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Jóvenes marroquíes en la frontera con Argelia, en la región de Uchda, el 3 de noviembre de 2021.

Foto: Fadel Senna, AFP

Cortina de hierro entre Argelia y Marruecos

Causas y consecuencias del bloqueo entre vecinos.

El cierre de la frontera entre Argelia y Marruecos desde 1994 genera importantes daños económicos en los dos países. Más allá de los motivos que podrían explicar un bloqueo tan antinatural entre pueblos cercanos en lo religioso, lo cultural y lo lingüístico, existe una carrera armamentística entre ambos que no se sabe hasta dónde escalará.

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¡Las vías del ferrocarril siguen existiendo! Medio cubiertas de tierra, a menudo ocultas detrás de matorrales con espinas. Hace 30 años que no circula ningún tren. Las bordea un sendero maltrecho, en el que nos adentramos gracias a nuestra moto todoterreno. La llanura está vacía, dejamos atrás la última granja y ya no hay ningún pastor que lleve a pastar sus ovejas. A unos 100 metros, una gruesa alambrada coronada con alambre de púas corta el horizonte. ¡Es la frontera! El-Djazaïr, Argelia, está del otro lado. Detrás de la alambrada se extiende un amplio foso que refuerza el aspecto amenazante del conjunto. De repente, emerge un hombre uniformado de detrás de un terraplén. “¿Qué están haciendo acá? ¡Está prohibido!”. Con nuestro traje de motociclistas, nos hacemos pasar por turistas perdidos y finalmente damos media vuelta, dejando que las vías sigan su camino en dirección a Maghnia (una ciudad argelina, diez kilómetros más adelante) y luego hacia Orán. Ni bien salimos del sendero, una camioneta de la Gendarmería Real nos obliga a descender de la moto. Se baja un capitán de bigote severo, escoltado por dos suboficiales. Control de documentos, llamadas por teléfono a la Dirección General de Seguridad Nacional, las verificaciones se vuelven eternas. Nos ponemos a conversar con el suboficial más joven: “¿Los argelinos son sus enemigos?”, preguntamos. “¡No, no, son nuestros hermanos! Pero ellos no nos quieren… Durante la final de la Copa Africana de Naciones [campeonato de fútbol, celebrado en enero de 2026 en Rabat], en vez de estar con nosotros, apoyaron a Senegal. No fue muy amable...”.1 Finalmente, el oficial nos devuelve los documentos. “¡Bienvenidos a Marruecos!”, exclama antes de regresar a su vehículo. Desde ese momento, la policía marroquí nos vigiló durante todo lo que duró este reportaje.

Esta escena tuvo lugar a pocos kilómetros al norte de Oujda, capital de la Región Oriental, en el noreste de Marruecos. La línea de ferrocarril, inaugurada a fines del siglo XIX para preparar la penetración francesa en el antiguo sultanato –Francia se instaló allí en 1912 bajo la forma de un protectorado–, permitió que, mucho después de las independencias, la circulación fuera muy fluida entre los dos países. Sobre todo, porque siempre hubo familias que vivían a ambos lados de la frontera. Pero dicha fluidez se interrumpió de forma brusca en el verano de 1994, cuando Argelia decidió cerrar todos los pasos fronterizos terrestres con su vecino occidental.

Triste abandono

“Evidentemente, entonces dejamos de tomar el tren”, recuerda Fatima Baadid, una mujer argelina de 103 años que conocemos en Berkán, cerca de Oujda, rodeada de su cuantiosa descendencia. Nacida en Argelia, se casó con un marroquí y se instaló en el país de su familia política. “Después, mi marido empezó a llevarnos con los niños hasta el puesto fronterizo de Zouj Beghal; le dábamos 200 dírhams al aduanero [unos 20 euros], cruzábamos a pie y, del otro lado, mi hermano nos esperaba con su auto”. El ardid funcionó durante unos 20 años, hasta que las tensiones bilaterales volvieron a aumentar.

