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Anaclara Puig.

Foto: Gianni Schiaffarino

Infancias en la fila: una tesis de grado recoge cómo se viven y narran las visitas a la cárcel

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Leído por Mathías Buela
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¿Qué pasa con los niños y niñas mientras esperan en la fila para visitar a un familiar en la cárcel? ¿Cómo viven y cuentan el momento de la visita? ¿Qué elegirían cambiar? Estas y otras preguntas estuvieron presentes en la tesis de grado de la Licenciatura en Comunicación de Anaclara Puig, que el año pasado acompañó el trabajo de Familias Presentes, una asociación que nuclea a familiares de presos y presas, en el marco del Seminario Taller de Comunicación Educativa y Comunitaria de la Facultad de Información y Comunicación.

Puig tenía claro que quería trabajar con infancias que tuvieran vínculo con lo carcelario. Hubo un tiempo que iba seguido a Punta Espinillo y en sus viajes en ómnibus pasaba por la Unidad 4 Santiago Vázquez (ex Comcar) y veía las filas largas, con los niños y niñas esperando para entrar. Incluso, de noche, cuando llegaba de estudiar, se encontraba con familias acampando para poder ingresar a primera hora del primer turno.

También daba clases de teatro en clubes de niños, en centros juveniles y en escuelas y veía que muchos de esos niños y niñas con los que trabajaba tenían a un abuelo o a un papá privado de libertad. A eso se sumó su participación en Fugas, un colectivo que trabaja en torno al antipunitivismo y formas alternativas de justicia.

“Tenemos una idea de que la cárcel es algo muy lejano y algo que, si tenemos suerte, no nos involucra. Sin embargo, cuando empezamos a ver, conocemos a personas que han estado privadas de libertad o una amiga o un familiar tiene a alguien que ha estado privado de libertad, entonces lo carcelario en realidad está súper presente en nuestras vidas cotidianas o lo ha estado más allá de que no lo veamos o no parezca estarlo. El encarcelamiento afecta no solamente a las personas presas, sino también a sus entornos, y en eso quise poner específicamente el foco en las infancias”, contó en entrevista con la diaria.

Puig desarrolló su trabajo con Familias Presentes y, en particular, con el grupo que lleva adelante el proyecto Jugamos en la Fila, que se lleva adelante con los niños y niñas que están en la fila de espera de distintas cárceles de Montevideo. “Me comentaron que su objetivo era aliviar las tensiones que se daban en la fila y jugar con los niños”, contó Puig, y explicó que a partir de eso les propuso que además se podía pensar en ese espacio como un espacio comunicacional, ya que “se dan relaciones entre personas que están generando vínculos y sentido sobre lo que están viviendo, resignificando las experiencias, teniendo tensiones y conflictos, gestionando esos conflictos”.

Al pensar la fila como un espacio comunicacional, se empezó a desandar “un poco esa idea de que en las filas o en el afuera de la cárcel no pasa nada”. “De hecho, pasan un montón de cosas. Por ejemplo, hay un montón de gente que labura de vender comida, de alquilar ropa por si vas con algo que no corresponde para entrar y tenés que cambiarte, de guardar bolsos. Es un micromundo que está ahí activo”.

Anaclara Puig con el libro que armó.

Foto: Gianni Schiaffarino

Puig propuso potenciar el trabajo que estaban haciendo en el proyecto Jugamos en la Fila y buscar conversar directamente con los niños y niñas sobre su experiencia concreta durante el tiempo de espera. “Después de darle varias vueltas, lo que decidí es que tenía que trabajar con un dispositivo que fuera cercano al lenguaje de los gurises, porque ellos tenían que querer conversar y, a su vez, era necesario que se generara una pequeña grupalidad entre ellos”, contó. También pensó que debía ser un objeto que Familias Presentes pudiera llevar a las filas y que fuera reutilizable en el tiempo.

