Pese a la solidaridad frente a la agresión rusa a Ucrania, Kiev y Varsovia no han resuelto sus propias disputas históricas. Su frontera común atraviesa antiguos confines imperiales, marcados por la multiculturalidad. El surgimiento de Estados-nación que aspiraban a cierta uniformidad étnica en sus territorios puso en riesgo esta realidad. A raíz de ello, surgieron enfrentamientos cuyo recuerdo todavía sigue vivo. A finales del siglo XVIII, durante las sucesivas particiones del Estado polaco-lituano (llamado la República de las Dos Naciones), la autocracia zarista de Rusia y la Monarquía de los Habsburgo acapararon la mayor parte de su territorio. Polacos y ucranianos siguieron coexistiendo en la Galicia austríaca (también llamada Galitzia) y en Volinia (una región del Imperio ruso). Pero el peso de las antiguas élites polacas todavía se hacía sentir, sobre todo en los centros urbanos –donde también estaban muy presentes los judíos–, mientras que los ucranianos se concentraban mayormente en el campo. Esta diversidad socioterritorial era poco compatible con los proyectos nacionales basados en el ideal de homogeneidad étnica, ya fuera el sueño polaco de restaurar su Estado perdido, o el deseo ucraniano de crear el propio. En consecuencia, la formación de los Estados polaco y ucraniano en su forma actual se llevó a cabo, en la década de 1940, a costa de limpiezas étnicas, que se inscriben en un vasto ciclo de violencias bélicas y desplazamientos poblacionales en Europa, inaugurado con el conflicto de 1914 y finalizado alrededor de 1947-1948.
El origen
Las rivalidades entre Ucrania y Polonia empezaron a manifestarse cuando cayeron los imperios al final de la Primera Guerra Mundial y durante la posterior guerra entre los nuevos Estados soviético y polaco (1919-1921). Desde noviembre de 1918, los soldados de las legiones polacas se enfrentaron a los nacionalistas ucranianos durante la batalla de Leópolis (Lwów en polaco; Lviv en ucraniano). Las recién proclamadas República de Polonia y República Popular Ucraniana Occidental se disputaron la soberanía sobre Galitzia oriental y los montes Cárpatos, que hasta entonces habían pertenecido al Imperio austrohúngaro. Luego, en Versalles, los Aliados [de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos, el Imperio británico, Francia, Italia, Japón] reconocieron la independencia de Polonia y deliberaron sobre el trazado de sus fronteras orientales. Lord Curzon, ministro británico de Asuntos Exteriores, propuso delimitarlas respetando las mayorías etnodemográficas de los territorios, pero el auge de la potencia soviética inclinó la balanza a favor de una gran Polonia, que se extendiera a lo largo de toda Ucrania occidental. En marzo de 1921, el Tratado de Riga estableció la nueva frontera polaco-soviética, que básicamente convertía a Polonia en la heredera de la antigua Volinia rusa y del dominio galiciano de los Habsburgo, desde Ternópol (Ternópil) hasta Cracovia. Como estas regiones albergaban numerosos ucranianos, su proporción en la población total del país se elevó entonces a casi un 20 por ciento, es decir, cinco millones de habitantes.
Previendo el riesgo de futuras tensiones en los nuevos Estados de Europa Central y del Este –surgidos de la caída de los imperios austrohúngaro y otomano–, las potencias vencedoras crearon en 1920 la Sociedad de las Naciones (SDN) y le encargaron garantizar la protección de las minorías en aquellas zonas donde las divisiones territoriales habían dado lugar a poblaciones entremezcladas. Por su parte, aunque el Estado polaco se había comprometido a respetar los derechos de todos, estuvo lejos de cumplir todas sus promesas.
En los confines orientales del país (los “Kresy”), los ucranianos eran considerados ciudadanos de segunda categoría. El gobierno privilegiaba a los polacos en el sistema educativo, la administración y la dirección de las empresas regionales, a la vez que fomentaba su instalación en zonas rurales mediante una política de distribución de tierras. Como reacción, en 1929 se creó la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN), en la que destacaría el futuro líder del nacionalismo ucraniano, Stepan Bandera. Este movimiento clandestino y con tendencias fascistas multiplicó los actos de terrorismo, incluyendo un atentado contra el ministro del Interior, asesinado en 1934. Como respuesta, las autoridades lanzaron campañas de “pacificación” contra los campesinos ucranianos, desatando una espiral de violencia. En 1938, el poder polaco –que representaba la mayoría católica– emprendió una vasta ofensiva antiortodoxa, que causó la destrucción de casi 200 edificios religiosos.
