El término, que se ha convertido rápidamente en un lugar común de la crítica al turismo, se asocia a todo tipo de problemas y molestias: la degradación del medioambiente, la proliferación de alojamientos turísticos en detrimento de los residentes, la saturación de los servicios públicos y la transformación de un mundo que se musealiza hasta convertirse en una mercancía más. Es un sector que representó más de 11,6 billones de dólares en 2025, lo que supone el 10 por ciento de la economía mundial.1
A principios de los años 1980, el fotógrafo británico Martin Parr comenzó la serie que titularía Small World: playas abarrotadas, dóciles turistas amontonados detrás de sus guías, la omnipresencia de cincuentones blancos, con la cámara colgada al hombro, obesos y vagamente aturdidos. Todos los clichés del sobreturismo ya estaban allí. Ya no es la atracción turística lo que se fotografía, sino al propio veraneante, que relega a un segundo plano las pirámides de Egipto o la plaza de San Marcos.
Ya sea una sátira genial o pura maldad, el estilo de Parr ha dado mucho que hablar. Con su estética hiperrealista que hace que la “realidad” parezca casi un artificio, sus colores brillantes, incluso chillones, que contrastan con su obsesión por la vida cotidiana y las clases populares, en una constante mezcla de banalidad y kitsch, es tan inmediatamente reconocible como implacable, al menos para cualquiera que viva en el mundo occidental y tenga los medios para salir de vez en cuando a descubrir el mundo.
Muchas de estas instantáneas se han expuesto recientemente en París, en el museo Jeu de Paume, en la retrospectiva Martin Parr. Advertencia global,2 cuyo texto de presentación tiene el mérito, si no de la originalidad, al menos de la claridad: en él se califica a Parr como fotógrafo del “desorden de nuestra época” y de las “derivas de nuestros modos de vida”. La denuncia es implacable, y la pequeña familia de viaje cultural, obligada a reservar sus entradas con mucha antelación para admirar el Partenón, los Uffizi o la Sagrada Familia, se ve colocada sin miramientos del lado de los “desequilibrios del planeta”.
La obra de Parr, que falleció en diciembre de 2025, tiene aún más resonancia dado que el turismo se encuentra a la vez en pleno auge (hubo 1.400 millones de turistas en 2024, de acuerdo con la Organización Mundial del Turismo, OMT), y es cuestionado por todos, incluso por quienes lo practican, pero intentan distanciarse de él. Los conceptos de “turismo sustentable” o slow tourism [turismo lento] están muy presentes, y se han publicado muchos ensayos críticos sobre el tema.3
Sin dudas, es más agradable tener Machu Picchu o los templos de Kioto para uno solo. Y no se puede negar que el modelo social de las compañías low cost [bajo costo] resulta tan desastroso como sus consecuencias medioambientales, ni que un capitalismo de plataforma casi completamente desregulado permite a los propietarios inmobiliarios aumentar, a menudo de manera ilegal, sus ganancias.4 Pero la crítica al sobreturismo no deja de formar parte de una dinámica social más bien clásica: a medida que una práctica se democratiza, suscita la insatisfacción de quienes pierden su exclusividad. Es agradable practicar yoga en India o hacer senderismo en la Patagonia, excepto, evidentemente, que todo el mundo lo haga. El “turista” es, por tanto, casi desde su nacimiento, la cara menospreciada de una moneda cuya contracara se denomina “viajero”.5
Una famosa foto de Parr muestra a decenas de visitantes sacando fotos a la Mona Lisa, que queda reducida a una imagen borrosa e insignificante en segundo plano. Con fecha de 2012, la fotografía parece anticipar los actuales problemas del Louvre en materia de seguridad o de exceso de afluencia, pero también evoca la observación de Gustave Flaubert, quien, desde Nápoles, escribía en 1851 a su madre lo “tontos” que le parecían los turistas: “Estudio a todos los que vienen al museo. De 500, no hay ni uno a quien le divierta, verdaderamente. Vienen porque los demás vienen. Con los anteojos puestos, recorren las galerías a paso ligero, luego de lo cual cierran el catálogo y ya está todo dicho”.6
En el siglo XVII, los jóvenes de buenas familias partían a completar su formación visitando el sur de Europa y la costa mediterránea. El conformismo de este “Grand Tour”, término del que deriva la palabra turismo, que apareció en francés en 1818, ya irritaba a Flaubert, quien, dicho sea de paso, parecía no hacer otra cosa que turismo.
