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Una ballena franca austral en Puerto Madryn, Argentina, el 5 de octubre de 2022.

Foto: Luis Robayo, AFP

El viaje de la ballena

14 minutos de lectura
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La ballena franca austral pasa por las costas de Uruguay todos los años y muchos la esperan con paciencia y sosteniendo los binoculares solo para ver sus magníficos saltos. Pero la voracidad capitalista y el afán desarrollista no se detienen, ni siquiera ante la evidencia de que intervenir violentamente el ecosistema marino tiene consecuencias irreparables, acá y en cualquier parte. En el Golfo San Matías, sin ir más lejos.

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El «Epew de las Trempulcahue» es un relato que las personas mayores mapuche han transmitido generación tras generación. Varía según cada territorio y existen diferentes versiones. Pero todas tienen algo en común: la ballena, ese animal de proporciones enormes que emociona a cualquiera que la ve, es considerada un ser espiritual fundamental para el ciclo de vida. Su función: transportar, de a coletazos, al pullu (espíritu) de las personas fallecidas.

Los enterratorios mapuche, antes de la colonización y la formación de Estados nacionales, se hacían en lugares cercanos al agua. Se colocaba el cuerpo mirando hacia el oeste, junto a seres y elementos que esa persona quería o le pertenecían: su perro, su caballo, su poncho o su platería. También se ofrecía un cuenco con llankas —especie de perlitas hechas de arcilla o hueso— a modo de pago para que las ballenas hicieran su trabajo. La despedida se hacía con una ceremonia que podía durar unos cuatro días, con baile (purrun), música, bebida y comida. El pullu se desprendía del cuerpo para viajar a través de las corrientes de agua y llegar hasta el mar. Allí se encontraba con las ballenas, seres que podían ser la encarnación de una machi (autoridad espiritual). Y ellas lo trasladaban hasta una tierra sagrada en medio del océano. En este ciclo, el pullu moría y volvía a renacer.

En el Golfo San Matías, sobre la costa este del norte de la Patagonia argentina —el sitio que la ballena franca austral elige para reproducirse y destetar a sus crías—, esa cosmovisión mapuche confluye con sentimientos y sensaciones de otros actores de la sociedad. La de las infancias, que ven en el mar un lugar de encuentro con sus familias y amistades. La de los investigadores, que hallan su vocación al ver y escuchar por primera vez el salto de una ballena. La de miles y miles de turistas, que llegan todos los años a estas costas para ver al enorme mamífero acuático.

Hoy, vecinas y vecinos, activistas, profesionales, trabajadores y comunidades indígenas se unen bajo una misma lucha: defender este lugar único en el mundo del avance de proyectos extractivistas que buscan crear el puerto petrolero más grande del país y la llegada de megabuques.

***

El Golfo San Matías se extiende desde Punta Bermeja, en la provincia de Río Negro, hasta Punta Norte, en el extremo de la Península Valdés, en Chubut. Es un ecosistema único por su riqueza en biodiversidad y contiene varias áreas naturales protegidas. La más importante es la Península Valdés, declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco. A sus aguas serenas y cálidas llegan cada año cientos de ballenas francas australes. Esta temporada incluso se registró un récord: 2.110 ejemplares, la cifra más alta del último cuarto de siglo.

En la cuenca también están las colonias más importantes del pingüino de Magallanes, elefantes y lobos marinos, tortugas, aves, delfines y orcas. Estos animales que vienen en temporadas específicas conviven con poblaciones que desarrollan la totalidad de su ciclo vital en la cuenca, como la merluza común, el salmón de mar, el mero, el pez gallo, la vieira, el mejillón, la almeja púrpura y el pulpito tehuelche.

«El Golfo San Matías es un paisaje hermoso, con aguas tranquilas. La fauna parece sacada de un documental. Es un laboratorio natural de biodiversidad. Y es un lugar donde todavía vivimos en equilibrio, un equilibrio que hoy está en riesgo», comparte a Lento la activista, doctora en Biología y habitante del golfo Raquel Perier.

Pese a preferir los límites del río —nació en Gualeguay, en la provincia de Entre Ríos— frente a la ansiedad que le genera la infinitud del mar, el golfo la terminó por cautivar. Estudió en La Plata y en 1978 decidió, junto con su compañero de vida, construir su futuro en otro lugar. Era plena dictadura militar y el clima en la ciudad, llena de estudiantes y militantes jóvenes, era denso y peligroso. Optaron por el exilio interno. Era octubre. En el viaje de ida pararon en un pueblo donde llovía a cántaros y las calles estaban embarradas. En ese momento se preguntaron: «¿A dónde estamos yendo?».

