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Centro de Montevideo, el 31 de enero.

Foto: Gianni Schiaffarino

Milagros

8 minutos de lectura
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Sin renunciar a los milagros, Hugo de los Campos nos invita a reflexionar desde la razón sobre acontecimientos que aún con baja probabilidad se dan, como ganar un juego de azar, el surgimiento de la vida en este planeta o nuestro propio nacimiento.

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Muchos creemos en milagros. O al menos hemos esperado alguna vez que uno de ellos ocurriera. No necesariamente algo imposible, sino un suceso en extremo improbable, que nos favorezca.

Existen distintos tipos de milagros.

Para comenzar, los domésticos: que la Martita pase de esa actitud de indiferencia a una de amor duradero hacia mí; que la enfermedad de un ser querido, dictaminada por los especialistas como incurable, remita; que, entre una docena de temas, justo entren al examen los tres que estudiamos.

Otros sirven de fundamento para religiones, sectas y otros tipos de movimientos espirituales. David Hume dedicó una sección de su Investigación sobre el entendimiento humano (1748) a considerarlos. Definió a los milagros como “la transgresión de la ley de la naturaleza por una volición particular de la deidad o por la interposición de algún agente invisible”. El escocés ofreció algunos ejemplos: “No es ningún milagro que un hombre en aparente buen estado de salud muera repentinamente, pues aquella clase de muerte, aunque más infrecuente que cualquier otra, de todas formas, ha sido frecuentemente observada. Pero es un milagro que un hombre muerto vuelva a la vida, pues esto no se ha observado en ningún país o época”. Las modernas técnicas de reanimación pueden cuestionar este ejemplo. Pero Hume ofrece otros, como que el plomo flote, que el fuego no consuma la madera o no se extinga con el agua.1

También solemos considerar milagrosos a algunos hechos que no violan ninguna ley de la naturaleza. De hecho, podemos incluir dentro de la categoría, como veremos a continuación, a las propias leyes de la naturaleza. Son hechos normales (nada de muertos caminando, ni barras de plomo flotando), pero cuya probabilidad de haber ocurrido tal como efectivamente lo hicieron es extremadamente pequeña. Tanto como para sospechar que, una vez más, “...una deidad o la interposición de algún agente invisible” lo ha hecho posible.

En este artículo nos centraremos en este tercer tipo de milagros.

La existencia del universo

El mundo que habitamos parece existir gracias a que varios parámetros físicos (y, sobre todo, relaciones entre ellos) toman valores muy específicos. En simulaciones o análisis teóricos, pequeños desvíos en esos parámetros suelen producir universos con formación estelar muy difícil o con propiedades tan distintas que no habría química compleja, y por tanto vida tal como la conocemos. No es que cualquier desviación haga imposible el universo; la idea es que existen ventanas estrechas dentro de las cuales emergen galaxias, estrellas longevas y una química rica.

Un ejemplo ilustrativo son las masas del protón, el neutrón y el electrón. No importa su valor absoluto, sino cómo se comparan: si el electrón fuese más pesado en relación con la diferencia neutrón–protón, el hidrógeno sería inestable y desaparecería. Sin hidrógeno, no se enciende la fusión estándar en las estrellas. Si cambias moderadamente las masas de los quarks up y down, alteras la fuerza nuclear efectiva y el deuterón —primer peldaño de la cadena de fusión— podría dejar de existir el estado ligado. Sin ese estado, no se encienden estrellas como las conocemos. Los elementos esenciales de planetas y biosferas —desde el oxígeno hasta el hierro— provienen de estrellas masivas y de explosiones estelares que dispersan estos átomos. De modo que sin aquel ajuste fino de las masas de las partículas subatómicas, no serían posibles planetas como la Tierra, ni la vida que en ella habita.

El ajuste fino no se limita a aquellas masas. De hecho, pueden encontrarse en publicaciones especializadas decenas de parámetros adicionales. En la Enciclopedia de Filosofía de Stanford, por ejemplo, se comienza considerando cinco: la diferencia entre las masas del quark up y el down (considerada más arriba), la relación entre la fuerza de gravedad y la del electromagnetismo, la intensidad de la fuerza nuclear fuerte comparada con la del electromagnetismo, la intensidad de la fuerza débil y la constante cosmológica.

Si suponemos que la estructura del universo es puramente azarosa y, por tanto, cada parámetro podría haber tomado casi cualquier valor, obtener simultáneamente el conjunto compatible con estrellas, química y vida resulta extraordinariamente improbable. Ante esta configuración tan precisa y su extrema improbabilidad entre las millones de millones de configuraciones alternativas, hay quienes intuyen una intención, un propósito. Pareciera, entonces, que nuestro universo ha sido diseñado para hacer posible la vida.

