Algunos análisis parecen autorretratos: al revelar los presupuestos que los sustentan, se deja al descubierto, sobre todo, la postura de quienes los formulan. Esto es lo que ocurre con gran parte de las explicaciones occidentales sobre las ambiciones chinas en el contexto de la guerra entre Estados Unidos e Irán. [Pekín] “pretende aprovechar el conflicto para debilitar el poder de Estados Unidos [...] y torpedear el orden internacional bajo dominio estadounidense”, aseguran dos expertos en Foreign Affairs.1 “¿China se prepara para dar el golpe de gracia?”, se pregunta, por su parte, el académico Phillips O’Brien, mientras que, en Le Parisien, el periodista François Lenglet detalla las razones por las que “Pekín va a ganar la guerra de Irán”.2
Asimismo, a diferencia de lo que con tanta frecuencia se afirma, nada indica que el Partido Comunista Chino (PCC) esté obnubilado por la ambición de destronar al hegemón estadounidense. A pesar del discurso alarmista sobre el “gran vuelco” geopolítico, todo indica que Pekín, más que propiciar el debilitamiento del “orden internacional liderado por Estados Unidos” –del que tanto se ha beneficiado–, padece sus consecuencias. Existiría, por lo tanto, una forma de “imperialismo chino”, aunque menos intuitiva que la que alarma a los medios y dirigentes occidentales. No la voluntad de que China prevalezca, sino la convicción de que la supremacía estadounidense es preferible al caos. Una disposición geopolítica singular –y temporal– que conduciría a Pekín a desear que Estados Unidos conserve su posición dominante, siempre y cuando no altere demasiado los equilibrios globales de los que ha sido garante durante mucho tiempo y no entorpezca el desarrollo del Imperio del Centro.
Es muy probable que China encuentre cierto regocijo en la incapacidad de Estados Unidos para lograr esa victoria relámpago tan anunciada en el conflicto con Irán. El 20 de enero, incluso antes del estallido de la guerra, un grupo de académicos nacionalistas publicó un documento en tono burlón: “Gracias, Sr. Trump”. “Gracias” por los aranceles, “una trampa que terminó atrapando a Estados Unidos” y que “obligó a China a la autonomía tecnológica”. “Gracias” por la “política hegemónica de ‘Estados Unidos primero’ que reveló el verdadero rostro del ‘orden basado en reglas’”. “Gracias” por “gobernar a través de tuits” y por “sus teorías descabelladas” que “socavaron la credibilidad” de Washington. Y, finalmente, “gracias” por actuar “como un acelerador del declive de la política estadounidense”.3 Nadie duda de que, si el texto hubiese sido publicado un mes más tarde, los autores también habrían agradecido a Trump por su incursión iraní.
Un modelo inspirador
Según el senador neoconservador Lindsay Graham (ya fallecido), una de las motivaciones para desencadenar el conflicto habría sido la de debilitar al principal rival de Estados Unidos. El 8 de marzo, en Fox News, se mostró orgulloso por el bombardeo a la República Islámica, tras el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro. “Venezuela e Irán poseen el 31 por ciento de las reservas mundiales de petróleo”. Una vez que caiga el poder iraní, “tendremos alianzas que abarcarán el 31 por ciento de todas las reservas conocidas. Es la pesadilla de China”. Así, el verdadero blanco detrás de Caracas y Teherán es en realidad Pekín, cuya dependencia de las importaciones de hidrocarburos sería su talón de Aquiles.
Error. Seis meses después del inicio de las hostilidades, The Economist constató que sus colosales reservas estratégicas llevaron a China al rango de “principal potencia petrolera mundial” (9 de agosto). “La guerra en Irán provocó el mayor shock de oferta en la historia de la explotación petrolera. No obstante, incluso en el momento más álgido de los combates, la cotización del petróleo nunca llegó a alcanzar los 150 dólares por barril que muchos analistas habían pronosticado al comienzo del conflicto”. Esto sucedió debido a que Pekín dispuso otra cosa: “Entre febrero y junio, China redujo a la mitad sus importaciones de crudo, es decir, 5,5 millones de barriles diarios. Una disminución suficiente, según los expertos, para hacer reducir en 30 dólares o más el costo del Brent, la referencia mundial”. La guerra, que debía debilitar a Pekín, terminó por “demostrar que, en la práctica, China es capaz, por sí sola, de estabilizar el mercado mundial del petróleo durante varios meses”.
