Ya es tarde en Ngoa Ékélé. En la penumbra de un cibercafé minúsculo impregnado de olor a polvo, el rostro de Boris L1 se ilumina con el brillo azulado de una pantalla de segunda mano. Afuera, este barrio universitario de Yaundé está sumido en la oscuridad debido a uno de los cortes de luz crónicos que son la especialidad de la empresa distribuidora Socadel (Sociedad Camerunesa de Electricidad). Pero acá, gracias a un viejo generador eléctrico que ruge en la parte trasera, la conexión a internet aguanta. Ya hace varios meses que gran parte de las noches de este estudiante transcurren aquí. Boris es uno de los llamados “microtrabajadores”, uno de miles de operadores invisibles que –tanto en Camerún como en otros lugares de África– se dedican a pulir el espejo de la inteligencia artificial (IA) mundial por un salario miserable.
En Remotasks, una plataforma de Scale AI –empresa estadounidense con sede en San Francisco y valorada en 29.000 millones de dólares en 2025–,2 Boris realiza una microtarea tras otra. El trabajo consiste en detectar elementos en distintas imágenes, delimitarlos e identificarlos con el fin de entrenar a los sistemas de IA para reconocerlos. Por la pantalla desfilan escenas de la vida cotidiana estadounidense o europea. Hay que identificar peatones, autos, señales de tráfico. Por cada tarea, recibe unos pocos centavos. “Al cabo de cuatro horas de trabajo, quizá llego al equivalente de 500 francos CFA”, nos cuenta Boris. Es decir, menos de un euro. Como todos los microtrabajadores a los que entrevistamos para este reportaje, nuestro interlocutor solicitó que cambiáramos su nombre, no porque le dé vergüenza desempeñar una labor indigna de su nivel de instrucción, sino por miedo. Miedo de perder esta fuente de ingresos irrisoria y sin embargo invaluable en un país donde casi un 77 por ciento de la población activa se encuentra en alguna forma de subempleo, según el Instituto Nacional de Estadística de Camerún.3 A miles de kilómetros de aquí, estos datos etiquetados servirán para nutrir los algoritmos de vehículos autónomos o los modelos de visión artificial de los países del norte.
Trabajo fantasma
Por su parte, el discurso oficial parece ignorar estas condiciones precarias. El 7 de julio de 2025, Minette Libom Li Likeng –ministra de Correos y Telecomunicaciones de Camerún– lanzó oficialmente la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial. La ambición declarada es que Camerún pase a ser “el centro de referencia de la inteligencia artificial en África” para 2040.4 En particular, la estrategia prevé la creación de 12.000 puestos de trabajo directos, así como el desarrollo de un modelo de lenguaje local, el “GPT Camerún”, que revalorice las casi 300 lenguas nacionales. Grandes discursos resonaron en las aulas universitarias y todos los medios de comunicación imaginables transmitieron la noticia con entusiasmo. Por fin África iba a ocupar su lugar en la revolución digital, ya no como consumidora sino como productora. Sin embargo, el microtrabajo de la IA que les ofrecen a los cameruneses se basa en un principio subyacente: fragmentar la labor en miles de operaciones básicas (marcar una casilla, identificar un objeto, evaluar una frase) y distribuirlas mediante plataformas digitales entre trabajadores dispersos por todo el mundo, remunerados por tarea. El término consagrado es ghost work, el trabajo fantasma, concepto que popularizaron los investigadores Mary L. Gray y Siddharth Suri, de Microsoft Research, en un libro de 2019.5
Esta mano de obra, indispensable para el desarrollo de la IA, es invisible para el derecho laboral de Camerún. No hay contratos ni protección social y mucho menos vacaciones pagas. La ilusión de una colaboración tecnológica “ganar-ganar” se desvanece de inmediato al examinar los términos y condiciones que Boris tuvo que aceptar con un clic. “El usuario reconoce que actúa en calidad de prestador independiente y que no establece ningún contrato laboral, sociedad conjunta ni relación de agencia con la plataforma”, estipula el contrato promedio de Remotasks. Esta línea de texto minúscula, casi indetectable para el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, alcanza para que toda la responsabilidad social recaiga en el individuo.
Según un docente e investigador de Economía de la Universidad de Yaundé II, “estamos en una economía puramente extractivista. Ya no se extrae cobalto o petróleo, sino cognición humana. Camerún provee la materia gris necesaria para desarrollar los sistemas de inteligencia artificial del norte, pero sin ninguna compensación en términos de transferencia de tecnología o protección social”. Este modelo no es exclusivo de Remotasks. Appen, Clickworker, UHRS (de Microsoft): todas estas plataformas contratan de forma masiva en África subsahariana, atraídas por la gran cantidad de jóvenes universitarios que cuentan con conexión a internet y sufren un desempleo estructural tal que aceptan cualquier remuneración. Hasta la fecha, no existe ningún cómputo continental confiable de los “trabajadores del clic” que etiquetan los datos destinados a la IA.
