerte de club imaginado por alguna mente que divulgue en escrituras las historias más increíbles que en la literatura afloran, nunca alejadas del todo de la realidad que nos compete. El Villa, su deportividad futbolera forjada en el Parque España, su atletismo de antaño por el cemento del barrio, sus guantillas históricas en el gimnasio del Zurdo, con el recuerdo de Evangelista casi como un mito, como Obdulio. Los años decadentes como trazos cronológicos, la desafiliación como un fantasma que vive a la vuelta, y ese sentimiento vacío del fin de semana cuando juegan todos menos el cuadro de uno renacen como un ave fénix maligno en cada período de pases, cuando la plata falta y los empresarios se relamen. Una vez más, las deudas dejan al club al borde. Pero no hay un borde más delicioso que el de la esperanza. Nadie, quizá apenas algunos nomás de los que asistieron a esta fiesta popular organizada por los hinchas, sepan que todavía faltan miles para acceder burocráticamente al fixture. La gente viene por los colores, y si se puede aportar se aporta, para las bermudas de las boxeadoras, o los championes de los pibes. Villa Española vuela otros aires, que poco tienen que ver con el mundo del fútbol, y mucho, mucho, tienen que ver con el amor. Esa serie de ídolos innominados se renovó una vez más, en otra instancia de encuentro con la gente, con el poblerío, con la barriada. Un amistoso con Huracán Buceo es la excusa perfecta, un partido preliminar entre viejas glorias, lo más llano del romanticismo. Un desfile de jugadores juveniles es la incógnita: ¿Qué es lo que se desfila? ¿Qué es lo que se muestra? Entonces el fuego ardiendo, maderas y maderas van adentro, mientras afuera, madera y madera con otro fuego, calienta la lonja histórica que representa, aunque todo se caiga mañana. Esa es La Mandinga, la comparsa del barrio, la que se junta en la esquina, la que guarda los trajes y las pinturas en la sede del cuadro, la que prepara la coreografía contra el reflejo donde boxean al aire los soñadores. La Mandinga llama y el desfile, entonces, no es un desfile en el que se muestran cosas, es un ritual en el que se bautizan almas. La comparsa se extiende a lo largo de lo más parecido a un túnel. La madera suena, el piano agrieta su tronar profundo, el repique taladra el costado, el chico es la voz de los que nunca hablan. Y los pibes, que ni siquiera saben a dónde, pero van tras la pelota y la ilusión, atraviesan esa cuerda, que es como atravesar el barrio, como atravesar la historia, como saberse pertenecientes a una idiosincrasia que no sabe de desafiliaciones porque revive todos los sábados en la vuelta del tambor, en cada plaza, en cada espera del 79 que es como volver a primera, con un boleto mil horas. El Bigote López anda detrás de unos cables para que el animador anime. Mientras, el equipo se prepara tras los muros bajo las indicaciones de un soñador con traje de técnico, que tira sobre la mesa todas las cartas que le tocaron en el mazo de la vida, ese que reparte la religión, quizá, o el destino, o el arte. Bigote encuentra con quién delegar, entonces se encamina a los vestuarios, que son como el cuarto del fondo de su casa. Este personaje onettiano de horas limítrofes entre el rock de vivir y el de hacer goles, que son parecidos, se inmiscuye en el gentío del vestuario, en el hedor a linimento, en el sudor brilloso de los pibes, en las canas cansadas de los grandes. Y queda Natalia vendiendo las rifas, el Omi salvaguardando la entrada, el Bocha custodiando los minutos, los juveniles adentrándose en el mundo a dos colores, el Santi con el micrófono como un evangelista de lo pagano, el Gordo en la parrilla riéndose de todo, el Chelo con su troja de hijos todos hinchas, rodando por ahí, por ese mundo amarillo, con sangre y sudor. Y el partido a quién le importa cómo sale. Es que tampoco importa si se consigue la guita o no, hay algo que quedará en los libros aunque esos libros no se escriban. Algún literato inventará, alguna vez, que hubo un club con cantores populares y boxeadores eternos, con goleadores anónimos y corredores del asfalto, con amistades de siempre y submundos en esquinas de tango y cumbia, de rocanroles sin más destino que el mostrador, la vitrina, y la tradición oral de contarnos goles y amores.

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