—Cuando llegamos a San Antonio Oeste había salido el sol. Las calles eran muy amplias y nos pareció que era el lugar más hermoso que habíamos encontrado.

Esa ciudad, en el Golfo San Matías, fue la elegida para criar a sus tres hijos. Ya jubilada, se mudó a Las Grutas, a pocos kilómetros, donde hoy vive y milita junto con sus hijos en una causa común: «Cuidar el golfo e ir en contra de esta matriz productiva extractivista que quieren imponer en las provincias patagónicas, en principio, y luego en todo el país».

***

Hasta 2022, el Golfo San Matías estuvo protegido por la ley provincial 3.308, que prohibía las tareas de exploración, extracción y transporte de hidrocarburos. Pero en setiembre de ese año, la Legislatura modificó la norma en tiempo récord y flexibilizó los permisos. La 3.308 había sido sancionada en 1999 como resultado de una lucha protagonizada por todo el pueblo, desde la Iglesia hasta la Cámara de Comercio, pasando por las instituciones educativas públicas y privadas, las y los trabajadores. Incluso el entonces intendente de Las Grutas, el gobernador y los senadores estaban a favor de la consigna «No al golfo negro. Sí al golfo azul».

Raquel fue una de las protagonistas de esa gesta.

—La ley nos permitió relajarnos y, a la vez, creció todo lo demás. Se dio más impulso a la pesca del mersal, la merluza y otras especies. También al turismo, porque desde Río Negro, Mendoza y Córdoba empezaron a veranear en nuestras playas. De todo eso vivimos hasta 2022, cuando se modificó la ley. Ahí la situación fue muy distinta, las cámaras de comercio no participaron, los sindicatos aceptaron lo que el Estado planteó.

—¿Qué cambió socialmente para que esto pase?

—Creo que en la década del 90 si bien estábamos con un proceso neoliberal, había todavía un recordatorio muy claro de lo que había sido la década del 70 [por las dictaduras que hubo en Argentina] y lo que había generado ese genocidio. Pienso que después no le dimos la importancia que tenía al logro de los derechos adquiridos. Esta democracia que hoy tenemos no es real, en el sentido de que no la supimos defender. Nos relajamos creyendo que lo que habíamos conseguido no lo íbamos a perder.

De paraíso natural a zona industrial

La modificación de la ley 3.308 respondió a una necesidad concreta. Argentina había retomado en 2010 la explotación de Vaca Muerta, una enorme cuenca de gas y petróleo no convencional que abarca la zona cordillerana de una parte de las provincias de Neuquén, Río Negro, La Pampa y Mendoza. Su potencial abrió la puerta a una posibilidad antes impensada: convertir al país en uno de los principales exportadores de hidrocarburos del mundo.

En este escenario, el Golfo San Matías ofrece dos atractivos. Por un lado, es una zona costera cercana al yacimiento. Por el otro, sus aguas tranquilas y profundas la convierten en un lugar «seguro» para la manipulación de petróleo y gas. Una vez «liberada» la zona con la modificación de la norma, las propuestas no tardaron en llegar.

El primer proyecto aprobado está vinculado con el petróleo y fue anunciado en julio de 2023. Se trata de una terminal petrolera a la que llegará un oleoducto de 600 kilómetros con el petróleo de Vaca Muerta —ya casi todo construido— que atraviesa la provincia de Río Negro, desde la cordillera hasta el mar. Una vez operativo, será el puerto hidrocarburífero más grande de Argentina.

La terminal fue diseñada para recibir buques VLCC (very large crude carriers). Se los llama «gigantes del mar» o «superpetroleros». Por sus dimensiones, requieren de un calado de hasta 25 metros (un edificio de unos nueve pisos). De ahí el valor del Golfo San Matías al tratarse de una de las pocas zonas cercanas a la costa que tienen esa profundidad.

Para llevar adelante el oleoducto y la terminal se creó una empresa nueva: Vaca Muerta Oil Sur (VMOS), conformada por YPF (que tiene el 51% en manos del Estado argentino), Pluspetrol, Pan American Energy, Pampa Energía, Vista, Chevron, Tecpetrol, Shell y GyP. De estas nueve, solo YPF tiene su casa matriz en Argentina. El primer objetivo es exportar 550.000 barriles de petróleo diarios, aunque proyectan llegar a 700.000.

