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Park Avenue en Nueva York.

Foto: Charly Triballeau, AFP

¿Los consumidores o los trabajadores primero?

4 minutos de lectura
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Una economía que funciona bien, según la mayoría de los economistas, es aquella que ofrece una gama cada vez más amplia de bienes y servicios cada vez más asequibles. Pero lo que necesitamos es una mentalidad de política económica que reconozca que las personas son tanto consumidores como trabajadores.

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¿Para qué sirve la economía? Desde Adam Smith, los economistas han dado una respuesta directa a esta pregunta: la economía aumenta nuestras posibilidades de consumo. Una economía que funciona bien es aquella que ofrece una gama cada vez más amplia de bienes y servicios cada vez más asequibles, desde alimentos y artículos de consumo hasta vivienda y transporte. Una economía que funciona mal es aquella en la que hay escasez, en la que los bienes y servicios que buscan los consumidores no están disponibles o son demasiado caros.

Esta visión, basada en el consumidor, ha estado tradicionalmente muy asociada a los economistas académicos y los tecnócratas. Pero hoy en día también impregna el pensamiento actual en los círculos progresistas.

En Estados Unidos, la oposición del Partido Demócrata al presidente Donald Trump se ha coaligado en torno al tema de la “asequibilidad”, una perspectiva claramente consumista. Del mismo modo, la agenda de “abundancia” popularizada por los periodistas Ezra Klein y Derek Thompson da prioridad a la ampliación de la disponibilidad de bienes y servicios, aunque en un espectro más amplio que el de los bienes de consumo, que incluye la vivienda, el transporte y las energías renovables.

Pero existe una perspectiva alternativa sobre la economía que hace hincapié en un aspecto diferente de la naturaleza y las necesidades humanas. Las personas son tanto consumidores como productores. Obtenemos significado, reconocimiento social y satisfacción vital tanto del trabajo que realizamos como de los bienes y servicios que consumimos, si no más. Nuestros trabajos nos proporcionan comunidad, dignidad e identidad.

Por eso la pérdida del empleo se asocia con una disminución del bienestar individual que es muy superior a la caída de los ingresos generada por el desempleo. También es la razón por la que gran parte de nuestra polarización social y política actual, y el consiguiente auge del populismo autoritario, pueden atribuirse a las secuelas que han dejado en los mercados laborales de las regiones abandonadas la desindustrialización, la austeridad y la globalización. Cuando desaparecen de forma permanente los empleos dignos, las consecuencias van mucho más allá de las pérdidas inmediatas de ingresos y consumo.

Estas visiones de la economía –consumo frente a empleo– implican marcos políticos y soluciones muy diferentes. Consideremos los cuidados de larga duración, un sector grande y en crecimiento que, en la actualidad, emplea en Estados Unidos a varias veces más trabajadores que la industria automovilística. Gran parte del debate actual sobre este sector se enmarca en el reto de la “escasez de trabajadores”. Se trata de una perspectiva consumista: el análisis político se centra en la disponibilidad de servicios de cuidados baratos para las personas mayores.

La perspectiva centrada en el empleo plantea el reto de otra manera: como la creación de buenos puestos de trabajo en los servicios de cuidados de larga duración. La perspectiva de mejores puestos de trabajo atraería a más trabajadores al sector y aumentaría la oferta junto con la calidad del empleo.

O pensemos en la industria de las energías renovables, como los paneles solares y las turbinas eólicas. La forma más barata de ampliar el despliegue de las energías renovables y acelerar la transición para abandonar los combustibles fósiles es depender de las importaciones de China, líder mundial en el sector.

Una perspectiva orientada al empleo, por el contrario, abogaría por un enfoque más equilibrado que busque oportunidades para generar también empleo nacional. España sigue esta estrategia y lidera Europa tanto en la producción nacional de energía renovable a escala industrial como en la reducción de los precios de la energía.

Por último, consideremos la vivienda. La productividad en la construcción de viviendas se ha estancado en los últimos años en Estados Unidos, en parte debido a las normas de seguridad y las reglas sindicales. Una perspectiva consumista, como la de la agenda de la abundancia, se centraría en reducir la burocracia.

Sin embargo, muchas de las normativas que ralentizan la construcción también reducen los accidentes laborales. Las muertes y lesiones no mortales en la construcción han disminuido drásticamente en Estados Unidos desde la década de 1970, gracias a las normas de seguridad en el lugar de trabajo. ¿Cómo compensamos la mejora en el bienestar de los trabajadores que estas normas han permitido con la pérdida de disponibilidad de viviendas para la población en general? Centrarnos en los buenos empleos debería hacernos más comprensivos con las normas y reglamentos que sacrifican cierta eficiencia si el resultado es un trabajo mejor, más seguro y menos precario.

Para mejorar el nivel de vida y la dignidad personal, los responsables políticos deben adoptar ambas perspectivas. Los dos enfoques suelen ofrecer soluciones contradictorias, pero una estrategia económica que promueva mejoras de la productividad favorables a los trabajadores puede matar dos pájaros de un tiro.

En principio, las innovaciones organizativas y tecnológicas que aumentan la productividad mejoran las condiciones de trabajo y la disponibilidad de bienes y servicios. Pero en demasiados casos, los trabajadores solo obtienen una pequeña parte de los beneficios. Las plataformas digitales y los almacenes automatizados han aumentado significativamente la productividad laboral, pero la mayor parte de los beneficios ha ido a parar a empresas como Uber y Amazon.

Como sostiene un nuevo artículo de los economistas del MIT Daron Acemoglu, David Autor y Simon Johnson, las empresas a menudo se enfrentan a incentivos distorsionados cuando deciden qué tecnologías adoptar y desplegar. Pueden preferir sistemas jerárquicos y centrados en la eficiencia que mantienen un control estricto sobre los trabajadores e intensifican la división del trabajo. Pero la inteligencia artificial y otras nuevas tecnologías también pueden utilizarse para mejorar la autonomía de los trabajadores, darles más responsabilidades y permitirles realizar una gama más amplia de tareas más sofisticadas. Por ejemplo, en la asistencia a largo plazo, la prestación de servicios descentralizada y basada en equipos puede mejorar la calidad del empleo y aumentar la productividad al reducir la rotación de personal y los gastos hospitalarios.

Los responsables políticos no tienen por qué elegir entre una economía que sirva a los consumidores y otra que sirva a los trabajadores. Las políticas productivistas que potencian la voz de los trabajadores, pero también los empoderan a través de innovaciones organizativas y tecnológicas, pueden lograr avances en ambos frentes. Pero esas políticas requieren una mentalidad diferente, que equilibre la perspectiva consumista con la atención adecuada a la importancia de los buenos empleos.

Dani Rodrik es profesor de Economía Política Internacional en la Harvard Kennedy School, expresidente de la Asociación Económica Internacional y autor de Shared Prosperity in a Fractured World: A New Economics for the Middle Class, the Global Poor, and Our Climate (Princeton University Press, 2025). Copyright: Project Syndicate, 2026.

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