Aunque las autoridades camerunesas no muestren ningún interés por el vacío legal que envuelve a estos trabajadores, no por eso renuncian a gravar sus escasas remuneraciones. Así, según la normativa vigente, “las empresas locales de telefonía que operan en Camerún están obligadas a configurar sus sistemas de modo que sea imposible conectarse a la red mediante dispositivos de comunicación que no estén registrados”.6 En otras palabras, la operadora de telefonía móvil pasa a ser el policía de un Estado que corre detrás del más mínimo ingreso. Para un joven que rara vez gana más de 50.000 francos CFA (76,50 euros) por mes, el gravamen del 33 por ciento sobre su dispositivo móvil representa una pesada carga. Según un especialista en derecho laboral del Colegio de Abogados de Yaundé, esta asimetría es indignante: “El gobierno despliega una compleja ingeniería para identificar un número IMEI [International Mobile Equipment Identity, es decir, la identificación del teléfono] y recaudar aranceles, pero dice ser incapaz de identificar las plataformas extranjeras que emplean a miles de nuestros jóvenes sin hacer el más mínimo aporte a la Caja Nacional de Previsión Social. Protegen la recaudación fiscal, pero abandonan al trabajador”. La consecuencia directa podría ser que los trabajadores se inclinen cada vez más hacia la clandestinidad digital, con el desarrollo de redes de falsificación de IMEI para eludir el bloqueo que dispone la normativa.
El África anglohablante (Kenia, Nigeria, Sudáfrica) lleva mucho tiempo en la mira de las grandes plataformas. Pero ahora el África francohablante se convirtió en un nuevo terreno de inversión. Una empresa francesa, Isahit, aspira de modo explícito a ocupar este nicho. Se presenta como una plataforma “socialmente responsable” que “vincula a trabajadores desfavorecidos del África francohablante con empresas francesas” para realizar tareas de etiquetado de datos, moderación de contenidos y análisis de imágenes con el fin de entrenar sistemas de IA. Entre las empresas que menciona se encuentran Airbus, L’Oréal e IBM, grandes grupos que integran el índice bursátil francés CAC 40. La fachada ética está pulida con cuidado. En su sitio web oficial, Isahit presenta su modelo como “impact sourcing”, que consiste en asignar tareas remuneradas a jóvenes procedentes de entornos modestos. Sus publicaciones realzan los testimonios de trabajadores “realizados” y cifras de “impacto social”. Pero, en su mayor parte, las condiciones concretas de trabajo se mantienen en la sombra. Los trabajadores “HITers” (de “Human Intelligence Tasks”, es decir, “tareas de inteligencia humana”) son remunerados por microtarea, sin contrato de trabajo en sentido tradicional. Contactado a través de Whatsapp, Hermann –un HITer de 27 años que vive en Duala y está licenciado en Derecho– describe así su rutina: “Recibimos lotes de tareas sin aviso previo. A veces llegan, a veces no llega ninguna en días. No hay ningún contrato, ninguna garantía. Nunca sabemos de antemano cuánto vamos a ganar en el mes”.
Arquitectura de la invisibilidad
No está claro a quién hay que dirigirse ante cualquier problema. La plataforma se presenta como un mero intermediario, y las empresas clientes se refugian detrás de los términos y condiciones. Tras contactar a Isahit a través de Linkedin, nos respondió su cofundador y jefe de operaciones, Philippe Coup-Jambet. La empresa cuenta con 18 colaboradores activos en Camerún, que trabajan en calidad de autónomos y no de empleados. Isahit reconoce que su actividad depende de los encargos: “Los volúmenes de actividad varían en función de los proyectos que nos confían nuestros clientes”. Esta dependencia explica la irregularidad que mencionaba Hermann. En cuanto a la remuneración, Isahit estima que la suma mensual ronda “los 220 euros por un trabajo de medio tiempo”, es decir, unos 144.400 francos CFA, aunque aclara que los ingresos oscilan en función de las tareas realizadas y el tiempo dedicado. Finalmente, la empresa señala que el tiempo de trabajo está limitado a un máximo de 100 horas por mes, para que los colaboradores puedan combinarlo con otras ocupaciones.
