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Difundidos los resultados de la elección el 25 de octubre en Brasilia, Brasil.

Foto: Igo Estrela / AFP

Tres movilizaciones para entender la victoria de Lula

Las calles, las redes y el miedo.

El segundo turno de las presidenciales brasileñas demostró que las elecciones ya no se presentan, de forma exclusiva, como una decisión entre dos proyectos políticos. Han pasado a incorporar una pregunta más acuciante: ¿qué puedo perder si gana el otro candidato?

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La victoria de Lula da Silva en su cuarto mandato presidencial, a los 81 años, ocupará un lugar particular en la historia política brasileña. No solo por el resultado, sino por las circunstancias en las que se construyó. Tras una primera vuelta marcada por el gran desempeño de la derecha, la elección de parlamentarios conservadores y la demostración de fuerza del bolsonarismo, el balotaje parecía ofrecer pocas posibilidades de revertir la ventaja política obtenida por Flávio Bolsonaro.

Pero la política, como fenómeno social, no es una ciencia de inevitabilidades. Los resultados electorales se producen por estructuras, coyunturas, estrategias, comportamientos y decisiones. Y, sobre todo, por la capacidad de los actores políticos para identificar oportunidades y transformar condiciones desfavorables en posibilidades concretas de victoria. Eso es exactamente lo que ocurrió.

La campaña de Lula logró movilizar tres dimensiones fundamentales que, al ser articuladas, contribuyeron a la victoria de forma decisiva: movilizó las calles, movilizó las redes y movilizó el miedo. Estas tres movilizaciones no explican el resultado de forma aislada, pero ofrecen un camino coherente para entender cómo una campaña que parecía acorralada logró reorganizar sus fuerzas, ampliar su capacidad de comunicación y disputar el comportamiento de un electorado que aún no había consolidado su decisión.

Las calles

Hay un aspecto especialmente importante en estas elecciones que merece ser observado con atención: la izquierda ha vuelto a las calles. No implica que la izquierda haya conquistado la hegemonía de las manifestaciones populares. Ni que la derecha haya perdido su capacidad de movilización. El bolsonarismo sigue demostrando una enorme competencia para ocupar espacios públicos y transformar manifestaciones en demostraciones de fuerza política. Lo que ocurrió fue diferente: la calle dejó de ser un territorio casi exclusivo de la derecha.

Desde las manifestaciones de junio de 2013, la izquierda brasileña había enfrentado dificultades para disputar la movilización popular a gran escala. Esto no significaba que hubiera dejado de organizar grandes manifestaciones, sino que había ido perdiendo protagonismo, de manera progresiva, en la ocupación simbólica de las calles frente a los movimientos conservadores. El crecimiento de las manifestaciones de derechas, en especial a partir de 2015, consolidó la percepción de que el conservadurismo había adquirido una mayor capacidad para transformar el descontento social en la toma de espacios públicos. Durante mucho tiempo, las grandes concentraciones populares llegaron a identificarse predominantemente con movimientos conservadores, mientras que la izquierda parecía depender cada vez más de las estructuras partidistas, los sindicatos y los movimientos sociales tradicionales.

Sin embargo, en la segunda ronda de 2026, esta dinámica empezó a cambiar. Se puede citar, en especial, la movilización estudiantil organizada por estudiantes universitarios de la Universidad Federal Rural de Río de Janeiro, el 7 de octubre, apenas tres días después de la primera vuelta. La manifestación recorrió el centro de Río de Janeiro, entre Candelária y Cinelândia, reuniendo a estudiantes, jóvenes y ciudadanos que no necesariamente estaban vinculados a las estructuras tradicionales del Partido de los Trabajadores (PT).

A pie de calle era posible observar una disposición espontánea de participación política inusual en su intensidad desde mucho tiempo a esta parte. Había una necesidad colectiva de ocupar espacios públicos y demostrar que el resultado electoral seguía en disputa. Este movimiento tiene importancia sociológica. La presencia en las calles no representa solo una demostración numérica de fuerza. Produce pertenencia, refuerza identidades colectivas, estimula la participación y ayuda a romper la percepción de aislamiento político.

Cuando un votante se da cuenta de que otras personas comparten sus preocupaciones y están dispuestas a alzar la voz públicamente, su propia disposición a participar puede fortalecerse. La calle, por lo tanto, no es solo un espacio físico. También es un territorio simbólico para construir legitimidad. La campaña de Lula entendió, o al menos logró aprovechar, esta oportunidad. La izquierda volvió a las calles, y este regreso contribuyó a cambiar el entorno político de la segunda vuelta.

Las redes

Si la movilización de las calles representaba la recuperación de un territorio político, la movilización de las redes supuso un cambio importante en la estrategia de comunicación de la campaña. Durante muchos años, sectores importantes de la izquierda brasileña mostraron dificultades para comprender la dinámica de las plataformas digitales.