Esa meta es similar a lo que se extrae actualmente de Vaca Muerta, que en noviembre alcanzó su récord con más de 587.000 barriles por día, lo que representa el 60% de la producción de petróleo nacional. Para abastecer la demanda interna y tener excedente exportable, el yacimiento no convencional debería, entonces, casi duplicar su producción.

Este objetivo se traduce en el discurso: cuando se terminó de soldar el último tramo de la tubería que conectará Vaca Muerta con la Terminal Petrolera, medios gráficos nacionales colocaron títulos como: «Así se construye el oleoducto que marcará el futuro energético del país». La expectativa es enorme. Pero el Golfo San Matías tiene más para dar. Los siguientes proyectos, vinculados con el gas natural licuado (GNL), salieron a la luz a mediados del año pasado.

Una ballena franca austral en la playa La Cantera, cerca de Puerto Madryn, Argentina, el 6 de octubre de 2022.

Foto: Luis Robayo, AFP

En julio de 2024, tres días después de la aprobación del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones, el gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck, fue el primero en adherir a este sistema que tiene como objetivo atraer grandes inversiones ofreciendo beneficios fiscales y seguridad jurídica a proyectos en sectores clave como energía.

En compensación, el gobierno nacional lo bendijo con la entrega de los proyectos de GNL. El primero que se oficializó fue Southern Energy, conformado por YPF, Pan American Energy y Pampa Energía (que ya operan juntas en VMOS), junto con Harbour Energy y Golar LNG.

Southern Energy instalará dos megabuques de GNL: uno frente a San Antonio Oeste y otro frente a Las Grutas. En estas fábricas flotantes se realiza el proceso de licuefacción (conversión de gas a gas licuado). El objetivo es envasarlo para la exportación. Entre los dos, la producción alcanzaría seis millones de toneladas anuales de GNL.

A estos proyectos ya aprobados se suma otro, en etapa de planificación: Argentina NLG. Con YPF a la cabeza, este nuevo consorcio de empresas proyecta la instalación de otros megabuques de licuefacción en Punta Colorada. Se prevé que tengan una capacidad de producción de 18 millones para 2030 (tres veces más que Southern Energy). Con esta estimación, se busca posicionar al país como uno de los más relevantes del mercado global de gas licuado.

El resultado: casi la totalidad de la costa del Golfo San Matías con presencia de proyectos hidrocarburíferos y una exportación sin precedentes valuada en millones y millones de dólares. Un plan que resulta tentador para un país con una fuerte dependencia de la divisa extranjera para mantener la estabilidad cambiaria y social.

Pero la historia demuestra que la cuenta no es tan lineal. Si bien en 2024 Argentina tuvo por primera vez en 18 años una balanza comercial energética positiva gracias a Vaca Muerta, solo el 0,5% de los dólares que ingresaron por exportación de hidrocarburos quedó en el país. El resto se fue por diferentes motivos. El más llamativo: 2.228 millones a través de diversos mecanismos de fuga de dinero.

«Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas»

Punta Colorada, donde se instalará la terminal petrolera, pertenece al municipio de Sierra Grande. En este distrito, a 40 kilómetros de la costa, existe el yacimiento subterráneo de hierro más grande de América Latina. Cuando la empresa que lo explotaba cerró, en 1992, gran parte del pueblo quedó a la deriva. La población pasó de más de 11.000 habitantes en 1991 a menos de 7.700 en 20 años.

En ese contexto, reforzado con discursos como «El pueblo casi fantasma que sueña con ser la meca petrolera en Argentina», el 17 de agosto de 2023 se realizó en esta localidad la audiencia pública para la terminal petrolera, un requisito legal para aprobar el proyecto VMOS. Pero el encuentro estuvo lejos de ser un ejercicio democrático. Con promesas de trabajo y prosperidad, los oradores reforzaron una y otra vez que VMOS era la única salida para la zona. Mientras, las voces opositoras se manifestaban afuera porque no se les permitía ingresar. Junto a la lluvia, llegaron integrantes del sindicato de la construcción (Uocra) a presionar a los manifestantes. La puesta en escena de la audiencia terminó y el proyecto se aprobó.