Lo impactante de este sistema es la arquitectura de la invisibilidad. Entre OpenAI o Meta y el trabajador de Nairobi, Yaundé o Dakar, se extiende toda una cadena de subcontratistas (Sama, Scale AI, Appen, Isahit) que operan en un vacío legal transnacional cuidadosamente dispuesto. Cada eslabón puede pasarle la responsabilidad al que le sigue. El trabajador no tiene un empleador claramente identificable, ni un convenio colectivo que pueda aplicar, ni una inspección de trabajo competente para elevar una denuncia. Las plataformas niegan cualquier forma de explotación. Esgrimen las cifras: según dicen, los salarios que ofrecen superan los salarios mínimos locales, lo cual, en muchos casos, es objetivamente cierto y, al mismo tiempo, revelador. Comparar un salario miserable con un mínimo legal que también suele ser insuficiente no dice nada sobre el valor real que produce ese trabajo. Según un estudio de Grand View Research, el valor del mercado mundial de etiquetado de datos para la IA se estima en 1.900 millones de dólares (1.700 millones de euros) en 2025 y debería alcanzar los 13.100 millones de dólares (11.700 millones de euros) en 2033.7 El porcentaje que reciben los trabajadores africanos que integran esa mano de obra sigue siendo ínfimo y es imposible de rastrear. El investigador Antonio Casilli –especialista en trabajo digital del Instituto Politécnico de París– habla de un mecanismo estructural deliberado. Las empresas atraen hacia sus plataformas, de manera intencional, a más trabajadores de los que necesitan, de modo que se mantiene una competencia constante entre ellos y, en consecuencia, las remuneraciones tienden a bajar. El resultado son períodos de sobrecarga de trabajo que alternan con períodos de total inactividad, que los trabajadores no pueden ni predecir ni negociar. No es un fallo del sistema. Es precisamente su motor. Laurianne N, una estudiante que cursa un posgrado en Comunicación en Yaundé, cuenta que trabajó varios meses en UHRS, la plataforma de Microsoft, accesible por medio de subcontratistas. Laurianne describe la lógica extenuante del sistema: “Para acceder a las tareas mejor remuneradas, hay que aprobar exámenes de idoneidad. Pero los exámenes no siempre están disponibles. Y cuando finalmente lográs acceder a una categoría, las tareas pueden desaparecer de un día para el otro sin la más mínima explicación”.
La contradicción entre los discursos y la realidad empírica está ahí, tajante. Camerún –igual que Senegal, Costa de Marfil y Marruecos– invierte políticamente en una retórica de soberanía digital. Hablan de producir una IA “africana”, arraigada en los valores culturales del continente, capaz de responder a las necesidades específicas de su población. La voluntad es real. Pero, mientras tanto, la verdadera integración de los africanos en la economía mundial de la IA ocurre por abajo: como mano de obra descartable, reemplazable, desprotegida, que opera por fuera de cualquier marco jurídico nacional. Y lo más cruel de esta paradoja: esta mano de obra suele estar altamente calificada. La gran mayoría de los microtrabajadores africanos no son personas sin formación. Son graduados con licenciaturas, maestrías, títulos de ingeniería, que no encuentran ninguna salida laboral en una economía formal estructuralmente deficiente, y que terminan por recurrir a estas plataformas porque no tienen otra alternativa. En Camerún aún queda mucho camino para alcanzar una verdadera conciencia colectiva. Estos trabajadores precarios están dispersos, aislados detrás de sus pantallas, con frecuencia sujetos a cláusulas de confidencialidad, reales o supuestas, que los disuaden de dar testimonio.
Ya es más de medianoche en Yaundé. Boris acaba de terminar su lote de tareas. En la pantalla de su teléfono aparece el total de la noche. Apoya el aparato, suspira y dice, simplemente: “Si tuviéramos elección, no estaríamos acá. Pero con un título universitario y sin trabajo, ¿qué hacés?”. Sin una acción colectiva para imponer normas sociales a las plataformas y un sistema fiscal más justo que no ataque solamente al eslabón más débil, Boris y sus compañeros de infortunio seguirán siendo los esclavos de una modernidad que se construye a su costa.
Inès Marie Nga, estudiante de periodismo en la Escuela Superior de Ciencias y Técnicas de la Información y la Comunicación de Yaundé, en Camerún. Traducción: Agustina Chiappe.
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Las personas contactadas para esta investigación solicitaron permanecer en el anonimato. ↩
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Reuters, “Meta investit plusieurs milliards de dollars dans Scale AI et recrute son DG”, Boursorama, 13-6-2025. ↩
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Según la “Enquête camerounaise auprès des ménages (ECAM 4). Pauvreté et activité économique”, Instituto Nacional de Estadística de Camerún, 2014. ↩
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Ludovic Amara, “Le Cameroun lance sa stratégie d’intelligence artificielle pour générer 12 000 emplois d’ici 2040”, Investir au Cameroun, 10-7-2025. ↩
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Mary L. Gray y Siddharth Suri, Ghost Work: How to Stop Silicon Valley from Building a New Global Underclass, Houghton Mifflin Harcourt, Boston, 2019. ↩
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Artículo 7 de la “Décision conjointe n° 00000145/MINFI/MINPOSTEL du 25 mars 2026”, firmada por el ministro de Finanzas y la ministra de Correos y Telecomunicaciones de Camerún. ↩
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Según el informe “AI annotation market (2025-2033)”, publicado en octubre de 2025 y actualizado en mayo de 2026, disponible en el sitio web de Grand View Research. ↩