Saltar a contenido

Rosario Lázaro Igoa

Foto principal del artículo 'Contra mí es' · Ilustración: Leandro Mangado
Ficción Contenido exclusivo para suscripciones de pago

Contra mí es

La niebla de los sueños es territorio fértil para las visitas: la de los muertos, la del desorden, la del diablo. La narradora de este relato se pregunta, años después de un encuentro, si debe entregarse a esa experiencia o seguir haciendo de cuenta que no cree
Foto principal del artículo 'Traductora en alguna parte' · Ilustración: Carla Torres / Macabra
Ensayo Contenido exclusivo para suscripciones de pago

Traductora en alguna parte

Los libros no viajan solos entre lenguas. La novela Auē, de la neozelandesa Becky Manawatu, existe en castellano gracias al trabajo de varias personas. Alguien que la escribe, alguien que la mueve en el mercado internacional, alguien que la pesca de casualidad en un mar de libros y se aboca a materializarla en una lengua extranjera, alguien que la traduce, alguien que la edita, alguien que la diseña, alguien que la imprime, alguien que la distribuye, alguien que la vende... Y la lista sigue.
Foto principal del artículo 'Nosotras, las hinchadas' · Ilustración: Luciana Peinado
Ficción Contenido exclusivo para suscripciones de pago

Nosotras, las hinchadas

Las crónicas y los relatos de Rosario Lázaro nos acompañan desde hace mucho. Durante esta década, gracias a dos libros de cuentos (Peces mudos y Cráteres artificiales) se ha vuelto una figura de referencia de la narrativa uruguaya. Con esta nueva historia también festejamos los diez años de Lento.
Incendios forestales cerca de Bumbalong, al sur de Canberra, el 1º de febrero de 2020. Foto: Peter Parks / AFP.
Crónica Contenido exclusivo para suscripciones de pago

Las formas del fuego

Las cenizas de los incendios que asolaron Australia en el verano de 2020 envolvieron todo el planeta, tal fue su número e intensidad. La escritora y traductora Rosario Lázaro Igoa estaba allí.
Foto principal del artículo 'De invierno a invierno, lejos del otoño'
Fuera de sección

De invierno a invierno, lejos del otoño

I. Era como 18 de Julio de noche. Pasaban los carteles de Papacito y La Pasiva, y más adelante, el reloj digital. La luz roja del semáforo se expandía en gotas de lluvia sobre el vidrio del ómnibus, alcanzando con sombras la cara del conductor. Una máscara en el espejo retrovisor. La misma geometría en el piso metálico del ómnibus, despacio hacia el Obelisco. Ya no hay nada de mí acá, me repetía. Ni nada que me diferenciara de la que anduvo en bicicleta en un barrio que en otro momento fue mi casa, un mundo que se resiste al virtuosismo. El edificio de la Intendencia, la explanada y el otro local de Papacito, mi cara enterrada en la bufanda, para sólo entonces darme cuenta de que no era 18 de Julio, sino una calle ancha cortando Vancouver de lado a lado.