En 2013, Argelia empezó a cavar zanjas de diez metros de profundidad a lo largo de la frontera, entre Marsa Ben M’Hidi, al norte (frente a la ciudad marroquí de Saïdia), y Beni Ounif, al sur (frente a Figuig). Marruecos respondió instalando alambradas y alambres de púas. “El tráfico de mercancías se volvió totalmente imposible a partir de 2016”, afirma Abdellatif B en su pequeña granja de los alrededores de Oujda, situada al extremo de un camino de tierra que conduce a la frontera. El señor B sabe de lo que habla: él mismo fue contrabandista. Es el único “oficio” que este hombre, que hoy es abuelo, ha ejercido en su vida. Nos recibe con mucha amabilidad alrededor de un tajín [plato típico magrebí] que preparó su esposa, pero para hablar con nosotros impone la condición expresa de que no revelemos ni su nombre ni la ubicación de su granja. “¡Solamente recibirlos en mi casa ya me da miedo! En Marruecos hay informantes por todas partes, que le cuentan todo a la policía”. Sin embargo, continúa: “Lo mío era sobre todo la nafta. También un poco de sémola, un poco de harina, algunos medicamentos, porque el gobierno argelino subvenciona esos productos. Pero la parte más importante de mi negocio era la nafta. Siempre trabajábamos de noche. Me acercaba en auto todo lo posible a Argelia, cargábamos los bidones vacíos en una carreta, caminábamos 400 metros cruzando la frontera hasta la granja de mi primo, que es argelino. Ahí intercambiábamos los bidones vacíos por bidones llenos, después hacíamos el camino inverso hasta el auto y volvíamos a casa, donde nos esperaban los vendedores minoristas. Le pagaba a mi primo 80 dírhams [ocho euros] por un bidón de 30 litros, y después lo revendía a 90 dírhams. En una noche, haciendo tres viajes, podía pasar 200 bidones. Hagan la cuenta: ¡en una noche podía tener hasta 2.000 dírhams [200 euros] de ganancia! Era la buena vida...”.

Durante varias décadas, en la Región Oriental, todo el mundo manejaba con nafta argelina. Al por menor, un bidón salía 120 dírhams, es decir, 4 dírhams por litro, frente a los 9 dírhams que costaba en los surtidores del resto del país. En las rutas entre Nador, Berkán, Saïdia, Oujda, El Aïoun, Tendrara, Bouarfa y Figuig casi no había estaciones de servicio (pero ahora han proliferado como hongos). “La población de esta región vivía del contrabando –precisa el economista marroquí Najib Akesbi–. En los bazares de Ahfir y Beni Drar [ciudades pequeñas situadas entre Saïdia y Oujda] solo se vendían productos argelinos”. Y menciona que “el tráfico iba en ambas direcciones, con una exportación no declarada de frutas y verduras marroquíes que se vendían en Argelia: cebollas, papas, tomates, aceitunas, mandarinas...”.

El lado moderno de Marruecos siempre se desarrolló en su costa atlántica, y la Región Oriental –2,3 millones de habitantes, es decir, cerca del siete por ciento de la población– transmite una impresión de triste abandono a los pocos que la visitan. “Después de endurecer el cierre de la frontera, el Estado nos dio algunas subvenciones, una vaca, pollos, pero todos los proyectos fracasaron”, se lamenta Abdelmajid, el gerente del único bar de comida rápida de un pequeño pueblo perdido en mitad de la frontera, al sur de Oujda. Como la mayoría de nuestros interlocutores, este habitante de Touissite considera que fue 2016 el año que marcó realmente el cierre de la frontera: el cierre oficial de 1994 no había cambiado gran cosa en su vida cotidiana.