Consciente de la realidad económica de la zona, Raquel Perier dice lo que no pudo expresar en la audiencia: «Es cierto que en esta etapa de construcción del oleoducto se generaron puestos de trabajo. Pero una vez que se arma la infraestructura, todo lo demás es automatizado, especializado, y el trabajo para la gente del lugar se acaba, porque los barcos vienen con su tripulación extranjera. Por otro lado, cuando dicen que van a mejorar las empresas de la zona por la compra de insumos, también es falso, porque se compra en el exterior. O sea que no va a haber nada para nosotres».

El cierre de la mina de hierro de Sierra Grande no es lo único que cambió la realidad socioeconómica y cultural de la región: el comienzo de la explotación de Vaca Muerta, en 2010, reconfiguró la matriz productiva de toda la provincia.

Aylén Tapia es una joven de 29 años, música, estudiante de Biología e integrante del Parlamento Mapuche Tehuelche-Zona Atlántica. Hija de campesinos, nació y creció en el territorio lof (comunidad) Las Margaritas, a unos 60 kilómetros del mar. En 2022 se mudó a San Antonio Oeste, desde donde hoy comparte con Lento su historia y, con ella, la de todo un pueblo:

—Casi todo el valle de Río Negro vivía de la agricultura y la ganadería. Pero cuando comenzó Vaca Muerta, los chacareros te decían si querías ir a buscar la fruta porque les costaba más cosechar que dejar que se pudra. Hoy no quedan pequeños productores porque toda la normativa está creada para que no subsistamos. Entonces, vemos cómo de a poco se está extranjerizando el territorio, porque quien no puede producir no se puede quedar y así nos van sacando las tierras —relata, mientras le caen lágrimas sobre las mejillas.

Le preguntamos si quiere frenar la entrevista, pero ella toma agua, respira profundo y ofrece seguir, porque, aunque sea doloroso, necesita contarlo.

—Acá, en San Antonio Oeste, también lo vemos con los pescadores artesanales, con los pulperos. La recolección de pulpos es una práctica ancestral en toda la costa. Y ahora les cerraron todos los caminos justo en frente a donde se instalarán los buques de GNL. También se fueron fábricas de las pesqueras más grandes. Y del turismo, en San Antonio, viven más que nada familias que no son del pueblo, que se hacen la casa en la costa para alquilarla, pero el resto del año están vacías. Entonces, hay mucha crisis, porque no se logró diversificar la actividad económica. Los jóvenes no ven futuro. La gente está pasando hambre y así es más fácil comprar voluntades. Entre los vecinos hay una resignación total.

Ballenas francas australes en el Golfo Nuevo, Puerto Madryn, Argentina, el 21 de agosto de 2021.

Foto: Maxi Jonas, Telam, AFP

En las audiencias públicas por el proyecto Southern Energy la dinámica fue la misma: las voces en contra no existieron. Tampoco hubo una consulta real a las comunidades indígenas de la zona, algo que debe realizarse según establece el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, ratificado por Argentina.

Un ecosistema frágil

Al preguntarle sobre las consecuencias de los proyectos, Raquel comienza a hablar como científica, pero en un momento se frena, como si quisiera corregir el tono pedagógico. «No es necesario ser un experto para saber que donde entra el petróleo, la biodiversidad pierde; que donde entran los megabuques de GNL, el equilibrio del mar se rompe y va a tardar décadas en recuperarse, si se recupera».

Le pedimos más detalles, así que se acomoda en la silla y empieza a dar una descripción minuciosa que inicia contando algunas características clave del ecosistema:

—Entre los extremos del golfo hay un zócalo de 70 metros que «separa» sus aguas y forma como una olla, que tiene profundidades máximas de 200 metros en el centro. Eso hace que las corrientes adentro sean semicirculares, lo que implica que las aguas quedan en el golfo por un tiempo prolongado. Además, la zona norte en la época de verano tiene mayor temperatura y salinidad que la zona sur. Esto funciona como un retén hidrodinámico donde quedan las larvas de muchas especies hasta que crecen y continúan su ciclo de vida —dice.

Esta circulación semicerrada aumenta la fragilidad del golfo frente a potenciales eventos de contaminación. En el estudio «Modelado de trayectorias de derrames de hidrocarburos», elaborado por WCS Argentina, se simularon distintos escenarios de derrames de petróleo. En todos los escenarios planteados, el hidrocarburo impactaría la costa con demoras máximas de seis a ocho días. Y, en todos los casos, alcanzaría ambientes de extrema sensibilidad ecológica, como áreas protegidas.

