Le Monde Diplomatique Le Monde › Editorial

Ilustración: Ramiro Alonso

Geopolítica: el sector confiscado

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El 30 de abril de 1998, George Kennan –el hombre que concibió la política de contención de la Unión Soviética a principios de la Guerra Fría– exhaló un suspiro de rabia mezclada con desesperación. El Senado estadounidense acababa de ratificar la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) a tres antiguos países del bloque del Este: Polonia, Hungría y República Checa. Sin embargo, el año anterior Kennan había advertido que dicha decisión sería “el error más funesto de la política estadounidense de toda la era posterior a la Guerra Fría”.1 En la actualidad, enfurecido, declara: “Poco a poco, los rusos van a reaccionar de forma francamente negativa, y eso va a tener consecuencias sobre sus políticas”. Kennan, primer director de Planificación Política del Departamento de Estado, había publicado en su momento un famoso artículo en la revista Foreign Affairs, donde recomendaba “oponer una resistencia inalterable cada vez que los rusos se interpusieran en los intereses” de Estados Unidos.2 Ahora, considera que Occidente, vencedor de la Guerra Fría, está dilapidando la posibilidad de una paz duradera con su agresividad impulsiva. “Me molestó particularmente que la gente hablara de Rusia como de un país que se muere por atacar Europa Occidental. ¿Acaso no entienden? Durante la Guerra Fría, nuestras diferencias tenían que ver con el régimen comunista soviético. Y ahora le estamos dando la espalda a la mismísima gente que llevó a cabo la mayor revolución sin derrame de sangre de la historia justamente para derrocar a ese régimen”.3

La advertencia quedó en el olvido. Tal como había sugerido Kennan, los rusos reaccionaron de forma “francamente negativa” e invadieron Ucrania para, según dicen ellos, impedir que Kiev se uniera a la OTAN. Cuando reinstalaron este asunto en 2008, y luego aún más directamente en 2020-2021, los miembros de la OTAN sabían que se trataba de un casus belli para Moscú; de hecho, así lo reconoció la excanciller alemana Angela Merkel en sus Memorias.4 Tras cuatro años y medio de un conflicto sangriento, Rusia probablemente descartó la posibilidad de que Ucrania se adhiera a la OTAN, pero a costa de un triple fracaso: militar (su ofensiva inicial se estancó), estratégica (Finlandia y Suecia se unieron a la OTAN en 2023 y 2024) y geopolítica (Moscú se volvió más dependiente de Pekín). Por su parte, Kiev, que recibe constante ayuda económica y militar de Occidente, y pese a su tenaz resistencia, perdió un 20 por ciento de su territorio, cientos de miles de jóvenes muertos o heridos en combate, una gran parte de su población exiliada o que permaneció en las zonas conquistadas, y gran cantidad de infraestructuras. Aunque los conflictos en Medio Oriente favorecieron a Rusia –desviando la atención internacional y los misiles antiaéreos–, sigue sin haber ningún cambio decisivo en la línea del frente.

Mientras el impasse hace que los actores se planteen la necesidad de poner fin a las hostilidades, días oscuros se avecinan para la Unión Europea y sus miembros más comprometidos con la causa de Kiev. El presidente estadounidense, Donald Trump –deseoso de imponer una paz que refleje la relación de fuerzas real y de hacer pagar el precio a sus “aliados”, a los que desprecia–, deja a Bruselas ante una decisión peliaguda. Ocupar el lugar de Washington en la confrontación contra Moscú, reforzar el apoyo militar y financiero a Kiev y arriesgarse entonces a una guerra abierta. O aceptar negociar la paz y retractarse de las promesas imprudentemente pregonadas ante los medios sobre la necesidad de ganar “una guerra existencial para nuestra Europa y para Francia”, de “derrotar al régimen ruso”, en palabras de Emmanuel Macron (France 2, 14-3-2024). Como en tantos otros asuntos cruciales, Bruselas saca pecho mientras se prepara para la debacle.