Aún más al sur, en la gran ciudad de Bouarfa (30.000 habitantes en 2024), Brahim tiene una peluquería diminuta, donde cobra 20 dírhams por corte. ¿Cuántos clientes recibe por día? “Entre dos y cuatro...”. Lo acompaña su amigo Mohamed, el carnicero del barrio: “Acá, igual que al otro lado de la frontera, tenemos una raza de ovejas muy buena: las beni guil. Antes las íbamos a buscar a Argelia, las conseguíamos por 2.000 dírhams, cruzábamos la frontera de noche y las revendíamos... ¡al doble! Pero ahora hace diez años que estamos en la miseria”. El municipio emplea a algunos jóvenes para barrer las calles, otros trabajan construyendo casas para los MRE –“marroquíes residentes en el extranjero”–, una denominación que engloba tanto a los ciudadanos que emigraron como a las nuevas generaciones de personas binacionales nacidas en el extranjero. En diciembre, algunos príncipes emiratíes se instalaron para pasar el invierno en ksar [aldeas fortificadas del desierto] lujosamente acondicionados, con el fin de cazar avutardas con sus halcones adiestrados. Para el personal doméstico, contratado en Bouarfa, el trabajo es estacional, pero está bien remunerado: 150 dírhams por día, frente a los 70 que ganan el resto del año. Fuera de eso, ¿qué se puede hacer en Bouarfa? “Nada”, responde Saddik Kabbouri, profesor jubilado de Árabe y de Filosofía. “Cuando la frontera todavía era permeable, la gente sobrevivía gracias al tráfico. Pero ahora solo viven del dinero de los MRE”.

De las 12 regiones de Marruecos, la Oriental recibe un cuarto de esas remesas,2 muy por delante de todas las demás. Damane Cash, Western Union, Cash Plus, MoneyGram, Chaabi Cash..., cada pueblo tiene su buena cantidad de agencias, y solo Bouarfa tiene nada menos que 23. “En 2005 lanzamos un movimiento en contra del aumento del costo de vida –continúa Kabbouri– con un boicot de las facturas de agua que duró seis años. En 2011 nuestras manifestaciones podían llegar a reunir hasta 10.000 personas, es decir, un tercio de los habitantes de Bouarfa”. Incluso organizaron intentos —muy simbólicos— de emigración colectiva hacia Argelia. Exasperado, el poder reaccionó con dureza y encarceló a una decena de líderes, entre ellos a Kabbouri. Así fue que el movimiento se debilitó.

Proyectos frustrados y nuevos

La historia de Bouarfa podría haber seguido una trayectoria muy diferente. Durante la época colonial, la ciudad creció de manera considerable gracias a la explotación del subsuelo, rico en manganeso. Cuando se retiraron los franceses, en marzo de 1956, la región heredó una línea de ferrocarril que conectaba Bouarfa con Oujda (para transportar el mineral hasta el mar Mediterráneo), pero también con Colomb-Béchar (actualmente Béchar), en Argelia. En línea recta, las dos ciudades están apenas a 160 kilómetros de distancia.

En 1972, cuando las relaciones entre los dos países estaban en su mejor momento, Houari Boumediène y Hassan II pusieron en marcha un proyecto de explotación conjunta de la mina de Gara Djebilet (900 kilómetros al sudeste de Béchar),3 que abarcaba uno de los yacimientos de hierro más grandes del mundo. Tras el progresivo declive de la mina de manganeso, los habitantes de Bouarfa podrían haber encontrado nuevas oportunidades en esta iniciativa. Por desgracia, tres años más tarde, el conflicto por el Sahara occidental provocó una nueva ruptura entre los dos países y el proyecto quedó abandonado. Hasta que resurgió 50 años después: el 1° de febrero de 2026, como si se estuviera burlando de su vecino, el presidente argelino Abdelmadjid Tebboune inauguró una nueva línea ferroviaria 100 por ciento argelina destinada a transportar el mineral de Gara Djebilet hasta el puerto de Orán.