De este modo, el Imperio del Centro exhibe su inmunidad frente a las estrategias de estrangulamiento de sus suministros de hidrocarburos y, al mismo tiempo, saca provecho de las inquietudes planteadas por la perspectiva de una escalada incontrolada de los precios del oro negro. En mayo, sus exportaciones de vehículos eléctricos y paneles solares –dos sectores de actividad que domina ampliamente– se dispararon en volumen un 110 por ciento y un 60 por ciento en comparación con el año anterior (The Guardian, 30-6-2026). El hecho de que una nación dirigida por un partido que proclama inspirarse en Marx y Lenin represente ahora casi un tercio de la producción manufacturera mundial hace que hasta la sacrosanta “ciencia económica” se vea descabalada. “Si Estados Unidos quiere conseguir resultados similares a los de China –sostienen los investigadores Damien Ma y Lizzi C Lee en una revista conservadora estadounidense–, tendrá que inspirarse más en el modelo chino”.4 Ese ya sería el caso, según el investigador Nathan Sperber, quien señala una “imitación parcial, desequilibrada y en gran medida desconocida, por parte de Estados Unidos, de ciertos aspectos de la planificación del desarrollo chino en sus propias iniciativas de política industrial bajo las presidencias de [Joseph] Biden y [Donald] Trump. Un ejemplo de eso es la Ley de Reducción de la Inflación, destinada a acelerar el desarrollo de las energías renovables y las tecnologías verdes que nunca se habría concretado de ese modo sin el antecedente del Estado chino”.5
Esto explica, tal vez, por qué Trump estimó en julio pasado que una de las virtudes de la operación Furia Épica en Irán era recordar a todos que el pilar del poder estadounidense permanecía intacto: “Tenemos el ejército más poderoso del mundo”.6 Una demostración de fuerza con la que supuestamente se pretendía “dar a nuestros enemigos, empezando por la China roja, Rusia y Corea del Norte, una lección para reflexionar”, según el jefe de redacción del sitio Conservative HQ [“Cuartel General Conservador”].7
A favor del statu quo
Otro error. La importancia adquirida por los drones vuelve a barajar las cartas estratégicas: disponer de un tejido industrial capaz de producir aparatos rudimentarios pero eficaces pronto podría imponerse por sobre la capacidad de desarrollar maravillas tecnológicas a precios exorbitantes. Dos semanas después del inicio del conflicto, Estados Unidos probablemente ya había utilizado más de 1.000 misiles Patriot –de los cuales solo había fabricado 600 ejemplares en 2025–. El rápido agotamiento de su arsenal lo llevó a repatriar hacia Medio Oriente las baterías Thaad (Terminal High Altitude Area Defense) –utilizadas para destruir misiles balísticos de alcance medio o intermedio– desplegadas en Corea del Sur.8 En agosto, el portaaviones USS George Washington abandonó el Pacífico occidental –cuya seguridad, se suponía, debía garantizar– para navegar hacia el teatro de operaciones iraní. Si hasta hace poco era capaz de asentar su dominación militar en cualquier punto del planeta, Estados Unidos parece ahora incapaz de cumplir algunos de sus compromisos estratégicos con sus aliados, empezando por las entregas de armas. Un fenómeno que, como señala el editorialista estadounidense Fareed Zakaria, aumenta la “imprevisibilidad” estadounidense: “Cuando los aliados no tienen forma de saber si las tropas estadounidenses llegan o se van, si los aranceles van a subir o bajar, si un acuerdo firmado hoy seguirá teniendo validez mañana, no se vuelven más obedientes: se vuelven más independientes” (The Washington Post, 14-8-2026).
