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Dibujar el mundo

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El animal en la piedra, de Julio Serrano Echeverría y Armando Fonseca, propone una mirada poética a la pintura rupestre.

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Desde que se publicó, en 2024, El animal en la piedra, de Julio Serrano Echeverría y Armando Fonseca, fue seleccionado en la lista de White Ravens de la Biblioteca Internacional para la Juventud de Múnich en octubre del año pasado y, hace un mes, estuvo entre los 20 ganadores de la Fundación Cuatrogatos. La confluencia de estas dos distinciones nos llevó a volver a este libro del autor guatemalteco, de quien ya reseñamos en estas páginas Balam, Lluvia y la casa y No cualquier montaña, ambos también por el sello Amanuense.

Serrano parte de una palabra, trashumar, que remite a la migración, al desplazamiento de un lugar a otro que ha definido la vida y la historia de la especie humana. Repara en la materialidad del significante para destacar su condensación: “Tiene algún tipo de secreto antiguo, una magia, un poema de una sola palabra”. Esa página inicial de dedicatoria es a la vez punto de partida y toma de posición: “Quería escribir un libro que honrara la memoria de todas las personas que caminaron para que tú y yo llegáramos a donde estamos”. Hay, pues, en estas páginas, a través de la poesía, de esa forma peculiar de mirar el mundo, reflexión filosófica y antropológica.

En las diez estaciones poéticas en las que se estructura el libro –que los jurados de los White Ravens definieran como “un tapiz poético que utiliza alusiones para evocar pensamientos e imágenes en la mente de los lectores”–, Serrano propone un viaje retrospectivo a través de la historia de la especie. La poesía le ofrece el lenguaje más preciso para evocar el momento hipotético, primigenio, en que un humano, por primera vez, dibujó sobre la piedra de la caverna. Ese primer trazo fundante que se imprimió como inscripción de la memoria. Sobre este libro, contó a la diaria: “Es como si les hubiera preguntado a las piedras mi historia, porque ellas ahí están y han visto todo. O sea, si le preguntas al humano, pues te va a decir lo que sepa, las formas que tenga y sus propias interpretaciones. Si les preguntas a las plantas, tendrán la suya propia. Hay mucho de eso también acá, pero la que más aparece es esa cosa telúrica de preguntarle a la montaña, al volcán, al desierto, a los ríos. Y siempre hemos tenido esa referencia: la topografía fue nuestra referencia hasta hace 70 años, y yo creo que nuestros cuerpos recuerdan todavía esas cosas”. En ese sentido, es interesante leer El animal en la piedra junto con No cualquier montaña: en ambos la poesía nos lleva de la mano desde una perspectiva infantil, en ambos se buscan los ancestros.

Esa actitud de interrogación es al mismo tiempo la de aquellos primeros homínidos que buscaban conocer el mundo que habitaban, conocer sus secretos, su funcionamiento, y la de los niños cuando comienzan a explorar el suyo. Y es la poesía, también, una mirada hacia el mundo y una manera de operar con la materia lingüística muy cercana a la infancia. La circularidad y la apelación al involucramiento del lector mediante la segunda persona ofrecen un territorio en el que puede entrar y habitarlo, del que puede apropiarse por un rato de forma activa. El animal en la piedra comienza y termina en la misma habitación, casi incambiada, donde el tiempo parece casi detenido: una mesa, una ventana, un gato en el alféizar, una niña sentada en el suelo. El movimiento entre el inicio y el final es, ni más ni menos, lo que la niña creó con lo que tenía a mano.

En el movimiento que propone Serrano se conjugan evocación y conmoción. Al evocar las cuevas, las piedras que fueron lienzo de aquellos “primerísimos abuelos y abuelas” no solo permiten imaginar ese tiempo, sino trasladarse hasta allí y experimentar lo que sintieron. El dibujo, ese gesto primero, no es mera copia, no es solo representación, sino diálogo y expresión: el dibujo les permite nombrar al mundo, conocerlo, comprenderlo y ubicarse en él, ser parte. El animal en la piedra opera como metáfora del vínculo íntimo con la naturaleza, de la energía que se comparte. El autor se aleja y se acerca en el tiempo, va y viene, conecta pasado y presente: el dibujo de antes y el de ahora, aquellos hombres y mujeres de las cuevas y estos niños y niñas que dibujan hoy. Igual que en No cualquier montaña, Serrano hace una evocación activa, que dialoga, que cuestiona, que permite el cambio de roles, que no se coloca por fuera, alejado, como observador impoluto, sino en un vínculo de reciprocidad más cercano al abrazo que a la contemplación.

Pero ni la narración ni la construcción de sentido, ni la búsqueda poética se agotan en el texto lingüístico de Serrano. El trabajo de ilustración de Armando Fonseca va de la mano con el texto, dialoga con él, propone sentidos, lo resignifica; ambos lenguajes caminan juntos. La paleta recrea los tonos de la naturaleza, el añil y el carbón. Las formas y los movimientos son orgánicos: la potencia del dibujo, de esos animales que son representados en la roca y tienen vida, se plasma en las páginas: caminan, saltan, vuelan, observan. Fonseca, además, interpreta el texto, también dice con su propia sintaxis la poesía de Serrano, y así es como la niña comparte colores con su jaguar, unos seres se mezclan con otros. Y en esta perfecta amalgama de recursos expresivos, es justo reconocer un trabajo editorial que se basa en el tiempo dedicado a cada libro y en la búsqueda de parejas autorales potentes, una química que Amanuense maneja con muy buen criterio.

El animal en la piedra, decíamos, empieza (casi) tal como comenzó. Esa variación, ese pequeño movimiento entre la primera estación, en la que la página derecha en blanco y la invitación a hacer –“Dibuja en el aire, con un dedo, tu animal favorito. / Dibújate junto al animal, abriendo los brazos, de palitos”– abren un viaje de descubrimiento que se cierra en la décima, en la misma habitación, en la que la vista a través de la ventana está incambiada y el gato descansa en el mismo lugar. Pero la página de la derecha ya no está en blanco: la niña se movió hacia allí, las pequeñas piedras que no eran más que un conjunto sobre la mesa son un animal en el suelo. “Dibuja en el aire tu lugar favorito. / Dibújate allí, brazos de palitos, / y dale un nombre con tus manos”, propone ahora Serrano: “Afuera el horizonte, adentro una ventana. / Al fondo el campanario, / los techos de las casas, / el gato del balcón”. Y hay lugar aún para un último movimiento, una página más, para que, como colofón, quede repicando una inquietud: “Este libro termina / donde empieza tu puerta. / Y si te preguntan / cómo llegaste acá, agita las manos: / ¡siguiendo al animal!”.

Cada lectura de El animal en la piedra provocará nuevos sentidos. Hay, es evidente (y además es explícito), una reflexión en torno a la trashumancia como característica inherente a los humanos: en ese viaje de ida y vuelta entre pasado remoto y presente, se postula la migración como un movimiento perenne. “Eso hacemos los humanos desde que aprendimos a caminar en dos patitas a las que ahora llamamos piernas, trashumancia: migrar, mudarnos como las ovejas, como las abejas, con las estaciones, con el tiempo, con la necesidad; nos movemos para buscarnos la vida”, plantea Serrano, y en estos tiempos en los que cunden los discursos que demonizan la migración, esa reivindicación resulta por demás oportuna y necesaria.

El animal en la piedra, de Julio Serrano Echeverría y Armando Fonseca. Amanuense, 2024. 44 páginas. $ 850.

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