La cortina de hierro que cayó sobre la frontera también asfixió otro gran proyecto de cooperación industrial: el gasoducto Magreb-Europa (GME), concebido para transportar gas argelino hacia España pasando por Marruecos y el estrecho de Gibraltar. Lanzado en 1993, apenas un año antes del cierre de la frontera, el proyecto siguió adelante y, durante 25 años, Argelia suministró a España gas extraído de Hassi R’Mel (el mayor yacimiento de gas natural del continente africano, situado 550 kilómetros al sur de Argel), cruzando la frontera marroquí a la altura de Ain Beni Mathar, 90 kilómetros al sur de Oujda. En compensación por ese permiso, Marruecos recibía cada año 60 millones de dólares, además de 1.000 millones de metros cúbicos de gas con los que producía el diez por ciento de su electricidad. Tras la ruptura de las relaciones diplomáticas, en 2021, Argelia se negó a renovar el contrato. Pero Marruecos no desmanteló las tuberías y ahora está a punto de reutilizarlas para un proyecto 100 por ciento marroquí: explotar un yacimiento de gas descubierto en Tendrara (110 kilómetros al sur de Ain Beni Mathar) por un consorcio integrado por Mana Energy (55 por ciento), la Oficina Nacional Marroquí de Hidrocarburos y Minas (ONHYM, 25 por ciento) y la compañía británica Sound Energy (20 por ciento). Aparentemente, en mayo de 2026 Sound Energy habría vendido sus últimas participaciones al grupo Managem, empresa matriz de Mana Energy. Sin embargo, es probable que los habitantes de la región no obtengan casi ningún beneficio económico. “Este proyecto ilustra el sistema predatorio que corroe la economía marroquí”, denuncia Abdelaziz Aftati, exdiputado por Oujda y miembro del Consejo Nacional del Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD, islamista, al frente del gobierno entre 2011 y 2021). “El jefe de gobierno, Aziz Akhannouch, posee participaciones en Sound Energy. Y Mana Energy es un holding de la familia real. Considerando el nivel de pobreza de esta región, ¡es escandaloso!”. Muy cercano a Mohamed VI [rey de Marruecos], Akhannouch también es propietario de Afriquia, la principal red de distribución de combustible de Marruecos, que ahora posee estaciones de servicio a lo largo de toda la región.

Tráficos ilícitos

Pero ¿realmente hay una cortina de hierro? Para los pequeños contrabandistas como el señor B, sin duda. Pero no para los grandes. A pesar de las alambradas y las zanjas, dos tráficos siguen prosperando: el de las drogas y el de personas. Son también los más difíciles de documentar. En ambos países, ningún periodista se atreve a emprender la más mínima investigación al respecto, y los medios se limitan a publicar los comunicados oficiales de sus gobiernos. Acusar a Marruecos de propagar el flagelo de la droga es una constante de las autoridades argelinas. El 28 de febrero, el diario digital argelino Tout sur l’Algérie (TSA) informó a sus lectores que “el Ejército Nacional Popular abatió a dos narcotraficantes marroquíes en Beni Ounif, en la frontera entre Argelia y Marruecos”. El 15 de marzo, la agencia de prensa estatal Algérie Presse Service (APS) subió la apuesta: “Las redes de narcotráfico procedentes de Marruecos amenazan la seguridad y la estabilidad de la región”. Sin embargo, no hay ninguna investigación ni cuestionamiento sobre cómo es posible desarrollar un tráfico semejante a través de una frontera tan hermética. Además, ¿se trata realmente de narcotraficantes? Cerca de Bouarfa, encontramos al hermano de uno de los dos hombres que mataron los guardias fronterizos argelinos. “¡Mi hermano no transportaba ninguna droga!”, asegura Jiloul Azza, que pertenece a la gran tribu de los beni guil, seminómadas establecidos a ambos lados de la frontera desde tiempos inmemoriales. “Solo soñaba con llegar a Europa pasando por Orán. Pero los argelinos odian a los marroquíes, y sus soldados nos disparan cada vez que pueden”.

Una cosa es segura: de ambos lados de la frontera hay altos mandos implicados en este tráfico de estupefacientes. Del lado marroquí, el expresidente de la Región Oriental Abdenbi Bioui está acusado desde 2023 de dirigir durante 20 años una extensa red que aparentemente transportó más de 200 toneladas de marihuana desde Marruecos hacia Argelia. La primera fase del juicio dejó al descubierto el modus operandi: en cada punto de tránsito –según informa el portal marroquí Médias24–, el agente de la guardia fronteriza marroquí se las arregla para desviar la cámara de vigilancia a cambio de 36.000 dírhams por cada cruce. Los transportistas, a menudo simples agricultores, reciben 10.000 dírhams. Según Omar Brouksy –autor de investigaciones valientes sobre la situación de su país y sobre los intereses de la monarquía–,4 Bioui, condenado a 12 años de prisión en primera instancia y que proclama su inocencia, “es uno de los notables más influyentes del PAM, el Partido de la Autenticidad y Modernidad”, fundado ni más ni menos que por Fouad Ali El Himma, íntimo amigo del rey y su consejero más poderoso. Del lado argelino, aunque no hay ninguna investigación oficial, se puede suponer que existen complicidades en el transporte y la distribución de la droga. En 2018 se incautaron 701 kilos de cocaína en el puerto de Orán, lo que provocó la destitución del general de división Abdelghani Hamel, director general de la Seguridad Nacional, y de alrededor de otros 15 generales argelinos.