Mientras que la derecha, sobre todo el bolsonarismo, desarrolló una comunicación basada en la velocidad, el lenguaje emocional, la producción continua de contenidos y la capacidad de transformar los acontecimientos cotidianos en disputas políticas, parte de la izquierda permaneció atrapada en modelos tradicionales de comunicación. La campaña de 2026 parece haber entendido, aunque tarde, que no sería posible afrontar la estructura digital de Bolsonaro utilizando solo los instrumentos convencionales de la propaganda electoral.

En este contexto, merece atención la actuación del diputado André Janones. Su participación en la reorganización de la militancia digital, incluyendo la movilización identificada como “el Ejército de Lula”, demostró la posibilidad de construir, en pocas semanas, una red de simpatizantes capaces de producir, compartir y disputar narrativas a una velocidad similar a la utilizada por la derecha. La campaña comenzó a disputar no solo el contenido de los mensajes, sino también su circulación. Y esta diferencia es fundamental.

En las redes sociales no basta con producir información considerada correcta o políticamente relevante. Es necesario comprender los mecanismos de atención, compromiso e identificación. La comunicación digital contemporánea actúa cada vez más a través de disputas afectivas. La indignación, el humor, el miedo, la esperanza y la identificación son elementos capaces de potenciar el contenido y ampliar su alcance. La campaña de Lula logró incorporar parte de esta lógica.

Pero aquí hay una contradicción que no puede ser ignorada. Al adoptar estrategias de comunicación similares a las empleadas por sectores de derechas, la izquierda también ha comenzado a transitar por una zona de riesgo ético y político. La simplificación excesiva, la explotación de conflictos personales, el uso de provocaciones y la transformación de disputas políticas en confrontaciones permanentes pueden producir resultados electorales, pero también contribuyen a deteriorar la calidad del debate público.

No se trata de establecer una equivalencia automática entre diferentes estrategias, ni de afirmar que todos los actores usan desinformación. Se trata de reconocer que los mecanismos de comunicación basados en el compromiso pueden estimular comportamientos que van más allá de los límites deseables de una disputa democrática. Este asunto deberá ser abordado por la izquierda. La victoria electoral no elimina la necesidad de debatir los costes políticos e institucionales de las estrategias utilizadas para lograrla.

Aun así, sería un error ignorar el papel decisivo de la reorganización digital en la campaña. En tres semanas, la izquierda demostró que también podía competir en un entorno que, durante mucho tiempo, pareció dominado por la comunicación de Bolsonaro.

El miedo

La tercera movilización es quizás la más interesante desde el punto de vista de la sociología política y el comportamiento electoral. La campaña de Lula logró movilizar el miedo.

Para entender la importancia de esta estrategia, vale la pena recordar un episodio emblemático de las elecciones presidenciales de 2002. En esa contienda, cuando Lula se enfrentaba a José Serra, la actriz Regina Duarte participó en un anuncio electoral afirmando temer la posibilidad de una victoria del candidato del PT. La campaña de Serra buscaba asociar la elección de Lula con la inseguridad económica, la inestabilidad política y las incertidumbres sobre el futuro del país.

La respuesta del PT se basó en un mensaje que se volvería histórico: la esperanza superaría al miedo. En ese momento, la candidatura de Lula buscaba neutralizar el sentimiento de inseguridad movilizado por sus opositores, presentándose como una alternativa para un cambio responsable. Pasados 24 años, la lógica se invirtió. En 2026 fue la campaña de Lula la que logró transformar el miedo en uno de los elementos centrales de la disputa electoral.

Pero no era exactamente el mismo miedo movilizado en 2002. El miedo en 2002 estaba asociado con la posibilidad del cambio. El miedo de 2026 se basó principalmente en la posibilidad de perder. Miedo a perder beneficios sociales. Miedo a perder la Bolsa Família. Miedo a perder los derechos laborales. Miedo a cambios constitucionales que pudieran comprometer garantías sociales. Miedo a retrocesos en las políticas públicas y cambios en las condiciones materiales de existencia.

Esta distinción es fundamental. La literatura sobre el comportamiento electoral muestra que la percepción de riesgo y pérdida puede ejercer una influencia importante en las decisiones individuales. En psicología política, la aversión a la pérdida ayuda a entender por qué los individuos suelen atribuir mayor peso a la posibilidad de perder algo que ya tienen que a la expectativa de obtener un beneficio equivalente. Esto significa que el votante puede reaccionar más fuertemente ante la amenaza de perder un derecho o protección social que ante la promesa de obtener una ventaja futura.

