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Cámara de Senadores, el 4 de setiembre de 2025.

Foto: Ernesto Ryan

Estudio analiza qué beneficios obtienen políticos y políticas que recurren al agravio y la confrontación

8 minutos de lectura
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Investigación realizada con legisladores de Estados Unidos arroja que si bien los “emprendedores de conflictos” logran mayor visibilidad en los medios y redes, no obtienen ni más votos, ni más financiación, ni mayor éxito legislativo que sus colegas.

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La semana pasada, la Cámara de Senadores dedicó un rato a analizar los dichos del legislador de la oposición Sergio Botana ante un programa de televisión. En entrevista del programa Cinco Sentidos, de canal 5, Botana sostuvo que, si bien el Frente Amplio no era un narcopartido, “todas sus decisiones están influidas por las posiciones que al narcotráfico le sirven”. En la cámara, el senador oficialista Óscar Andrade afirmó que “tiene que haber un límite en la discusión política para el agravio”, y que con este tipo de expresiones “se rompen todos los puentes” para conversar sobre un tema complejo como es el narcotráfico.

En febrero, la senadora Graciela Bianchi, durante una conferencia por el fallo del Tribunal de lo Contencioso Administrativo con relación al puerto, descalificó la pregunta realizada por un periodista allí presente, lo que generó un altercado. “Yo no peleo, yo defiendo la legalidad, sobre todo, limito la estupidez”, sostuvo entonces Bianchi.

Se trata solo de dos ejemplos recientes que han puesto sobre el tapete, una vez más, el tono no siempre constructivo del discurso político. No es algo nuevo.

En una columna de opinión de 2018, Marcos Otheguy señalaba que “hace rato que el tono del debate político viene cambiando”, y esbozaba que quizá por influencia de las redes y otras formas de comunicación “también en el debate político comenzó a campear la mentira, la descalificación personal, los apuros por el poder y la pérdida de algunos códigos esenciales”. Ese mismo año, el entonces intendente de Canelones, Yamandú Orsi, decía que a veces los propios partidos políticos “agudizan las señales de intolerancia y a veces hasta de odio”.

Si bien nos gustaría pensar que somos distintos, el fenómeno no es exclusivo de nuestro sistema político. Tal vez en otras partes sea más virulento o más marcado, y, claro está, habrá diferencias culturales, políticas y demás, pero comprender los porqué de esta retórica confortativa en otras partes nos puede ayudar a ver mejor lo que aquí está pasando. En ese sentido, un trabajo reciente, titulado algo así como “Emprendedores del conflicto: un análisis descriptivo de cuándo y cómo las élites políticas utilizan la retórica divisiva”, que analizó el tema en Estados Unidos, resulta un insumo atractivo.

Firmado por Marc Jacob, de la Escuela Keough de Asuntos Globales de la Universidad de Notre Dame, Yphtach Lelkes, de la Escuela Annenberg de Comunicación de la Universidad de Pensilvania, y Sean Westwood, del Departamento de Gobierno del Colegio Dartmouth, todas instituciones de Estados Unidos, el artículo busca entender cuáles son los incentivos que impulsan “el auge de la retórica divisiva en la política estadounidense”. Veamos qué vieron.

Contradiciendo a los electores

“Los votantes estadounidenses expresan sistemáticamente su aversión a la falta de civismo político”, comienzan señalando los investigadores en su artículo científico, agregando que “numerosas encuestas revelan que los ciudadanos desean que los legisladores participen en debates sustantivos sobre políticas públicas en lugar de caer en ataques personales, prefiriendo el compromiso al conflicto y la civilidad a la confrontación”.

Ya que estamos leyendo este trabajo a la luz de la falta de civismo político en nuestro país, apuntemos que aquí también las encuestas parecen reflejar algo similar a lo detectado en Estados Unidos. Por ejemplo, una encuesta de Factum, de agosto de 2025, destacaba en sus apuntes finales que se notaba “una fuerte prevalencia del dialoguismo y un bajo apoyo a la confrontación” entre las personas encuestadas. Volvamos entonces al trabajo realizado en el norte.

Los investigadores entonces dejan clara su perplejidad: “A pesar de esta clara preferencia pública, la retórica virulenta parece estar aumentando en la política estadounidense: los legisladores recurren a los insultos, la difamación y los ataques personales a un ritmo aparentemente sin precedentes”, afirman. Y esa perplejidad se transformó en el motor que guio su investigación: “Esta desconexión entre la demanda ciudadana de civilidad y la oferta de conflicto por parte de las élites plantea un enigma fundamental para la teoría democrática”, a saber, “por qué las élites políticas se comportan de una manera que sus electores dicen despreciar”.

