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Sergio Massa, en la sede de su partido en Buenos Aires tras los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales el 22 de octubre.

Foto: Emiliano Lasalvia, AFP

Massapalooza

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El 19 de noviembre Argentina elegirá presidente de la Nación entre Sergio Massa (Unión por la Patria, coalición de centroizquierda impulsada por el peronismo kirchnerista) y el libertario de derecha Javier Milei (La Libertad Avanza). Lo que quedó en el camino y lo que se avecina en el futuro es analizado en estos tres artículos de la edición argentina de Le Monde diplomatique.

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En el mes más crucial de su vida política, Sergio Massa tiene ante sí la oportunidad que por conspiración de la realidad o defecto de carácter desperdició el actual presidente Alberto Fernández, no cuando su predecesora Cristina [Fernández de Kirchner] lo ungió candidato, porque en ese momento no podía, sino cuando la pandemia elevó su imagen por encima del 80 por ciento y le dio la posibilidad de abrir un capítulo nuevo en la historia de los liderazgos del peronismo. El presidente dejó pasar el tren, hundido en la indolencia gestionaria, el tacticismo de gabinete y las inquinas personales.

Massa, que ha demostrado su capacidad de levantarse de la lona tantas veces como es derribado, construyó una escalera muy estrecha, caracol, que lo llevó desde su oscuro lugar en la Cámara de Diputados hasta, quizá, la Presidencia de la Nación. El primer paso fue reclamar el Ministerio de Economía (y no la Jefatura de Gabinete, el falso trampolín del que nunca saltó Juan Manzur) en el peor momento de la crisis [28 de julio de 2022], para encarar desde allí una gestión pensada a la inversa de la de Alberto [Fernández]: si el presidente cuidó tanto los equilibrios internos buscando no irritar a Cristina [Fernández de Kirchner] que terminó sumido en la impotencia, Massa se elevó por encima del sistema de vetos cruzados que paraliza al gobierno y puso su proverbial hiperkinesis al servicio de una gestión que no logró contener la inflación ni mejorar los salarios ni bajar la pobreza, pero que al menos consiguió evitar un estallido y que en el último tramo agregó una galopante sucesión de medidas y anuncios, por más que con Massa nunca sepamos con exactitud dónde termina la realidad y dónde comienzan los fuegos artificiales.

Massa importó de Tigre [donde fue intendente de 2007 a 2013] la épica municipalista del decisionismo permanente (como dice Daniel Tognetti, donde va arma un Massapalooza). Pero la política también es eso: asumir un lugar y ensancharlo, hacer un asado con un tomate y dos lechugas. Massa asumió el ministerio con la economía al borde del colapso final y, apoyado en su relación con el sistema político y con los actores económicos y sociales (Massa es un sistema de relaciones), logró darle cierta consistencia a la gestión, proponerles a los jefes peronistas la hipótesis de un nuevo liderazgo y ofrecerle al electorado la posibilidad de evitar el salto al vacío. ¿Qué le falta? Muchas cosas, pero sobre todo reconstruir su relación con la sociedad, regenerar una representación genuina, que hoy sigue dañada por sus déficits de credibilidad y el exceso de zigzagueos de un pasado todavía reciente (de enfrentar al kirchnerismo a aparecer como el “opositor sensato” de Macri y de ahí de regreso al peronismo).

Ya en el discurso de la noche de la victoria –un discurso medido, cuidadosamente ecualizado, desprovisto de excesos triunfalistas y de nombres propios: sólo mencionó a su familia y a su vicepresidente, y pronunciado bajo la escenografía limpia de una simple bandera argentina– Massa dio las primeras claves del camino que recorrerá en estas semanas. Tocó, con la invitación a sus hijos al escenario y el beso con su esposa Malena, la cuerda de la “normalidad familiar”, en contraste no tan sutil con la imagen bizarra que ofrece Milei (los perros clonados, la hermana, la novia imitadora de Cristina) y su romería de libertarios dogmáticos y gamers trasnochados (la revista satírica argentina Barcelona tituló: “Ramiro Marra votó temprano y ya sigue los boca de urna por YouPorn”)1. A 20 años del primer eslogan de Néstor Kirchner, Argentina sigue tratando de ser un país en serio2.