La campaña de Lula sabía cómo explotar esta dimensión. Al trasladar parte del debate a las consecuencias concretas de una posible victoria de Flávio Bolsonaro, logró establecer una conexión entre la definición electoral y la seguridad material de sectores importantes de la población.

Este cambio de enfoque es de enorme importancia. El miedo, en este contexto, no necesita entenderse como una reacción irracional. Puede constituir una respuesta políticamente orientada a la percepción de amenazas, ya sean reales, potenciales o construidas discursivamente. La movilización del miedo no ocurrió solo a nivel retórico. Formó parte de la estrategia de comunicación de la campaña y produjo efectos en el comportamiento electoral, en especial entre segmentos de la población más sensibles a la posibilidad de pérdida de protección social.

André Janones junto a Luiz Inácio Lula da Silva tras los resultados de la elección, el 25 de octubre en San Pablo.

Foto: Anelson Almeida / AFP

El miedo a la pérdida acercó la disputa electoral a las preocupaciones concretas de la vida cotidiana. Y fue precisamente en esta dimensión donde la campaña logró transformar una emoción individual en un poderoso instrumento de movilización política.

La fuerza de la vocación

Hay otro elemento de esta elección que merece ser considerado: la fuerza de la determinación humana y la vocación política. Al observar las manifestaciones en las calles, la reorganización de las redes y la disposición de miles de personas a participar en una disputa que parecía extremadamente difícil, es imposible no recordar a Max Weber y su clásica conferencia La política como vocación, impartida en 1919.1

Weber entendía la política como una actividad que requiere mucho más que la ocupación de cargos de poder. Para él, la verdadera vocación/profesión política presupone una combinación de pasión, sentido de responsabilidad y capacidad de juzgar. La pasión representa la dedicación a una causa. La responsabilidad exige que el individuo considere las consecuencias de sus acciones. Y el sentido de la proporción permite evaluar la realidad sin perder la capacidad de actuar sobre ella.

Estas tres cualidades ayudan a comprender una dimensión importante del proceso electoral de 2026. La victoria de Lula no se produjo solo por las estructuras de partido, los recursos de campaña o las estrategias de comunicación. También hubo una voluntad colectiva de participar, de resistir una coyuntura desfavorable y de intentar modificar un resultado que muchos consideraban prácticamente definido. Fue la fuerza de la vocación política manifestándose en la práctica.

El sociólogo también estableció una distinción importante entre vivir de la política y vivir para la política. Quienes viven de la política encuentran en ella su fuente de sustento. Quienes viven para la política orientan sus acciones hacia una causa, por convicciones y por el deseo de interferir en el curso de la sociedad. Esta distinción no representa una oposición absoluta entre profesionalización y compromiso político. El propio Weber reconoció que ambas dimensiones pueden coexistir.

Pero nos ayuda a entender la energía que movilizó a miles de personas durante la segunda ronda. Muchos de los que salieron a las calles, produjeron contenido en las redes y participaron en la campaña no defendían empleos, cargos ni puestos institucionales. Se movían por convicciones, expectativas y la percepción de que su participación podía contribuir a cambiar el curso de los acontecimientos.

Hay algo extraordinario en esta disposición. La política ya no se percibe solo como una disputa entre líderes y empieza a experimentarse como una posibilidad concreta de intervención en la realidad.

Weber describió la actividad política como un trabajo persistente de taladrar tablas duras, llevado a cabo con pasión y sentido de la proporción. La imagen es especialmente apropiada para entender estas elecciones. La victoria no surgió de un gesto aislado, una manifestación específica o un mensaje que se hizo viral en las redes. Se construyó mediante la persistencia, la organización y la capacidad de transformar pequeñas acciones en un movimiento político más amplio.

Sin embargo, la fuerza de la voluntad humana no debe confundirse con una capacidad ilimitada para producir resultados. La determinación política no elimina las estructuras sociales, las desigualdades de poder ni el condicionamiento histórico, pero sí puede modificar la forma en que se articulan estas condiciones.

Es en este sentido que la vocación política ayuda a comprender el carácter extraordinario de la victoria de Lula. No como un triunfo inexplicable de la voluntad, sino como una demostración de que la acción colectiva, cuando encuentra condiciones favorables y capacidad organizativa, puede alterar trayectorias que parecían consolidadas.

Sin embargo, hay un tema que considero indispensable en este análisis. La victoria de Lula fue extraordinaria. Fue sorprendente. Y, considerando las condiciones políticas que existieron tras la primera ronda, puede entenderse como resultado de baja probabilidad. Pero esto no significa que fuera un acontecimiento irracional o inexplicable.

