Destellos de luces amarillas, azules y rojas. Videos de tigres. Muchos tigres. En las pantallas, el candidato interpreta el himno nacional. Se activan las cortinas de humo. Entonces aparece Abelardo de la Espriella, rodeado de seis escoltas, con chaleco antibalas sobre la ropa. Comienza el show.
“Gracias, [lugar donde está]. Acá está tu tigre, que ruge y muerde”, dice. Después arranca una secuencia de saludos militares al grito de “¡Firme por la patria!”. Sus discursos duran menos de 40 minutos y funcionan como una liturgia interactiva con sus seguidores.
¿Quieren que se bajen los impuestos? ¿Que la familia vuelva a ser el núcleo de la sociedad? ¿Reducir el Estado? ¿Defender a Dios? ¿Que los bancos presten plata al dos por ciento o, si no, cerrarlos?
Las respuestas son obvias. Para los exmilitares, reservistas, empresarios, adultos mayores, cristianos, marianos, uribistas, antipetristas y exrodolfistas [seguidores del fallecido empresario y político colombiano Rodolfo Hernández Suárez] que lo escuchan furibundos, el sí es rotundo. Entonces De la Espriella pasa al llamado a la acción: si quieren que todo eso se vuelva realidad, les dice, deben marcarle “la raya al tigre”.
La frase activa un video de tigres bailando al ritmo de un jingle pegajoso: “Póngale la raya al tigre, póngale la raya al tigre, la raya al tigre, la raya al tigre”.
Los actos de campaña de De la Espriella tienen siempre el mismo guion. Y él tiene la disciplina para repetirlo paso a paso. Sabe que su candidatura es un producto, como su ron, su ropa, sus libros y su música. Y sabe también que lo más importante de una marca no es su autenticidad, ni siquiera su contenido, sino la emoción que produce.
Abelardo de la Espriella es un abogado que convirtió la defensa judicial y mediática de personajes cuestionados, la estética del lujo, la intimidación pública y la cercanía con poderes incómodos en una marca personal. Ahora llevó esa marca a la política.
Su candidatura no salió de la nada. Es la consecuencia de una vida construida alrededor de su propio personaje: una vida al filo de la navaja, desafiante frente a las reglas convencionales, rodeada de inmunidad, espectáculo y poder.
El niño que quería ser visto
Cuando era niño, Abelardo de la Espriella le dijo a su abuela que algún día tendría un avión, la llevaría a Miami y la esperaría en el aeropuerto en una limusina. Su padre, Abelardo de la Espriella Juris, le dijo a La Silla Vacía que esa escena lo enorgullecía más que el éxito de su hijo en esta campaña presidencial. Para él no era una fantasía infantil, sino una profecía cumplida: el niño que prometió grandeza se dedicó desde entonces a fabricarse una vida a la altura de esa promesa.
Desde temprano, Abelardo no solo quería progresar, quería que su progreso se viera.
La familia De la Espriella Otero no era pobre. Tenía apellido, educación, contactos políticos y una posición cómoda en Córdoba. Pero tampoco pertenecía a la élite bogotana ni a las grandes fortunas nacionales. “Éramos riquitos de pueblo”, dice María Eugenia Otero, su mamá.
Ambos recibieron a La Silla Vacía en su apartamento en una de las zonas exclusivas de Montería [capital del Departamento de Córdoba, unos 700 kilómetros al norte de Bogotá], con un balcón lleno de flores frente al río Sinú y una vista panorámica de la ciudad. En la sala hay un piano, lámparas candelabro y una colección de botellas de licor, incluida la marca de su hijo, Ron Defensor.
Abelardo papá es un hombre jovial, de risa fácil y buena memoria. Cuenta historias con el desparpajo de los señores del Caribe: mezcla voces, precisa nombres, se ríe a carcajadas y narra la vida de su hijo con orgullo y pocas prevenciones.
Abelardo fue el primer hijo. Nació el 31 de julio de 1978 en Bogotá, pero desde que cumplió un año vivió en Sahagún y Montería. Allí se crio en una casa donde se respiraba política. Su padre fue diputado del Partido Liberal, aspiró sin éxito dos veces a la gobernación de Córdoba y una vez al Senado. No era un cacique poderoso, sino una figura con trayectoria a la que los caciques impulsaban: había sido director de Exportación de Ganado y Carne en la presidencia de Julio César Turbay y magistrado del Tribunal Contencioso Administrativo de Córdoba.