Pues, desde que Trump regresó a la Casa Blanca, en enero de 2025, los ejecutivos europeos más belicistas –países bálticos, Francia, Alemania, Polonia…–, respaldados por la Comisión Europea, reorientaron la política de la Unión hacia un único objetivo a corto plazo: derrotar a Moscú en terreno ucraniano. Europa, que se consideraba heredera de la paz y del mercado, ahora redefine su identidad en torno al combate de las democracias liberales contra los regímenes autoritarios. Su industria, que a finales de los años 1990 aspiraba a alcanzar a Silicon Valley en la carrera hacia “la economía del conocimiento”, se volcó a la producción de misiles interceptores, tanques y drones. Su estrategia, que hasta entonces estaba anclada en la idea de una potencia de equilibrio teñida de un occidentalismo moderado, ahora se centra en la necesidad de oponer un baluarte militar y moral ante la amenaza rusa. Aunque no recibieron ninguna instrucción de parte del pueblo que representan, los gobiernos europeos actuaron frente a Trump en contra de sus propios intereses nacionales con tal de apaciguar temporalmente el estado de ánimo del presidente estadounidense, poco sensible a la suerte de Kiev: aceptaron chantajes aduaneros; no condenaron las violaciones estadounidenses al derecho internacional en Gaza (proyecto de “Riviera”); no reaccionaron ante el secuestro del presidente venezolano; apoyaron los primeros ataques de Israel y Estados Unidos en Irán... En definitiva, la Unión Europea y muchos de sus miembros adaptaron sus políticas financieras y presupuestarias con tal de sostener el peso de los gastos bélicos y de las ayudas a Ucrania (220.000 millones de euros desde 2022).5

¿Cómo pueden pensar en la paz y en las concesiones que acarrea, cuando apostaron su futuro a una victoria total de Kiev? Se desencadena un ciclo infernal: para estimular el optimismo y la generosidad de sus donantes europeos, Ucrania multiplica las audacias militares, como bombardear profundamente infraestructuras en territorio ruso, pese a saber que su adversario responderá con medios muy superiores. Los medios de comunicación occidentales se hacen eco de cada uno de estos éxitos con gritos de felicidad, exageran su alcance y alimentan la idea de que Kiev, si recibe suficiente apoyo, podría ganar la guerra.

Cuando los daños causados por los proyectiles rusos asfixian la capital ucraniana, el presidente Volodímir Zelenski pide una nueva tanda de ayudas (pidió 27.000 millones de dólares en el último mes)6 y los comentaristas europeos se empeñan en trasladar a la cabeza del público la inminencia y la gravedad de la amenaza rusa. De Varsovia a Roma, de Tallin a Atenas, ahora la vida de cientos de millones de personas late al ritmo de la información a menudo alarmista sobre los sabotajes rusos, y de los recortes concomitantes en los servicios sociales, sanitarios y educativos: la prodigalidad bélica exige austeridad social. En cambio, en la balanza de las preocupaciones morales europeas, la suerte de los palestinos en Gaza pesa menos que una pluma.

Un aspecto fundamental tiene que ver con que ninguna de estas transformaciones, que comprometen la seguridad del continente y el destino de sus habitantes, se sometió al sufragio universal o siquiera se abrió al debate público. La guerra y su preparación, las relaciones internacionales y la geopolítica: ¡sectores reservados! O, mejor dicho: confiscados, expulsados del debate democrático por un grupo selecto de expertos freelancers, de generales jubilados que ahora trabajan en televisión, de exdiplomáticos devenidos influencers en redes sociales, de periodistas y editorialistas que compiten por presentar con el mayor énfasis posible la guerra como algo necesario. Todo mientras se esmeran en marginar o desterrar a los escépticos de la nueva fe neoconservadora europea.

En las democracias liberales, el control de la información internacional adopta muchas formas. Por un lado, está la lucha paradójica contra las fake news, entendidas como cualquier información que se oponga al discurso occidental. Por ejemplo, el New York Times –en un artículo sobre Ucrania, un mes antes de la invasión de Moscú– opinaba que la desinformación no se limitaba a enunciar hechos falsos, sino también afirmaciones “verdaderas, pero sin relación directa con el tema” (25-1-2022). De este modo, recordar la reticencia de Kennan ante la ampliación de la OTAN, las injerencias occidentales en Ucrania para instalar gobiernos “amigos” en el poder, la influencia de elementos de extrema derecha o neonazis en el ejército ucraniano, entre otras cosas… Sería todo desinformación, puesto que estos tres hechos, aunque ciertos y demostrables, no presentan una “relación directa” con la propaganda euroatlántica y parecen más bien respaldar la del Kremlin. La ironía del periodismo que reproduce los discursos militares oficiales: todos estos temas ya habían sido abordados en detalle en artículos del... New York Times.

