La semana pasada el Instituto Nacional de Estadística (INE) difundió los resultados de varios indicadores vinculados a la desigualdad. Sin embargo, un indicador que este organismo no publica es el de la masa salarial, que surge de la sumatoria de las remuneraciones laborales como porcentaje del PIB.

Formalmente, este indicador mide el porcentaje del valor agregado del cual se apropian los trabajadores durante el proceso productivo. En consecuencia, su evolución se interpreta como una medida de la remuneración al factor productivo trabajo, de forma que una mayor masa salarial se suele asociar con una menor desigualdad entre el factor capital y el factor trabajo. Sin embargo, este indicador, por sí solo, no permite extraer conclusiones acerca de la distribución de esos ingresos dentro del conjunto de trabajadores. Se trata, en ese sentido, de una aproximación más general sobre el costado distributivo del crecimiento, en tanto captura qué porción de la torta le corresponde a cada uno de los factores productivos que se combinan en la producción.

En lo que refiere a la evolución, los últimos datos indican que en 2025 la masa salarial representó cerca del 39,6% del PIB. Si bien este valor implica cierta estabilidad con respecto a 2024, consolidando así su recuperación respecto de la pandemia, aún se ubica por debajo del máximo alcanzado antes de la crisis (41,6%). Además, desde una perspectiva histórica, todavía permanece lejos de los niveles registrados a comienzos de la década del 90.

¿Qué dicen otros indicadores?

En complemento con lo anterior, otros indicadores permiten contar con una aproximación más directa al nivel de desigualdad que existe entre la población. En ese sentido, el INE informó recientemente que el 16,6% de la población se encontraba en situación de pobreza el año pasado, es decir, que su ingreso familiar resultó insuficiente para adquirir una canasta de bienes y servicios “básicos”.

Ese porcentaje se mantiene en niveles similares con relación a los umbrales prepandemia, tanto para el promedio de la población como para los distintos tramos etarios que se consideran para su estimación. Se observa, en ese sentido, que persisten desafíos relevantes en esta materia, principalmente en lo que tiene que ver con la incidencia de la pobreza en los menores de 6 años (en torno a 30%). No obstante, al comparar la variación con 2024, los datos sugieren una mejora de esta dimensión, dado que la reducción fue superior al margen de error (no así para el indicador global de pobreza monetaria).

Algunas medidas anunciadas en la ley de presupuesto para este año como el aumento de un 25% para los hogares con la Tarjeta Uruguay Social (TUS) y del 50% para las familias con TUS doble, así como el aumento de becas para estudiantes, podrían contribuir hacia una reducción de las privaciones materiales, en particular entre las familias con menores de edad. Igualmente, dada la magnitud del problema y su carácter estructural, la potencia de estas iniciativas podría no ser suficiente para generar un cambio significativo de la trayectoria en el corto plazo.

Foto del artículo 'Gráfico de la semana | Las privaciones materiales y la distribución del ingreso'

Más allá del ingreso

Los resultados anteriores surgen de la medición por el método del ingreso, que solo considera los ingresos monetarios del hogar para clasificar los hogares en pobres y no pobres. Sin embargo, no capta otras dimensiones relevantes del bienestar (es decir, no considera la magnitud de las privaciones que afectan la situación de las personas y que van más allá de la perspectiva monetaria). En efecto, la pobreza es un fenómeno multidimensional, asociado a la falta de medios para satisfacer necesidades básicas como la alimentación, el empleo, la vivienda y la salud, entre tantas otras.

En esa línea, el INE también cuenta desde hace relativamente poco tiempo con un indicador de pobreza multidimensional, que considera cinco dimensiones para determinar si las personas se encuentran o no en una situación de pobreza. A la luz de los datos recientes, que corresponden al cierre de 2025, no es posible concluir que este indicador haya mejora con respecto a 2024.