El tráfico de seres humanos es mucho más visible. Los exiliados, en su mayoría procedentes de África subsahariana, caminan en grupos por la carretera entre Figuig y Bouarfa (110 kilómetros), sin equipaje alguno y sin siquiera una botella de agua. Vienen de Béchar, cruzaron la frontera de noche escalando las montañas, calzados con sandalias y muertos de miedo. “Cuando empezamos a trepar por las rocas, éramos 30”, cuenta con voz agotada Ahmoud Lamine, de 20 años, originario de Guinea. Lo encontramos merodeando por los alrededores de la estación de autobuses de Bouarfa, esperando el autobús nocturno que lo llevará a Oujda (el conductor hace la vista gorda porque un intermediario marroquí le entregó un sobre). “Ahora solo quedamos seis. Cuando los soldados marroquíes nos atrapan, nos golpean, nos quitan el dinero y el celular, y nos mandan de vuelta a Argelia. Es muy duro”. Unos días antes, en Oujda, habíamos hablado con Assade, un nigeriano de 22 años que se encontraba varado en la ciudad, esperando el momento adecuado para intentar llegar a España. “Alrededor de Oujda hay varios puntos de cruce. Las zanjas son muy peligrosas, porque son profundas y están llenas de barro helado. Muchos mueren de frío, atascados en el fondo. Pero si le pagás a un guía, vienen unos campesinos argelinos y rellenan la zanja con fardos de paja, y entonces es más fácil. Y después, para atravesar la alambrada marroquí, el guía excava de antemano un pequeño pasadizo subterráneo”. Assade está muy bien informado porque él mismo hace de guía de vez en cuando. “Me pagan 3.000 dinares argelinos por persona [15 euros] –confiesa riéndose–. Es mejor que los 100 dírhams que gano trabajando ocho horas en una obra de construcción marroquí, ¿no?”.

Una vez que atraviesan la alambrada, los exiliados siguen las antiguas vías del ferrocarril –las mismas que nosotros recorrimos en moto en sentido contrario– para orientarse durante la noche sin que los descubran por la luz de los teléfonos. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), en 2025 unas 3.600 personas cruzaron la frontera de este modo. “Pero la ONU solo contabiliza a los que presentan una solicitud de asilo”, corrige Hassane Ammari, incansable activista de ayuda a los inmigrantes, al frente de una asociación con sede en Oujda. “En realidad, son muchos más”.

¿Una posible guerra?

Al día de hoy, al igual que las líneas de ferrocarril, los puestos fronterizos parecen congelados en el tiempo. Un cartel rojo indica en árabe: “Prohibido el paso – Zona militar”, con un dibujo de una cámara de fotos tachada de forma contundente. Pero ¡atención! Pese a esta sensación de imagen en sepia, la frontera sigue en un estado de tensión permanente. Una tensión sorda, difícil de percibir. En los pocos lugares a los que conseguimos acercarnos, podemos distinguir una red de nuevos puestos de vigilancia, complementados con cámaras, radares y drones. ¿Son los primeros indicios de una posible guerra? La carrera armamentística es evidente: según datos del Banco Mundial, en 2024 Argelia destinó a la defensa un 21,5 por ciento de su gasto (7,7 por ciento en 2008), y Marruecos el 11 por ciento (10,4 por ciento en 2008), frente a una media del 3,4 por ciento en los países de la Unión Europea.5 En el verano boreal de 2023, los guardacostas argelinos mataron a dos personas francomarroquíes aficionadas a las motos de agua. Habían ido a pasar sus vacaciones a la ciudad balnearia de Saïdia y se alejaron de la costa sin darse cuenta de que habían entrado en aguas argelinas. Más recientemente se produjeron disparos en los alrededores de los oasis de Figuig y de Ich (ver recuadro).