El votante de Milei sigue ahí

El panorama no luce sencillo para ninguno de los dos contendientes, pero más difícil la tiene Javier Milei. Mientras que el libertario debe conquistar a los mismos electores macristas a los que se pasó los últimos meses insultando y transformar su épica anticasta en un discurso anti-K que en su boca suena desteñido, Massa tiene que volver a un lugar conocido: el centro. El centro geográfico, a las provincias en donde ganan los agroperonistas moderados (su remontada en Santa Fe es en este sentido auspiciosa) y el centro ideológico, es decir a los votantes de Horacio Rodríguez Larreta [perdedor en la interna de Juntos por el Cambio, coalición macrista] y Juan Schiaretti (Massa fue en su momento aliado del cordobesismo de José Manuel de la Sota)3. Debe conquistar, por último, al electorado radical (algo positivo de esta coyuntura es que por fin descubriremos si el “pueblo radical” existe como tal o si se trata de macristas definitivos; en otras palabras, ¿existe el radicalismo en tanto corriente social o es sólo un mito urbano?).

Es, en todo caso, un camino que Massa ya había recorrido cuando enfrentó a Cristina [Fernández de Kirchner] en 2013 y comenzó a construir el perfil de un peronismo desprovisto de la sobrecarga ideológica kirchnerista, camino que no desanduvo con su incorporación al Frente de Todos [coalición que llevó a la presidencia a Alberto Fernández]. Como nunca cayó en la trampa de sobreactuar su giro kirchnerista ni de rendirse ante los imperativos del progresismo (Massa nunca dijo “corpo”, “orga” o “Magnetto” y no empieza sus discursos con un “Todos y todas...”)4, el centro es su ecosistema natural, como si hubiera nacido allí. En su discurso del domingo habló de salario y producción, dijo que el Estado tiene que ser “presente y eficiente”, convocó a los votantes de Schiaretti, a los radicales e incluso a los del PRO, prometió un gobierno de unidad nacional y pronunció algunas palabras prohibidas: orden, previsibilidad, certezas y... ¡seguridad!

¿Qué pasa si Massa gana el balotaje? Dotado de legitimidad popular y de un capital político del que Alberto [Fernández] carecía (Massa habrá llegado sin deberle nada a nadie), tendrá las manos libres para desplegar el plan de estabilización que todos, empezando por él mismo, saben que hay que hacer: devaluación, renegociación con el Fondo Monetario Internacional, corrección de precios relativos. Y si después de unos meses inevitablemente difíciles logra, como en su momento lo hicieron Carlos Menem (1989-1999) y en algún sentido Eduardo Duhalde (2002-2003), superar esta etapa, el horizonte se despeja para ofrecerle la perspectiva de un gobierno cómodo. Nunca es fácil gobernar Argentina, pero el panorama puede ser optimista.

En primer lugar, porque el peronismo contará con una representación parlamentaria amplia, a cinco senadores del cuórum y con una primera minoría en Diputados. De forma más decisiva, la oposición estará dividida entre un bloque libertario y los restos de Juntos por el Cambio, que a su vez podría fracturarse en dos o más pedazos. Es cierto que Milei, dependiendo de su campaña, de los resultados del balotaje y de su voluntad de seguir en política, seguramente será una figura de peso, pero la coalición macrista habrá sufrido la obsolescencia de todos sus liderazgos: Mauricio Macri, Patricia Bullrich, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta (la solitaria excepción es Jorge Macri)5. En suma, una oposición atomizada y probablemente desorientada, más parecida a la de los primeros años del kirchnerismo que a la oposición con el cuchillo entre los dientes a la que nos acostumbró la grieta.