Por lo tanto, el presidente ucraniano no se equivoca cuando afirma que “la mejor manera de convencer a los gobiernos occidentales de que están haciendo lo correcto [al enviar armas a Ucrania] es meterles presión mediante los medios de comunicación”.7

Por otra parte, la información sobre los conflictos en curso también sufre las consecuencias de su confinamiento institucional: desde el Ministerio de Asuntos Exteriores francés –donde, desde la presidencia de Nicolas Sarkozy, los jóvenes lobos neoconservadores han reemplazado ampliamente a los últimos representantes de la vieja escuela gaullista–8 hasta los círculos de reflexión estratégicos y geopolíticos que subvenciona el Estado, el análisis de la guerra entre Rusia y Ucrania y de las de Medio Oriente converge en una mirada única, parecida a la de los comentaristas liberales de los años 1990, fervorosos adeptos de la globalización. No hay riesgo de que los nuevos actores de este pequeño juego intenten patear el tablero. La nueva estrella de los medios de comunicación centristas, Le Grand Continent –sitio web y revista fundados en 2019 en la Escuela Normal Superior de París (ENS)–, profesa un macronismo europeísta y rusofóbico atento a la amenaza populista: una versión elegante y polifónica de las crónicas geopolíticas de France Inter. Al mismo tiempo, Sciences Po [Instituto de Estudios Políticos de París], sometida a una férrea disciplina por su director Luis Vassy (exjefe de gabinete del ministro de Asuntos Exteriores macronista Stéphane Séjourné), aspira a su vez a fundar un instituto de estrategia, el Centre for Global Security and Governance (acá se habla la lengua de los que mandan), calcado de los enfoques estadounidenses, y a instalar un campus en Bruselas donde se inculcará (también en inglés) una visión eurocéntrica que rompa con los enfoques críticos. El pluralismo se despliega en el escaso espacio –grueso como un papel para cigarrillos– que separa estas dos instituciones.

De este contexto decanta un tercer elemento del entramado de la información internacional: la dirección de los medios tradicionales, sus editorialistas y sus invitados. Estos moldean una representación mutilada de las relaciones internacionales que gira de forma obsesiva en torno a los mismos temas, como actualmente la amenaza rusa o los desatinos de Trump que supuestamente impiden contrarrestarla. C dans l’air, un programa de France 5 muy popular entre los docentes, es un buen ejemplo de esta visión del mundo. De los últimos 53 episodios emitidos del 29 de junio al 14 de setiembre, 34 abordaban la actualidad internacional: entre ellos, 15 se dedicaban a las villanías del presidente ruso, Vladimir Putin, o al enfrentamiento entre Rusia y la OTAN; y 19, a las de su homólogo estadounidense. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no aparece en el programa, tampoco Gaza, Cisjordania, África, Latinoamérica...

A caballo entre universidades, cancillerías, grupos de reflexión y canales informativos, el entorno de los expertos en geopolítica constituye su propia burbuja. Cuando el excronista de geopolítica de France Inter se convirtió en eurodiputado macronista, su sucesor (que además es presidente de Reporteros sin Fronteras y editorialista de Le Nouvel Obs) admitió que él también había “votado a Macron en primera y segunda vuelta”.9 Para acceder al codiciado estatus de comentarista permanente hay que marcar tres casillas: atlantista, europeísta y partidario de un idealismo que ponga la superioridad moral de Occidente en el centro de la política exterior. Alcanza con que garanticen estos tres requisitos, preferentemente con el aplomo y la solemnidad de un obispo, para que inmediatamente los clientes se echen encima de los periodistas. Por ejemplo, el ensayista proisraelí Frédéric Encel trabaja en TF1, LCI, France Info, France Inter, France Culture, Europe 1, RMC, BFM TV, RTL, Arte y la Radio Télévision Suisse (RTS), pero también en Libération, Marianne, Le Figaro, L’Express, Sud-Ouest y La Voix du Nord.10 Si no está disponible, las redacciones se conforman con un clon (Dominique Reynié, Nicolas Tenzer, etcétera) o con las editorialistas neoconservadoras Sylvie Kauffmann (diario Le Monde [no confundir con Le Monde diplomatique, mensuario independiente que pertenece de modo parcial al grupo Le Monde]), Laure Mandeville e Isabelle Lasserre (Le Figaro). De vez en cuando, nuevos rostros rejuvenecen el elenco: Gilles Gressani, director de Le Grand Continent, en el polo macronista intelectual; o Aurélien Duchêne, en el polo neoconservador radical.

