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Ilustración: Lautaro Hourcade

La máscara

13 minutos de lectura
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En una casa del barrio Unión de Montevideo viven mujeres de una clase pudiente venida a menos en medio del luto y formas anquilosadas. También viven allí cinco máscaras que todos los años cobran vida y revierten los usos y las buenas costumbres. Su autor, Carlos Martínez Moreno, escribió este cuento, dice, retomando un relato de la escritora Clara Silva, quien guardaba los secretos de esta historia.

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In memoriam Clara Silva

Clara acaba de morir, de casi setenta años. Me había prometido escribir esta historia y había agregado que se proponía dedicármela. La muerte le ha llegado sin dejarle cumplir la promesa, pero no tiene por qué haberse llevado consigo la historia. Una historia de la Unión se dirá, que ya es un barrio con demasiadas historias. La Unión de Oribe y de los blancos, la Unión del ferrocarril de trocha angosta hasta los toros y del último ruedo que hubo en el país. Un barrio que no se han podido tragar los otros ni el casco mayor de la ciudad; un barrio con carácter, con tradiciones, con figuras que fuera de él parecen no haber existido jamás; un barrio con sus celebridades y sus poetas y sus historiadores y sus coroneles y hasta sus bromas privadas. Un coronel con nombre de calle fue el abuelo materno de Clara. Y por las calles de la Unión y por las veredas de la Escuela del Chivo —hoy una ruina, una casa descalabrada por cuyos patios de losas y pasto es fama que pacía un chivo— ha ambulado por los años de los años aquella mujer mitológica y errante, aquella horrible vieja pintarrajeada de grandes sombreros pajizos y cintas celestes y mechas amarillas teñidas, con sus medias blancas y sus zapatos encharolados de pulsera, aquel adefesio patético a quien los muchachos cantaban (de una generación a otra) arrebujados tras las esquinas, tras los portales, tras los balaústres de las azoteas «Pepita Culito / la flor de la Unión / que tuvo un hijito / y se le murió». La vieja casi no veía, cegada por sus cataratas, pero oía el estribillo y se orientaba por la voz. Abría entonces aquella cartera de hule que podría haberse supuesto llena de llaves y polveras y peines y estampas y coloretes y comenzaba a sacar de allí guijarros, que descargaba con una fuerza y una puntería impensables para su edad y para su vista. Pepita Culito, la flor de la Unión: los vidrios de las casas, las lunetas de los zaguanes, por los alrededores del sitio de la voz, volaban en añicos. Y el formidable espectro de la mujer que tuvo un hijito y se le murió se plantaba frente a aquel panorama de vidrieras deshechas y lanzaba una carcajada ronca, de dientes desportillados. ¡Ahí tienen, griten ahora!... Pero ¿había tenido un hijito de joven y ese hijito se le había muerto? No quedaba ya nadie con vida de cuantos pudieron haberlo sabido.

Allí, en el centro de ese mundo de patios de damero y de macetas en los patios, había vivido la familia de Clara. Salvo el padre y un hermano que murió joven, puras mujeres. Por lo demás, en esta historia sólo habrán de aparecer mujeres. Así conviene a la imagen de una familia que se va muriendo. Mujeres y una sala de sillones enfundados y viejos espejos belgas de azogue picado y sillas de raso raído y consolas de caoba y jarrones y vasos de alabastro y acuarelas de flores y puertas de cristales con dibujos esmerilados y balcones cerrados, entre cuyas mirillas sin pintar crece el polvo.