Como es de esperar, el prestigio de un país se empaña cuando su gobierno decide secuestrar jefes de Estado (Venezuela), asesinar a otros (Irán) y proteger un genocidio (Israel). Por primera vez en casi dos décadas, la encuesta del Pew Research Center realizada en 36 países (que van desde Chile hasta Pakistán, y desde Francia hasta Sudáfrica) muestra que, “en la mayoría de los países encuestados, China ahora tiene una imagen más positiva que Estados Unidos”.9 Tanto es así que, para muchos, el futuro ya no se escribe donde se pone el sol. En este sentido, el politólogo británico Mark Leonard advierte: “Hubo un tiempo en el que Hollywood y un sinfín de exportaciones estadounidenses ofrecían al resto del mundo un anticipo de lo que era la vida moderna y del futuro al que podía aspirar. En cambio ahora, para los jóvenes de África, de América Latina e incluso para algunos estadounidenses ese futuro está en China”.10
En tales condiciones, Pekín podría trabajar de forma activa para debilitar a Estados Unidos en la escena internacional. ¿De qué forma? Oponiéndose de forma sistemática a las resoluciones que Washington propone a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y exhibiéndose como garante efectivo del orden internacional –no es el caso–. Respaldando abiertamente a los adversarios de Washington (entre ellos a Rusia, Irán y Palestina) –pero su apoyo es limitado y suele estar relacionado más con cuestiones comerciales que estratégicas–. Valiéndose del control que tiene sobre la producción mundial de tierras raras para estrangular la economía estadounidense –solo lo hace para obligar a Washington a renunciar a las medidas que afectan de manera directa a la economía china–. De hecho, las autoridades del país asiático solo activan la ley aprobada en 2021 destinada a combatir las sanciones extraterritoriales estadounidenses, sancionando a su vez a las empresas que las acatan, cuando los intereses nacionales se ven amenazados.
Sin dudas, esta actitud se debe, en parte, al apego de Pekín al principio de no injerencia en los asuntos internos de otros estados. Un principio que no pierde oportunidad de defender y que le vale la gratitud de sus socios. “Al hacer negocios con China, no se corren riesgos de que el Imperio del Centro pretenda dar lecciones sobre cómo se debería gobernar ni de que implemente sanciones si el sistema político difiere del suyo”, señala el académico Stephen M Walt, quien lamenta que Estados Unidos se perciba, en cambio, como “el defensor de una serie de valores universales” que le correspondería promover, incluso de forma coercitiva.11 No obstante, mientras que algunos analistas ven a China como la abanderada de un “Sur global”, el investigador sudafricano Adekeye Adebajo la describe, en cambio, como un país que prefiere “consolidar su poder en el sistema internacional existente antes que crear uno nuevo que beneficie a todos”. En resumen, un país “que se conforma con mantener el statu quo”.12 La pregunta ahora es: ¿por qué?
Los beneficios de la estabilidad
Con frecuencia, desde el lado chino explican que se debe a cuestiones de filosofía política: “Desde sus orígenes, la civilización china ha estado impulsada por la búsqueda de orden social y estabilidad”, explica el académico Han Jianya.13 En efecto, es posible –sin pretender resumir la historia intelectual plurisecular de un país tan grande como un continente– observar que su filosofía política está marcada por un movimiento recurrente que tanto sus museos como sus grandes mitos fundacionales describen muy bien: la fragmentación del país en feudos rivales, seguida de su reunificación bajo el liderazgo de gobernantes erigidos en héroes, y luego un nuevo ciclo de ruptura y reunificación. La descripción de este movimiento general articula la primera frase del “Romance de los tres reinos”, uno de los más importantes de la mitología china: “La historia del mundo obedece a una ley: tras un largo período de división sobreviene la unidad, y tras un largo período de unidad sobreviene la división”. Este espíritu habría abonado una concepción de la acción política fundamentada en las ideas de orden y preservación de la estabilidad –lejos de la noción del “destino manifiesto” estadounidense y de su mito de la “conquista”–.