Todo este conjunto de autoridades solo distingue una alternativa en el horizonte: la guerra. Cuando un invitado político de BFM TV como Fabien Roussel sugiere que sería más pertinente construir hospitales y escuelas que bombas, la presentadora Apolline de Malherbe se apresura a replicar: “¿Y si las bombas caen sobre nuestros hospitales y nuestras escuelas?” (16-9-2026)... “Por mucho que me pese, no tenemos más opción que la guerra”, sentencia Pierre Servent, editorialista de LCI especializado en geopolítica (26-2-2026). Alcanza con que se descarrile un tren regional (Transport Express Régional, o TER, en francés) entre las estaciones de Tourville y Elbeuf-Saint-Aubin (en el departamento de Sena Marítimo), que se averíe un dron, que alguien haga un grafiti sospechoso... y ya un enjambre de “expertos” se precipita a postear en X: “Hay que decirlo con gravedad, pero con firmeza: estamos en guerra con Rusia” (Cyprien Ronze-Spilliaert, 15-9-2026). El grupo CNews/Europe 1, con su repentina inclinación por la paz en Ucrania y su pasión por Xenia Fedorova, no ofrece un enfoque “no alineado”, sino otra modalidad del mismo alineamiento: quizá los medios del multimillonario Vincent Bolloré admiran la oligarquía conservadora y religiosa que sostiene el poder del presidente ruso, pero se horrorizan ante la creciente importancia del Sur global, el agotamiento de Occidente y el debilitamiento del eje estadounidense-israelí en Medio Oriente.

Paradójicamente, a 35 años de la caída de la Unión Soviética y la primera guerra del Golfo (1990-1991), el debate público sobre la política exterior francesa parece estar congelado. Esta apropiación de los discursos refleja el miedo de ejecutivos cuya legitimidad está en crisis –tanto en Francia como en Reino Unido, Alemania o Bruselas– y que apuestan a movilizarse contra un enemigo externo para generar una cohesión que su propia acción política contradice. Pero esta infantilización de la población a la que el Estado y sus medios de comunicación cortesanos pretenden decirle qué pensar, a quién escuchar, a quién censurar… ¿tiene la más mínima posibilidad de restablecer el orden si cualquier persona puede usar internet o ir a librerías para acceder a puntos de vista diferentes?

En Francia, la prensa dominante concede tan poco espacio a las voces disidentes en materia de política exterior, que cada una de las intervenciones de Emmanuel Todd, Pascal Boniface o John Mearsheimer suscita un profundo interés. ¿Llegará pronto el momento en que las proscriban –o las sancionen– en nombre de la “lucha” que impulsa [la presidenta de la Comisión Europea] Ursula von der Leyen contra aquellos que “desprecian nuestros valores y desean quebrar nuestra unidad europea”?.11 Versión moderna de la Inquisición, las campañas de rectificación ideológica que lanzó la Unión Europea con el pretexto de combatir la desinformación –bajo denominaciones orwellianas: “Escudo Europeo de la Democracia”– dejan en evidencia cómo se está descomponiendo el modelo liberal de la Ilustración. La democracia representativa partía del supuesto de ciudadanos instruidos e informados que formaran juicios racionales y pudieran aprovechar la libertad de expresión. Dos siglos más tarde, los dirigentes se reinventan como directores de conciencia, incluso como inquisidores, y, como en la época de los púlpitos, predican ante las masas consideradas vulnerables, inmaduras, influenciables y siempre proclives a sucumbir a los malos pensamientos.