Bin Lajraf, en la salida sur de Saïdia, constituye un puesto de observación interesante. Es el único punto fronterizo al que se puede acceder con facilidad en coche, y se han habilitado estacionamientos a ambos lados del uadi Aghbal, a unos 100 metros de distancia. Las familias separadas desde hace 30 años vienen a saludarse, mientras hablan por teléfono a través de Whatsapp. Banderas argelinas de un lado, marroquíes del otro: las selfis de Bin Larjaf son un clásico en las redes sociales. “Nos alegra mucho ver a nuestros hermanos argelinos”, comenta un turista procedente de Fez. “La frontera lleva tanto tiempo cerrada...”.

Se ve todo muy amigable. Pero si alguien menciona la presencia de banderas palestinas al otro lado del uadi [cauce del río seco], el tono se tensa: “Nosotros apoyamos de verdad al pueblo palestino, les enviamos ayuda humanitaria. En cambio, los argelinos enarbolan banderas, pero no hacen nada. Ni siquiera tienen derecho a manifestarse, viven en una dictadura. ¡Nosotros sí tenemos libertad!”. Desde que se normalizaron las relaciones entre Marruecos e Israel a fines de 2020, la cuestión palestina se ha convertido –junto con el conflicto precedente por el Sahara occidental– en el obstáculo más violento entre los dos países, y también entre ambos pueblos, que parecen adoptar masivamente los puntos de vista de sus respectivos gobiernos.

En enero de 2026, una turista de nacionalidad israelí acudió a Bin Lajraf para ondear la bandera de su país, lo que provocó una explosión de reacciones en internet. “¡Nosotros no agachamos la cabeza ante los sionistas!”, escribieron algunos argelinos en redes sociales. “¡Son un pueblo de mantenidos incapaces de trabajar! ¡Sin el petróleo, son unos subdesarrollados!”, respondieron usuarios de Facebook marroquíes, publicando fotografías de sus trenes de alta velocidad y sus autopistas. “En Argelia, los ataques frontales contra Marruecos reciben el apoyo directo de las autoridades”, precisa Fouad Abdelmoumni, economista y destacada figura del activismo por los derechos humanos en Marruecos (actualmente amenazado). “En Marruecos, las tareas están divididas. El rey insiste en la fraternidad y en tender la mano, pero al mismo tiempo una prensa amarillista, financiada por los servicios secretos, se encarga de alimentar la hostilidad hacia Argelia”.

Entonces, ¿quién impide que se reabra la frontera? Oficialmente, parece ser sobre todo Argel. “Si mañana se abre la frontera, además de que se reanudaría el contrabando, cientos de miles de turistas argelinos se precipitarían hacia Marruecos”, afirma Akesbi. “Como Argelia produce muy pocos bienes de consumo, nuestros productos también se volcarían en sus mercados. En términos económicos, Argelia saldría perdiendo”. Pero no alcanza con la economía para explicar este bloqueo antinatural entre dos vecinos tan cercanos en los planos religioso, cultural y lingüístico. “Cada uno necesita al otro para construir una imagen de unidad nacional que se contradice con la realidad”, explica la politóloga francotunecina Khadija Mohsen-Finan. En el contexto de restricción de las libertades democráticas que se está produciendo en ambos países, no parece que la frontera vaya a reabrirse en un futuro cercano. Ni tampoco que el tren Oujda-Orán vaya a volver a funcionar.

Pierre Daum, enviado especial, periodista. Autor de Colonisés, déplacés, exploités. Travailleurs indochinois en Dordogne (1940-1948), Elytis, Burdeos, 2026. Traducción: Agustina Chiappe.

Pueblos sin fronteras

La tierra y el colonialismo

El 9 de febrero, soldados argelinos dispararon al aire en los alrededores del ksar de Ich, cerca del gran oasis de Figuig, 400 kilómetros al sur de Oujda. Acababan de instalar nuevos puestos fronterizos que invadían unas cuantas hectáreas de tierras cultivadas hasta entonces por los habitantes de este pueblo marroquí fortificado situado en pleno desierto, en la línea de separación entre ambos países.