He observado interpretaciones que atribuyen el resultado a una especie de triunfo absoluto de la voluntad popular, como si la movilización colectiva hubiera producido algo cercano a un milagro político. Esta interpretación, aunque comprensible ante la emoción provocada por el resultado, presenta un problema: desplaza la explicación del campo del análisis político al ámbito de la creencia.

La voluntad humana es importante en los procesos históricos. La voluntad de participar, la capacidad de organizar y la determinación de los actores políticos pueden alterar trayectorias que parecían consolidadas. Pero estas acciones no ocurren fuera de las estructuras sociales. Están condicionadas por oportunidades políticas, recursos organizativos, relaciones de poder, comportamientos electorales y circunstancias históricas.

La movilización de las calles, por ejemplo, no surgió de una fuerza inexplicable. Fue producida por redes de sociabilidad, organizaciones estudiantiles, activistas, movimientos sociales y ciudadanos que identificaron la necesidad de participar. La reorganización de la comunicación digital no ocurrió por casualidad. Resultó de decisiones estratégicas, del uso de herramientas tecnológicas y de la movilización de actores capaces de comprender la dinámica de las plataformas. Del mismo modo, el miedo a perder derechos no apareció de forma espontánea. Se movilizó mediante discursos, mensajes, experiencias sociales y percepciones sobre las consecuencias de la elección electoral.

Por lo tanto, hay una racionalidad en este proceso. Esto no significa que todos los comportamientos individuales hayan sido racionales en el sentido estricto del término. Significa que el resultado puede entenderse a partir de variables políticas y sociales identificables. La propia imprevisibilidad de los fenómenos sociales forma parte del campo de investigación de las ciencias sociales.

Reconocer que un determinado resultado era improbable no significa que fuera imposible. Y reconocer la importancia de la acción humana no requiere abandonar las herramientas teóricas y metodológicas que usamos para entender la política. La lección de Weber sigue vigente: la pasión política debe ir de la mano de la responsabilidad y el sentido de la proporción. Celebrar la victoria no significa abandonar el análisis crítico de las condiciones que la produjeron.

Los límites de la predicción

Estas elecciones también deberían provocar un debate importante sobre las encuestas electorales y los modelos de predicción. Las dificultades que enfrentan las encuestadoras para captar ciertos movimientos del electorado deben ser examinadas con rigor.

Es necesario investigar si ha habido cambios relevantes en las preferencias electorales en los últimos días, dificultades en la medición, problemas de muestreo, limitaciones en la identificación de ciertos segmentos o combinaciones de estos factores. Pero la crítica a las encuestas no puede confundirse con el rechazo a la investigación científica.

Una encuesta electoral no es una profecía. Es una estimación construida a partir de la información disponible en un momento dado, sujeta a márgenes de error, limitaciones metodológicas y cambios posteriores en el comportamiento de los votantes. Del mismo modo, la ciencia política no existe para garantizar predicciones infalibles. Su función es identificar relaciones, comprender procesos, formular hipótesis y mejorar de manera continua sus instrumentos explicativos.

El resultado de 2026 debería estimular este esfuerzo, no descalificarlo. Quizá algunas variables hayan recibido poca atención. Quizá se haya subestimado la intensidad de las movilizaciones. Quizá la reorganización digital y los efectos de la comunicación política en ciertos segmentos del electorado deban examinarse con mayor profundidad. Estas son cuestiones que requerirán una investigación empírica.

Lo importante es no sustituir los errores de predicción por explicaciones místicas construidas tras el resultado.

La victoria de Lula fue difícil, sorprendente e histórica. Pero no fue un milagro. Lula ganó porque su campaña logró movilizar las calles, disputar las redes y transformar el miedo en comportamiento electoral. Y porque miles de personas entendieron que la política, como enseñó Weber, también requiere pasión, responsabilidad y determinación para afrontar lo que parece imposible.

Lo extraordinario no es necesariamente inexplicable. Lo improbable no es imposible.

La victoria de Lula no fue un triunfo de la voluntad sobre la razón. Fue la demostración de que la voluntad política, cuando encuentra una organización, estrategia y condiciones históricas favorables, también forma parte de la racionalidad que explica los acontecimientos sociales.

Marcio Ferreira, doctorando en Sociología Política en el Programa de Posgrado en Sociología Política (PPGSP/IUPERJ-UCAM), periodista e investigador en el Grupo de Estudio de Religión y Ciudades (RE-CID). Artículo publicado por Le Monde diplomatique, edición Brasil.


  1. NdR: Politik als Beruf fue traducido al español por Francisco Rubio Llorente y publicado por Alianza en 1967. La misma editorial dio a imprenta una nueva versión en 2021, de Joaquín Abellán García. Aunque en ambos casos el título del libro que contiene la conferencia es El político y el científico, Abellán García modifica, en el texto de marras, el término “vocación” por “profesión”. ↩