Para acabar con el paternalismo y con el cerco ideológico en materia de política exterior, Le Monde diplomatique publicó un Manuel d’autodéfense intellectuelle – Géopolitique (Manual de autodefensa intelectual: geopolítica). El punto no es llevarle la contraria al dogma, sino equiparse intelectualmente para que cada uno pueda formar su propia opinión, por fuera de cualquier lección moral y de cualquier credo. Aún más que la economía, las cuestiones de política exterior impresionan y parecen reservadas a un círculo de iniciados cuyos representantes hacen pensar en lo que opinaba Étienne Bonnot de Condillac sobre sus adversarios filosóficos: “Su reputación se debe a la importancia de los temas que tratan más que la manera en que los abordan”. Aunque el catecismo neoliberal de los años 80-90 dio lugar a un fuerte movimiento internacional de oposición –el altermundialismo–, el evangelio bélico de los neoconservadores europeos todavía no se chocó con ningún obstáculo similar. Ahora bien, hay dos factores centrales por los que la paz y la cooperación internacional –y no el rearme y la guerra– son el enfoque más realista de nuestra época: por un lado, el fracaso de los conflictos armados para los mismos países que los provocan; por el otro, la amenaza de destrucción del planeta debido al calentamiento global, la guerra nuclear o la inteligencia artificial (IA).

En Ucrania, Gaza, Irán o Líbano, los Estados invaden, bombardean, amenazan, ante la mirada impasible de un derecho internacional y de instituciones creadas para preservar la paz, pero incapaces de impedírselo. Las normas comunes que debían contener a los Estados ceden una tras otra ante la lógica de las relaciones de poder.

Sin embargo, la historia ha demostrado que la guerra rara vez resulta rentable, y Estados Unidos tiene experiencia al respecto. Exceptuando la guerra del Golfo, sus grandes intervenciones militares casi nunca alcanzaron los objetivos que perseguían. En Vietnam, donde murieron 58.000 soldados estadounidenses y entre dos y tres millones de vietnamitas, Estados Unidos terminó retirándose tras ocho años de conflicto. Dos años más tarde, en 1975, los comunistas tomaron Saigón: precisamente el resultado que Washington quería impedir. Los 20 años de intervención armada y ocupación tampoco sirvieron para estabilizar Afganistán. En 2021, Estados Unidos se retiró en medio del caos y los talibanes recuperaron el poder. En total, le costó 2,3 billones de dólares, incluyendo los gastos adicionales de la guerra, la atención a los veteranos y los intereses de la deuda.12 Y el balance no es mucho más alentador en Irak. La invasión –lanzada en 2003, basada en afirmaciones falsas sobre la supuesta presencia de armas de destrucción masiva– terminó por contribuir a la desestabilidad permanente de Medio Oriente y al auge de la Organización del Estado Islámico (OEI), a la que más tarde Estados Unidos también se enfrentó en Siria. Costo total de ambas operaciones: 2,9 billones de dólares.

Otras potencias también sufrieron reveses comparables. En Libia, es cierto que la intervención occidental de 2011 contribuyó a derrocar a Muamar El Gadafi, pero pocos años después el país se hundió en una guerra civil. En Malí, la intervención francesa (2013-2022) no logró contener la expansión yihadista y al final Francia tuvo que retirar sus tropas bajo la presión de la junta en el poder. La Unión Soviética tuvo la misma suerte en Afganistán. Después de más de nueve años de guerra, se retiró en 1989 sin haber derrotado a la rebelión. El estancamiento ruso en Ucrania sigue ilustrando, al día de hoy, la misma paradoja. La guerra suele volverse en contra de quienes la generan: cuesta fortunas, provoca una destrucción considerable y puede perjudicar de forma permanente la posición internacional del agresor.

Sin embargo, ninguno de estos hechos parece frenar el retorno de la fuerza. El poder militar vuelve a ser un instrumento que los Estados esgrimen para garantizar el acceso a los recursos, las rutas comerciales, las cadenas de suministro y las tecnologías estratégicas. Según el último informe del Stockholm International Peace Research Institute, el gasto militar mundial alcanzó los 2,887 billones de dólares en 2025, es decir, el nivel más alto jamás registrado tras 11 años seguidos de aumento. El gasto militar de Europa se disparó un 14 por ciento en un año, a 864.000 millones de dólares: aumentó 24 por ciento en Alemania y 50 por ciento en España. Solo tres países –Estados Unidos, China y Rusia– concentran ahora más de la mitad de este esfuerzo planetario.

