Como en Bélgica o Albania, Italia o España, la juventud francesa se rebela, arrastrando a su paso a otros sectores de una sociedad exasperada y agotada por años de maltrato neoliberal. Ante este brote que no pudo prever, el ejecutivo aplica la estrategia habitual: represión policial, difamación mediática, desviación tecnológica, concesiones mínimas. El movimiento no se debilita y pone al resto de la sociedad cara a cara con problemas estructurales, desde la persistencia de desigualdades en la educación hasta la inanidad del discurso meritocrático.