Prácticas nazis
La Segunda Guerra Mundial estalló en este contexto de relaciones interétnicas ya muy deterioradas. En setiembre de 1939, la Wehrmacht y el Ejército Rojo ocuparon Polonia, en virtud de los protocolos adicionales secretos del llamado “pacto de no agresión” firmado el 23 de agosto de 1939. Los soviéticos se apropiaron de Volinia y de Galitzia oriental, en nombre de la “reunificación de las tierras ucranianas”. Durante los 21 meses que duró esta primera sovietización, las nuevas autoridades acometieron prioritariamente contra las antiguas. Además de la ejecución sumaria de 14.000 oficiales del Ejército polaco y de otros varios miles de civiles a principios de marzo de 1940 (la llamada masacre de Katyn, que los soviéticos negaron durante años y que Mijaíl Gorbachov reconoció mucho más tarde), también deportaron a 400.000 personas hacia regiones remotas de la Unión Soviética (URSS), junto con decenas de miles de refugiados judíos que habían huido de Polonia central tras la ocupación alemana. Después de estas masacres y represiones –destinadas a cortar de raíz cualquier oposición a la instauración del poder soviético–, las autoridades de la URSS colocaron en puestos de mando a dirigentes administrativos y policiales provenientes de la Ucrania soviética, y formados en el estilo de mando estalinista.
En las regiones situadas al oeste de la nueva línea de demarcación germano-soviética, la invasión alemana despertó un breve entusiasmo, en especial dentro de la OUN y, sobre todo, tras la división del movimiento en 1940, dentro de su facción más radical: la OUN-b, dirigida por Stepan Bandera, que para entonces había jurado lealtad al nazismo. El 22 de junio de 1941, los nazis rompieron el pacto germano-soviético. El 30, cuando la Wehrmacht se apropió de Leópolis, Bandera y su segundo al mando, Yaroslav Stetsko, proclamaron una declaración de independencia, lo que llevó a su arresto por parte de Alemania. Confinado poco después en el campo de concentración de Sachsenhausen, donde permaneció hasta 1944, Bandera siguió siendo la autoridad de referencia para sus partidarios, los “banderistas”, que en otoño de 1942 fundaron el Ejército Insurgente Ucraniano (en ucraniano: Ukrainska Povstanska Armiya, o UPA). Su objetivo: luchar contra los ocupantes y purgar a Ucrania de sus elementos alógenos, para poder establecer un Estado independiente y étnicamente homogéneo.
¿La aniquilación de los judíos en la región sirvió como antecedente? ¿Fue un modelo que más tarde las tropas del UPA aplicaron contra los polacos de Volinia? La pregunta sigue abierta. Varios de sus miembros habían servido en diferentes formaciones y batallones bajo autoridad alemana y habían participado en el exterminio judío de Volinia y Bielorrusia, antes de desertar, armas en mano, para unirse al UPA. Desde febrero de 1943, algunos meses después de que finalizaran las operaciones antijudías, empezaron a lanzar asaltos contra las aldeas identificadas como polacas. Ya sea que buscaran sembrar terror para precipitar la huida de todos los que consideraban ocupantes, o que actuaran impulsados por deseos de venganza, los combatientes del UPA perpetraron verdaderas masacres, precedidas de agresiones de extrema violencia. Durante el invierno de 1943, cuando la resistencia local recibió refuerzos del “Ejército del Interior” (la Armia Krajowa, o AK, bajo la autoridad del gobierno exiliado en Londres), las represalias polacas fueron igual de cruentas. La “masacre de polacos de Volinia”, como se la recuerda hoy en día, causó entre 40.000 y 60.000 víctimas, a las que se suman entre 20.000 y 40.000 más, que murieron durante los ataques antipolacos posteriores en Galitzia. Del lado ucraniano, las estimaciones oscilan entre 10.000 y 30.000 personas.
Más al oeste, en las regiones orientales de la actual Polonia, el año 1943 también se inauguró con presagios sombríos. Las autoridades nazis lanzaron la primera fase del Generalplan Ost. El plan disponía la creación de un espacio de colonización agrícola alemana alrededor de la pequeña ciudad de Zamość, 70 kilómetros al sureste de Lublin. Las fuerzas de la ocupación expropiaron a decenas de miles de campesinos polacos y reclutaron a muchos de sus vecinos ucranianos para vigilar los límites de estas zonas, con la idea de contener los ataques de los batallones formados por los expropiados que, de hecho, no tardaron en ocurrir. El Generalplan Ost, abandonado a finales de ese año, no hizo más que agravar los conflictos entre las poblaciones locales.