Este belicismo en aumento resulta aún más sorprendente considerando que, a diferencia del siglo pasado, las grandes potencias ya no están enfrascadas en un enfrentamiento existencial por imponer al mundo un modelo en lugar de otro. En el presente, ni China ni Rusia están proponiendo un proyecto ideológico alternativo al orden existente. Capitalistas, oligárquicos y extractivistas, ambos países se integran de forma plena en la arquitectura económica mundial heredera de la posguerra, que también los beneficia. Y, aunque la extrema derecha está avanzando en muchos países, su nacionalismo no viene de la mano, por ahora, de las ambiciones expansionistas propias de las grandes potencias del siglo XX. El partido político francés Agrupación Nacional (Rassemblement National o RN, en francés) no reclama el estado alemán de Sarre, y la Alternativa para Alemania (Alternative für Deutschland o AfD, en alemán) tampoco codicia la región de Lorena. “Estamos en casa”: su horizonte es nacional, no imperial. Por supuesto, siguen existiendo tensiones entre Estados en torno a los recursos, los territorios, los mercados o las zonas de influencia. Pero la competencia no implica necesariamente el conflicto bélico: los intereses divergentes pueden negociarse, dirimirse, someterse a acuerdos.

Más profundamente, los grandes desafíos del siglo XXI exigen algo que la política de poder tiende a impedir: la cooperación. Como el calentamiento global excede las fronteras, solo es posible contenerlo mediante compromisos recíprocos, mecanismos de control, normas comunes, coordinación internacional y transferencias financieras; es decir, más o menos lo opuesto a la lógica de rivalidad que prevalece hoy. La IA abre perspectivas similares. Automatizar las decisiones militares genera riesgos de error, escalada y pérdida de control. A medida que se instala en la vida económica y social, la IA suscita las mismas preguntas en todas partes: ¿hasta dónde delegar en las máquinas?, ¿cómo proteger a los individuos?, ¿cómo distribuir los beneficios y los costos de esta transformación? Una vez más, ningún país puede establecer normas por sí solo para una tecnología cuyos efectos desbordan ampliamente las fronteras.

Después de las dos guerras mundiales, las grandes potencias lograron llegar a acuerdos, pese a sus diferencias, para construir un orden internacional común y crear instituciones con el fin de preservar la paz. No dejaron de ser rivales, pero entendieron que su seguridad también dependía de reglas y mecanismos compartidos. Hoy, sus dirigentes deberían hablar de diplomacia, control de armamento, cooperación y desescalada. En cambio, prefieren concentrarse en el rearme y las relaciones de poder.

La geopolítica contemporánea describe particularmente bien las nuevas formas de conflicto: enfrentamientos híbridos, guerra de la información, guerra económica, ciberconflictos, competencia tecnológica, lucha por los recursos. Las revistas especializadas están repletas de análisis pulidos sobre las diversas formas de beligerancia y confrontación. Pero ¿dónde están los trabajos que estudian, con la misma ambición, las condiciones de la paz, la coexistencia estable de intereses divergentes, los mecanismos de confianza, los medios para impedir que una crisis local degenere en un enfrentamiento bélico entre grandes potencias?

Otra geopolítica es posible.

Benoît Bréville y Pierre Rimbert, respectivamente, director y miembro de la redacción de Le Monde diplomatique (París).


  1. “A fateful error”, The New York Times, 5-2-1997. ↩

  2. X (George F Kennan), “The sources of Soviet conduct”, Foreign Affairs, julio de 1947. ↩

  3. Thomas L Friedman, “Foreign Affairs; Now a word from X”, The New York Times, 2-5-1998. ↩

  4. Angela Merkel, Libertad: memorias (1954-2021), RBA, Barcelona, 2024. ↩

  5. Datos disponibles en el sitio del Consejo Europeo. ↩

  6. Jeanna Smialek y Siobhán O’Grady, “Ukraine says it needs $27 billion more. Europe wants to know why”, The New York Times, 9-9-2026. ↩

  7. “Donald Trump will ‘never’ support Putin, says Volodymyr Zelensky”, The Economist, Londres, 16-9-2023. ↩

  8. Ver Alain Gresh, “Enquête sur le virage de la diplomatie française”, Le Monde diplomatique, julio de 2008. ↩

  9. Pierre Haski citado por Paul Sugy, “Reporters sans frontières, un arbitre des élégances médiatiques aux partis pris embarrassants”, Le Figaro, París, 18-12-2025. ↩

  10. Ver Jules Blaster, “Cher Frédéric Encel”, blast-info.fr, 28-6-2025. ↩

  11. Ursula von der Leyen, “Discurso sobre el Estado de la Unión”, Comisión Europea, Bruselas, 16-9-2026. ↩

  12. Según el proyecto “Costos de Guerra” de la Brown University. ↩