Sin embargo, la historia no dicta la conducta de los dirigentes políticos. Mao Zedong, por ejemplo, exaltaba las conmociones: “Todo es caos bajo el cielo, la situación es excelente”. Al preconizar la constancia y la moderación, sus sucesores conectaron nuevamente con la historia política de larga duración, pero no solo con eso. Pues si el concepto de “estabilidad” adquiere un sentido particular hoy en día, es porque se opone al caos generado por los Estados Unidos de Trump: la “predilección nacional” se ve así promovida al rango de activo geopolítico. En el transcurso de una serie de viajes al extranjero previo a la reunión con su homólogo estadounidense –prevista para finales de setiembre–, el presidente chino, Xi Jinping, se esforzó en “presentar a China como un socio estable” (The Washington Post, 6-9-2026). Unos meses antes, el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, había ido más allá al sugerir que el “polo” de serenidad chino podía contribuir a amortiguar los sobresaltos geopolíticos.14 Cuando impidieron que los precios del petróleo se dispararan tras la guerra en Irán, las autoridades chinas pasaron de las palabras a los hechos. ¿Altruismo geopolítico? Considerarlo así supone olvidar que la “estabilidad” también tiene sus virtudes económicas. Para China, garantizar que el mundo disponga de un petróleo lo suficientemente barato –de ser necesario, actuando como “proveedor de última instancia”–15 le permite proteger el principal motor de su economía: las exportaciones.
Límites estructurales
No obstante, se podría cuestionar la lógica que lleva a China a desear preservar el statu quo cuando este sostiene la posición central de un país identificado, por lo demás, como un factor de desorden e incertidumbre. Sin embargo, para Pekín no se trata tanto de elegir la mejor opción como de identificar la menos perjudicial. Desde su punto de vista, las vilezas de Washington siguen siendo preferibles a un agravamiento de la rivalidad sino-estadounidense que perturbase el flujo de mercancías y mermase el extraordinario superávit comercial chino –que superó los 1,1 billones de dólares en 2025– y, por ende, que también afectase el crecimiento de su economía, elemento determinante para la estabilidad interna.
Eso sin tener en cuenta que el debilitamiento del actual “gendarme planetario”, por muy sombrío que sea, obligaría a China a involucrarse más en los asuntos del mundo. Aun sin necesidad de imitar las prácticas estadounidenses, difícilmente lo lograría sin contar con los medios humanos, logísticos y militares. En resumen: sin tener que hacer inversiones colosales. Pues, aunque a veces se olvide al contemplar los videos de sus megaciudades, China no deja de ser una economía emergente: su prioridad continúa siendo su propio desarrollo. Por este motivo prefiere, en esta etapa, la “estabilidad precaria” de la hegemonía estadounidense a verse obligada a reequilibrar el mundo con sus propios recursos, aun cuando eso implique tener que mostrar (un poco) los dientes cuando el “declive” de Estados Unidos lo lleva a blandir sanciones y aranceles.
Pero el extraño “imperialismo” chino del que aquí se trata obedece a una explicación aún más fundamental y paradójica: si bien el desarrollo fulgurante de China lleva hoy a algunos analistas a preguntarse si destronará a Estados Unidos (una pregunta que pocos se planteaban hace apenas 50 años), las propias condiciones que lo hicieron posible le cierran el paso hacia el estatus de hegemón. Al menos por ahora.