En segundo lugar, porque el ascenso de Massa es consecuencia del declive, lento pero evidente, del proyecto kirchnerista. Si su designación como ministro había puesto en evidencia que Cristina [Fernández de Kirchner] carecía de un plan económico, su candidatura presidencial reveló que la expresidenta tampoco tenía un plan político. Por tercera vez consecutiva, el kirchnerismo tuvo que recurrir a un cuerpo extraño, del que además desconfía, para encabezar la boleta: Daniel Scioli en 2015, Alberto Fernández en 2019, Massa hoy. Por supuesto que la reelección de Axel Kicillof al frente de la provincia de Buenos Aires es el segundo dato político más importante de las elecciones, pero la sana distancia que viene tomando el gobernador respecto de Máximo Kirchner6, su decisión de resistir las presiones para convertirse en candidato presidencial y algunos gestos explícitos sugieren que más que la continuidad de algo que ya vimos podríamos estar escuchando, por recurrir a su desafiante comparación, los primeros compases de una nueva canción.

El tercer motivo es el más estructural, y vale tanto para Massa como para cualquier otro presidente: restabilizada la macro, la economía argentina está en condiciones de recuperar con rapidez el crecimiento e ir morigerando, a medida que los complejos extractivos adquieran velocidad, la restricción externa, que, ya lo sabemos, es la causa principal de todas nuestras crisis.

Pero recuperemos la cautela. La victoria de Massa se explica por méritos propios, pero sobre todo por defectos ajenos. La escalera caracol construida por el ministro no hubiera sido posible sin la división de la oposición en dos bloques más o menos equivalentes y sin una derrota de Rodríguez Larreta que liberara el centro. Al mismo tiempo, era necesario que el ascenso de Milei no se convirtiera en una ola imparable (cosa que por un momento pareció que podía suceder). Este último dato –los desbordes de Milei y de los suyos en los días previos a los comicios– resulta crucial para explicar los resultados. Algunas investigaciones comenzaron a detectar temores en su electorado ante la veta de crueldad exhibida por el candidato. Pablo Semán cuenta que en los días previos a las elecciones muchos votantes de Milei expresaban su miedo a que la motosierra, el símbolo libertario de recorte estatal, se volviera contra ellos: la traición de la metáfora.

Milei pecó por exceso. Se dijo mucho en estos días que puso en crisis consensos democráticos básicos gestados durante el alfonsinismo (lo cual es verdad); se dijo menos que también prometió arrasar con el único acuerdo que nos dejó diciembre de 2001: la idea de que en Argentina puede pasar todo salvo un estallido. Asignación Universal, movimientos sociales, swap, diez cepos y 100 tipos de cambio, todo un sistema construido para evitar un incendio en Plaza de Mayo o los ahorristas golpeando las vidrieras de los bancos. La disfuncionalidad de esta construcción de la política poscrisis es obvia, pero también puede verse el lado positivo: un Estado puesto al servicio de la paz social. Milei, con sus declaraciones sobre los plazos fijos y el valor del peso argentino y con sus apelaciones explícitas (recordemos que en el acto de cierre de campaña su aparición en el escenario estuvo precedida por un video que mostraba explosiones nucleares), amagó con arrasar también con ese consenso. No nos sobran Moncloas7, y pareciera que la sociedad decidió cuidar las pocas que tenemos.

