El último posteo de su página oficial en Instagram tiene fecha del 7 de enero de 2025. Eso suma 51 semanas sin novedades. “¿Qué pasó con el programa?”, comentó la usuaria Tania. “¿Cuándo vuelven?”, preguntó Marcel. “Qué lindo tema”, opinó Cristina sobre el videoclip de una actuación de Monterrojo: una de las últimas imágenes en movimiento antes del final de Dale que va, en Canal 10, cuya última emisión fue el 28 de diciembre de 2024.
Una leyenda de la televisión –cuya figura, incluido su nombre y su rostro, olvidé por completo– alguna vez me confesó, con algo de fastidio y el letargo de la rutina: “Podés tener el programa más popular o importante de todos. No importa. Cuando te sacan del aire la gente no va a reclamar al canal para que vuelva y, al rato, se olvida”.
Por lo visto no le faltaba razón, apuntando a una costumbre uruguaya que puede replicarse en otros ámbitos, seguramente más trascendentes para el futuro del país. Salvando las distancias, volví a recordar aquella frase el día en que la cadena estadounidense ABC decidió levantar su programa Jimmy Kimmel Live! –poco después volvió al aire–, como antes había hecho CBS con The Late Show with Stephen Colbert, que corrió peor suerte.
Es cierto: el caso de Dale que va ni se les compara. No tiene un trasfondo político internacional ni cientos de millones de dólares dando vueltas entre entretenedores y dueños del mundo. Como todo en Uruguay, es más chico y más lento, y su asunto –es decir, el final del programa y su ausencia continuada– ha pasado casi inadvertido, tanto para los medios de comunicación como para aquellas personas que seguían el programa religiosamente. Como yo.
Para ubicarse en el comienzo de este proyecto de televisión sabatina hay que retroceder a fines de los años 90, de la mano del célebre conductor uruguayo Omar Gutiérrez y su clásico De igual a igual. Luego de asentarse en la grilla de Canal 4, de lunes a viernes al mediodía, el programa también se instaló los sábados, con un formato menos periodístico, apoyado en actuaciones en vivo de bandas musicales y en el estilo descontracturado y pícaro del profesional maragato.
Con recorridas por el interior, emisiones desde teatros al aire libre y estudios, y una bulliciosa tribuna que fue puntal de esos comienzos, Omar transformó esa entrega extra de los sábados en una tradición de la pantalla que acompañaba de cerca la agenda del carnaval y sus conjuntos e impulsaba, casi en soledad, la movida tropical, con sus leyendas y sus nuevas figuras.
En agosto de 2009, y luego de una pausa en la carrera de Omar por problemas de salud, el programa volvió al aire, pero sólo los sábados, esta vez bajo el nombre Agitando una más y con la misma propuesta de siempre: entretener con un abanico de propuestas culturales diversas y una mirada desprejuiciada de géneros y calidades, adelantada a su tiempo.
Eduardo Colo Gianarelli llegó a compartir la conducción junto con el gigante del termo y el mate, que poco después decidiría marcharse a Canal 10. Para entonces, la verdad, no imaginaba que el flacucho y atrevido Gianarelli iba a convertirse en uno de los mejores y más completos conductores de la televisión uruguaya, al frente de Masterchef Uruguay, Polémica en el bar y La mañana en casa, entre otros programas de Saeta. Canal 4 sí la vio y confió en el Colo la continuidad de Agitando, con la mochila de la comparación inevitable con su antecesor.
El resto es mucho más conocido. En poco tiempo Agitando una más se hizo fuerte en la grilla del canal con una propuesta algo renovada. Incorporó juegos y participación estudiantil, y se mantuvo fiel a su conexión con la movida tropical y el carnaval. Más tarde, también se la jugó por entrevistas extensas con figuras del espectáculo y el deporte. Así alcanzó 12 temporadas ininterrumpidas de tardes de sábado ocupadas, con especiales de fin de año a la medianoche no menos memorables.
El 31 de julio de 2021, el cimbronazo pandémico, que modificó de forma extrañísima las programaciones de los tres canales privados, provocó el fin de su era en Monte Carlo y el comienzo de su ciclo en Canal 10, ahora como Dale que va, desde el 20 de noviembre de ese año.