Por otro lado, los resultados de ese indicador también alertan sobre importantes diferencias entre regiones, con una brecha de cuatro puntos porcentuales entre la capital y el resto del país, al mismo tiempo que indica las áreas en que un mayor porcentaje de la población enfrenta privaciones: los años de educación (48%), la informalidad (29%) y los materiales de la vivienda (17%).

El problema distributivo

Por otra parte, los indicadores de pobreza capturan únicamente el porcentaje de personas que se encuentran por debajo de un cierto umbral, por lo que no resultan del todo útiles a la hora de concluir acerca de la desigualdad en el conjunto de la sociedad.

Para ello, se utilizan medidas como el índice de Gini, que resume la desigualdad del ingreso en toda la población y la sintetiza en valores que se mueven entre 0 y 1: valores más altos indican mayor desigualdad. En 2025, este indicador se mantuvo estable con respecto a 2024 y en niveles similares a los previos a la pandemia, lo que implica una mejora frente al deterioro observado durante la crisis.

Un patrón similar se observa en el resto de los indicadores relevados por el INE, en particular en el ratio entre los ingresos del 10% más rico y el 10% más pobre, que también se mantuvo respecto a su nivel de 2024, y en niveles comparables a los de antes de la pandemia.

Foto del artículo 'Gráfico de la semana | Las privaciones materiales y la distribución del ingreso'

¿Por qué importa la desigualdad?

Más allá del valor puntual de cada indicador, la desigualdad tiene implicancias relevantes sobre las oportunidades de las personas a lo largo de sus vidas. En contextos de alta desigualdad, el hogar donde uno nació tiende a influir en mayor medida sobre las trayectorias individuales, lo que se refleja en las posibilidades de contar con una educación de calidad, insertarse en empleos en el sector formal y bien remunerados y, en definitiva, acceder a buenas condiciones materiales de vida. En este sentido, menores niveles de desigualdad de ingresos se asocian con la igualdad de oportunidades, ya que las trayectorias dependen en mayor medida de los logros de cada uno y menos de las condiciones de origen.

Pobreza y desigualdad

En un intercambio que discurrió dentro de la red social X, el economista Mauricio de Rosa explicó que la pobreza es consecuencia de la desigualdad debido a que los ingresos se concentran en los hogares más ricos, dejando así menos recursos disponibles para el resto de las familias que bajo una distribución alternativa del ingreso; “hay pobreza porque hay desigualdad” y, por lo tanto, el problema central “es distributivo”.

Bajo ese marco, argumentó que para reducir la pobreza de forma efectiva se debe “combinar fuerte crecimiento económico con caída de la desigualdad, para que así los ingresos de las familias más pobres crezcan por encima del ingreso promedio y la pobreza cae mucho más rápido”. No obstante lo anterior, reconoció que es posible reducir la pobreza solamente vía un fuerte crecimiento económico (siempre que no se incremente la desigualdad) o solamente vía la reducción de la desigualdad, en un contexto de bajo dinamismo de la economía.

A su vez, afirmó que “los países más desiguales tienden a tener mayores niveles de pobreza”, y agregó que “la desigualdad tiende a perpetuarse” por mecanismos puramente económicos, como la concentración del capital, así como por mecanismos políticos (acceso desigual al poder político y mediático), lo que permite a los individuos neutralizar o moderar intentos de modificar la distribución del ingreso.

Estas apreciaciones generaron un extenso debate en torno al vínculo que existe entre la desigualdad y la pobreza. A modo de ejemplo, el director de El País, Martín Aguirre, se mostró en desacuerdo con De Rosa, argumentando que “está lleno de países con más desigualdad que Uruguay, donde hay mucha menos pobreza, y los pobres tienen mucha mejor calidad de vida que acá”. En su visión, el razonamiento acerca de la distribución de la riqueza y su nexo con la pobreza es de “suma cero” (los beneficios de unos son las pérdidas de otros), considerándolo “equivocado”, y agregó que “todos los ejemplos de intento de (modificar) eso salieron espantoso (...); la desigualdad, a menos que uno sea resentido, no me dice nada de una sociedad”.

Joaquín Pascal, Centro de Estudios Etcétera.