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Primer mitin de campaña de Fabien Roussel (Partido Comunista Francés), el 12 de setiembre, durante la edición 91 de la Fiesta de L’Humanité.

Foto: Samuel Boivin / AFP

El sentido de la fiesta

La contrasociedad comunista por unos días.

Del 11 al 13 de setiembre se realizó en la antigua base aérea 217, a 40 kilómetros de París, una nueva edición de la Fiesta de L’Humanité. Al igual que en Italia, los comunistas franceses han buscado proponer, desde el siglo pasado, un modelo de festejar y consumir alternativo al que impulsa el capitalismo dominante. Una deriva que ha encontrado límites y progresos acompañando las dinámicas cambiantes de la sociedad y la política.

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Editar

El consumo, una trampa para tontos. Tal habría sido el credo de la izquierda, en particular de la izquierda marxista, en el siglo XX. Sus pensadores y militantes, incapaces de comprender la complejidad del fenómeno, no habrían sentido más que desprecio por las cosas y por el placer que estas podían proporcionar. A instancias del filósofo Herbert Marcuse, veían en el acceso a la abundancia únicamente alienación, estupidización e incluso “tendencias totalitarias”. El enfoque socialista del consumo fue de esa manera tachado de “sombrío”, “distópico” y obsesionado por el fantasma del conformismo pasivo.

Sin embargo, no se puede tan rápidamente pasar por alto que, desde las primeras comunidades de la década de 1820, en este ámbito los socialistas no se han limitado a la mera crítica, sino que han multiplicado programas y experimentos concretos. Desde cooperativas hasta tiendas públicas en municipios de tendencia comunista, no han faltado propuestas para fomentar el consumo socialista.

Quizás el ejemplo más evidente de ello sea lo que, siguiendo a la historiadora Annie Kriegel, se ha denominado la “contrasociedad” comunista. Este concepto se refiere a la estructura paralela establecida a partir de la década de 1920 para sustituir a la sociedad capitalista en el momento de la toma del poder por la revolución.1 Compuesta por una multitud de asociaciones cercanas al Partido Comunista Francés (PCF), da cuenta del esfuerzo realizado para dar una contención política a sus militantes y simpatizantes.

La contrasociedad creó, de hecho, espacios para el consumo socialista. Y se materializó, de forma particularmente alegre, en esos momentos de ruptura con lo cotidiano que representaron, durante el siglo XX, las fiestas organizadas sobre todo en Francia e Italia por los periódicos comunistas. En una época en la que el consumismo capitalista era dominante, estas celebraciones ofrecían un atisbo de lo que podría ser un modelo deseable: una representación en miniatura de la sociedad futura.

La primera Fiesta de L’Humanité [organizada anualmente por el diario del PCF] se celebró en 1930 en el parque Sacco-et-Vanzetti de Bezons, una ciudad en la que eran mayoría en la región de Val-d’Oise. Los partidos de izquierda eran entonces blanco de feroces ataques. Sus oponentes los acusaban de promover la holgazanería y el libertinaje. Contrariamente a estos estereotipos, la Fiesta de L’Humanité celebraba la frugalidad y el autocontrol. Si bien tuvo un éxito inmediato –la asistencia alcanzó aproximadamente las 300.000 personas en 1935–, los líderes del PCF insistieron en que no se convirtiera en un carnaval. Como en numerosos festejos locales del partido, en esta el objetivo era demostrar que los militantes podían reunirse y divertirse sin alterar el orden público, demostrando moderación y disciplina. Si allí la gente compraba y gastaba, era principalmente para apoyar al partido y sus organizaciones. La primera Fiesta de L’Humanité, de hecho, estuvo motivada por un deseo de solidaridad: rescatar al periódico, que entonces atravesaba dificultades financieras. En los festivales de los suburbios rojos durante el período de entreguerras, las compras de los participantes ayudaron a financiar campamentos de verano para niños de la ciudad. El consumo debía tener un propósito que fuera más allá de la gratificación inmediata. Al abogar por la moderación, los comunistas pretendían no solo contrarrestar las críticas reaccionarias, sino también oponerse al modelo capitalista. Si bien los trabajadores podían disfrutar de ciertos placeres –comidas, conciertos, bailes, juegos en los que los políticos eran tomados como objeto de burla–, la denuncia de la explotación nunca fue dejada de lado. Cuando, a partir de 1938, en la Fiesta de L’Humanité se decidió servir ostras, en paralelo se recordaba el arduo trabajo de los trabajadores que las cultivaban.2