En un mundo que ha demostrado ser incapaz de coordinar, resulta difícil imaginar que una dominación estadounidense respaldada por la del dólar pueda ceder el paso a otra basada en una moneda común mundial.16 Si Pekín tomase las riendas del mundo, su moneda, el renminbi (RMB), se vería probablemente impulsada al centro del sistema monetario internacional (SMI). Esto plantearía al menos dos dificultades. La primera está relacionada con el control del PCC sobre los flujos monetarios mediante el control de capitales. Determinante en materia de desarrollo, este mecanismo le permite asimismo impedir la aparición de una oligarquía capaz de emanciparse del Estado, o incluso de llegar a controlarlo: “Si los chinos ricos pudieran sacar sus capitales del país sin restricciones, estarían en condiciones de blindar sus activos y, por ende, sus privilegios –señala Nathan Sperber–. Debido al control de capitales, la propiedad del capital sigue siendo relativa en China: está supeditada al poder político, que conserva la facultad de intervenir contra los individuos que desea sancionar”.17 Que el RMB se convierta en la moneda de referencia exigiría levantar este mecanismo. Algo difícil de imaginar.
La segunda dificultad se encuentra vinculada a la provisión, hoy por hoy insuficiente, de RMB para satisfacer las necesidades de la economía mundial. En la arquitectura monetaria contemporánea, el país que emite una moneda llamada a desempeñar un papel internacional de primer orden debe permitir que el resto del mundo acumule suficientes activos expresados en esa divisa.18 Sin embargo, el programa económico de “reforma y apertura” de la década de 1980 se apoyó precisamente en lo contrario: acumular superávit exterior gracias a las exportaciones. En otras palabras, atesorar monedas extranjeras dentro de sus fronteras en lugar de proveer a sus socios una cantidad creciente de RMB. Esta opción le permite a China, entre otras cosas, mantener salarios bajos –se habla de “represión salarial”– para así contribuir a la competitividad de la producción nacional. Romper con esa dependencia del superávit exterior exigiría transformar el modelo económico que viene impulsando el desarrollo del país, empezando por una suba salarial que permita trasladar el motor de la economía desde las exportaciones y la inversión hacia el consumo.
Se alegará que ya en 2007 Wen Jiabao, primer ministro de 2003 a 2013, había proclamado que China debía “ajustar el equilibrio entre inversión y consumo”. Y que, desde su llegada al poder, Xi Jinping insiste en la necesidad de reforzar ese segundo aspecto de la economía. Sin embargo, la multiplicación de anuncios en este ámbito evidencia tanto la determinación de las autoridades como su impotencia. Mientras que en 1980 el nivel de consumo de los hogares equivalía al 51 por ciento del producto interno bruto (PIB), en 2024 ese porcentaje se redujo al 40 por ciento tras haber alcanzado un piso del 35 por ciento en 2010. En comparación, osciló alrededor del 55 por ciento en Francia y Alemania durante el mismo período, mientras que en Estados Unidos se disparó del 60 por ciento al 68 por ciento.19 Como explican Erik Green y Olivia Parker, “la estrategia macroeconómica de China sigue limitando su margen de maniobra para reequilibrar la economía”.20 Por lo tanto, Pekín se enfrenta a una contradicción: su modelo de desarrollo le permite aspirar al estatus de primera potencia mundial, pero se apoya en estructuras que hoy por hoy se lo impiden.
Leninistas confesos, los dirigentes chinos no pueden ignorar que, a largo plazo, el haber optado por el capitalismo expone a China a alcanzar una “fase superior”. Efectivamente, responden, pero el Imperio del Centro no es Estados Unidos, y su capitalismo (el PCC habla de “socialismo con características chinas”) se distingue del neoliberalismo anglosajón. De modo que sería posible concebir la emergencia de una “potencia mayor” sin el menor afán de coerción. En definitiva, una hegemonía sin imperialismo. Con todo, no hace falta que el Sol sea expansionista para atrapar a la Tierra en su órbita: la diferencia de masa resulta suficiente. Incluso concediendo que una China convertida en primera potencia mundial trabajará por el advenimiento del mundo que afirma querer crear –un mundo “multipolar” donde prevalezca la negociación–, ¿estaría exento de dominación? O, dicho de otro modo, ¿es concebible que un país de más de 1.000 millones de habitantes, que controla buena parte de los sectores tecnológicos, goza de un cuasi monopolio en tierras raras y es responsable de un tercio de la producción manufacturera, pueda negociar “de igual a igual” con los demás?