En 2001, cuando Álvaro Uribe era precandidato presidencial y aún no despegaba en las encuestas, Abelardo papá fue uno de los primeros en promover su campaña en Córdoba. En esa contienda se quemó como candidato al Senado. Pero cuando Uribe llegó a la Casa de Nariño lo nombró notario en Cartagena y, tres años después, en Bogotá. Desde esa época se fraguó una relación entre los De la Espriella y los Uribe. De hecho, Abelardo papá celebró su último cumpleaños con el expresidente Uribe y Lina Moreno [su esposa], en una comida cuyo anfitrión fue Abelardo hijo. En un video de la celebración, el candidato dio las palabras de agradecimiento con una botella de vino en la mano: “Es un honor tenerlos aquí. Esto se llama cita con la historia”.
Antes de que esa historia lo alcanzara y mucho antes de que el mismo Uribe lo alentara a lanzarse a la presidencia y luego le negara su entrada al Centro Democrático porque pidió pista demasiado tarde, Abelardo estudiaba en el colegio La Salle de Montería. Un colegio de hermanos católicos que empezó como exclusivo para las familias de élite de la ciudad, pero que ya para entonces mostraba mayor apertura social.
En La Salle, Abelardo no era solo el niño brillante ni solo el niño insoportable. Era ambas cosas. Desafiaba la autoridad, buscaba protagonismo y parecía incapaz de pasar inadvertido. Sus profesores lo recuerdan con cariño.
También mostraba habilidades de oratoria, interés artístico y hambre de atención. Baquero recuerda que, en una obra de teatro, Abelardo no se conformaba con su papel porque quería el protagónico. Se aprendía el guion de todos sus compañeros y terminaba convertido en una especie de director. Su padre recuerda que cantaba ópera en el baño. Una compañera dice que también lo hacía en el aula.
Abelardo tenía desde niño el impulso de pararse en el centro del escenario. Y su padre le consiguió el escenario. Según le contó en 2012 al periodista Ángel Becassino, en la entrevista biográfica La pasión del defensor, desde los cuatro años lo subía a un taburete para que recitara fragmentos de discursos de Luis Carlos Galán delante de la familia.
Pero en esa infancia que él suele narrar como una sucesión de precocidades también hay escenas menos heroicas. Una profesora contó a La Silla Vacía que fingía ataques de epilepsia para salirse de las clases aburridas. Otra anécdota la contó él mismo, sonriente, en el Suso’s Show: de niño se divertía amarrándoles voladores [un tipo de juego pirotécnico de fabricación artesanal] a gatos callejeros para verlos elevarse y morir destrozados.
Abelardo se graduó de La Salle en 1994, antes de cumplir los 16 años. El rector de la época, Germán Jaramillo, le decía a su papá que lo habían soportado porque tenía futuro e imaginación. Cuando fue a recibir el diploma, recuerda su padre, el rector le dijo: “Por fin salimos de él”.
El salto al escenario nacional
Abelardo tenía vocación musical e interés en el periodismo, pero su padre lo indujo a estudiar Derecho. Lo envió a la Universidad Sergio Arboleda.
“Usted no puede ser cantante de ópera. Eso no es una profesión, es un oficio. Usted tiene que ser abogado. Si no, no va a tener cómo mantener a su familia”, recuerda que le decía. Sobre el periodismo le decía algo parecido: que estudiara Derecho y después se volviera periodista, si quería. Eso hizo.
La Sergio Arboleda no era una universidad de élite académica, pero sí ofrecía una formación política intensa. Fundada por Álvaro Gómez Hurtado y Rodrigo Noguera Laborde, ambos conservadores, con los años se convirtió en cantera de políticos de derecha. Abelardo no fue la excepción.
Abelardo repartía su tiempo entre trabajar como asistente del vicerrector y vender whisky con unos amigos de La Guajira, perfumes y ropa que traía de Panamá. También viajaba a Nueva York o Miami a vender esmeraldas que un amigo de la universidad le entregaba en consignación. “En cada viajecito me quedaban 2.000 o 3.000 dólares, luego de pagar los gastos al más alto nivel”, cuenta De la Espriella a Becassino en su libro. “Tenía 19 años y en Nueva York me quedaba en el Waldorf Astoria tomando champaña y comiendo ensalada de langosta, la misma que pedía Liz Taylor cuando se hospedaba allí”.