Se suma Italia

También el Partido Comunista Italiano (PCI) se caracterizó por realizar numerosos festivales militantes. L’Unità, su periódico oficial, fundado por Antonio Gramsci en 1924, comenzó a organizar fiestas anuales después de la Segunda Guerra Mundial, que generalmente se celebraban, como la de L’Humanité, en setiembre. En lugar de un único evento grande y centralizado, el PCI multiplicó las variantes provinciales. Hubo 700 en 1949 y alrededor de 7.000 en 1975. Aquí también se reguló el consumo, al menos inicialmente. Se fomentaba la compra de productos del PCI, en particular periódicos y revistas. Servían igualmente para dar a conocer las organizaciones comunistas y los tipos de actividades de ocio que promovían: en las fiestas de L’Unità, los clubes deportivos cercanos al PCI realizaban demostraciones y organizaban torneos. Asociado al modelo estadounidense y a los placeres fáciles que distraen a los trabajadores de la política, el consumo de masas era simbólicamente condenado, ya fuera en los discursos de los oradores o a través de enormes carrozas que denunciaban a la televisión y sus programas.3

Durante estas festividades, el consumo debía basarse en la solidaridad, la militancia y, en la medida de lo posible, la actividad no comercial. Como demuestran Danielle Tartakowsky y Noëlle Gérôme en su trabajo sobre la historia cultural de la Fiesta de L’Humanité, la venta de productos alimenticios estuvo reservada, en sus primeros años, a las cooperativas.4 En 1945, cuando el evento atrajo a casi un millón de personas, el PCF temió no poder garantizar los suministros. La cooperativa La Famille Nouvelle asumió esta responsabilidad, pero los organizadores aconsejaron a los participantes que trajeran su propia comida. El objetivo no era, en ese momento, festejar o emborracharse. En la década de 1930, el sistema de sonido para la Fiesta de L’Humanité también fue proporcionado por una cooperativa de trabajadores, TSF, una empresa fundada por militantes comunistas en 1926 para proporcionar a los trabajadores aparatos de radio baratos. En Italia, como en Francia, las grandes concentraciones del PCI dependían en gran medida del trabajo voluntario. Los militantes montaban los stands, servían la comida, coordinaban conferencias y actividades, vendían entradas, dedicando a menudo semanas enteras a estos preparativos. Lejos de cualquier profesionalización formal, se buscaba también demostrar la eficiencia logística partidaria.

Crisis de crecimiento

Sin embargo, a partir de la década de 1950, este modelo comenzó a cambiar. En Francia, la legitimidad adquirida por el PCF tras la guerra, junto con el fin de la austeridad y del racionamiento, llevó a los organizadores de la Fiesta de L’Humanité a flexibilizar las restricciones, prometiendo por ejemplo multiplicar los “restaurantes por todas partes”. En 1955 surgió una “Ciudad Comercial” que reunió a unos 40 anunciantes. De a poco, el evento se abrió a la financiación privada. Empresas con fines de lucro pudieron promocionarse. En la década de 1960, gracias a la presencia de estos patrocinadores comerciales, la gran rifa de la fiesta ofrecía a sus afortunados ganadores el amoblamiento de “la casa de (sus) sueños”, un coche o un televisor color.5

A ambos lados de los Alpes, la singularidad de estas festividades comunistas dentro del panorama cultural comenzó a diluirse. Si bien la política siguió estando presente, las actividades comerciales pasaron a desempeñar un papel cada vez más importante, y el trabajo voluntario de los militantes se fue haciendo insuficiente para cubrir todas las necesidades del evento; las fiestas se estaban profesionalizando.

