la diaria Miradas

Ilustración: Ramiro Alonso

Automotora Dylan

El aviso del músico para Audi y el aniversario de su legendario accidente en moto.

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Nunca fui dylanero, dylanista o dylaniano. Aprecio a muchas personas y artistas que lo son, y varios de los logros de Bob Dylan me parecen admirables –más que sus versos, lo que habilitó como cantante–, pero su “yo” solo me sugiere una persona gramatical. John dijo: “no creo en Zimmerman”; yo no le creo a Dylan. En general, prefiero sus canciones cuando son musicalizadas por otros, como los Byrds, Frank Black y Robyn Hitchcock. Dicho esto, le agradecí “Murder Most Foul”, el tema larguísimo que sacó en la pandemia, oportuno y asombroso. Del Nobel prefiero no discutir –ha habido tantos menos aguantadores–, pero creo que ese año los nórdicos querían un poco de difusión para su premio.

Blanqueada mi situación, hace poco me sorprendió ver al Bardo en un aviso de autos. Dice así: “Newport, 1965. Cuando Bob Dylan enchufó su primera guitarra eléctrica, no sumó solo electricidad. Le agregó poder a su legado. Nosotros también”, y a continuación presenta el primer modelo híbrido de la marca Audi, parte del grupo Volkswagen. Filmado en blanco y negro, intercala tomas de la legendaria presentación de Dylan –extensivamente documentada y ficcionada, como casi toda su carrera temprana– en aquel festival folk, que enfureció a los tradicionalistas, apegados al formato acústico. Hasta ahora había visto a todo tipo de artistas prestar sus canciones para publicidad, desde The Clash a Los Fatales, pero esta autorización a explotar la biografía me llamó la atención.

Por estos días, además, apareció un texto del buen Robyn Hitchcock, al que vimos en Montevideo versionar a Dylan hace unos cuantos años, gracias al fanatismo de Felipe Reyes, otro dylanófilo (ya me dirán si tocó “Visions of Johanna” y “Not Dark Yet”). Robyn también habla de Dylan y motores, pero desde otro ángulo, y encima tiene cifra de aniversario, así que traduzco algunos tramos:

“Ayer, 29 de julio, se cumplieron 60 años del accidente de moto de Bob Dylan. De algún modo, su rodada marcó el punto alto de la música popular de la década de 1960 y, por lo tanto, de la cultura o, por lo menos, del impulso que parecía que iba a cambiarlo todo (menos la naturaleza humana) en aquella época. No sé qué le pasó a Dylan cuando salió de su moto, pero ese fue el instante en que empezó a abdicar de su rol como Rey Explorador del Zeitgeist. Tal vez, un rol imposible de ocupar por mucho tiempo: le colgaban de los hombros las expectativas de demasiadas psiquis jóvenes (incluida la mía) como una bolsa de anguilas, cada una retorciéndose con sus propios reclamos. Después del choque, Dylan empezó a retroceder. Y todos los relojes empezaron a ir hacia atrás con él”.

“En julio de 1966 yo tenía 13 años y atravesaba la agonía de dedicar mi joven vida a este barbado dios norteamericano. Como un hierofante devoto, ofrecí mi vida en su altar. Sin dirección a casa, yo tampoco. Dedicaría mi tiempo a una diosa caprichosa en un cuarto mal ventilado. Y, por supuesto, juré rezar por quienes no fueran parásitos. Ese verano, los Beatles desataron Revolver, mientras Brian Wilson lideraba a los Beach Boys en la creación de Pet Sounds y fermentaba “Good Vibrations”. Pink Floyd y Jimi Hendrix estaban incubando y romperían el cascarón al año siguiente, en 1967, junto con otros grandes saltos adelante que los elementos regresivos de nuestro mundo todavía están tratando de revertir: los derechos sobre nuestros cuerpos, nuestra sexualidad, nuestras creencias (o la ausencia de ellas) y todos los intentos de emparejar los desbalances de género y raza. Bob Dylan era un emblema de estos saltos, tanto por la forma en que sonaba, se veía y aparentaba pensar. Era el mascarón en la proa de la evolución, lo quisiera o no”.

“De pronto, el 29 de julio de 1966, se esfumó, para reaparecer unos 18 meses después: cauto, reflexivo, como si fuera un hombre que se replegaba. Sin duda, tuvo que dejar la piel para sobrevivir, y era todavía un hombre con varias mudas por delante. Le crecían rápido. Ahora parecía estar desapareciendo dentro de sí mismo, y su música se dirigía en la dirección opuesta a la psicodelia, a la imaginación salvaje, a la exaltación desenfrenada; es decir, todo lo que él había puesto en marcha cuando ayudó a los Beatles a liberar sus mentes unos años antes. Supuestamente gritó “¡apaguen eso!” cuando alguien intentó ponerle Sgt. Pepper’s”.

“Cuando retomó la música a finales de 1967, era ligera, reflexiva y, para mis jóvenes oídos, parecía bastante insípida después de Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde. Pero sus canciones seguían calando hondo; John Wesley Harding tuvo profunda influencia en los Beatles, los Stones y todos los que, a su vez, les siguieron”.

“El tiempo transcurría y Dylan seguía retrocediendo. Nashville Skyline, de 1969, era un disco country encantador que tenía varios clásicos, pero para mí no sonaba para nada a Bob Dylan”.

“Mientras tanto, sentía cómo el impulso de 1966 se desvanecía en una niebla de moléculas abombadas y sin rumbo. Políticamente también las fuerzas de la oscuridad reunían fuerzas para un ataque que no ha cesado hasta el día de hoy, desde Reagan y Thatcher hasta Trump y Farage”.

“No es que Bob Dylan tenga la culpa de nada de esto. Le sigo agradecido por haber liberado su mente y, luego, la de todos los que lo escucharon en aquel glorioso período de 1962-1968. Hasta hoy, Dylan sigue componiendo canciones increíbles y, cuando le dan ganas de cantar claro, da actuaciones magníficas. No lo culpo por haberse caído de la moto, ni por haberlo aprovechado para escapar de una vida que ya no podía soportar. Simplemente, no puedo evitar remontar gran parte de nuestra historia como cultura al 29 de julio de 1966”.

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