Cuando el Ejército Rojo regresó a Volinia en febrero-marzo de 1944 –antes de llegar a Lublin en verano, donde estableció su cuartel general–, no pudo evitar constatar el clima de odio etnonacionalista que reinaba en toda la región. Bajo amparo soviético, un grupo de dirigentes polacos, reunidos en Moscú durante la guerra, constituyó el Comité Polaco de Liberación Nacional (PKNW, por sus siglas polacas), también llamado Comité de Lublin. Las nuevas autoridades firmaron acuerdos con las tres repúblicas soviéticas de Ucrania, Bielorrusia y Lituania, que reconocieron el derecho de los polacos y de los judíos polacos que residieran en sus territorios a ser devueltos a su patria. En paralelo, invitaron a las minorías lituana, bielorrusa y ucraniana instaladas en Polonia a regresar a su propia nación. Cada uno de los Estados firmantes se comprometía a hacerse cargo de organizar el desplazamiento de su respectiva minoría y a garantizar la reubicación de los desplazados tras su llegada. No se mencionaba la nueva frontera, pero la prioridad para los soviéticos, que ya habían recuperado la línea de demarcación germano-soviética de 1939, era consolidarla como el límite oriental definitivo de Polonia. Para imponerla in situ, Moscú decidió organizar una vasta operación de desplazamiento poblacional.
Violentos intercambios poblacionales
En principio, esta decisión no tenía nada de excepcional. A pesar de los discursos comunistas oficiales de los años 1930 en contra de los “nacionalismos burgueses” y pese al carácter multinacional de la URSS, los soviéticos compartían con los Aliados la convicción de que solo eliminando las minorías restantes dentro de los Estados-nación se podría garantizar una paz duradera. Ahora bien, entre Ucrania y Polonia esta empresa adquirió proporciones inéditas: más de un millón de polacos vivían en Ucrania occidental y 700.000 ucranianos en Polonia oriental. Después del Holocausto y de las salvajes depuraciones étnicas, este traslado masivo de poblaciones puso punto final a la realidad multicultural de los antiguos confines imperiales, aunque esta vez de forma mucho menos cruenta.
Comenzaron los traslados, pese a que la guerra seguía desatada. El líder de la URSS Iosif Stalin quería acelerar el proceso: contaba con que el Ejército Rojo conquistara los antiguos territorios alemanes del oeste (hasta el río Óder) para eventualmente conducir allí a los polacos desplazados desde Ucrania occidental. Si bien eran prosoviéticos, los dirigentes polacos del Comité de Lublin intentaron imponer cuotas estrictas de acogida, inferiores a las que exigía Moscú. Sin quererlo, también recibieron la ayuda de la AK, cuya activa propaganda intentaba disuadir a sus compatriotas de partir, previendo que, cuando terminara la guerra, los aliados occidentales restablecerían las fronteras de Polonia previas al conflicto. Pero bajo presión de las operaciones del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD, por su acrónimo ruso, es decir, la policía política soviética), especialmente en Leópolis, el número de gente anotada para partir se multiplicó a principios de 1945. La represión llevada a cabo durante la sovietización de 1939-1941 había dejado malos recuerdos. Para muchos polacos de Ucrania occidental y para las pocas decenas de miles de sobrevivientes del Holocausto, era preferible abandonar la región por su cuenta antes que correr el riesgo de deportación hacia las periferias orientales de la URSS.
A diferencia de los polacos de Ucrania occidental, los ucranianos de Polonia recibieron a los soviéticos con alivio. La retirada de los nazis los exponía a los ataques aún más intensos de los polacos. La propaganda soviética a favor del “regreso” a la patria ucraniana, lejos del odio de sus vecinos, les dio esperanzas: casi 100.000 ucranianos se prepararon para la aventura a fines de 1944. Al llegar, la decepción fue inmensa: la región central y oriental de Ucrania, donde se instalaron con su ganado y sus herramientas, estaban devastadas por la guerra; además, el campesinado local, afectado por la colectivización de la tierra y la gran hambruna, incluso llegó a asociarlos con los “kulaks” o a verlos despectivamente como “inmigrantes polacos”. Este primer desplazamiento fracasó de manera estrepitosa. Muchos desplazados regresaron a Polonia, y el relato de su experiencia contribuyó a disuadir contra los traslados, al menos con tanta eficacia como la propaganda banderista, que buscaba retener allí a sus “compatriotas” para construir una gran Ucrania, pero sin los soviéticos.