Además de la plata, desde entonces le interesaba la política. Siendo estudiante se lanzó a edil de Chapinero [uno de los barrios más característicos de Bogotá] en 1997 con Salvación Nacional, el partido creado por Álvaro Gómez Hurtado. Se quemó y se retiró de la política electoral durante casi 30 años. Volvió ahora, coavalado por un movimiento de firmas y por Salvación Nacional.
La abogacía como espectáculo
Abelardo llegó a la política desde una forma de abogacía que ya era política. La Silla Vacía habló con tres abogados litigantes que han visto de primera mano su ejercicio profesional. Sin conocerse, coincidieron en un patrón: defendía sin vergüenza causas moralmente incómodas y de alta visibilidad; litigaba ante la opinión antes que ante los jueces; disputaba el relato moral de personajes cuestionados; y usaba el derecho para atacar testigos, intimidar contradictores, incluso denunciar al juez y presentarse como víctima de poderes hostiles. En su portafolio aparecen parapolíticos como Jorge Caballero y Dieb Maloofo o Alberto Santofimio, condenado como determinador de la muerte de Luis Carlos Galán.
En la entrevista en Semana, cuando le preguntaron si antes de aceptar esas defensas se hacía algún planteamiento ético, De la Espriella no respondió como lo haría hoy, invocando el derecho de todo ciudadano a una defensa. Dijo: “Solo acepto procesos que me despiertan interés y vértigo. La obligación del abogado es defender las causas, independientemente de consideraciones éticas. La parapolítica es un excelente nicho de trabajo, y sentí que no quería quedarme por fuera del proceso más importante de Colombia”.
El lujo como argumento
Desde siempre le gustó la ropa elegante. Y desde que tiene plata viaja cada año a Italia a comprar trajes Ermenegildo Zegna. En la entrevista con Becassino dijo que usa una loción suave en la mañana, una más fuerte en la tarde y un perfume más “dominante” en la noche. Puede ser un Dolce & Gabbana. Cuando se lo pone, le dijo, 'las féminas te dicen: hmmmm, coño, cómo hueles de rico', porque ahí huelen el peligro”.
“Soy así desde niño, siempre me ha gustado el tema. El día que a la mamertería y a la izquierda colombiana les guste cómo me visto yo, me voy al exilio. El día que yo me ponga una camisa como las que se ponen [Gustavo] Petro o [Iván] Cepeda, prefiero la mazmorra”, dijo en la cadena Caracol hace varios años.
La obsesión de Abelardo con su atractivo físico (se hizo implante de pelo porque, según dijo en una entrevista, tiene una cabeza que se ve horrible calva), la ropa, la comida y las marcas no es un rasgo superficial. Su estética –arribista para algunos, aspiracional para otros– es una forma de distanciarse de la provincia, de la comida popular y de cualquier marca de origen que lo vuelva común.
Y Abelardo quiere ser todo menos común. Es un sibarita. Un hombre que tiene dinero y lo gasta con generosidad en su familia y sus amigos. Ahora, además, lo capitaliza como símbolo político. Su vida de éxito funciona como espejo de la prosperidad que promete desatar en Colombia: si él pudo fabricarse a sí mismo como una marca rica, poderosa y visible, ahora promete reproducir el milagro en el país.
El hombre que creció en Montería como “un riquito de pueblo”, según su mamá, ha sido dueño –según una persona que fue su amiga hasta hace unos años y se distanció de él– de un penthouse en Bogotá que podría costar unos dos millones de dólares, un apartamento en Cartagena, una casa en Córdoba, otra en Coral Gables de unos cinco millones de dólares, un avión privado, una villa en Italia, una ronera que le da placer y pérdidas, una vinícola que no es rentable y un restaurante que quebró.
Según esa fuente, Abelardo puede gastar con facilidad unos 5.000 dólares diarios. “Puede invitar a diez personas hoy a un restaurante caro a almorzar en Roma y luego tener un fin de semana de lujo en Cerdeña”. Sus fotos en redes lo demuestran.
Otra amiga, todavía deslumbrada por la celebración de sus 40 años en Italia, donde atendió a unos 200 invitados durante tres días, dice que “Abelardo es de logros. Quería ser italiano y es italiano. Quería cuatro hijos y que la chiquita fuera niña y tuvo la niña en Argentina. Todo lo que tiene es impecable”.
Lo que esa amiga no entiende –ni tampoco otras personas que lo conocen desde hace años– es por qué decidió abandonar ese estilo de vida y lanzarse a la política. “Es la única cosa que siempre le oí decir que no iba a hacer”, dice. En un video, que sus contrincantes hacen circular frenéticamente en estos días, Abelardo afirmaba hace unos años que jamás sacrificaría la vida feliz que tenía con su familia para venirse a Colombia, “un país de desagradecidos y de cafres”. Aun con esa duda, cree que sería un buen presidente: “No se mete ahí para perder. Porque lo que dice lo hace”.