La existencia de uno mismo

Si la existencia del universo, tal como lo conocemos, se nos presenta como un suceso absurdamente improbable, ¡qué decir de la existencia de ti mismo! Pensar en la posibilidad de haber nacido exactamente como eres produce vértigo. Una cadena larguísima de contingencias tuvo que ocurrir: que tus padres se conocieran, que coincidieran en un lugar y un momento precisos, que ese óvulo estuviera disponible y ese espermatozoide —entre millones— fuese el que llegara primero. Lo mismo vale para tus abuelos y bisabuelos, y así hacia atrás, generación tras generación.

Observemos uno de esos millones de eventos. Supongamos que tus padres fueron a la playa para ver el atardecer en una tarde de verano. Una nube tapó el sol y decidieron volver a casa antes. Allí tuvieron el encuentro íntimo que habían planificado para más tarde. Ese pequeño ajuste de plan lo cambió todo: otra hora, otras circunstancias biológicas, otro encuentro entre gametos. Nueve meses después, naciste tú. Ahora bien, esa nube no apareció por arte de magia: su tamaño, posición y movimiento dependieron de vientos, humedad, temperatura, presión, relieve y de condiciones meteorológicas a gran escala. Y cada una de esas condiciones, a su vez, dependió de otras. Cada suceso revela así un entramado de causas que se ramifica sin parar.

Las condiciones que hicieron posible tu nacimiento se remontan, estrictamente, hasta el origen del universo. Pero no viajemos tanto en el tiempo: considera a un antepasado del Paleolítico que vuelve de cazar mamuts y tiene un encuentro íntimo. Si aquella cacería hubiera durado unas horas más —si el animal hubiese ofrecido un poco más de resistencia—, el encuentro habría ocurrido en otro momento. Esa mínima alteración habría redirigido una rama entera de tu linaje: en lugar de tu ancestro concreto, habría nacido otra persona. Repite esta idea miles, millones de veces, en cada bifurcación plausible, y la sensación que queda es la de una lotería encadenada: no una apuesta aislada, sino una secuencia inverosímil de aciertos, una detrás de otra, durante siglos y siglos... que condujo a que tú nacieras.

No sorprende que esto sea visto por muchos como un milagro. Y que la volición de una deidad o de algún agente invisible, como sugirió Hume, haya estado también involucrada.

En los siguientes apartados pretendo cuestionar tales conclusiones, mostrando que se fundan en errores de razonamiento.

Pensar en poblaciones

Una de las grandes limitaciones del razonar se produce cuando pretendemos entender el mundo mirándonos sólo a nosotros mismos (aquello de “verse el ombligo”). Regresemos a aquella tarde veraniega en que tus padres tuvieron relaciones sexuales. Si la nube no hubiese tapado el sol y, por tanto, hubiesen regresado más tarde a la casa para tener un encuentro íntimo, en lugar de ti hubiese nacido, pongamos, Rebeca. Rebeca miraría su pasado y lo vería tan extraordinariamente improbable como el tuyo. Y si no hubieran intimado ese día, y al día siguiente uno de ellos hubiera tenido sexo con su amante, hubiera nacido Emilio. Emilio, nuevamente, viendo la infinita cadena de sucesos que condujo a su nacimiento, consideraría que el suyo fue un milagro.

Lo que hemos hecho aquí es echar mano de una de las glorias del razonamiento: definir escenarios contrafactuales. Se trata sólo de preguntar qué hubiera sucedido si... En este caso: ¿qué hubiera sucedido si la nube hubiera tomado otro rumbo? Generalizando el razonamiento anterior, solo podemos llegar a la conclusión de que, sea quien sea que nazca, en el momento histórico que sea y en las circunstancias que sean, será un milagro. Ahora bien, si de infinidad de posibles desenlaces, cualquiera de ellos es un milagro, entonces, en términos poblacionales, no existe milagro alguno.

Los juegos de azar pueden servirnos como modelo: ganar el 5 de Oro es rarísimo para una apuesta. Sin embargo, con muchos apostadores, lo esperable es que alguien gane, y quien sea podría verlo como milagroso. O al menos como un suceso excepcional.2 En la perspectiva del apostador, ganar es ciertamente algo excepcional. Pero en la perspectiva de la población de apostadores, es perfectamente esperable que alguien gane. Nuevamente: si gane quien gane es un milagro, entonces no hay ningún milagro.

Lo mismo vale para el universo. Si hay (real o conceptualmente) un conjunto de posibles “universos” o combinaciones de parámetros, cabe que algunos permitan estrellas y observadores. Para quienes aparezcan allí, su universo parecerá milagroso. Pero simplemente es una de las posibles configuraciones del universo la que estamos experimentando. Adicionalmente, en este caso, observamos un universo compatible con la vida porque sólo en uno así podríamos existir para observarlo. No puede sorprendernos encontrar condiciones que permitan nuestra presencia porque, de no ser así, no estaríamos aquí para reportar tales condiciones.

Nunca calcular probabilidades hacia atrás

La teoría de la probabilidad es una de las mayores hazañas cognitivas de la humanidad. Surgió en Oriente y fue tiempo después importada por Occidente. Es, junto con la lógica experimental (que es en buena medida, aunque no exclusivamente, lógica contrafactual), una de las dos columnas sobre las cuales se erige eso que llamamos ciencia.