Tras el fin de la guerra, los intercambios poblacionales continuaron, pero de formas opuestas para polacos y ucranianos. Por un lado, Polonia adquirió los territorios alemanes de Silesia y Pomerania, lo que ofreció una perspectiva concreta y atractiva de instalarse en regiones poco afectadas por los estragos y supuestamente ricas. Ahora solo hacía falta “polonizarlas” y, a la vez, expulsar a la población alemana, a la que también invitaban a “regresar” a su patria. Desde finales de junio de 1945, se intensificaron las partidas de los polacos de Ucrania occidental. Pese a ciertas violencias locales, el proceso se mantuvo voluntario y fuerte hasta que finalizaron las operaciones en enero de 1946. Para esa fecha, más de un 90 por ciento de las poblaciones minoritarias había abandonado Ucrania (es decir, más de 800.000 personas según un primer conteo, o 1,2 millones según un balance posterior que los cuerpos de seguridad soviéticos realizaron en 1947).
Por su parte, la minoría ucraniana en Polonia quedó sometida a presiones cada vez mayores. La expulsión masiva de los alemanes que residían en las nuevas regiones occidentales de Polonia reforzó la dimensión etnonacionalista de la refundación del país, mientras se sentaban las bases del régimen comunista. A partir del otoño, las autoridades destinaron tropas polacas para apoyar a los funcionarios ucranianos enviados a Polonia con el objetivo de convencer a sus “compatriotas” de dirigirse hacia el este. Las tensiones alcanzaron su punto más álgido en la primavera de 1946. Los crecientes sabotajes contra las vías férreas y los canales de comunicación, la huida de campesinos ucranianos a los bosques después de incendiar sus propias explotaciones, las emboscadas de las tropas del UPA, que sumieron la región en el caos y la violencia, todo contribuyó a que las partidas se transformaran en expulsiones manu militari hasta la frontera. En julio de 1946, con 500.000 ucranianos trasladados de Polonia a la URSS, las autoridades ucranianas consideraron que las operaciones habían concluido con éxito.
Sin embargo, este balance no puso fin a los desplazamientos forzados de los ucranianos. Algunos meses más tarde, en marzo de 1947, el ejército polaco intervino en las regiones fronterizas con el pretexto de que el UPA había asesinado a uno de sus oficiales. Las tropas desalojaron con brutalidad a las familias ucranianas, incendiaron sus aldeas y sus iglesias. Estos ucranianos fueron trasladados a los nuevos territorios de Polonia, donde se vieron obligados a asimilarse a la mayoría circundante. De este modo, expulsaron a 140.000 personas hacia Pomerania y Silesia, y a otros varios miles los arrestaron y confinaron en campos de detención. Esta intervención, llamada “Operación Vístula” (Operacja Wisła, en polaco), respondía, como lo demuestran los archivos, a un plan preparado de forma cuidadosa cuyo objetivo –alcanzado a plenitud– era dispersar y, de ese modo, eliminar a los últimos representantes de la minoría histórica ucraniana de las regiones orientales de Polonia. Así, la nueva frontera polaco-soviética de 1945 (hoy la frontera de la Unión Europea con la Ucrania independiente) fue el resultado de una sucesión ininterrumpida, desde la década de 1930, de agresiones llevadas a cabo tanto por los Estados contra los pueblos como por los propios pueblos entre sí.
Catherine Gousseff, investigadora. Traducción: Agustina Chiappe.
Al ritmo de la política
Batallas por la memoria
En nombre de la amistad polaco-soviética, los gobiernos comunistas de la posguerra prefirieron dejar en la sombra las limpiezas étnicas mutuas. Sin embargo, esta historia resurgió a comienzos de los años 1990, prueba de que la memoria colectiva conservó la huella de esa violencia.