El empresario de sí mismo
Parte de la imagen que De la Espriella ha cultivado es la del empresario exitoso, diversificado y autosuficiente, con una fortuna que lo haría independiente de los poderes tradicionales. Pero una investigación de La Silla Vacía sobre 35 empresas en Colombia, Panamá y Estados Unidos relacionadas con él mostró que el relato del “rey Midas” no se sostiene del todo en los balances.
En Colombia, su grupo principal de empresas reportó en 2024 ingresos por más de 16.000 millones de pesos colombianos, pero cerró con pérdidas netas de 159 millones. La única empresa realmente rentable fue De la Espriella Lawyers. En cambio, las sociedades asociadas a su marca de licores, ropa, libros, podcast y merchandising dieron pérdidas.
La foto patrimonial también matiza la imagen de gran magnate. Sus empresas activas en Colombia suman un patrimonio de unos 19.680 millones de pesos: suficiente para ubicarlo entre personas muy ricas, pero lejos de fortunas empresariales como la de otros outsiders presidenciales, entre ellos Rodolfo Hernández. Además, dos de sus empresas más ligadas a la construcción del personaje –Dominio De la Espriella y De la Espriella Style– tienen patrimonio negativo: deben más de lo que tienen.
La investigación muestra que su verdadero fuerte económico no parece estar en los negocios de marca personal, sino en los bienes raíces: propiedades en Bogotá, Barranquilla, Córdoba, Magdalena, Tolima y Miami. Pero más reveladora que la investigación fue la reacción de su campaña.
La intimidación como defensa
El 13 de enero, La Silla Vacía publicó la historia “El universo empresarial de Abelardo de la Espriella”. Desde entonces, la campaña del candidato emprendió una ofensiva sistemática de estigmatización contra ese medio y su directora.
La ofensiva ha sido persistente e intimidante. Pero no es excepcional en la trayectoria de De la Espriella. Desde 2017, el penalista ha usado una estrategia atípica para defender su nombre frente a publicaciones que considera difamatorias. En vez de seguir el camino más usual –pedir una rectificación y, si no la obtiene, acudir a una tutela para proteger su buen nombre–, De la Espriella suele ir por otra vía: los juzgados civiles y la Fiscalía.
Según la Fiscalía, entre 2008 y 2019 existían 109 denuncias de De la Espriella por calumnia e injuria. Reportes de su propio despacho señalan que actualmente hay 22 denuncias penales contra periodistas, columnistas y activistas. La Silla Vacía encontró, además, 28 demandas civiles contra periodistas interpuestas por su bufete.
La política de “cojones”
La campaña de De la Espriella fue diseñada por Estrategia & Poder, la firma de su amigo y socio Carlos Suárez, que vende cursos sobre cómo ganar campañas políticas y publica en redes lecciones como estas: “No gana el que dice la verdad, gana el que cuenta mejor la historia”; “Un candidato no gana por propuestas, gana por emoción”; “Es mejor ser temido que amado… si no se puede ser ambas cosas”; “James Bond no pide permiso, entra”.
Cristiano Ronaldo, Nicolás Maquiavelo, Donald Trump, James Bond, Bukele, Milei: hombres fuertes, seductores y desafiantes son parte del imaginario de una candidatura en la que la masculinidad no es un accesorio. Es un programa de gobierno comprimido: yo mando, yo castigo, yo no me dejo, yo tengo los cojones.
En la biografía pública de De la Espriella sobran contradicciones entre lo que dijo o hizo antes y lo que promete ahora. Escribió un libro defendiendo una salida jurídica para la negociación con las FARC en La Habana, pero hoy promete acabar con la JEP. Antes proponía una constituyente; ahora critica a Petro por plantearla. Defendía la adopción de parejas homosexuales y el aborto; hoy es provida, cercano a los movimientos cristianos y su campaña agita el miedo a que un eventual triunfo de la dupla Oviedo-Paloma lleve a que a los niños les “cambien el género” en el colegio.