En marzo de 2021, un grupo de militares intervino en el paraje conocido como El-Arja, en las afueras de Figuig, privando de la noche a la mañana a sus habitantes del acceso a parte de sus palmerales. “Hace 50 años que los argelinos nos van quitando nuestros palmerales, poco a poco”, se lamenta Tijini Jilali, un anciano cuyos primeros “jardines”, como él los llama, le fueron “robados” en 1975, cuando Marruecos se apoderó del Sahara occidental. “¡Y eso que luché a su lado contra el ejército francés para ayudarles a liberar su país!”.

En el continente africano, los colonizadores europeos trazaron la mayoría de las fronteras. Sin embargo, “la región del Sahara tiene su propia lógica, con poblaciones cuyo sentimiento de pertenencia no tiene nada que ver con el trazado colonial”, recuerda el geógrafo francoargelino Ali Bensaâd, quien subraya que “el trazado era muy ventajoso para Argelia”. Consciente de esta ventaja, el gobierno provisional argelino había prometido que, una vez liberado su país de la ocupación francesa, aceptaría volver a negociar el trazado. Una promesa incumplida que desencadenó la “guerra de las arenas” en octubre de 1963. Esta terminó con rapidez gracias a la mediación de la Organización para la Unidad Africana, que impuso su doctrina: la intangibilidad de las fronteras heredadas de la colonización. El convenio firmado por ambos gobiernos en 1972 reconoce esta inviolabilidad. En lo que respecta a Ich y Figuig, las autoridades argelinas toleraron, en un primer momento, que los habitantes siguieran cultivando sus palmerales situados en territorio argelino. “Pero, cada vez que se reavivan las tensiones entre nuestros gobiernos, los argelinos vuelven a sacar a relucir el convenio de 1972 y nos quitan tierras”, prosigue Jilali. "El gobierno marroquí nos promete compensaciones, pero no cumple sus promesas”.

El hirak marroquí

Es aquí donde el conflicto fronterizo se enfrenta a una tenaz resistencia liderada por los habitantes de Figuig contra sus autoridades. Desde octubre de 2023, todos los viernes se organiza una importante concentración contra la privatización del agua, gestionada hasta ahora de forma muy democrática por los propios habitantes. En esta lucha, las mujeres están en primera línea. “A través del agua, lo que intentan quitarnos es nuestra vida”, denuncia Nadja, envuelta en su asemmired –palabra cenete, variante local del bereber, traducida como haik en árabe magrebí–, un gran paño blanco que le cubre el cuerpo y el rostro. Con el pretexto de que los soldados argelinos podrían dispararnos, nuestros militares nos prohíben el acceso al uadi Zouzfana. ¡Pero es allí donde vamos a buscar la arena para construir nuestras casas!”. A pesar de las presiones y el acoso –en 2024, el principal líder del movimiento, Mohamed Brahimi, conocido como Movo, pasó ocho meses entre rejas–, el hirak [movimiento] de Figuig no cede y las mujeres siguen desafiando a las autoridades cada viernes. Apenas salió de la cárcel, Movo volvió a ocupar su lugar a su lado: “Aquí, en Figuig, el Estado se siente más débil frente a los manifestantes porque sabe que estamos unidos y teme que nos pongamos del lado de los argelinos. Para nosotros, Figuig y Beni Ounif [la ciudad argelina situada justo al otro lado de la frontera] son lo mismo: son las mismas familias, hablamos la misma lengua [el cenete] y comemos los mismos platos. ¡O bien ellos son marroquíes o bien nosotros somos argelinos!”.

Traducción: redacción de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.


  1. Nos habría gustado recabar las opiniones de los argelinos, pero las autoridades de su país se negaron a concedernos cualquier tipo de visado. ↩

  2. Fuentes: Banco Mundial, SNRT News, LeSiteinfo.com. A nivel nacional, estas remesas representan un ocho por ciento del producto interno bruto. ↩

  3. Akram Belkaïd, “‘Une paix permanente pour les siècles à venir’”, Manière de voir, 181, “Le Maghreb en danger...”, febrero-marzo de 2022. ↩

  4. Omar Brouksy, Maroc, fin de règne, Nouveau Monde, París, 2026. ↩

  5. También ver Lakhdar Benchiba y Omar-Lotfi Lahlou, “Bras de fer entre le Maroc et l’Algérie”, Le Monde diplomatique, enero de 2022. ↩