Más de un siglo después, las fotografías de Parr mantienen viva esta crítica ininterrumpida, mostrando una vez más la ambivalencia de las sociedades modernas respecto a esta práctica. Su expansión es indisociable de la Revolución industrial, que enriqueció a la burguesía, generó tiempo libre y proporcionó las infraestructuras necesarias (como el ferrocarril). Y, desde sus orígenes, el turismo se inscribe en las incipientes desigualdades capitalistas, al permitir que personas de las regiones más prósperas disfruten de otros lugares, menos desarrollados y más periféricos.
El desplazamiento no es solamente geográfico. Al dirigirse hacia el sur, explorar los Alpes, apreciar la belleza de la naturaleza preservada, maravillarse frente a las tradiciones y costumbres, el turista busca una premodernidad que su sociedad de origen ha perdido y que debería ofrecerle esa evasión que hoy prometen las agencias de viaje. Pero el turismo mismo se convierte rápidamente en una industria y un motor del desarrollo capitalista, hasta tal punto que resulta tan estandarizado y alienante como la vida de la que se busca “evadirse”. Una dialéctica clásica que alimenta las decepciones: los turistas de Parr sueñan con otros lugares, pero siempre parecen un poco resignados, lo cual no les impedirá volver a partir, sino todo lo contrario.
Si sus fotos generan fascinación es, en definitiva, porque el turismo es la actividad fotográfica por excelencia. Cabe recordar que el siglo XIX no solamente vio nacer el turismo y su crítica, sino también la fotografía. Desde entonces, ya no se parte para descubrir el mundo, sino para ver “en vivo” lo que ya se ha visto en una foto y que, desde ya, fotografiaremos por cuenta propia. Tantas capas sucesivas de mise en abîme [literalmente “puesta en abismo”, técnica de colocar una copia de una imagen dentro de sí misma] que la escenografía del Jeu de Paume ilustra hábilmente: gracias a unas ventanas en las paredes que separan las salas de la exposición, el visitante divisa, como a través de un marco fotográfico, a los grupos de visitantes sumergidos en la contemplación de las fotos de Parr, que, a su vez, representan a turistas sacando fotos.
Y acaso se pueda ir aún más lejos y ver en la disposición de los lugares una crítica general al ocio cultural, del que el turismo no sería más que una versión: con las multitudes que se agolpan dentro del museo, tan compactas como aquellas que desfilan frente a la fuente de Trevi, en Roma, la cultura es un producto de consumo masivo, que alimenta la distinción inherente a una sociedad de clases. Con un poco de condescendencia, Parr nos muestra los turistas que somos, pero también los turistas a los que no querríamos parecernos.
Antoine Pécoud, sociólogo, Universidad de la Sorbona París Norte. Traducción: Emilia Fernández Tasende.
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“Travel & tourism sees best year ever and emerges as the world’s fastest growing sector outpacing the global economy in 2025”, World Travel and Tourism Council, Londres, 14-4-2026. ↩
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Martin Parr, Global Warning, Phaidon-Jeu de Paume, 2026, catálogo de la exposición que tuvo lugar en el museo Jeu de Paume (30 de enero-24 de mayo); Ver también Martin Parr, Small World, Dewi Lewis Publishing, Stockport, 2026. ↩
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Por ejemplo, Aude Vidal, Dévorer le monde. Voyage, capitalisme et domination, Payot, París, 2024; Linda Leiné, Voyage au pays du surtourisme, L’Aube, La Tour-d’Aigues, 2024; Juliette Morice, Renoncer aux voyages. Une enquete philosophique, Presses universitaires de France, París, 2024. ↩
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Datos disponibles en insideairbnb.com. ↩
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Jean-Didier Urbain, El idiota que viaja, Endymion Ediciones, Madrid, 1993. ↩
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Citado en Amélie Schweiger, Flaubert en toutes lettres, Presses universitaires de Rouen y de Havre, Mont-Saint-Aignan, 2012. ↩