En Italia, los conciertos de estrellas del pop, no siempre políticamente comprometidas, aparecieron ya en la década de 1950, siguiendo un modelo estadounidense que, sin embargo, seguía siendo ampliamente criticado. En Francia, los conciertos de pop y rock se introdujeron en la década de 1970, principalmente para atraer a un público más joven. En un momento en que este tipo de festividades constituían una fuente esencial de ingresos para los partidos en apuros, la defensa estricta de un enfoque alternativo del consumo se volvió menos esencial que la voluntad de acoger el mayor número posible de visitantes.

La crisis del modelo de consumo socialista definido a principios del siglo XX adoptó a veces la forma de un conflicto generacional. En el Festival de la Juventud Proletaria organizado por la revista Re Nudo en Milán en 1976, un incidente dejó una huella imborrable. Un grupo de jóvenes, más interesados ​​en películas y en conciertos que en programas políticos, atacó un camión de reparto de comida, lo saqueó y se puso a jugar al fútbol con pollos congelados, para indignación de los organizadores. Lejos de la contención impuesta por las primeras festividades comunistas de la década de 1930, de la organización cooperativa del entretenimiento obrero y del respeto por los productores, la juventud italiana buscaba un disfrute sin límites.

En la Fiesta de L’Humanité, sin embargo, la política siguió siendo un rasgo de identidad. En la década de 1970, el evento representaba todavía para muchos un espacio cultural alternativo. Las compras militantes seguían siendo promovidas: en el stand laosiano se podían adquirir joyas hechas con el metal de aviones estadounidenses derribados y, en otro lugar, relojes Lip.6

También se podían apreciar ecos de las prácticas de consumo socialistas del período de entreguerras en un evento de menor escala: la fiesta del partido trotskista Lutte Ouvrière (LO), que desde 1971 se celebra anualmente en Presles, Val-d’Oise, y que recrea algunos de los códigos militantes comunistas de la década de 1930. Incluso hoy en día, no hay en este evento puestos comerciales ni anunciantes; no se vende tabaco y el alcohol solo está disponible bajo ciertas condiciones y en pequeñas cantidades. Una “moneda de la fiesta”, que se puede obtener con antelación, sustituye al efectivo. La identidad proletaria se manifiesta a su vez en cada uno de los puestos. Durante un fin de semana, uno puede allí reconectar con la práctica del consumo socialista, una práctica que, después de todo, no se ha esfumado.

Alexia Blin, historiadora. Autora del libro À l’assaut de l’abondance. Socialisme et consommation, du XIXe siècle à nos jours, Presses Universitaires de France, 2025. Traducción: Le Monde diplomatique, edición Uruguay.


  1. Annie Kriegel, Les Communistes français. Essai d’ethnographie politique, Seuil, París, 1968. ↩

  2. Thomas Bouchet, Les Fruits défendus. Socialismes et sensualité du XIXe siècle à nos jours, Stock, París, 2014. ↩

  3. Stephen Gundle, Between Hollywood and Moscow. The Italian Communists and the Challenge of Mass Culture. 1943-1991, Duke University Press, Durham, 2000. ↩

  4. Noëlle Gérôme et Danielle Tartakowsky, La Fête de L’Humanité. Culture communiste, culture populaire, Messidor-Les Éditions sociales, París, 1988. ↩

  5. Ibídem. ↩

  6. N. del T.: Lip es una marca de relojes surgida a fines del siglo XIX que durante décadas fue presentada como orgullo de la industria francesa. En los años 60 comenzó a tener problemas financieros, y en 1973, ante la amenaza de cierre y de despidos masivos, fue ocupada por sus trabajadores. Desde entonces, e intermitentemente, funcionó de manera autogestionada por varios años, en el marco de una experiencia de “democracia obrera” que se convirtió en emblemática en la Francia posterior a mayo de 1968. ↩