Puig llegó a la idea de que el mejor dispositivo comunicacional para trabajar con los niños y niñas en las filas era un libro. “También pensando que el libro como cuaderno viajero es conocido por los chiquilines que van a la escuela y por las mamás; no es un objeto que intimida, como puede ser una cámara, ni es súper personal, porque las historias de ellos son de ellos y de ellas, pero también tiene cierta posibilidad de generalizarse o de volverse un poco más impersonal para no dejarlos tan expuestos”, contó.

La historia de Manu

Así surgió La historia para ser visibles, que tiene como personaje principal a Manu, un niño que se vuelve invisible, pierde la memoria y necesita que lo ayuden a recuperarla. El objetivo era conocer cómo eran las vidas cotidianas de los niños y niñas en las filas, qué contaban sobre ir a la cárcel en concreto y cómo se imaginaban que podían cambiar ese lugar. “A partir de estos ejes, se trabajó en tres preguntas, mucho más sencillas, que el personaje les va haciendo a los gurises y gurisas y que ellos y ellas, en un juego de imaginación y proyección, van respondiéndole y ayudándolo”.

Puig planteó la propuesta a niños y niñas de entre cinco y diez años en dos instancias durante el año pasado, mientras se desarrollaban las actividades de Jugamos en la Fila. La primera pregunta de Manu es cómo es un día normal en su vida, porque no se puede acordar de si iba a la escuela, con quién vivía o qué le gustaba comer. La mayoría de las respuestas estuvieron vinculadas a la rutina. “Hay una presencia fuerte de la rutina, de lo que hacen, una enumeración de acciones de lo doméstico y de la escuela. La institución de la escuela es re fuerte y súper presente”, detalló Puig.

La narración continúa y ahora que Manu se acuerda de cómo era un día en su vida, también se acuerda de que iba a las visitas de la cárcel. El libro pregunta cómo eran esas visitas, y Puig cuenta que en las respuestas hubo dos elementos “muy presentes”. “Uno es el juego. Son muchas horas afuera y muchas horas adentro en la visita. Entonces aparece lo lúdico, de manera muy sencilla, con cartas, rayuela, pelota; no aparece ningún elemento digital, por ejemplo, teniendo en cuenta que no los pueden ingresar. Después aparece la comida. Hay uno de los relatos que dice específicamente: ‘Sacó la comida y vino con su hermano’, dando a entender que la comida es un elemento que llevan ellos y no está dado; no lo aporta la persona que está privada de libertad ni la institución”, señaló.

La siguiente pregunta apunta a que cuenten qué ideas tienen para que las visitas y las filas sean diferentes. “Esa era la pregunta en la que, específicamente, apelaba a la imaginación y a los deseos. Y bueno, todos los relatos hablan de sacar la visita de la cárcel de distintas formas. Por ejemplo, unos hablan de que la visita sea en un parque, otros en una playa”, contó.

Anaclara Puig.

Foto: Gianni Schiaffarino

Otros relatos hacen referencia a ir con su familiar privado de libertad a comer a algún lado. “Entonces está de vuelta presente la comida como un elemento importante y como un elemento de encuentro y de bienestar compartido, pero ya no es llevando la comida, sino yendo a un restaurante, a McDonald’s, a comer pizza, a tomar un helado. Son comidas que no están en los momentos de visita, porque cuando van a la cárcel las comidas son un poco más colectivas”, contó.

En el intercambio con Familias Presentes “empezamos a pensar en cómo sacar la visita de la cárcel puede también hablarnos de cómo dignificar la visita. Tener asegurada una mesa, una silla, un mantel y que el ambiente, no solamente los objetos, sea de disfrute, medianamente amable, acorde para compartir con un niño o con una niña, con alguien a quien querés, es importante. Y también que la comida no sea llevada, o que vean a sus mamás sacando el tupper, sino que pueda estar garantizada, ya sea por el Estado o por posibilidades de organización interna de ahí”, apuntó.

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