Fin de semana Conocimiento

Juan Ignacio Dorrego.

Foto: Inés Guimaraens

Juan Ignacio Dorrego: “El verdadero riesgo no es la inteligencia artificial: es llegar tarde”

El presidente de ANDE sostuvo que la IA no provocará una desaparición masiva de empleos, sino una transformación acelerada de las tareas, y advirtió que Uruguay debe prepararse para evitar que se profundicen las desigualdades.

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Juan Ignacio Dorrego, presidente de la Agencia Nacional de Desarrollo (ANDE), es doctor en Gestión, Finanzas y Contabilidad por la Universidad Carlo Cattaneo - LIUC, en Italia, y magíster en Estudios de Desarrollo por la Universidad de Londres. Fue investigador de la Universidad Johannes Kepler de Austria, en el Green Innovation Hub de Italia y en el Instituto de Economía de la Universidad de la República.

En esta edición del Cuestionario Futuria de la diaria, Dorrego analizó el impacto de la inteligencia artificial (IA) en el mundo del trabajo y sostuvo que, más que una desaparición masiva de empleos, habrá una transformación acelerada de las tareas.

“El verdadero riesgo no es la inteligencia artificial: es llegar tarde. Demorar ese punto de inflexión. Si la automatización avanza más rápido que la formación, la reconversión laboral y la adaptación de las mipymes, las brechas pueden ampliarse”, afirmó.

¿En qué punto está Uruguay en agregación de valor mediante conocimiento e innovación?

Uruguay está en un punto de inflexión. Tenemos activos muy importantes: estabilidad institucional, infraestructura digital, matriz eléctrica mayoritariamente renovable, capacidades científicas acumuladas, una industria TIC reconocida regionalmente y empresas que ya compiten globalmente desde Uruguay. Pero también tenemos una restricción evidente: todavía transformamos poco conocimiento en valor productivo a escala. Uruguay es, en muchos sentidos, un país de contrastes. Posee instituciones que lo acercan al mundo desarrollado, pero una estructura productiva y un nivel de ingreso propios de una economía de ingreso medio-alto, donde conviven profundas desigualdades territoriales y sociales. Esa fractura se manifiesta con claridad en parte del norte del país, en el norte de Montevideo, en los asentamientos y en las cárceles, recordándonos que el desarrollo no es una condición homogénea, sino una realidad profundamente desigual.

La paradoja de Uruguay es que tiene condiciones de base superiores a las de muchos países, pero aún no logra convertirlas plenamente en cambio estructural. Por eso este gobierno colocó la innovación, la internacionalización y el conocimiento en el centro de su modelo de desarrollo. No alcanza con decir que queremos innovar: hay que construir instrumentos, instituciones y capacidades.

Ahí se inscriben la creación de la Secretaría Nacional de Ciencia y Valorización del Conocimiento, Uruguay Innova, el Pencti [Plan Estratégico Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación], Uruguay al Mundo, los programas de base científico-tecnológica, el centro nacional de referencia en inteligencia artificial, entre otros.

Mi idea fuerza es esta: a Uruguay lo convencieron demasiadas veces de que no puede innovar. Eso no solo es falso históricamente; funciona como un nocebo: si creemos que no podemos, dejamos de intentar, invertimos menos, pedimos menos conocimiento y nos resignamos a vender lo mismo de siempre. Hay que romper esa barrera narrativa.

¿Qué debería modificar el sistema innovador para cambiar la matriz productiva?

Durante décadas se ha repetido, con buena razón, que la principal limitación de Uruguay radica en su escala, por lo que la única alternativa sería proyectarse hacia los mercados internacionales. Sin embargo, a pesar de que esta es una tesis con la que comulgo, esa explicación resulta insuficiente.

Si la apertura externa fuera, por sí sola, la respuesta, difícilmente persistirían las tensiones estructurales que caracterizan al país. Tal vez el problema no resida tanto en el tamaño de la economía como en su configuración. En lugar de pensar a Uruguay como un mercado pequeño, conviene entenderlo como una red de actores, sectores y territorios, donde algunos nodos concentran las capacidades productivas, los vínculos internacionales y el dinamismo económico. Son esos nodos, y la forma en que se articulan –o dejan de articularse– con el resto de la economía, los que terminan moldeando un patrón de crecimiento fuertemente dependiente de su inserción externa.

El principal cambio es pasar de un sistema que muchas veces financia capacidades aisladas a uno que organiza misiones, demanda tecnológica y transformación productiva.

En Uruguay tenemos que mejorar cuatro cosas: coordinación institucional, demanda de conocimiento desde las empresas, financiamiento paciente y evaluación.

¿Qué sectores poco conocidos presentan mejor potencial?

Si uno mira el índice de complejidad económica, Uruguay hoy está aproximadamente en la mitad de la tabla. No estamos entre los países más rezagados, pero tampoco entre aquellos que lograron construir economías altamente sofisticadas y diversificadas. Incluso estamos por encima de algunos vecinos, como Argentina, Chile o Paraguay, aunque todavía por detrás de Brasil y bastante lejos de las economías que lideran este indicador.

