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Ilustración: Angelina Montero

La señora Wakefield

13 minutos de lectura
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El cuento «Wakefield» de Nathaniel Hawthorne, supuestamente inspirado en un hecho real, se convirtió en un clásico apenas se publicó, en 1835, y desde entonces ha sido analizado y reversionado por autores de todo el mundo. Carlos Rehermann parte de este relato sobre vidas abandonadas, identidades falsas y vacíos pero elige narrar el punto de vista de quien se queda. Aquí tampoco nada es lo que parece.

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Recuerdo haber leído en una vieja revista o periódico, la historia, contada como verdadera, de un hombre —llamémosle Wakefield— que se alejó durante un largo tiempo de su esposa. El hecho, así presentado de manera abstracta, no es muy infrecuente ni debe —sin una adecuada aclaración de las circunstancias— ser condenado como impropio o sin sentido. Pero esta, aunque lejos de ser la más grave, es quizá la más extraña instancia registrada de delincuencia matrimonial, llamativamente monstruosa en la lista de las rarezas humanas. El matrimonio vivía en Londres. El hombre, fingiendo que partía de viaje, se instaló en una calle próxima a su casa, y allí, sin que ni su mujer ni sus amigos supieran nada de él, y sin sombra de razón para este autodestierro, vivió veinte años. Durante ese período contemplaba su casa diariamente y veía con frecuencia a la apenada señora Wakefield. Y después de ese prolongado paréntesis en su felicidad matrimonial —su muerte dada por cierta, su herencia repartida, su nombre olvidado, y cuando su esposa se había resignado, mucho, mucho tiempo atrás, a su viudez otoñal— entró tranquilamente por la puerta una noche, como si hubiera pasado sólo un día ausente, y se convirtió en un amante esposo hasta la muerte.

Nathaniel Hawthorne, Wakefield

Dos meses después de la partida de su esposo, una mujer —llamémosle señora Wakefield— doblaba, pensativa, acariciando suavemente sus alas almidonadas, unas cofias recién planchadas por la mucama. La suave luz del ocaso se filtraba a través de los visillos de la ventana que daba a la calle. Reflexionaba acerca de su suerte, que consideraba que no podía ser más acerba. No sólo había perdido a su marido, sino que ese hecho no le provocaba ningún trastorno en el ánimo.

No es que la señora Wakefield fuera como esas damiselas dadas al vuelo fantasioso de una imaginación volátil, en busca siempre de las emociones que con tanta ligereza se lee en las novelas; nada más lejos de eso. En primer lugar, si bien era aún bonita, ya no era una moza, con veintinueve años cumplidos. Por otra parte, si a algunas mujeres los años de moroso matrimonio les producen una cierta exaltación del ánimo romántico, sólo por contraste con la constancia invariable de la vida hogareña, a la señora Wakefield, de por sí serena y apagada, la calma de diez años de vida conyugal no le había hecho ningún efecto.

Tampoco, para su repentina alarma en aquella tarde de otoño de luces en fuga, la terminación sorpresiva y diríase misteriosa —para quienes prefieren llevarse por el entusiasmo de la intriga— de su matrimonio, esa irrupción en la planicie de su alma, había provocado nada. Cada tarde se sentía con el mismo ánimo de antes, cuando estaba segura de que al caer la noche se abriría la puerta de calle para dar paso al señor Wakefield. No estaba ni más triste ni más feliz que antes. No estaba más sola, puesto que Wakefield era (o había sido) un hombre silencioso, de movimientos lentos y suaves, poco afecto a la charla, arrepentido al inicio de lo que quizá fuera a querer decir más tarde, de tal modo que nunca iniciaba una conversación y pocas veces la continuaba con otra expresión que un sí vacilante o un caramba apenas exclamativo. Con los años, la señora Wakefield había renunciado a ser la iniciadora de lo que indefectiblemente acababa como un monólogo.

Sumida en estas reflexiones consiguió hundirse en un estado de espíritu lóbrego, desesperado y frío, como consecuencia de encontrarse tan sola en el mundo que ni siquiera encontraría consuelo en entristecerse, ya que no existía nadie que pudiera venir a consolarla. Lo que provocó una expresión impar en su rostro, la primera en dos meses de soledad conyugal que rompía las líneas impávidas de su rostro marmóreo, fue el pensamiento en el que concluyó, que había comenzado por la sorpresa de no encontrarse triste y continuó hasta la plena certeza de que antes, viviendo con Wakefield, y ahora, sola, su vida era idéntica.

Esta toma de conciencia destruyó un proceso secreto que difícilmente habría podido poner en palabras la señora Wakefield, que a grandes rasgos podría describirse como se cuenta a continuación.