Clara tiene siete años y conoce, desde los orígenes de la memoria, desde la raíz insondable del primer recuerdo en la infancia, la historia de la máscara. «Más que vidas —ha escrito Clara— son sueños / de encarnaciones delirantes». Eso son, justamente. Y es posible imaginarse a las cinco encarnaciones delirantes sobre la alfombra deshilachada, esa alfombra que no quitaban, al cabo de los años, ni siquiera en verano, por miedo de que se desintegrase al alzarla. Son los sueños de cinco encarnaciones delirantes sobre el redondel gris y vinoso, a grandes florones, a grandes lunares de desgaste y cáñamo, de la alfombra. Son cinco figuras de negro y una niña inmóviles, esperando que llegue el carnaval, como llega siempre ya mediado el verano. Porque con el carnaval se repite, año tras año, la visita ritual de la máscara. La llaman así, en singular, por más que sean varias. Se prenden de la mano del llamador y golpean cinco veces, tiran del pasador de la puerta, trepan los cinco escalones del zaguán, franquean la cancel, ya están adentro. Máscaras de fantasía, ese sería el modo amable de llamarlas. Máscaras de mamarracho, dice la gente y parece más cierto. Porque la fantasía es una fantasía de esperpento, de hechuras contrahechas, de contrastes de trapos y harapos en busca del pavor y el sobresalto. Y un guante de encaje y un abanico de sándalo y tul o un antifaz de terciopelo son meras detonaciones terroristas en mitad de aquellos andrajos. O bestiales caretas de perros y caballos o la muerte y sus calaveras o la trompa y los dientes de un negro. Las máscaras: después no podrán ponerse de acuerdo en cuántas hayan sido cada vez. Las inhibiciones del miedo les habrán impedido contarlas. Todos los años es igual, irrumpen: irrumpen gritando, chillando, golpeteando la mano del llamador, haciendo sonar pitos y matracas y cascabeles y bocinas. Todos los años es igual. Allí están, junto a las congeladas mujeres vestidas de negro; danzan contra ellas, casi las rozan, suelen abanicarlas con sus gestos, acariciarlas burlescamente con el volteo de sus capotes y sus chales. Chillan como pájaros monstruosos y gigantescos, gárrulos y amenazantes y oblicuos y horribles. Se diría que obscenos, pájaros con un plumón caliente de mujeres disfrazadas. Sí, porque son mujeres, de eso no puede haber duda. En toda esta escena no entran hombres. Y esas mujeres disfrazadas vociferan, insultan, lanzan risotadas roncas o estridentes, hipos mucho peores que tal carcajada triunfal de Pepita Culito al final de sus piedras. Son mujeres y aparentemente conocen la vida recóndita de las mujeres de la casa, suelen llamarlas por sus nombres y despertarlas —apelándolas por sus apodos— de la inmovilidad tumefacta y aterrorizada en que las cinco figuras de negro lo presencian todo, sumergidas en una suerte de rigidez agarrotada, se diría que mágica. Pero hay una sola de aquellas máscaras que, en un momento dado, quiebra las reglas del coro funambulesco y avanza, rompe los movimientos del coro y se aproxima, se arriesga hasta tocar a las cinco figuras de negro y mezclarse con ellas, insultándolas entrañablemente. Sí, entrañablemente, confrontándolas al proceso, real o imaginario, de sus vergüenzas más íntimas. Después tendrán todo un año, hasta el carnaval próximo, para analizar retrospectivamente lo que pudieran haber hecho, el tirón del antifaz para descubrir un rostro y una identidad, el abrazo para aprisionar a la figura principal y aspirarla y olfatearla y saber de quién son sus olores, su sudor, su aliento. Porque saben que tiene que ser alguien que las conozca muy bien y a quien ellas conozcan. Retoca, parodiadas, deformadas, caricaturizadas, envilecidas, las historias de aquellas cinco vidas y también las del último año, sabe los pensamientos más ocultos, los deseos reprimidos, el ardor de sus soledades de solteras o viudas, las concupiscencias silenciosas, como si hubiera estado todo un año escondida entre las sábanas y en medio de los malos humores de aquella casa, en la humedad de aquellos aposentos, en la lobreguez de aquellas expectativas truncas, sueños, devaneos, delirios, conatos. ¿Quién es, quién puede ser, existe? Bastaría, todas a una, aislándola del jolgorio de las otras máscaras, avanzarla y rodearla y tocarla y sumarse ficticiamente a su locura y comenzar súbitamente a desnudarla. Es posible que las otras no la defendieran llegado ese trance, es posible que en algún momento las demás también hayan sentido ganas de entregarla y de sacrificarla, como si aquel ser gárrulo y vociferante y feroz estuviera allí por un tenebroso designio de decir su parte y romperse, cantar su canto y quebrarse, disolverse y ser inmolada y morir. Mañana habrá pasado el carnaval y en la rueda de aquella casa volverá a hablarse de la máscara y no de las máscaras. No de las máscaras porque flota alrededor de todas ellas, en la tertulia, la sensación ominosa de que alguna de aquellas máscaras corales puede estar allí pero la diva no, seguramente no, como si la diva fuese una figura encontrada por las otras máscaras en la calle, que las revolviese en el viento de la calle y las arrastrase hasta allí, sin confiarles quién sea, por qué lo sabe, qué sabe. No, no, es absurdo, las otras tienen que haberlo sabido y están ahora sentadas allí, comentándolo todo, con fingida o real —¿quién fingida, quién real?— extrañeza. Sería tan fácil, de un envión, arrancarle su antifaz (ahora las toca) o esa careta, tomarla de una larga cabellera oculta, sujetarle el rostro, enfrentar ese rostro a los insultos, ponerla frente a frente a sus dicterios, asirla en sus descaros y marcarla. Pero no lo hacen y un año sigue al otro y las máscaras vuelven y las historias de frustraciones y calenturas y amores solitarios y viciosos, enlazados a nombres que por pudor allí nunca se han dicho, son cada vez más descarriadas y agrias y violentas y concretas e infames. Como si la teoría de las máscaras del coro fuera desorbitándose a medida que son más punzantes y soeces y certeros los dichos de la máscara cascada y horripilante y principal que ha dado el paso hacia ellas y les enrostra. Les enrostra no haberse acostado, no haberse entregado al hombre que amaron pero haberlo llamado en la soledad y en lo oscuro, haber soñado con quitárselo a una amiga. El lenguaje no es tampoco el de la casa, el ceremonioso y castizo lenguaje de una antigua familia criolla, es algo así como un pastiche teatral y exasperado del lenguaje de la calle y sus crudezas, el lenguaje de gente más plebeya y más joven, una ola de palabras sucias que día a día lame las paredes de la casa y no se atreve a entrar en ella y una vez al año, en carnaval, salta todas las vallas y acomete e invade y se desmelena y se embriaga a sí mismo y acaba por derramarse en un tremendo espasmo, un espasmo que se produce como si recorriera el cuerpo de las cinco mujeres enlutadas y de las máscaras, un espasmo que nace tibia, tímida, titubeante, venialmente en las otras máscaras pero va calando de hondura y fuerza animal e impudor de hembra y furia de libido contagiosa en las frases de la solista, hasta estallar en el terror, en aquella suerte de orgasmo de terror que las sacuda a todas y marque el momento en que la máscara, ahíta, vacía, exhausta, vuelque sobre todas como un gran escupitajo de sus entrañas y haga ademán de agredirlas y parezca asquearse de verlas retroceder y tan mediocres y antes de que las otras máscaras, cubriendo las espaldas de su retirada, se tiendan a protegerla, corra de nuevo hacia el zaguán, baje en un vórtice los cinco escalones y, envuelta en el aura de sus últimos y mis degradantes insultos, desaparezca.

