Jack London durante un crucero en el Snark entre 1907 y 1908.

Foto: Sin datos de autor

Jack London, sociólogo

Literatura y clases sociales.

Entre dos mundos y ninguno: Martin Eden narra el vértigo de quien asciende hasta descubrir que ya no habita su origen ni alcanza su destino. Jack London escribió, sin saberlo, una sociología más profunda que sus propias convicciones ideológicas.

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Es a bordo del Snark, el velero que hizo construir a un gran costo, que, desde el verano de 1907 hasta febrero de 1908, Jack London (1876-1916), ya rico y célebre, escribe Martin Eden,1 entre Honolulu y Papeete. El libro –que describe el difícil ascenso social de un joven marino californiano– es generalmente percibido como una “autobiografía novelada”. A pesar de las diferencias significativas en sus trayectorias, Jack London y Martin Eden pasan en pocos años de una posición económica y culturalmente subalterna dentro del espacio social a una posición dominante: la de los escritores ricos y consagrados. Francis Lacassin describe la biografía de Jack London como “el deslumbrante triunfo de un hijo del pueblo” y Chantal Jaquet ve en Martin Eden la “ilustración perfecta” de una “metamorfosis” corporal y cultural que hace de un individuo “lo contrario de lo que era”.2 Hoy, Martin Eden y Jack London figuran, en efecto, en el repertorio de las figuras típicas ideales de “tránsfugas de clase”: Annie Ernaux, Didier Eribon, Édouard Louis, etcétera.

El relato de la “migración de clase” de Martin Eden, a lo largo de escenas y de secuencias seleccionadas por London, se parece, en efecto, al que podría hacer un sociólogo: la lógica del relato define lo esencial y lo accesorio y el orden adoptado es casi siempre el de una sucesión de causas y efectos que permite reconstruir las etapas de una trayectoria y la transformación de las reglas que implican.

Así, los dos primeros capítulos, que describen minuciosamente la experiencia del “choque” entre la forma de ser espontánea (sería, en términos sociológicos, el habitus)3 de un joven procedente de las clases populares y la casa, los gustos y las “buenas maneras” de la familia burguesa y educada que lo acoge, los Morse, constituyen un verdadero documento sociológico sobre este tipo de situaciones. Esta experiencia de inadecuación entre las disposiciones de un individuo y la situación social en la que está sumido implica una forma de reflexividad (forzada) y la objetivación de un habitus que Martin Eden “descubre” en esta ocasión. Se da cuenta de que es “torpe”, que no tiene ni el “ojo” ni la “oreja” ni, de manera general, los gustos, ni los esquemas de percepción y de apreciación adaptados a los “bienes simbólicos” (pintura, poesía, etcétera) propios de ese mundo. Pero la conciencia de su torpeza y de sus defectos lo obliga más bien a la modestia más que a la exhibición de un habitus exótico. Martin Eden frustra así las expectativas de sus huéspedes, siendo mucho menos pintoresco de lo que ellos esperaban: “No sabía que su silencio desmentía a Arthur Morse, que la víspera les había anunciado que llevaría a un salvaje a cenar, pero que no tendrían que asustarse porque este salvaje seguramente les interesaría”. La atracción (disfrazada de intimidación) que ejerce sobre él el estilo de vida de la familia Morse, su “flechazo” (muy etéreo) por Ruth, la hermana de Arthur, quien, a sus ojos, encarna idealmente a “la Cultura”, pero también la atracción, a priori, que él mismo ejerce sobre la joven mujer, son los resortes de un esfuerzo metódico de aculturación. La transformación social de Martin Eden pasa primero por la rectificación de un conjunto de prácticas corporales (estéticas y de vestimenta). De la misma manera Ruth lo guía en una tarea de corrección de su habitus lingüístico. La metamorfosis se prolonga en un autodidactismo forzado que trastoca sus gustos y sus intereses.

El desencanto de la burguesía

A lo largo de ese trabajo metódico de transformación corporal y de acumulación cultural, las nuevas disposiciones del héroe no se construyen de la nada, se incorporan a partir de disposiciones ya adquiridas. La persistencia de ciertas disposiciones refractarias (lo que Pierre Bourdieu llama “efecto de histéresis”)4 explica que el habitus de Martin Eden comprenda tensiones y contradicciones. Del habitus asociado a las condiciones de vida de un marino ha conservado algunos rasgos distintivos: una forma de simplicidad que desacredita todo tipo de pretensión o suficiencia, un materialismo escéptico, la valoración de la fuerza física como dimensión fundamental de la virilidad, la necesidad del trabajo convertida en virtud, una solidaridad práctica que se manifiesta en la generosidad, un hedonismo realista que se expresa a través del sentido de la alegría y de la fiesta. Todas características propias, según Bourdieu, del estilo de vida de las clases populares.5