Pero decíamos que conviene ser cautelosos. Aunque obtuvo una ventaja de casi siete puntos y aunque su adversario se ha encerrado en un desvarío estratégico que lo aleja de la meta, Massa todavía no ganó el balotaje, y nada asegura que lo ganará. Pero incluso si resulta victorioso deberá lidiar con una economía desquiciada que acumula una larga serie de demandas sociales reprimidas, entre las que sobresalen el atraso salarial y la inflación. La oposición estará fragmentada, pero la crisis de la derecha tradicional no es una buena noticia, porque su reverso es la emergencia de una derecha dura proclive a comportamientos poco democráticos. La experiencia de Estados Unidos, donde Donald Trump puede volver al gobierno, y de Brasil, donde el bolsonarismo se consolidó como una fuerza social permanente, demuestra que la extrema derecha no se evapora si pierde una elección: su potencia disruptiva se mantiene, porque las razones que la motivan –la sociología que la explica– siguen operando. Pasados los comicios, el pueblo mileísta seguirá ahí, mordiendo la misma manzana arenosa de bronca. Con eso también deberá lidiar Massa.

José Natanson, director de Le Monde diplomatique, edición Argentina.

Punto uy

El canciller de Uruguay, Francisco Bustillo, envió el 25 de octubre una nota al embajador uruguayo en Perú, el exvicepresidente de la República Luis Hierro López (Partido Colorado), por haber posteado el día antes en la red social X, ex Twitter, una opinión política sobre la primera vuelta de las presidenciales argentinas: “Aunque [Sergio] Massa hizo una muy buena campaña electoral, me parece que [Javier] Milei y [Mauricio] Macri tienen una notable oportunidad de abrir un gran acuerdo y un tiempo nuevo”.

El eco de las palabras de políticos uruguayos en la arena pública argentina no es nuevo, ya sea cuando el entonces presidente José Mujica (Frente Amplio) dijo, comparando a sus pares argentinos Cristina Fernández y Néstor Kirchner, “esta vieja es peor que el tuerto” (4-4-2013), o cuando el actual mandatario Luis Lacalle Pou otorgó una serie de entrevistas a canales opositores argentinos que fueron aprovechadas en la vecina orilla para criticar por elevación al presidente Alberto Fernández. “Fueron muchísimos los que recibieron las opiniones de nuestro presidente como un bálsamo frente al errático populismo que ostenta el gobierno de su propio país”, escribió la prensa uruguaya (El País, 17-7-2020). Ninguno de estos episodios fue tan grave como cuando se grabó a Jorge Batlle (Partido Colorado), sin que él supiera que el micrófono estaba abierto, señalando que los argentinos son “una manga de ladrones, del primero hasta el último” (4-6-2002). También ocasionó fuerte impacto la revelación, en octubre de 2011, de que Tabaré Vázquez (Frente Amplio) había barajado la posibilidad de solicitar apoyo a Estados Unidos ante un eventual conflicto por las pasteras de celulosa.


  1. Marra es un youtuber financiero argentino, presidente de la bancada de La Libertad Avanza en el Parlamento de la Ciudad de Buenos Aires. 

  2. “Un país en serio” fue el lema de la campaña que lo llevó a la presidencia en 2003. 

  3. Schiaretti fue candidato presidencial en la primera vuelta por Hacemos por Nuestro País, coalición peronismo cordobés y aliados de centroizquierda. De la Sota fue su predecesor como gobernador de Córdoba (2011-2015) y también sucesor (ya que Schiaretti gobernó Córdoba de 2007 a 2011 y de 2015 a la actualidad). 

  4. Héctor Magnetto, director ejecutivo del grupo de medios de comunicación Clarín, habitualmente enfrentado al kirchnerismo. 

  5. Mauricio Macri, expresidente de la Nación (2015-2019); María Eugenia Vidal, exgobernadora de la provincia de Buenos Aires (2015-2019) y vicejefa de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires cuando la gobernó Macri (2011-2015); Jorge Macri, actual jefe de gobierno electo de la Ciudad de Buenos Aires, cargo en que sucederá a Horacio Rodríguez Larreta. 

  6. Hijo de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, cabeza de la lista a diputados nacionales de Unión por la Patria por la provincia de Buenos Aires (donde además preside el Partido Justicialista). 

  7. Política de Estado no escrita, en alusión al Pacto de la Moncloa, acuerdo multipartidario de la transición española posfranquista. 

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