Setiembre de 1988. Tenía 23 años, estaba en segundo de Artes Escénicas en Curitiba, trabajaba en una escuela situada en la plaza Osório, en pleno corazón de la ciudad, y vivía en un estudio casi en la esquina con Ubaldino do Amaral.
Llevaba un tiempo esperando ver un concierto de jazz, que había descubierto unos años antes. Sí, sí, fui un posadolescente insoportable. Y la idolatría por el genio Miles Davis nació casi al mismo tiempo en que me enteré de la existencia de Louis Armstrong, John Coltrane, Charlie Parker y Billie Holiday –es decir, la “crème de la crème”–. Mucho después llegaron Ella Fitzgerald, Dave Brubeck, Betty Carter, el llamado “jazz New Orleans” y Dixieland. Para alucinar.
Así era. Tenía 19 años cuando vi un programa en la tele (probablemente en el canal Cultura, no lo recuerdo bien; no hay nada más conmovedor que la memoria) que mostraba la actuación clásica de Satchmo delante de su banda cantando y tocando “When the saints go marching in”. Fue una epifanía. Me asusté. La melodía y la voz profunda de Armstrong se quedaron en mi mente durante semanas. Desde entonces, mi vida nunca volvió a ser la misma. Ese mismo año, en casa de un amigo fallecido que coleccionaba discos de vinilo, escuché “Autumn leaves”, de Miles. Eso es todo. Decidí que, a partir de ese momento, la banda sonora de mi vida solo tendría las canciones de Chico Buarque (a quien había descubierto mucho antes), las sinfonías 29, 35 y 40 de Mozart (solo descubriría a Gustav Mahler y la “Música Nova” mucho después) y jazz. El chico no era pretencioso en aquel 1984. Decididamente, un año utópico.
Volviendo a 1988. Fue en abril cuando supe que nada menos que Miles Davis estaría en Brasil para un concierto en el Free Jazz Festival, actuando tanto en Río de Janeiro, en el mítico Hotel Nacional, como en San Pablo, en el fenecido Parque Anesi.
No lo pensé una vez y media. Negocié mis vacaciones para setiembre (acababa de cumplir un año en el trabajo), compré una americana pipí cucú y una corbata trenzada, intenté ahorrar unos mangos, lo suficiente para ir a San Pablo y, por supuesto, para comprar el pasaje. Llamé a una amiga que, en ese momento, vivía en el barrio de Aclimação, cerca de la estación de metro de San Joaquín, y le pregunté si podía darme alojamiento. Aceptó enseguida. Hacía mucho que no nos veíamos. También compré una maleta Ika, cuya fábrica estaba en el barrio del Seminario, y llegado el momento me embarqué hacia el planeta Miles Davis, en un ómnibus Comet, uno de esos autobuses clásicos con asientos rojos. Me sentía dentro de 2001: Odisea del espacio.
El concierto de Miles sería el sábado por la noche, al otro día de mi llegada. No hace falta decir que estaba en un estado tal que no me soportaba, a dos pasos del brote total, contando los segundos hasta que llegara el momento de salir del apartamento. Un poco más de una hora antes del espectáculo, me preparé. Me puse la chaqueta y la corbata, me rocié un poco de perfume Quasar en la fachada, llamé a un taxi y me fui a Anhembi. Más tenso que perro en bote, a mitad del río.
Justo en la puerta, recibí el programa del festival. Cuando estaba a punto de ingresar al auditorio, una niña de unos 12 años me dice: “¿Podrías cambiar los billetes conmigo? Es solo que quiero estar con mis tíos, allá arriba, y no quiero estar sola”. Miré su entrada: era roja como la mía. Miré en dirección al dedo índice de la chica, y sus tíos me saludaron con la mano desde la lejanía. Volví a mirar a la niña y me sorprendió que a alguien de esa edad le gustara el jazz. ¿Cuál no sería mi sorpresa cuando, al ver mejor la entrada, me di cuenta de que me estaba instalando en la cuarta fila del auditorio? ¡Cuarta fila! ¡Ja! Estaba con el corazón a 220 voltios y 2.000 vatios de potencia. Me senté en la butaca y me ajusté la corbata.
Sentía que era alguien importante en la cola del pan.
Había leído en Folha de São Paulo que existía la posibilidad de que Miles finalmente no se presentara por problemas de salud. No era seguro. Tensión. Cuando el maestro de ceremonias subió al escenario para dar la bienvenida, ya intuí que Miles podría faltar a la cita. Ocurrió. Era la noticia decepcionante de la noche. De la década. Del milenio. El conductor se disculpó y anunció que, como compensación, casi todos los demás artistas del festival actuarían.
¿Conoces esos momentos en los que te pones catatónico sin tener la más mínima noción de tiempo y espacio? Tres segundos interminables después recuperé el sentido y, finalmente, concluí que me había perdido una noche inolvidable, pero quizá acabaría ganando otra parecida. Vi, en secuencia, las actuaciones de Nina Simone, Diane Schuur, Oscar Castro Neves, Cama de Gato (que volví a ver en 1991, en Mistura Fina, en Río) y Modern Quartet Jazz. Fue una de las pocas veces en mi vida en que estuve completamente borracho sin haber bebido ni una gota de alcohol. Ver ese poder sonoro llamado Nina Simone al piano fue resplandeciente. Diane Schuur en movimiento. ¿Y las grandes bandas? Catártico.
Pero lo más intenso fue haber podido ver a John Lurie y su increíble banda The Lounge Lizards. La razón era sencilla: la película Bajo el peso de la ley (Down by Law, 1986) llevaba al menos un año en exhibición en el cine Bristol, en Curitiba. Es una comedia de culto invaluable de Jim Jarmusch, con Lurie, Tom Waits y Roberto Benigni (antes de esa tontería llamada La vida es bella, 1997) en los papeles de vagabundos, que se encuentran en una cárcel. Antes de ir a Free Jazz había visto la película unas diez veces. Después de volver a Curitiba la vi unas 20 más. Ver a John Lurie también fue verlo por mis colegas de Artes Escénicas, fieles compañeros en la fila de los maratones cinematográficos. “¡Vi al tipo a unos cinco metros, no te lo puedes creer!”, les conté al regreso. Como nada es perfecto en este mundo, lo único que faltaba era haber visto a Tom Waits. Pero hubiera sido mucho pedir.
En cuanto a Miles Davis, bueno... nada es perfecto en este mundo. Desde entonces me ha perseguido la sensación de haber nadado tanto para morir a cuatro filas del Olimpo.
Helcio Kovaleski, periodista, guionista y crítico de cine, televisión y teatro. Artículo publicado en Le Monde diplomatique, edición Brasil.