La ambivalente metamorfosis de Martin Eden explica el éxito arrollador de su carrera literaria, dentro de un estado del campo literario marcado por el auge de las revistas literarias, la influencia de la ideología del self-made man y la moda del “darwinismo social” de Herbert Spencer. Pero también permite comprender la desilusión respecto de Ruth y de la cultura burguesa y, en definitiva, el callejón sin salida en el que se encuentra atrapado. A pesar de su conversión, Martin Eden está exasperado por “la pretensión grandilocuente” que reina en el salón de los Morse e, interiorizándose poco a poco en “el sentido de la perspectiva”, continúa objetivando a Ruth y a su clase social: “Las personas de clase alta que él conocía, lejos de seguir siendo para él sujetos de admiración, lo aburrían. Su supuesta superioridad no lo impresionaba más”. Paralelamente, descubre poco a poco la visión estrecha de su heroína que, “conservadora por naturaleza y por educación”, intenta incansablemente persuadirlo de que acepte un empleo en la notaría de su padre.

Aunque, a sus ojos, la descalificación de la burguesía y la devaluación de Ruth fueran el corolario de una forma de rehabilitación de las clases populares, Martin Eden descubre que ya no es el mismo y que ya no pertenece más a su entorno de origen: su disposición reflexiva interiorizada lo lleva a captar la distancia irrevocable que ahora lo separa de las clases populares. “Había viajado lejos, demasiado lejos para poder volver. [...] Todo lo decepcionaba: se transformó en un extranjero. De la misma manera en que la cerveza le parecía áspera, su sociedad le parecía grosera. Había evolucionado demasiado. Demasiados libros abiertos los distanciaban. Había viajado tan lejos al país de la inteligencia que ya no podía volver atrás”. La pérdida de toda participación espontánea en el juego social (o illusio), ya se trate de una inversión literaria o amorosa (“las cosas que le encantaban antiguamente, todas las cosas familiares tan amadas, lo dejaban indiferente”), lo lleva a buscar un otro lugar, “ni burgués ni proletario”, en los mares del Sur. Pero el espacio social a bordo del barco hacia las islas Marquesas es una reproducción en miniatura del barco que acaba de abandonar. Martin Eden es “el gran personaje del borde”, “la conversación insignificante de los pasajeros” –“de buenos burgueses”– lo aburre profundamente, y no puede encontrar más una camaradería con los marineros, “esos brutos de caras estúpidas, con cerebros de rumiantes”. Esta constatación –que impone “la vida consciente”, según Martin Eden– le provoca “una angustia, un sufrimiento intolerable”. Para ponerle fin, el héroe elige el suicidio.

Sociología “dentro” de la literatura

La mayoría de los relatos de “migración de clase” pone en evidencia esta doble distancia entre la clase de origen y la de destino, la dificultad estructural que existe al ocupar este tipo de posición. Sin embargo, conviene señalar que la sociología “dentro” de la novela, que resulta del trabajo del Jack London escritor de ficción, no se confunde con la visión del mundo surgida de un bricolaje “spencero-marxista” que el autor reivindicaba. Según Andrew Sinclair, Jack London “creía en un socialismo evolucionista y revolucionario al mismo tiempo”.6 Sin embargo, como señala Philippe Jaworski, “sus teorías están en disonancia (si no con la totalidad de sus escritos, al menos con Martin Eden) y lo que intriga o desconcierta no es tanto su discurso [...] como su capacidad de alejarse, en la escritura, de todo lo que cree ser y pensar, al punto de parecer, a menudo, extranjero de sí mismo”.7 Resta entonces explicar esta distancia y las relaciones entre la sociología a la que apela el autor y la que pone en práctica en su trabajo novelístico.