Están comentándolo, tienen la sensación abyecta de que alguna de las máscaras debe estar allí, sentada entre ellas —es muy chica su vida y muy corta su sociabilidad y son muy pocas las relaciones que les van quedando, las puertas que no hayan cancelado el pundonor y la pobreza y la muerte— y hasta tendrían que estar seguras de haberse mirado muy bien entre ellas para descartar que ninguna de ellas haya sentido repentina afinidad con las máscaras y se haya sumado por un instante a la farándula; no, no, esto sí que es absurdo, las máscaras están muy cerca y casi las rozan y en sus cabriolas se les vienen encima pero proceden de otro mundo que ellas, llegan desde ese mundo abierto y a él regresan, no alientan día a día en el fondo de aquellos cuartos, no salen noche a noche —ardidas— al aire de aquellos patios, no ven caer todas las tardes la luz del sol: entre aquellas lámparas. Pensarán que para algo tienen sus propias manos, que la próxima vez avanzarán hacia la máscara y le desgarrarán el antifaz y las vestiduras y cuando las otras máscaras ensayen una defensa ya se sabrá quién es la que importa y a las otras sólo las agitará la empresa de sustraerse de ella, de salvarse dejándola, como una manada fugitiva abandona a la presa que cae. Son cinco mujeres, diez manos que podrían hacerlo, pero un año pasa y otro llega y jamás lo hacen.