Parte de esos giros, dice él, se explican por la conversión religiosa que vivió hace seis años, tras la muerte de una tía. Desde entonces pasó de ateo declarado a católico fervoroso. Su fe es hoy uno de los símbolos más visibles de una campaña saturada de símbolos: la medalla con una cita bíblica que exhibe en giras y entrevistas; las referencias constantes a Dios; y su autoproclamación como “el Ciro de Colombia”, en alusión al rey persa que, sin creer en el dios judeocristiano, ayudó a liberar al pueblo de Israel. Es una comparación que también han usado políticos de derecha como Donald Trump y Jair Bolsonaro.
Ese lenguaje religioso le abrió espacio entre iglesias evangélicas que hoy hacen parte de su estrategia electoral. “Abelardo tiene un proceso de conversión. Así como el apóstol Pablo. Yo creo que es una conversión genuina”, dice Jefferson Vega, activista cristiano de Santander, quien junto con su difunta esposa, Ángela Hernández, lideró en 2016 una campaña contra la supuesta ideología de género. “Las personas de fe hemos estado muy angustiadas y hemos estado orando para que Dios levante una persona. Y considero yo que Abelardo es la respuesta a esas oraciones”.
La campaña incluso tiene una “Gerencia de la Fe”, liderada por pastores cristianos encargados de invitar a sus feligreses a orar por el candidato, promover su nombre e inscribirse como testigos electorales. Así, Abelardo convirtió la campaña en una batalla no solo política, sino moral y espiritual, alrededor de la fe, la familia tradicional y la promesa de una revolución cultural contra el progresismo.
El tigre como símbolo –garra, territorio, defensa, ataque– encaja con sus propuestas de bombardear campamentos y lanchas con droga, fumigar hasta la última hoja de coca, sacar a las “ratas” del Estado, “destripar” a la izquierda, extraditar a Petro, reducir la burocracia en un 40 por ciento y gobernar mediante estados de excepción, sin las cortapisas del Congreso y las Cortes.
Candidato de los furiosos
Su éxito responde a un país que quiere castigo, espectáculo y certezas rápidas. Un milagro.
Su campaña prometió 90 decretos el primer día, incluidos dos para gobernar con facultades extraordinarias: uno para declarar una emergencia económica y otro para declarar un estado de excepción que le permita actuar rápido contra los delincuentes. El hombre que promete salvar la democracia promete también gobernar desde el primer día sin los contrapesos que la definen.
Prometió cárceles estilo Bukele, vincular a miles de reservistas para cuidar barrios, sacar a Colombia de Naciones Unidas, acabar los efectos de la JEP por decreto, imponer educación religiosa en colegios, fumigar 300.000 hectáreas de coca mediante un Plan Colombia 2.0 financiado por Estados Unidos e Israel, y despedir a 600 o 700.000 contratistas y funcionarios que, según él, le sobran al Estado.
Si cumple lo prometido, un gobierno suyo enfrentaría una izquierda fuerte en la calle y en el Congreso. Hoy De la Espriella solo cuenta con cuatro senadores de Salvación Nacional y tendría enfrente, de entrada, al Pacto Histórico, que representa cerca de una cuarta parte del Senado.
Es decir, si quiere tener mayorías en el Congreso para gobernar con aplanadora, tendría que armar una coalición con muchos otros de “esos mismos” a los que hoy critica, pero que recibe tras bambalinas. (Entre sus cuadros hay muchos políticos y exfuncionarios que han hecho parte de lo que él denomina “los de siempre”. Desde congresistas de partidos tradicionales, funcionarios del gobierno de Iván Duque hasta cabezas de clanes regionales).
De la Espriella no es solo un personaje extremo que apareció con un buen jingle y una mascota feroz. Es un síntoma de época. Su éxito habla de un país que salió agotado de la inseguridad, hastiado de la discusión institucional, irritado con la izquierda, descreído del centro y seducido por la idea de que un hombre fuerte pueda resolver con voluntad lo que las instituciones no han podido resolver con procedimientos.
Hugo Chávez prometió en 1998 barrer con la partidocracia venezolana desde una épica militar-popular de izquierda. Bukele prometió seguridad a cambio de concentrar poder. Milei convirtió la furia contra el Estado en motosierra. Trump convirtió la humillación cultural de sus votantes en revancha. Abelardo combina algo de todos. La diferencia es colombiana: su ruptura no nace desde abajo, sino desde un abogado rico, conectado con élites regionales, clientes poderosos, escándalos judiciales y una marca de lujo.
El outsider es, en realidad, un insider de las zonas más turbias del poder.
Juanita León, Ever Mejía y Jerson Ortiz, respectivamente: directora y fundadora de La Silla Vacía, periodista de La Silla Vacía y editor político de La Silla Vacía.