Las probabilidades son útiles para realizar inferencias hacia adelante. Te informan sobre las chances de que ocurra un evento, dadas determinadas condiciones y algún supuesto de aleatoriedad. Pero al final del día, un evento ocurrirá. Y una vez que lo ha hecho, no tiene sentido calcular ninguna probabilidad. Podemos volver al ejemplo del 5 de Oro: tiene sentido calcular probabilidades de ganar antes de realizar la apuesta (los operadores del juego se aseguran de que el valor de la apuesta sea muy bajo, para que, aun viendo las bajísimas probabilidades de ganar, decidas gastar ese dinero). Pero no tiene ningún sentido hacerlo a posteriori, ¡porque alguien iba a ganar! Esto aplica a cualquiera de los acontecimientos que experimentamos a diario.

Tomar un vaso de agua, por ejemplo. Allí dentro hay unos seis cuatrillones de moléculas de agua formadas millones de años atrás. Esas moléculas están constituidas por 6 cuatrillones de átomos de oxígeno, creados en el interior de estrellas masivas, y 12 cuatrillones de átomos de hidrógeno, surgidos en los primeros minutos posteriores al Big Bang. Que entre el inimaginable número de átomos de oxígeno y de hidrógeno, estos, justo estos, llenen hoy tu vaso de agua, es descomunalmente improbable. En definitiva, en cada acción cotidiana, como pisar una baldosa (justo esa entre millones que podrían estar allí abajo, en su lugar), comprar un refresco (justo ese refresco) o prácticamente cualquier cosa, nos enfrentamos a eventos con “probabilidad retrospectiva” cercana a cero. Que asumamos eso con naturalidad la mayor parte de las veces, mientras lo consideremos un milagro cuando se trata de nuestra existencia, es sólo egocentrismo.

Lo mismo vale para los ejemplos vistos más arriba: alguien tenía que nacer. O, con salvedades, algún tipo de universo tenía que existir.

La flecha de la causalidad

En el ejemplo del universo existe un error adicional: vemos que tiene determinada estructura que hace posible la vida tal como la conocemos. Concluimos entonces que el universo fue “hecho para la vida”. Más razonable es la hipótesis que invierte el sentido de la flecha causal: la vida que vemos es la que pudo evolucionar bajo estas reglas del universo. No es que el universo fuera preparado para admitir la vida tal como la conocemos, sino que, dado un universo con determinadas características, se desarrolló un tipo de vida —el que conocemos— compatible con aquellas.

El clima invernal no fue diseñado para que prosperaran los abrigos: confeccionamos abrigos porque el clima es invernal.

Entonces, ¿no existen los milagros?

Ninguno de los argumentos presentados hasta aquí conduce a negar que una deidad se encuentre implicada en que el universo exista tal como lo conocemos, que tú hayas nacido o que exactamente esos cuatrillones de moléculas de H2O hayan caído en tu vaso.

Lo que sostienen es que existe una hipótesis alternativa, racional y plausible. Una que supone pensar en términos poblacionales en lugar de individuales, y admitir que carece de sustento lógico considerar como extraordinario que se produzca un desenlace de entre millones posibles, cuando se esperaba que alguno de ellos ocurriera.

De todos modos, así como un apostador deshonesto puede cargar los dados, una deidad amorosa (amorosa contigo, no con Rebeca ni con Emilio, claro está) puede haber ajustado las perillas del universo para permitir la vida y haber intervenido en los millones de millones de eventos que desde el origen del universo sucedieron como lo hicieron, para que tú nacieras.

Personalmente, creo en los milagros. Pero también que es bueno cultivar la razón. Por ello, no me preocupa la creencia en milagros. Al contrario: eso forma parte de la esencia de los seres humanos. La pérdida del sentido mágico del mundo que caracteriza a nuestra época ha hecho estragos. Lo que me apena es que tengamos que razonar mal para justificarlos.


  1. “¿Por qué es más probable que todos los hombres han de morir, que el plomo no puede, de suyo, mantenerse suspendido en el aire; que el fuego consume la madera y se extingue con agua, si no resulta que se ha encontrado que estos hechos son acordes a las leyes de la naturaleza, y se requiere una violación de estas leyes, o, en otras palabras, un milagro para evitarlos?” 

  2. Los operadores del juego ajustan la probabilidad de acierto para asegurar pocos ganadores, pero casi siempre alguno. Si la probabilidad de ganar es muy alta, ganan muchos, que se reparten el premio, por lo que el juego deja de ser atractivo. Si es muy baja, rara vez gana alguien, por lo que el juego también deja de ser atractivo. El ajuste entre número de apostadores esperados y chances de ganar (cantidad de bolillas en el bolillero y cantidad de bolillas a extraer) es en este caso deliberado, por lo que nos resulta útil como modelo. 

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