Clara ha nacido oyendo hablar de aquella historia atroz, la historia del carnaval y la máscara misteriosa que irrumpe en la casa una vez al año, como su fantasma domiciliario y diurno y recurrente. Ahora hace décadas que la familia, en cuanto tal, ha desaparecido y sólo vive la hermana mayor octogenaria que escribe poemas herméticos y entierra, bajo las baldosas del patio, a los gatitos que se le van muriendo y se obstina en no dejar la casa porque le resulta imposible, superior a las fuerzas que rigen el mundo y gobiernan su vida, abandonar a aquellos pobres cadáveres felinos y a la memoria de sus difuntos de familia.

Ahora la casa es una ruina y entonces todavía no lo era, aunque estuvieran ya como por caerse las cortinas y por desprenderse el empapelado y por derrumbarse apolilladas las sillas y por arquearse entre los lamparones de humedad de las paredes los óleos. Ya era la decadencia pero aún no el colapso. La niña está allí, con su vestidito claro entre aquellas mujeres mayores de rostros de cera y ropas oscuras, cuando —sin que se sepa que ya es carnaval— llegan de pronto las máscaras. Y en la mecánica repetida y triturante de aquella escena empieza de nuevo, se diría que sobre los mismos lugares marcados con tiza en la alfombra, se diría que repitiendo punto por punto, sitio por sitio, gesto por gesto y centímetro a centímetro el diseño de las veces anteriores. Y allí están las cinco mujeres de negro retrocediendo y las máscaras coristas con sus pasos iniciales desplegando la danza que abre el juego de la máscara solista y ya está la máscara solista más desenfrenada, más inspirada y mediúmnica que nunca, con su voz más ronca y desfigurada y vidriosa y abstracta, y todo empina a grabarse otra ver sobre el horror de los años pasados y amenaza crecer sobre ellos. Y esta vez parecen ser, peores que las del presente, historias ocurridas o imaginadas, sentidas o fraguadas o inventadas por la avasallante murmuración del pasado, historias o chismes de la juventud de la madre, de amores o ambiciones o sueños o maledicencias invictas del tiempo muerto con su carga de muertos. Y la máscara ya va a lanzarse sobre ellas, planea para herir en el sitio justo, baja en anillos hacia las cinco mujeres inmóviles y moradas, sin que la niña, asomando detrás de ellas y blanca y serena y curiosa, se le aparezca o represente o interese. Y apenas la máscara ha empezado con una voz peor que la de siempre, ya la más próxima a ellas, desafiándolas en la certidumbre de que no se atreverán a tocarla, la niña acepta el reto, el imprevisto papel que alguien, no se sabe quién, está adjudicándole en aquella escena, un papel no incluido en el diagrama ni sabido por nadie; y entonces, asumiendo años y años ajenos de perplejidades y de angustias, suelta una mano, abre mucho los ojos y la boca, apunta con el índice y exclama: ¡Yo sé, yo sé! ¡Es la prima Irene, es la prima Irene! ¡Yo sé!