Todo sucede como si en Martin Eden hubiera un punto de vista autónomo que escapara al novelista: una sociología, podemos decir inconsciente, pero que se puede poner en evidencia. La forma novelística describe diversos mundos sociales cuya confrontación define la trama de la novela y el curso de la biografía de Martin Eden. La descripción de la mentalidad propia de estos entornos está encarnada en los personajes, lo que permite percibir, de forma mucho más directa que la sociología, el funcionamiento social que se pretende revelar. La descripción encarnada de esos mundos y de las relaciones que se establecen entre ellos a lo largo de las interacciones apelan a la experiencia que pudo tener Jack London de este tipo de personajes y situaciones o, más precisamente, a su memoria y a su capacidad de hacer con eso un relato. Pero esas historias le deben tanto, si no más, a los esquemas de percepción y de apreciación que organizan “su sociología espontánea” como al “pensamiento prefabricado” de la ideología dominante (el “darwinismo social” de Spencer) o a la crítica “socialista” de la que el escritor se apropió a su manera. En cuanto al bricolaje ideológico que London profesa explícitamente, se afirma en “la novela de tesis” (antiindividualista) que reivindica y en las diatribas de Martin Eden en casa de los Morse o en ocasión de reuniones socialistas. Es decir que la consagración internacional de Martin Eden se debe sin duda más a su sociología implícita que a la filosofía de vida explícitamente profesada por Jack London. De modo que la lectura propuesta de esta obra invita a preguntarse mucho más en general por la sociología “dentro” de la literatura.

Literatura como documento

Incluso al margen de toda práctica investigativa, podemos considerar que, de manera general, las obras literarias portan la marca de las experiencias sociales de sus autores o más bien de la memoria que han conservado de ellas o de su punto de vista sobre el mundo social (constitutivo de lo que llamamos, en materia literaria, “la expresión personal” o “la originalidad”). Por muy alejada que esté su obra de la novela realista, Claude Simon consideraba, por ejemplo, que “desde L’Herbe todas sus novelas estaban basadas en su vida”, enraizadas en “un fondo biográfico y familiar”.8 En lo que respecta a Jack London, Philippe Jaworski, en el prefacio a las obras publicadas en la Biblioteca de la Pleyade, cita esta opinión de Alfred Kazin: “La mejor historia que Jack London haya escrito jamás es la historia que ha vivido”.

Resta saber si, inversamente, los personajes, las situaciones, las interacciones, los destinos inventados con fines literarios pueden ser utilizados por la sociología con fines científicos. De hecho, ni el texto literario ni los propósitos de las encuestas obtenidas por el sociólogo ofrecen un acceso a “la verdad” (incluso si unos y otros buscan alcanzarla). Desde ese punto de vista, no hay diferencia de naturaleza en los documentos provenientes de la (buena) literatura y en los que produce la encuesta: la entrevista o las respuestas a un cuestionario no son más que un espejo donde se reflejaría la realidad. El uso científico de unos y otros pasa por el análisis de las condiciones de producción de esos “datos”. Es decir que la literatura ofrece al menos materiales (si no interpretaciones más o menos pertinentes) para el estudio de situaciones, personajes, experiencias, historias, intrigas, problemas que las ciencias sociales se esfuerzan por explicar. De ahí la posibilidad de un uso propiamente sociológico de la literatura: el sociólogo puede descubrir allí materiales más o menos ricos para el estudio que lleva a cabo (como el de “la migración de clase”) y una sociología implícita o explícita relativamente pertinente del objeto estudiado. Pero, igualmente, puede mostrar las carencias de esos materiales literarios a la vista de las preguntas planteadas o marcar errores de interpretación, teniendo en cuenta los materiales presentados y los conocimientos sociológicos disponibles. En el caso de Martin Eden, no se trata tanto de descubrir la “teoría de la migración de clase” de Jack London (la cual es similar a la ideología del self-made man) como de utilizar los materiales que proporciona, con el fin de comprender sociológicamente este tipo de trayectorias, sus resortes, los efectos que provocan y los resultados que abren, organizan o cierran.

Gérard Mauger, sociólogo, director emérito de investigación del CNRS, autor de Martin Eden et Jack London. Figures de la migration de classe (de próxima aparición en 2026, por ediciones Le Bord de l’eau). Traducción: María Eugenia Villalonga.


  1. Jack London, Martin Eden, Union Générale d’Éditions, 10/18, París, 1983. 

  2. Chantal Jaquet, Les Transclasses ou la non-reproduction, PUF, París, 2014. 

  3. [N. de la T.] El concepto de habitus que Pierre Bourdieu desarrolla en su obra El sentido práctico (1980) describe un sistema de disposiciones, esquemas de percepción, pensamiento y acción generados por la internalización de las condiciones sociales, que funcionan como principios organizadores de prácticas y representaciones. 

  4. Pierre Bourdieu, Méditations pascaliennes, Seuil, París, 1997. 

  5. La Distinction, Éditions de Minuit, París, 1979. 

  6. Andrew Sinclair, Jack London, Belfond, París, 1979. 

  7. Philippe Jaworski, “Prefacio”, en Jack London, Romans, récits et nouvelles, tomo 1 y tomo 2, Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, París, 2016. 

  8. Alastair B. Duncan, “Introducción”, en Claude Simon, Œuvres II, Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, París, 2013.