Antes aclaran: criticar a los oponentes políticos es una práctica antigua y no necesariamente dañina, sobre todo cuando los dardos apuntan a la gestión, las ideas y a la proposición de formas alternativas de hacer las cosas. “En los últimos años, sin embargo, el discurso público ha pasado del debate basado en temas específicos a los insultos personalizados y la difamación”, sostienen, alertando que “este giro hacia una retórica más hostil” es preocupante “dadas sus múltiples implicaciones negativas para las sociedades democráticas, incluyendo el aumento de la animosidad partidista, el apoyo a la violencia política y la reducción de la participación política”.

¿Por qué caer en algo que es tan dañino? Alguna razón debe haber, dicen los investigadores, que parten de la premisa de que, para que una conducta se mantenga, debe haber algo que la esté incentivando o premiando (o, por el contrario, esa conducta evita algo negativo o indeseado).

Testeando hipótesis

En el trabajo los investigadores sostienen que el discurso agresivo y confrontativo “suele explicarse mediante una serie de supuestos comunes”, como que “los ataques personales constituyen una parte importante de las comunicaciones de los legisladores, magnificados por la selección editorial de los medios y la amplificación algorítmica”, que “dicha retórica les reporta beneficios tangibles en términos de recaudación de fondos y perspectivas electorales” o que “los legisladores combinan hábilmente la defensa de políticas con ataques partidistas”. Luego sostienen que en su trabajo ponen “a prueba sistemáticamente estos supuestos mediante un análisis descriptivo a gran escala de la comunicación” de los legisladores.

Para ello construyeron un conjunto de datos a partir de “dos millones de declaraciones públicas del 118º Congreso”, que fue de enero de 2023 a enero de 2025, en el que se incluyeron “discursos en el pleno, publicaciones en redes sociales, boletines informativos y comunicados de prensa”. Todo ese set de datos fue analizado mediante un gran modelo de lenguaje (terminaron usando GPT-4) mediante una tipología que distinguió “a los emprendedores de políticas tradicionales de los emprendedores de conflictos”. Veamos un poquito eso.

Parándose en trabajos previos (como el de Michael Mintrom de 1997), que definían a los “emprendedores de políticas” como “individuos que aprovechan las oportunidades para impulsar ideas innovadoras, construyendo reputaciones basadas en su experiencia”, en este estudio desarrollaron el concepto de “emprendedores de conflictos”, definiéndolos como “representantes que utilizan desproporcionadamente insultos personales contra la integridad, la moral o el intelecto de sus colegas”.

Al modelo le dieron la siguiente definición para analizar los discursos: “un ataque personal es cualquier declaración que (i) se dirija a un individuo o grupo específico por su nombre o referencia clara y (ii) critique características personales, motivaciones o su integridad en lugar de posiciones políticas o acciones en capacidad oficial”. Específicamente, instruyeron al modelo para identificar “declaraciones que contengan: (i) cuestionamiento del carácter, la honestidad o el patriotismo; (ii) apodos despectivos o insultos personales; (iii) ataques a la apariencia, antecedentes o vida personal; (iv) acusaciones de corrupción o intención maliciosa sin contexto político; y (v) retórica incendiaria dirigida a individuos en lugar de ideas”. Por su lado, instruyeron al modelo para que no clasificara como ataques personales a las “(i) críticas a posiciones políticas o votos; (ii) desacuerdo con acciones o declaraciones oficiales; (iii) descripciones fácticas de afiliaciones o registros políticos; y (iv) críticas partidistas generales sin dirigirse a individuos”. Las categorizaciones fueron validadas por dos codificadores humanos con doctorado en Ciencia Política.

Toda esa categorización luego fue cruzada con “registros exhaustivos de las actividades políticas, legislativas y financieras” de los legisladores. Y entonces vienen los resultados y las conclusiones.

Por culpa de unos pocos

Entre los resultados de su trabajo puede destacarse que, “aunque la estrategia de generar conflictos se observa en ambos partidos y cámaras, sigue siendo una estrategia poco frecuente para la mayoría de los miembros del Congreso”.

Si bien los legisladores republicanos realizaron más ataques personales que los demócratas (ambos partidos polarizan la política norteamericana), destacan que “la gran mayoría de los republicanos sigue dando prioridad al debate político sobre los ataques personales”.

Otro resultado a destacar es que, si bien “algunos miembros recurren constantemente al conflicto, suelen adaptar su nivel de negatividad al contexto”. Al respecto, señalan que “los ataques personales son más del triple frecuentes en X”, donde constituyen 1,8% de las publicaciones de los legisladores, “que en el entorno formal de la Cámara de Representantes o el Senado”, donde bajan a “0,5% de los segmentos de discurso”. Por su parte, señalan que “los comunicados de prensa (1,1%) y los boletines informativos (0,6%) se sitúan en un punto intermedio”. Los autores entonces dicen que estos datos sugieren que “los representantes son más agresivos al comunicarse directamente con el público o los medios de comunicación y más reservados en foros procedimentales o con audiencias más reducidas”.

