la diaria Miradas

Anne Carson, en Estocolmo, Suecia (archivo, mayo de 2015).

Foto: Lars Pehrson / SvD / Agencia de Noticias TT, AFP

Con propiedad y como le da la gana: sobre Anne Carson

Traducción, tradición y otras compulsiones de la nobel de literatura 2026.

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Editar

α

Claro que Anne Carson no necesitaba un Nobel para que supiéramos cuán cool siempre ha sido. Erudita e irreverente, clásica y en extremo contemporánea, como las cosas que suelen valer la pena. El broche que le recoge el pelo hacia un costado. La cara de quien no quiere la cosa. Y una voz entre impávida y descreída. Detalles al margen. Se recomienda verla en la lectura dramática que hace de Lecture on the History of Skywriting, disponible en línea.

β

Sus libros son inclasificables, pero eso ya no es noticia. El influjo de una obra fragmentaria e híbrida sobre los textos de una época, la nuestra. [El otro día dijo que ya todo el mundo estaba escribiendo formas híbridas, que había que volver a las formas clásicas, y yo pensé qué pasaría si le dieran 50 años más por delante].

γ

Me interesa el lugar del traducir en la escritura de Carson. Son dos y no son lo mismo, valga la aclaración, pero funcionan juntos.

Autobiografía de Rojo, de 1998, entreteje traducciones arcaizantes con una novela en verso, además de una entrevista ficcional. En la traducción de Safo, Si no, invierno (2002), Carson pone de manifiesto los vacíos materiales en las fuentes a las que acude. Echa mano de corchetes para dar cabida a la ausencia, muestra las costuras. En Nox, desmenuza el poema 101 de Catulo y lo ofrece como entradas de un diccionario de gran formato, al tiempo que traza la historia de su hermano muerto recientemente. Antigonick es la traducción que hace de Antígona (traducida, a su vez, por Bernardita Bolumburu al español). En el prefacio, o nota de traductora, escribe:

cargar la propia puerta hará a una persona / torpe, cansada y extraña // por otro lado, puede ser útil / si vas a lugares que no tienen una entrada obvia, como / la normalidad / o una salida obvia, como el clásico dilema / bueno ese es tu problema / mi problema es llevarte a ti y a tu problema / hacia el inglés desde el griego antiguo / todo lo que yace oculto en esta gente, tu gente / crímenes y horror y años juntos, / una familia, lo que llamamos una familia.

No es cuestión solo de gentes, sino de lenguas y tradiciones en contacto. Y de una mirada que actualiza la tradición con propiedad, y como le da la gana.

δ

En cierta entrevista, Carson discurre sobre lo que implica traducir textos griegos que ya acarrean capas y capas de distintas interpretaciones. Describe que ese material flota en su mente en una experiencia imposible de plasmar sobre la hoja. Diseccionar los clásicos lleva un tiempo y dedicación inviables en esta época, explicita en esa misma conversación con Kate Dwyer para The Paris Review. Destaca la inmersión filológica que implica la búsqueda del significado de un término en obras de referencia y lo que la mente imagina en el intervalo, esa vacilación preciosa.

El espacio intermedio que la pantalla dinamita.

De esta forma, Anne Carson ha edificado una obra de aliento que dialoga de manera bastante única con la tradición, una parte, la que a ella le interesa (¿cuál si no?), y la pone en relación con usos y maneras experimentales del hoy. Hace acordar a los experimentos de Haroldo de Campos con los trozos de obras que le resultaban relevantes, tanto que de Octavio Paz solamente tradujo Blanco. En ambos, con grandes diferencias pero aunados en la minucia etimológica, hay una poética del traducir, una forma de instaurar un ahora en el que el pasado y el presente se polinizan y enredan, y que termina informando la propia escritura.

Carson puede ser leída por un costado o por el otro, el de la tradición revisitada, el de la experimentación con un trasfondo que no se agota en el ahora, o en la conjunción de ambas, que es más productivo. Sobre estas posibilidades, que son también formas en que ha sido leída, escribió D’Agata en The Boston Review hace tiempo:

Después de todo, Anne Carson fue en su momento ensayista. En 1986, cuando se publicó Eros, the Bittersweet, primero impresionó a la comunidad de estudiosos de los clásicos como una obra de erudición griega; luego impresionó a la comunidad de la no ficción como un regreso inspirador a los ensayos líricos que en su momento escribieron Séneca, Montaigne y Emerson; y después, y muy después, ya bien entrados los años 90, cuando se reeditó como “literatura” y se rediseñó para un público completamente nuevo, finalmente sorprendió a los poetas.

ε

Carson bien sabe desmenuzar la máquina de la creación, por cierto. Imposible no seguir desviviéndose por los adjetivos, sobre todo después de leerle esto:

Los sustantivos nombran el mundo. Los verbos activan los nombres. Los adjetivos vienen de otra parte. La palabra “adjetivo” (epitheton en griego) es en sí misma un adjetivo que significa “puesto encima”, “agregad”, “añadido”, “importado”, “extranjero”. Los adjetivos parecen adiciones bastante inocentes, pero fijate bien. Estos pequeños mecanismos importados se encargan de fijar cada cosa en el mundo en su lugar específico. Son los cerrojos del ser.

La definición, perturbadora, está al principio de Autobiografía de Rojo. Atesora una revelación y sin embargo no es un tratado de retórica. Es una novela desgarradoramente hermosa sobre un adolescente, una reinvención del fragmento de la Gerioneida de Estesícoro. En el texto griego, Heracles viaja a Eriteia para matar a Gerión, aquel que: “Amaba los relámpagos Vivía en una isla Su madre era / Ninfa de un río que corría hacia el mar Su padre una herramienta / De corte dorada Los antiguos escolios dicen que Estesícoro dice que / Gerión tenía seis manos y seis pies y alas Era rojo y / Su extraño ganado rojo despertaba envidia”, todo en traducción al español de Jordi Doce.

Pero el Gerión de Carson no es un monstruo, sino un adolescente que fue abusado por su hermano, que se enamora de Heracles y que, además, es melancólico y hermoso (y dale con los adjetivos). Sufre por ese amor que ya terminó pero que reencuentra de casualidad en Buenos Aires. Viajan juntos a Perú con el nuevo amante de Heracles, y el libro se cierra en pleno vuelo, Gerión usando las alas, hacia un volcán.

ζ

Y la exploración de lo onírico y del error, al hueso.

“Ninguna otra experiencia nos da un sentido tan primario de ser gobernados por leyes externas. Ninguna otra sustancia puede empapar tan hondamente una historia de compulsión, inevitabilidad y temor como el sueño”, escribe Carson en “Toda salida es una entrada (elogio al sueño)”, incluido en Decreación. Poesía, ensayos, ópera. Pasa por el soñar en Homero, Virginia Woolf y Platón, pero hay más. Surge la extraña evocación del primer recuerdo: justamente un sueño en el que duerme en el altillo. Baja la escalera y observa una casa que es su casa y no lo es al mismo tiempo.

En un sentido similar, el poema “Ensayo sobre las cosas en las que más pienso” [“Essay on What I Think About Most”], del libro Men in the Off Hours (2000), en traducción de Berta García Faet, sugiere algo bastante hermoso:

Las metáforas le enseñan a la mente / a disfrutar del error / y a aprender / de la yuxtaposición entre lo que es y lo que no es. / Hay un proverbio chino que dice: / un pincel no puede escribir dos caracteres en la misma pincelada. / Y aun así /eso es justamente lo que hace un buen error.

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