Citada desde la fama de sus pudores, traída desde la nombradía de su discreción y su beatería y su compostura, la prima Irene parece, es, tiene que ser un candidato imposible. Sí, seguramente lo es para todos, para las cinco mujeres de oscuro, para las máscaras si es que la conocen. Pero algo ha decapitado de un solo golpe la rapaz arrogancia de la máscara solista: se refleja en el pobre y lastimoso remedo que ella hace ahora de la voz de la niña. La niña ignora, a esa edad es venturosamente posible ignorarlo, el freno del ridículo e insiste sobre su instinto enardecido y cándido:

—¡Es Irene, es Irene! ¡Yo sé que es Irene! ¡Es Irene!

Una extraña histeria se ha apoderado de la frágil garganta infantil y la cabriola de la máscara demuestra que esa fuerza crece y las empuja: las máscaras están ya contra la puerta de la sala, la voz de la solista se ha disuelto como en un gorgoteo, un estertor, un resuello jadeante y ronco, ¿en una risa mordida por sus propios dientes?, ¿en un alivio, al fin de cuentas?, ¿en la inminencia de que, verdadera o falsa, la acusación de la luna rompe un mito, quiebra un maleficio, impulsa a un desenlace? Las cinco mujeres de negro avanzan ahora, aun sabiendo que Irene tan pura es inocente, ella tan bien hablada (dirán al día siguiente) ella tan tan tan púdica, Irene tan ensimismada y tan lectora y tan desasida y tan espiritual y tan virginal y tan distraída y tan desencarnada y tan beata, Irene tan Irene tan Irene tan...

Pero la máscara solista no sabe qué decir, el borbotón de tantos y tantos años de dicterios parece haberse cortado de golpe, el furor de aquel largo insulto como un cuajarón mucilaginoso y oscuro parece haberse agotado de pronto y aquel ser haber cortado sus amarras con la vida, haber palidecido y haber entrado en convulsión y haberse muerto. ¿Ha aparecido una víctima, inocente o culpable, se ha revelado un alma desconocida, qué contenidos violaría el ademán de las cinco mujeres que parecen haberse deslizado como a lo largo de cinco rieles, en el espejismo de haberse descongelado de pronto e ir a desautorizar o a confirmar, a bendecir o a castigar a la niña, a alcanzar aquel antifaz y arrancarlo?

La prima Irene tan tan tan tan... La máscara solista retrocede. Las otras máscaras la rodean, la niña quiere adelantarse hacia allí, con una saña que no renuncia al miedo pero le salta por encima, investida súbitamente de una capacidad de odio o de desquite que deben estar insuflándole, desde su falta múltiple de inocencia a ella inocente, las cinco figuras adultas, sobre el revuelto y por primera vez agónico de sus trajes opacos.

La máscara solista vacila, se abate sin caer en el abrazo de las otras máscaras y, casi entre las manos crispadas de la niña, unas manos de siete años que no pueden pasar más arriba de las caderas o los pechos de las demás mujeres, las máscaras del coro la protegen y la envuelven y pintan y se contorsionan y se la llevan, antes, mucho antes de que ella haya podido decir algo absolutorio que sea audible por encima del estertor de su garganta: No soy Irene, No soy, Soy tan... No soy.

El final del asunto, convienen al otro día en aquella casa, consiste en no contárselo a nadie. Tampoco habrá esta vez ruedas de parientas reunidas a recoger los chismes, a sopesarlos y trasegarlos, a preparar o a aprender, a ensayar la escena de carnaval próximo. Todas las máscaras se han desvanecido, tragadas por la garganta de una niña de siete años. Ya no habrá carnaval próximo y a la prima Irene tan ensimismada tan pura tan lectora tan temerosa de Dios tan beata tan casta, a la prima Irene no volverán a verla.

Envejeció soltera, murió hace tiempo: era doce años mayor que Clara.

Carlos Martínez Moreno (Colonia del Sacramento, 1917-Ciudad de México, 1986) fue escritor, periodista y abogado. Perteneció a la generación del 45 y forjó gran parte de su obra en el exilio en Ciudad de México.

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