También señalan que “un pequeño subconjunto de legisladores se desvía” de esos valores promedios, “dedicando más del 20% de sus publicaciones en redes sociales o comunicados de prensa a ataques personales”. Por otro lado, “la mayoría de los miembros destinan aproximadamente un tercio de su retórica al debate sustantivo y crítico sobre políticas públicas en todos los canales”.

¿Paga la confrontación?

El trabajo reporta que, a la hora de juntar fondos, quienes tienen un estilo confrontativo y de ataques personales no recaudan más dinero que aquellos que se dedican a una política más constructiva. Por tanto, dicen que, si bien “no hay una penalización”, tampoco es una ventaja.

En las urnas tampoco tuvieron ventajas: “nuestros modelos multivariados no aportan pruebas de que recurrir a ataques personales genere una ventaja electoral sustancial”, reportan en el trabajo. Y también informan que “los ataques personales no se traducen en una mayor actividad legislativa ni en victorias políticas”, agregando que “los legisladores que participan en debates críticos pero centrados en las políticas tienen muchas más probabilidades de copatrocinar proyectos de ley”.

En el único punto donde confrontar parece pagar es en la repercusión mediática: “los emprendedores de conflictos reciben una atención mediática desproporcionada”, reportan. “Los 25 miembros del Congreso más conflictivos reciben más atención de los noticieros de televisión por cable que los 75 miembros menos conflictivos juntos”, dicen a modo de ejemplo. Algo similar sucede en la red X: “Los posteos que incluyen ataques personales se comparten, en promedio, mucho más que los que presentan debates críticos (un promedio de 606 vs. 244 retuits), y reciben muchos más ʻme gustaʼ (un promedio de 2.369 vs. 760)”, reportan. Por tanto, sostienen que “estos patrones indican que una mayor intensidad de los ataques personales se asocia con una mayor visibilidad inmediata en los medios y un mayor alcance de audiencia a través de múltiples canales”.

Problemas para encausar a quienes agravian

El trabajo entonces llega a un punto de gran interés. “Nuestros hallazgos revelan una perspectiva crucial sobre los objetivos heterogéneos de los legisladores modernos. Si bien las teorías tradicionales del comportamiento legislativo asumen que los miembros buscan principalmente la reelección, la influencia política o el poder institucional dentro del Congreso, documentamos un subconjunto de legisladores que parecen priorizar un objetivo completamente diferente: la visibilidad mediática”. Más aún, señalan que “esta búsqueda de visibilidad parece estar desvinculada de las recompensas políticas tradicionales”, ya que, pese a su atención en medios y redes, esa visibilidad “no se asocia con ganancias cuantificables en la recaudación de fondos, los márgenes electorales, la productividad legislativa ni la riqueza personal”. Para colmo, “su estilo retórico no muestra correlación con la hostilidad” deseada o practicada por sus electores. Y todo eso es un gran problema.

El trabajo incluye una frase para enmarcar: “La ausencia de sanciones electorales, financieras o institucionales claras para la retórica incívica genera preocupación sobre la capacidad de las instituciones democráticas para disciplinar las conductas que violan las normas”. Lo que dicen es algo que aquí hemos observado varias veces ante exabruptos, calumnias, fake news divulgadas a sabiendas o subidas de tono: aun cuando el electorado pide diálogo, los partidos son tímidos a la hora de sancionar o encausar a quienes presentan un discurso agraviante, tal vez por esta alta cobertura mediática de cada cosa que dicen (y sobre todo si son cosas disparatadas, violentas, poco constructivas o inadecuadas).

“La heterogeneidad en los objetivos de los legisladores tiene importantes implicaciones para la rendición de cuentas democrática: los mecanismos institucionales diseñados para limitar a los legisladores que buscan la reelección o la influencia en la cámara pueden no ser suficientes para disciplinar a quienes buscan visibilidad en los medios”, enfatiza el trabajo.

Cuánto de lo reportado en esta investigación se aplica a nuestro medio es algo sobre lo que podemos reflexionar por nuestra cuenta. Pero seguro algo positivo nos llevamos sobre este análisis de tan negativa forma de hacer política.

Artículo: Entrepreneurs of conflict: A descriptive analysis of when and how political elites use divisive rhetoric
Publicación: PNAS Nexus (marzo 2026)
Autores: Marc Jacob, Yphtach Lelkes y Sean Westwood.

Cifras del discurso político confrontativo

6,4% de los legisladores nunca recurre a ataques personales
65% utiliza ataques personales en menos del 1% de sus comunicaciones
606 cantidad promedio de retuits de posteos con ataques personales
244 cantidad promedio de retuits de posteos con debates críticos
2.369 cantidad promedio de me gusta de posteos con ataques personales
750 cantidad promedio de me gusta de posteos con debates críticos

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