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Joaquín Almeida, de Lavalleja y Franco Gutiérrez, de San José, el 12 de abril de 2025 en el Estadio Casto Martínez Laguarda, en San José.

Foto: Fernando Morán, Agencia Gamba

El primer fútbol por TV en verano debería ser el de nuestros pueblos

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El apuro y el descuido por hacer un continuado de partidos televisivos sin pensar en los futbolistas no permite reparar en que ya tienen el evento de pantalla resuelto.

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La idea no es mía, pero cuando la conceptualicé la desarrollé de esta forma: el fútbol fue primero un juego, pero rápidamente se convirtió en un deporte; después, en una oportunidad comercial que lo hizo un negocio e ipso facto en un poderosísimo centro de poder.

En esa cadena, que sumó y suma eslabones viciados, el fútbol fue mutando –lejos de aquella intacta pasión lúdica que aún hoy nos hace correr detrás de una pelota– en una gran oportunidad económica para terceros, que finalmente poco tienen que ver con aquellos 11 que están de un lado y los que están del otro. Es más, esos 11, 16 o 23, es decir, esos 22, 32 o 46, casi no son tenidos en cuenta ni consultados porque deben cumplir con sus contratos sin chistar. No, los jugadores no existen.

Negocian con el juego cosas que no tienen nada que ver con destrezas técnicas ni con esfuerzos físicos, sino con porcentajes en compras y ventas, retornos comerciales, derechos de imagen y hasta ambiciones políticas y de poder. No se miden los tiempos y todo se hace sólo mirando el negocio. Lo demás no importa.

La globa, el globo y un buen negocio

Un día el fútbol, aquel juego que trajeron a nuestras costas los ingleses locos, dejó de ser juego para transformarse en una góndola de una gran superficie virtual, capaz de vender desodorantes o viajes a Cancún, rulemanes o una estancia en Nepal, papas fritas, toallitas íntimas, yerba, prestamistas, seguros, bebidas, panchos y telefonía.

El fútbol, entonces, se transformó en un programa de televisión.

Si estuviésemos en el momento de su creación definitiva y su reafirmación en las Islas Británicas a fines del siglo XX, calificaríamos sin la menor duda al fútbol como un juego. Un juego, porque justamente es eso y no representaba una responsabilidad laboral ni un trabajo. No tenía otra presión que la propia pasión lúdica de sus cultores.

Si con prejuicios observamos el fútbol como negocio, veremos que al principio el negocio era un apéndice importante del juego y de la competencia, pero con el tiempo se lo fue devorando, y el fútbol y los futbolistas pasaron a ser lo imprescindible, pero lo menos importante para el negocio.

Durante décadas este negocio explotó sin miramientos a los jugadores, y también a aquellos colectivos barriales o aldeanos que, compitiendo de manera reglada, buscaban la gloria y no la guita.

Hay un cuarto estadio del fútbol negocio que es el virtual y que parece perfecto y probado para los concesionarios de la ilusión: con apenas unos pocos recursos humanos, una treintena de deportistas y una decena de trabajadores de la imagen, se montan los partidos casi sin gente en las tribunas o con algunos cientos viendo a equipos que semanalmente ocupan la vida de cientos de miles.

Series para no maratonear

Pero volvamos al principio, a la –inevitable– transformación del juego en espectáculo y en negocio. Nosotros y nosotras, los cultores de la tribuna y de la pantalla, lo necesitamos y a esta altura de la vida es imposible poner los campos en barbecho para, un par de meses después, empezar la temporada con los carromatos apenas aceitados. En algún momento de los años 70 había algunos buenos internacionales, y desde 1975 en adelante tuvo un empuje brutal con la Liguilla que, por lo menos por una década, vendió entradas a troche y moche para el Centenario, pero eran partidos para ir y no para ver por televisión.

Ahora, desde la bien merecida y conquistada licencia de los futbolistas, es imposible compatibilizar una adecuación física para lo que viene con la inmediatez de partidos de mediana o alta exigencia, pero eso no importa, y entonces hay que hacer la copa del pan o la del teléfono o la del chocolate, porque la televisión puede facturar abierto con esos partidos que se veían desde la caída del sol en la playa.

Estamos ante el inicio de una nueva etapa. Ya no es Tenfield la que organiza y promueve partidos que son negocios; por lo tanto, los clubes y la Asociación Uruguaya de Fútbol podrían velar por una buena y sana organización que les permita los mejores desarrollos y las mejores competencias, pero algo –el dinero y las obligaciones– lo vuelve a poner en la cancha mientras nosotros nos disponemos a seguir cada capítulo con la expectativa de estar siguiendo una novela turca.