El desafío no es producir más de lo mismo, sino incorporar más conocimiento, más tecnología y más capacidades a lo que producimos y exportamos.

Hay una tendencia a pensar que el desarrollo pasa por descubrir el próximo gran sector. Yo no lo veo así. La evidencia muestra que los países que logran transformarse no empiezan de cero, sino que construyen sobre las capacidades que ya tienen.

Uno de los sectores es, sin dudas, la bioeconomía. No hablo solamente de producir alimentos, sino de agregar ciencia y tecnología para desarrollar biotecnología de alimentos, o biotecnología médica, biomateriales, nuevos ingredientes, química verde, valorización de residuos y soluciones de economía circular. De hecho, el análisis de oportunidades de algunos informes en los que hemos trabajado recientemente en la agencia muestran que muchas de las posibilidades de mayor complejidad se concentran justamente en productos químicos especializados, ciencias de la vida, reactivos, medios de cultivo, vacunas o derivados de proteínas, todos muy cercanos a capacidades que Uruguay ya posee.

Otro dominio con enorme potencial son los servicios intensivos en conocimiento. Uruguay ya demostró que puede competir internacionalmente en software y servicios globales. El desafío ahora es que esa capacidad se derrame hacia otros sectores.

También veo una oportunidad muy importante en la convergencia entre manufactura avanzada y recursos naturales. Y agregaría una cadena de valor que muchas veces pasa desapercibida: las industrias creativas. Tenemos tremendo potencial.

En definitiva, creo que la discusión no debería ser si Uruguay apuesta al agro o a la tecnología. Esa es una falsa dicotomía. El verdadero desafío es incorporar conocimiento a todo lo que hacemos: más ciencia en los alimentos, más inteligencia artificial en los servicios, más biotecnología en los recursos naturales, más diseño en la industria y más innovación en las mipymes. Ahí es donde están las mayores oportunidades de transformación del país.

¿Qué rol juega el interior en el cambio de matriz productiva?

Un rol absolutamente central. Y diría algo más: creo que durante muchos años cometimos un error conceptual. Pensamos el desarrollo territorial como una política para distribuir mejor los beneficios del crecimiento, cuando en realidad los territorios son parte de la estrategia para generar ese crecimiento.

Hoy sabemos que no existe una única matriz productiva nacional. Existen distintos sistemas productivos territoriales, con capacidades, empresas, instituciones y desafíos diferentes. Por eso la transformación productiva no puede diseñarse de manera uniforme desde Montevideo. Tiene que construirse reconociendo las vocaciones, las capacidades y los ecosistemas de cada región.

¿Qué trabajos corren riesgo de desaparecer?

Más que una desaparición masiva de empleos, lo que vamos a vivir es una transformación acelerada de las tareas que componen esos empleos. Las más expuestas son las administrativas repetitivas, el procesamiento básico de información, la atención estandarizada, parte del soporte contable, las traducciones rutinarias, la generación de contenidos de baja complejidad y muchos procesos de back office. Esto no significa que desaparezcan las profesiones, sino que cambiará profundamente la forma de ejercerlas. De hecho, hace varios años la Estrategia de Desarrollo 2050 ya advertía que la automatización iba a desplazar sobre todo las tareas rutinarias, mientras crecería la demanda de capacidades analíticas, creativas, técnicas e interpersonales.

Soy optimista. Con varios colegas hemos discutido en algunas ocasiones sobre si estamos atravesando una revolución tecnológica o si la IA y la computación cuántica son tecnologías revolucionarias dentro de un marco de transiciones más grande. Por ahora me adhiero a esta última, pero lo cierto es que cada gran fenómeno como el que estamos experimentando destruyó algunas ocupaciones, pero creó otras que antes ni siquiera imaginábamos. La inteligencia artificial probablemente haga lo mismo. El desafío no es competir contra la tecnología, sino aprender a trabajar con ella. Quien incorpore inteligencia artificial para potenciar su trabajo tendrá enormes oportunidades. Por eso la discusión no debería ser cuántos empleos vamos a perder, sino cuántas personas vamos a preparar para los nuevos empleos que surgirán.

Es cierto que esto, mientras vivimos esa fase de instalación marcada por la incertidumbre y la especulación, principalmente financiera, trae consigo desigualdad y marginalidad. Por esto creo que el verdadero riesgo no es la inteligencia artificial; es llegar tarde. Demorar ese punto de inflexión. Si la automatización avanza más rápido que la formación, la reconversión laboral y la adaptación de las mipymes, las brechas pueden ampliarse. Pero si invertimos en aprendizaje permanente, actualización de competencias y articulación entre educación, formación profesional y sector productivo, la inteligencia artificial puede convertirse en una enorme oportunidad para aumentar la productividad, crear mejores empleos y mejorar la calidad de vida.

¿Qué desigualdades estamos subestimando?

Estamos subestimando al menos cuatro desigualdades. La primera es la desigualdad de infancia. Uruguay no puede construir una economía del conocimiento con una pobreza infantil persistentemente alta. Según datos difundidos sobre 2025, la pobreza alcanzó 16,6% de las personas, pero cerca de uno de cada tres niños pequeños vive bajo la línea de pobreza. Estos números muestran mejoras recientes, pero es necesario hacer más. En ese sentido el gobierno ha marcado una orientación clara, priorizando esto en la Ley de Presupuesto y ahora en la Rendición de Cuentas.