El 3 de agosto de 1990, tras la caída del régimen comunista en Polonia, el nuevo Senado condenó la Operación Vístula de 1947, que había expulsado a los ucranianos de las cercanías de la frontera oriental para reinstalarlos por la fuerza en los antiguos territorios alemanes otorgados a Polonia después de la guerra (ver nota principal). La cámara alta recomendó que “los daños causados por esta operación sean reparados, en la medida de lo posible”. A continuación, varias declaraciones presidenciales acompañaron las conmemoraciones. Entre ellas, la del presidente Aleksander Kwaśniewski en 2002, o la de su sucesor Lech Kaczyński durante el 60° aniversario de la Operación Vístula en 2007: en esa ocasión hizo una declaración conjunta con su homólogo ucraniano, Viktor Yúshchenko, en la que denunciaban aquel acto contrario a los derechos humanos fundamentales, cuya responsabilidad, según ellos, correspondía al “régimen totalitario comunista”. Aunque algunas voces en Ucrania hablan de etnocidio, el consenso mayoritario sostiene la tesis del historiador polaco Grzegorz Motyka. Según este especialista en los conflictos ucraniano-polacos, la Operación Vístula no era “necesaria” para neutralizar la guerrilla nacionalista ucraniana y esta tampoco justificaba la expulsión violenta de los campesinos ucranianos de las tierras donde llevaban siglos asentados.(1)
La cuestión de la masacre de Volinia de 1943 surgió más tarde. A principios de los años 2000, mientras se publicaba en Polonia la primera obra sobre “el genocidio” de los polacos de Volinia,(2) el clima seguía siendo de “reconciliación” y de condena a los “trágicos acontecimientos”, como reflejaba la declaración conjunta de ambos jefes de Estado durante una ceremonia conmemorativa en Volinia en 2003. A diferencia de la Operación Vístula, que implicaba de modo directo a un Estado (Polonia), los ataques de 1943 se atribuían a la OUN; por eso, el presidente ucraniano Leonid Kuchma podía legítimamente limitarse a lamentar la situación.
Tensiones crecientes
Las relaciones entre ambos países se tensaron a finales de los años 2000. El presidente ucraniano Yúshchenko otorgó el título de héroe nacional a Stepan Bandera, cuya organización había diezmado a los polacos de Volinia en 1943, y Varsovia recibió esta decisión como una provocación intolerable. De hecho, esta consagración del líder nacionalista provocó fuertes polémicas dentro de la misma sociedad ucraniana, en especial en el centro y el este del país, donde la mayoría de la población no adhería al nuevo relato nacional.
La evolución política de los años 2010 polarizó aún más este conflicto de la memoria. En 2014 estalló el llamado Euromaidán (un movimiento de protesta contra el presidente ucraniano Viktor Yanukóvich); poco después, Rusia anexó Crimea y los separatistas prorrusos se alzaron contra el gobierno de Kiev en las regiones del Donbás y Lugansk. Todo ello contribuyó a reforzar la popularidad de Bandera, percibido como símbolo de la lucha por la soberanía nacional. En Polonia, la victoria del partido conservador Ley y Justicia (Prawo i Sprawiedliwość, o PiS por su sigla en polaco) en las elecciones legislativas de 2015 endureció la posición de Varsovia. En julio de 2016, una resolución parlamentaria calificó la masacre de polacos en Volinia como “genocidio”. La película Wołyń (Volinia), estrenada ese mismo año, popularizó este evento macabro. A partir de 2017, el presidente Andrzej Duda exigió exhumar e identificar a las víctimas y reclamó la creación de necrópolis.
La invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022 suspendió temporalmente estas polémicas, ya que Varsovia se alineó entonces por completo con Kiev. Pero tras el impulso inicial de solidaridad para con los refugiados ucranianos, y pese a que en diciembre de 2023 llegó al poder un nuevo gobierno liberal, los representantes polacos volvieron al ataque con la cuestión de Volinia. Varsovia salió victoriosa en enero de 2025, durante el encuentro entre el primer ministro polaco, Donald Tusk, y el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. Se abrió un primer sitio de excavación en la aldea de Puzniki/Sadove (nombres polaco y ucraniano, respectivamente), en Galitzia oriental. ¿Se trata del desenlace de una disputa que no dejó de agravarse durante la última década? Apenas unos días después de proclamar la victoria del ultraconservador Karol Nawrocki (PiS) en las elecciones presidenciales, el Parlamento decretó el 11 de julio como jornada nacional para recordar a las víctimas de las masacres de Volinia. Las conmemoraciones, que se multiplican en todas las regiones de Polonia, podrían reavivar los resentimientos, en un momento en que la extrema derecha denuncia una “ucranización” del país, quejándose precisamente de aquellos a los que con tanta solidaridad recibieron en 2022. Mientras tanto, la tierra de Ucrania se sigue removiendo en todas las direcciones, para enterrar diariamente a los muertos del frente y de los bombardeos, y para desenterrar los restos de un pasado ensombrecido.
(1): From the Volhynian Massacre to Operation Vistula. The Polish-Ukrainian Conflict 1943-1947, Paderborn, Brill/Schöningh, 2023.
(2): Władysław Siemaszko y Ewa Siemaszko, Ludobójstwo dokonane przez nacjonalistów ukraińskich na ludności polskiej Wołynia 1939-1945, von Borowiecky, Varsovia, 2000.