No siempre el océano uruguayo es turquesa. Casi todo el verano se demora en un marrón tapado, turbio hermético, de agua fría empujada por el viento del este. Los bañistas lo honran con zambullidas veloces. Tienen razón. Cala los huesos y nada de verse los pies. En otras ocasiones, como cuando llueve demasiado, las olas quiebran grises, oscuras, abrumadas por el caudal que baja de la tierra y el diluvio dulce que se desploma sobre ellas. Tardes de siestas perennes. Diferentes son los mares de pampero. El viento sudoeste hace del mar un formidable azul profundo, aserrado por las olas. Temerosos, los turistas caminan por las dunas y no se le acercan. Los barcos hace tiempo que volvieron a puerto. Sólo a veces la costa atlántica aparece como una piscina, de ese color que bien se diluiría hacia un insulso verde agua o hacia un celeste desabrido, pero que, sin embargo, es único y cercano a lo sublime. Turquesa. Mares de marzo: ya no hay turistas y los butiás fermentan colgados de las palmeras. Agua tibia. El cuerpo que flota como dormido. Y dura tan poco que una se pregunta si de veras existió.

Cada tono del océano tiene sus propios seres. O, tal vez, con los cambios en la tonalidad del agua determinadas especies se tornen visibles, anden un poco más a sus anchas. Durante el verano, el pampero trae aguavivas de a montones. Recuerdo la primera vez que crucé la Bahía Grande de La Paloma en velero. Un sudoeste había soplado con fuerza hasta el día anterior. Las olas eran grandiosas para mis seis o siete años. El casco subía sin fin y, luego de pasada la ondulación, se desplomaba hacia abajo. Pero si el zarandeo era temible, peor era lo que mis ojos detectaron entre la inmensidad azul. Aguavivas. A diferencia de lo que había sido el verano hasta entonces, el mar parecía tomado de pronto por masas transparentes. ¿Habían estado escondidas? Pólipos anclados en el fondo del mar o seres sexuados liberando óvulos y espermatozoides por ahí. Ahora eran bancos creados por la corriente. Numerosas Chrysaora lactea, de tentáculos rojizos, y algunas Lychnoriza lucerna, discos de gran diámetro, con triángulos azules en el reborde. Tampoco faltaban las Liriope tetraphylla, o tapiocas, como se les dice en la vuelta. El velero atravesó aquellos bancos gelatinosos con la quilla. Una masacre, como si nada. Yo no dejaba de pensar en los cuerpos rebanados a la mitad, o en los tentáculos que, tras el desgarro, se perderían para siempre en el mar.

Por aquel entonces, no se conocía la Physalia physalis, o fragata portuguesa, que tantas quemaduras supo traer. Los primeros avistamientos de ese globito azul de morondanga tuvieron un impacto similar al que sentí cuando vi otra especie inusual, una Aplysia fasciata, o liebre de mar. Pavor a lo exótico. Había estado lloviendo sin pausa. Viento sudeste. Era un mar gris y cálido de febrero. Conocido por sus fiascos como pescador, mi padre tuvo la idea de invitar a sus hijos a pescar a la encandilada. Tampoco las condiciones eran propicias con aquella agua tan turbia. Igual nos convenció. Allá fuimos a la oscuridad de la medianoche con calderines y linternas. Terminamos sacando un par de pejerreyes. Volvíamos por la orilla hacia la casa para limpiarlos cuando alguien, con la linterna, apuntó un ser que no se movía nervioso como los peces. Nos detuvimos. Había un ondular, una forma lenta y negra. Parecía que el bicho volaba en el agua. Recuerdo gritar. Bajo la luz, una criatura nunca antes vista se contraía con elegancia y después ensanchaba dos alas oscuras. Años en un balneario de mala muerte, creyéndonos marinos, para no saber nada acerca de su fauna acuática, pensé. Luego me dijeron que aquel verano, 2009, hubo demasiados avistamientos. Ellos investigaban el hallazgo. Mi hermano acercó el calderín y el animal soltó un chorro de tinta. Salí del agua de un salto, por las dudas. Días después, supe que era un molusco, otro invertebrado, un gasterópodo como los caracoles, el único animal al que le tengo pánico del genuino.

¿Y el turquesa? Sólo las algas aparecen en esas aguas, según mi recuerdo. “I see the Deep’s untrampled floor / With green and purple seaweeds strown”. Y seres humanos, que flotan con ellas los días en que el océano parece un cristal inmóvil. Respiran hondo. Piensan en la inmortalidad. Son de los seres más plásticos del reino animal. Dos piernas y dos brazos, que mueven acompasados si saben nadar. El tórax y el abdomen, cuando lleno de aire les permite hacer la plancha sin hundirse, ya que sólo respiran en la superficie. El turquesa líquido los rodea, como una frontera que casi no se ve.