La segunda es la desigualdad empresarial. En Uruguay conviven empresas de clase mundial con otras que enfrentan enormes dificultades para incorporar tecnología, mejorar su gestión o acceder a nuevos mercados. El problema es que esa brecha no solo existe, sino que se ha ido ampliando. Un estudio reciente de ANDE muestra que, entre 2008 y 2022, las empresas grandes aumentaron su productividad mucho más rápido que las pequeñas y medianas, hasta el punto de que hoy generan, en promedio, cuatro veces más valor por trabajador que las pequeñas empresas. Más preocupante aún es que dentro de un mismo sector existen diferencias de productividad de hasta nueve veces entre las empresas más eficientes y las más rezagadas.

La tercera es la desigualdad territorial. Si la frontera, el norte, el litoral o pequeñas localidades quedan fuera de la transición tecnológica, la innovación puede convertirse en una nueva fuente de fractura social. El desarrollo no puede depender del código postal de las personas ni de las empresas.

Y hay una cuarta desigualdad que, en realidad, atraviesa a todas las anteriores: la desigualdad de género. Empieza en la infancia, cuando todavía muy pocas niñas se proyectan hacia carreras vinculadas a la ciencia y la tecnología. En Uruguay, apenas el 10% de las mujeres que egresan de la educación terciaria lo hacen en áreas STEM, frente al 22,5% de los hombres y solo un tercio de quienes trabajan en el sector TIC son mujeres. Esto continúa en el mundo empresarial. Apenas una de cada cuatro de las empresas uruguayas tiene una mujer como máxima autoridad. Y además también se expresa en el territorio, donde las mujeres enfrentan menores tasas de empleo, mayores niveles de desempleo y una carga mucho más intensa de las tareas de cuidados, especialmente fuera de los grandes centros urbanos, lo que limita su autonomía económica y sus oportunidades de emprender o insertarse en sectores dinámicos. Si queremos un desarrollo que aproveche todo el talento del país, no podemos seguir viendo la igualdad de género como una política sectorial. Es una condición para aumentar la productividad, la competitividad y la sostenibilidad de Uruguay.

¿Qué relatos sobre el futuro dominan hoy en Uruguay?

Veo tres relatos. Uno es el relato escéptico: “Uruguay es chico, no puede, siempre será caro, lento y dependiente”. Ese relato es muy dañino.

El segundo relato es el del país estable, serio, confiable. Es verdadero y valioso, pero insuficiente. La estabilidad debe ser plataforma, no techo.

El tercer relato, que tenemos que fortalecer, es el del Uruguay que innova: un país pequeño, democrático, verde, digital, con ciencia, talento y capacidad de construir acuerdos. Un país que no compite por escala, sino por inteligencia colectiva.

¿Cuál es la imagen que Uruguay debe proyectar hacia afuera?

Creo que Uruguay tiene que dejar de vender únicamente lo que es y empezar a mostrar lo que es capaz de hacer. Durante mucho tiempo construimos una imagen muy valiosa: un país estable, democrático, con instituciones sólidas, calidad de vida, seguridad jurídica y respeto por las reglas de juego. Todo eso sigue siendo cierto y constituye una ventaja enorme en un mundo cada vez más incierto. Pero hoy ya no alcanza. La estabilidad dejó de ser un diferencial para convertirse en la condición de entrada.

El Uruguay que deberíamos proyectar es el de un país que utiliza esa estabilidad para crear capacidades. Un país que apuesta al conocimiento, que transforma recursos naturales en productos y servicios cada vez más sofisticados, que invierte en ciencia, en innovación, en talento y en empresas capaces de competir globalmente. Un país que entendió que su escala no es una condena, sino un incentivo para cooperar mejor, coordinar mejor y aprender más rápido.

Me gustaría que nos reconocieran como un país que sabe construir acuerdos de largo plazo. Que cuando aparecen desafíos como la inteligencia artificial, la bioeconomía o la transición energética, en lugar de discutir solamente cómo repartir sus beneficios, también discutimos cómo generar las capacidades para aprovecharlos.

Si tuviera que resumir la imagen que quisiera proyectar, no diría simplemente que somos un país confiable. Diría que Uruguay es un país que convierte confianza en capacidades y capacidades en desarrollo. Ese me parece un relato mucho más potente que el de un país pequeño que simplemente administra bien lo que tiene. Es el relato de un país que decidió construir el futuro en lugar de esperarlo.

Para pensar el futuro: las recomendaciones de Juan Ignacio Dorrego

El presidente de ANDE propone una selección de libros que está leyendo o ha leído recientemente, con obras que abordan los cambios políticos, las nuevas formas de organización económica y los desafíos del capitalismo contemporáneo.

  • ¿La rebeldía se volvió de derecha?, de Pablo Stefanoni.
  • Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, de Yanis Varoufakis.
  • The Common Good Economy, de Mariana Mazzucato.
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