Más de 101 partidos que no tenés por qué ver

Aunque la acotación tal vez esté de más, es bueno poner en contexto la afirmación anterior y recomendar el muy buen programa de Gonzalo Bonadeo realizado por la TV Pública Argentina entre 2016 y 2017 –y accesible en Youtube–: 101 partidos que hay que ver antes de morir.

Distinta es la situación de futboleros y futboleras uruguayas que desde el domingo 11 de enero hasta el 31 de este mes tendremos 115 partidos institucionalizados: 15 de un campeonato profesional oficial pero amistoso, 22 de encuentros de preparación internacionales amistosos, 78 no profesionales pero oficiales, duros y puros, con muchísima historia correspondientes a la Copa Nacional de Selecciones y sus trascendentes torneos del Litoral (1922) y su desprendimiento de este siglo, Litoral Norte, Sur (1924) y Este (1927).

Los 37 espectáculos profesionales que en 15 días se juegan sobre territorio uruguayo –repartidos en la Copa de la Liga AUF, con 15 partidos sólo entre los clubes de la Primera División Profesional de AUF y los 22 de la Serie del Río de la Plata (13 de ellos con presencia de ocho equipos de la A y dos de la B)– se juegan a razón de un día tras otro con futbolistas que iniciaron su pretemporada en los primeros días de enero.

Los partidos de la Organización del Fútbol del Interior (OFI), que empezaron con el Litoral Norte con tandas de 14 o 16 partidos en una misma noche, en 14 o 16 ciudades tendrán el esperado encuentro con la selección del pueblo, son una competencia absolutamente consolidada y arraigada. Tan es así, que para el común de esas ciudades y estadios son los días y las noches que más concentran la atención de la sociedad.

Nuestro mundo

Entonces, si el negocio debe seguir siendo negocio, si ya está todo enajenado y vendido, podemos y debemos, aunque sea por intereses de competencia, preservar un poquito más la preparación.

En Brasil, el país continente que tiene la mejor liga de América y seguramente también una de las mejores del mundo, hay tanta necesidad de vender la imagen del fútbol como acá, y ya desde el 2 de enero se pone fútbol en pantalla con audiencias que llegan a 300.000 espectadores por partido. Se trata de la Copinha, el Campeonato de Juniors de San Pablo, que se juega con más de 100 seleccionados sub 20 de todo el país, entre los que están los elencos más potentes, representativos y conocidos de Brasil y del mundo, pero también clubes de pueblitos perdidos como Ivinhema de Mato Grosso do Sul o Maruimense de Maruim, Sergipe. Todo el aparato de prensa apunta y da soporte en enero al desarrollo de este torneo; entonces, con información y transmisiones, quienes consumen el fútbol por televisión conectan con el torneo y retroalimentan su trascendencia, antes de que empiecen los estaduales o las competencias internacionales.

En Uruguay tenemos ahora negociados por la licitación de los derechos televisivos de campeonatos históricos y absolutamente incrustados en la vida de decenas de comunidades como los de OFI. Sería sencillo apuntar a fortalecer esas transmisiones de competencias trascendentes para las comunidades, apenas sumando contexto para los que conocen o no saben de Nuestro Mundial, y capitalizar esa cantidad de partidos de enero con jugadores y equipos que no están apurando ni interrumpiendo sus aprontes físicos, sino que están preparados para ello y, al fin, jerarquizando por la vía de las pantallas contiendas que para más de la mitad del país son absolutamente trascendentes.

Está ahí. No lo ven, no lo vemos.

No se trata de volver atrás ni de romantizar el fútbol de antes. Se trata de elegir con inteligencia por dónde empezar. Si el negocio debe seguir siendo negocio –porque ya está todo vendido, licitado y comprometido–, al menos que no se haga a costa de los cuerpos ni de la preparación.

Uruguay tiene un campeonato histórico, arraigado, que es razón de ser deportiva y social de más de la mitad de su población, la que vive fuera de Montevideo. La Copa Nacional de Selecciones no es un plan B ni un relleno de verano: es identidad, pertenencia y competencia real. Mientras tanto, los equipos profesionales podrían prepararse con el tiempo que exige una temporada larga, sin tener que salir a dar la cara en amistosos apurados, pensados más para llenar horas de pantalla que para construir fútbol.

Todo eso ya se puede capitalizar. Con transmisiones, con información, con encuadre, con contexto. Contando qué se juega, dónde se juega y por qué importa. Mostrando que en enero, mientras algunos aprontan motores, en decenas de ciudades se juega el campeonato que hace décadas ordena el calendario emocional del país.

Está ahí y además ya está negociado. No hay que inventar nada nuevo. Sólo mirar mejor y entender que el primer fútbol del año también puede ser el más nuestro.

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