La fórmula agitada
En los estudios de la cadena NBC, en Burbank, California, Johnny Carson –como antes lo habían hecho Steve Allen y Jack Paar– se había acostumbrado a las cintas adhesivas en el piso del set, colocadas no por casualidad, con el fin de marcar con precisión los movimientos de las personas delante de las cámaras y de facilitar el trabajo de los camarógrafos, en un circuito casi invariable de tiempos y segmentos en el que el monólogo, el segmento paródico humorístico y la entrevista definían la identidad de su show y, al mismo tiempo, las bases más convincentes de un éxito de la medianoche.
Como luego les pasó a David Letterman y Conan O’Brien, Carson hizo de esa obligatoria rutina su estilo de vida. En el camino, llevó adelante uno de los programas más importantes de la historia de la televisión. En Dale que va (ex Agitando una más), Eduardo Colo Gianarelli arrancaba cada emisión con un “¡Buen mediodía, familia!” estruendoso, bajo el ritmo de la no menos explosiva melodía de “Rap das armas”, de los brasileños Cidinho & Doca. Antes era un grupo uruguayo el responsable de avisar que Agitando ya estaba en el aire.
El televidente podía encontrarse con visitas recurrentes, como la del grupo Pantera, cuya cumbia del interior revelaba los dones de un guitarrista especialmente virtuoso, o con la cara nueva de alguna banda recién salida al mercado. Así conocí, por ejemplo, a Luana Porciúncula, a Majo la del 13, al proyecto solista de Sebastián Torres.
Luego era el turno de anunciar el menú del programa –nunca escaso en ofertas– y de una charla amena entre el Colo y Analaura Barreto, la coconductora que se había ganado un lugar fundamental, con un estilo simpático y extremadamente ajustado a un libreto que vaya a saber uno si alguna vez estuvo escrito.
Como en la mejor televisión, Gianarelli y Barreto repetían la misma función todos los sábados: banda musical, breve conversación con los artistas, el aviso de una fábrica de pastas; banda musical, breve conversación con los artistas, el aviso de una marca de vinos; entrevista central. Siempre igual, con precisión, encanto y entusiasmo. En perspectiva, también resulta admirable la fidelidad con el programa de la marca de pastas, conocida por su presencia en los tablados de carnaval.
La sola contemplación de esa coreografía resultaba un disfrute y otorgaba a invitados y televidentes un marco de familiaridad que sólo podía redundar en la fidelidad con la que crecen los clásicos de la televisión, el cine y la música. Después, y a partir de ese marco sólido, había lugar para las mejores sorpresas: para lo atrevido o nunca visto, para aquello que rara vez aparecía en otra pantalla.
Entre mis mejores recuerdos están: un continuado atemporal de Los Ocho de Momo; una imagen vívida de Abrojo Cadenas bailando viejos pasos de murga; el actor Luis Orpi desencajado; los humoristas Los Choby’s sin sus trajes de Teatro de Verano; Gerardo Nieto tapando su calva con una boina e interpretando una sublime versión de “Sobredosis”; Ariel Pinocho Sosa y sus grandes anuncios a cámara; Bafo da Onça en su versión más cara; y la pareja de conductores probando las exquisiteces de una marca de pizzas con muzzarella (de la misma firma de los fabricantes de pastas).
Nada indica que el programa vuelva al aire en los próximos días, cerca del comienzo del Carnaval –también era una tradición ese prolegómeno televisivo–. A nadie parece importarle que un espacio tan relevante para la difusión y promoción de las expresiones más genuinas y populares de nuestra cultura haya desaparecido de golpe de las pantallas, sin que nada similar ocupe su lugar.
Por lo pronto, me quedo con una de las imágenes más icónicas y representativas de su rico legado: el artista uruguayo Daniel Tata Torres, próximo a presentar un disco solista, prueba un baile que mezcla movimientos de murga argentina y un rito satánico, mientras canta “Somos los mejores” con una careta de Iron Man en la que esconde su cara rota.
Nada más divertido.