Es probable que, por lo tanto, un día llegue el momento de cuestionar la hegemonía china y su naturaleza, pero no será de inmediato. Por el momento, Pekín prefiere no “ganar en Irán” para garantizar la estabilidad que exige la defensa de sus intereses. Si algo saben en China, es pensar a largo plazo.
Renaud Lambert, jefe de redacción adjunto de Le Monde diplomatique (París). Traducción: Paulina Lapalma.
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Jon B Alterman y Ali Vaez, “How China and Russia Can Exploit the Iran War”, Foreign Affairs, Nueva York, 23-4-2026. ↩
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Además de ibid, ver Phillips O’Brien, “Is China going in for the kill?”, 1-8-2026; François Lenglet, “Pourquoi Pékin va gagner la guerre d’Iran”, Le Parisien, París, 29-3-2026. ↩
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Wang Wen et al., “‘Gracias’ a Trump: evaluación de los think tanks chinos sobre las políticas llevadas a cabo por Trump 2.0 con motivo del primer aniversario de su mandato” (en chino), Instituto Chongyang de la Renmin University, rdcy.ruc.edu.cn, 19-1-2026. ↩
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Damien Ma y Lizzi C Lee, “An industrial policy with American characteristics”, Foreign Affairs, 1-7-2025, citados por Nathan Sperber en “Beyond Neoliberalism?”, New Left Review, N° 158, marzo-abril de 2026. ↩
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Nathan Sperber, “Beyond Neoliberalism?”, New Left Review, N° 158, Londres, marzo-abril de 2026. ↩
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“Remarks on the United States automobile industry in Milford, Michigan”, 27-7-2026. ↩
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George Rasley, “Will operation Epic Fury be another tactical victory leading to a strategic defeat?”, conservativehq.com, 9-4-2026. ↩
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Damien Cave, Choe Sang-hun, Javier C Hernández y Eric Schmitt, “How the war in Iran could help China and change Asia”, The New York Times, 13-3-2026. ↩
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Huang Yanzhong, “China now outranks the United States in global favorability. What happened?”, Consejo de Relaciones Exteriores, Washington, 27-7-2026; y Mark Leonard, “A future with Chinese characteristics”, Project Syndicate, 18-8-2026. ↩
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Mark Leonard, “A future with Chinese characteristics”, Project Syndicate, 18-8-2026. ↩
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Stephen M. Walt, “What the United States can learn from China”, Foreign Policy, Washington, 20-6-2024. ↩
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Adekeye Adebajo, “Is China really a champion of the Global South?”, Project Syndicate, 27-8-2026. ↩
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Han Jianye, “La arqueología del período pre-Qin pone en evidencia las características distintivas de la civilización china” (en chino), aixisiang.com, 10-12-2023. ↩
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“Abrir nuevas perspectivas para la diplomacia de una gran potencia con características chinas en un punto de inflexión decisivo para la evolución histórica” (en chino), discurso del ministro de Asuntos Exteriores de China Wang Yi, 30-12-2025. ↩
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Tej Parikh, “The Iran war will cement China’s superpower status”, Financial Times, Londres, 29-3-2026. ↩
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Renaud Lambert, Frédéric Lemaire y Julien Trévisan, “La lame du dollar et la plaie monétaire”, Le Monde diplomatique, setiembre de 2026. ↩
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Cita recogida por el artículo “¿Es verdaderamente el fin del dólar?”, escrito en colaboración con Dominique Plihon, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, noviembre de 2023. ↩
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Un fenómeno descrito por el economista Robert Triffin en 1960 y comúnmente conocido como “dilema de Triffin”. ↩
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Cifras del Banco Mundial. ↩
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Erik Green y Olivia Parker, “China’s consumption problem”, The International Institute for Strategic Studies, Londres, 19-2-2026. ↩