Pero más allá de la posibilidad de un derrame, la bióloga advierte que «un puerto petrolero tiene un entorno contaminante por sí mismo»: «No hace falta que haya un accidente. Hay una contaminación constante por los productos que desecha, por lo que significa ingresar un caño en el otro con olas, a pesar de que en el golfo las aguas sean tranquilas».

—En cuanto a los buques de GNL —continúa—, más allá del impacto visual, toman agua del mar para enfriar y la devuelven con cuatro o siete grados más. Además, le sacan la sal primero y toda esa salmuera la vuelven a tirar al agua junto a todos los desperdicios, el óxido y los contaminantes del mantenimiento de las máquinas. También están los gases que se emiten durante el proceso de licuefacción que estaríamos respirando constantemente.

Raquel asegura que este escenario afectará a todas las especies, pero en particular a la estrella del golfo: la ballena franca austral. «Los barcos harían el mismo recorrido que la ballena. Ellas van hacia el norte con sus crías y ahí destetan. Es un momento de mucha vulnerabilidad. Ese proceso dura varios meses, comienza en junio y se extiende hasta finales de agosto, setiembre».

Un informe técnico del Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) marca cuatro aspectos críticos para estos mamíferos acuáticos. El primero es el aumento del riesgo de colisión debido a la presencia de más embarcaciones y de mayor porte. El segundo es la contaminación acústica, que puede provocar estrés e interferir en cómo se comunican, reproducen, socializan y cuidan a sus crías. El tercero es la elevación de la temperatura de las aguas, que provoca la proliferación de algas tóxicas que las ballenas o sus crías pueden ingerir. Y el cuarto, el riesgo de derrames de petróleo.

Mariano Sironi, cofundador del ICB y doctor en Zoología, estudia el comportamiento de la ballena franca austral desde 1995. La primera vez que las vio, lo marcó para siempre.

—Recogía caracoles en la playa cuando escuché un trueno distante. Miré hacia el horizonte buscando la fuente del sonido misterioso, pero todo lo que vi fue la superficie plana del océano. De pronto, vi la tremenda masa del cuerpo de una ballena franca saltando y cayendo sobre su lado con un despliegue colosal de agua. Segundos después, escuché el trueno otra vez. Quedé hechizado. Ese día, supe que tenía que estudiar ballenas —cuenta a Lento.

Mariano asegura que «las ballenas son la esencia, amas y centinelas del mar». Por eso, no duda al afirmar que su protección y la del golfo «no es solo una cuestión de importancia biológica o ecológica, también es una cuestión de amor y de respeto hacia estos animales que tienen una increíble capacidad de emocionarnos».

Gente de mar

En las clases de música que Aylén Tapia comparte como docente con infancias, les pregunta: ¿qué es para ustedes ser gente de mar?

—Muchos responden con anécdotas, dicen que el mar es encontrarse con alguien, compartir mates con un tío, jugar en la playa con amigues. También describen imágenes, como los pies llenos de arena, o me detallan los animales que hay en la orilla —relata la joven, a la vez que rescata esos conocimientos naturalizados sobre los territorios—. Para mí, la esperanza está en les pichikeches, en las infancias. Pero también en sensibilizar la mirada, en concordancia con el territorio y el buen vivir.

«Nosotros no vamos a visitar el mar, nosotros convivimos con el mar», dice, por su parte, Raquel. A esta altura de la charla disminuye el ritmo e incorpora un tono pausado, como si toda la conversación hubiera sido un gran preámbulo para llegar a este punto:

—Lo que nos tenemos que preguntar hoy es qué queremos. Si queremos un golfo lleno de vida, con toda la biodiversidad que contiene, o queremos que se transforme en una zona industrial. Hay que entender que si perdemos el ecosistema, no va a volver a ser como era. Pero, además, perdemos nuestros territorios y, con ellos, nuestra identidad como comunidades costeras.

Agustina Ramos es una periodista argentina y se dedica a temas vinculados al género y de interés general. Trabaja en la agencia Presentes y en medios públicos. Natalia Concina es una periodista argentina y se dedica a temas de ambiente, ciencia y salud. Trabaja freelance en distintos medios gráficos y en medios públicos. Agradecemos a Mirta Curruinca, integrante de la lof Kurrache, ubicada en el paraje Vuelta del Río en la provincia de Chubut, por brindarnos sus conocimientos sobre este relato.

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