***

Pocos meses después de su casamiento, Wakefield renunció definitivamente a intentar que su esposa perdiera la virginidad. Para ella fue un alivio momentáneo, aunque, si bien su esposo nunca le reprochó nada, pues se trataba de una persona respetuosa y moderada, en un principio ella se atribuyó a sí misma la culpa del fracaso. Sabía que era imprescindible perder la virginidad para poder tener hijos, aunque no imaginaba cómo podría producirse semejante acontecimiento ni sabía, en realidad, en qué consistía esa pérdida, pero estaba segura de que el buen Dios le daría una señal cuando fuera el momento de ser bendecida con un hijo. La noche de bodas creyó que el hecho de intimar con su esposo, esto es, haber permanecido casi una hora acostada junto a Wakefield en el lecho conyugal, con las manos tiernamente enlazadas, a la vista cada uno de los camisones del otro, había resuelto el problema. Ella percibió un estremecimiento cuando sintió, en la oscuridad, que Wakefield se acostaba a su lado y buscaba su mano. Luego, las respiraciones entrecortadas de ambos le dieron la pauta de que los llenaba una emoción intensa. Al final ella se durmió y se despertó con los ronquidos de Wakefield.

Pero no había ocurrido nada con respecto al asunto de los hijos. Con el paso de los días, las visitas al clérigo doctor Thompson, los comentarios con segundas de algunas vecinas atrevidas y una charla sobre la plaga de la prostitución, ofrecida por una sociedad de señoras a la cual había sido invitada a unirse, la pusieron sobre la pista de ciertos detalles inquietantes característicos del contubernio conyugal. La casualidad quiso que en una ocasión fuera testigo de la monta de una yegua por parte de un potro, lo que le ocasionó una gran compasión por lo que los cascos del macho les hacían a los flancos de la hembra. Se perdió algunos detalles de la unión de ambos animales, pero cuando el potro se retiró pudo ver, horrorizada, todo lo que había introducido dentro de la pobre yegua. En esa ocasión la señora Wakefield iba acompañada de su mucama, que no podía contener una risita nerviosa, estaba roja de vergüenza y excitación y no se atrevía a levantar los ojos del suelo.

Por fortuna Wakefield no tenía cascos, pero faltaba, evidentemente, su participación para lograr resolver el asunto de la virginidad y la preñez. Que ella supiera, por suerte su esposo no tenía una cosa tan enorme y extravagante como el caballo, y era claro que no podía consultar a su esposo acerca de cuestiones tan carnales y de mal gusto. Sus lecturas le habían informado que el consumo de alcohol estimula en los varones el sentido libidinal y los empuja a cometer actos impropios contra jovencitas que incautamente pasan cerca de los exaltados. Intentó, pues, que Wakefield bebiera algo en la cena. Pero Wakefield era un hombre de hábitos, de manera que el proceso para que se acostumbrara a beber una copita de ginebra luego de la cena fue largo y arduo. Ella, por darle compañía, se acostumbró más rápidamente, y al cabo de un mes ya no podía irse a la cama sin su par de copas de ginebra. Él dejaba casi siempre la copa intacta, de modo que ella compró una botella de tokay de Alsacia para acompañar un pastel de riñón y desde entonces sí Wakefield se aficionó a una media copa de vino con la cena. El resultado no fue bueno en los términos que la señora Wakefield había pretendido. Ahora, ambos se iban a la cama casi dormidos y caían sin apenas darse las buenas noches en un sueño profundo.

Dos años después de su boda la señora Wakefield no había abandonado sus intenciones de quedar embarazada, pero ya era una cosa que ocupaba un espacio un poco menor de su voluntad y despertaba menos entusiasmo en sus anhelos. En ese tiempo fue invitada, junto con algunas otras señoras miembros de la Sociedad de Amigas de la Pureza y las Buenas Costumbres, a visitar una exposición de la colección de pinturas de William Buchanan, que pedía, en esos tiempos, la creación de una Galería Nacional de Arte para evitar que las colecciones privadas fueran vendidas al extranjero.

En esa ocasión, la señora Wakefield vio un cuadro de un pintor español, Camacho Felizes, que representaba la escena bíblica que ella bien conocía de Susana en el baño espiada por unos ancianos. El comentario exaltado de un célebre poeta rengo y libertino que visitaba la exposición con un grupo de amigos la hizo atender en detalle lo que mostraba el cuadro. El poeta hablaba del deseo de los viejos y de la actitud provocativa de Susana.

La señora Wakefield fijó en su memoria los detalles de la actitud de Susana, lo que hacía, cómo estaba ataviada y qué objetos la rodeaban, qué lugar de la casa ocupaba mientras era espiada, la iluminación y los colores del cuadro. Su intención era reproducir la escena en su casa, con la esperanza de que Wakefield fuera incitado por ella a un estado del alma parecido al de los ancianos.

No tuvo éxito. Sus pechos descubiertos, orlados por torrentes de rojo pelo suelto, sus piernas blancas suavemente recubiertas de vello aterciopelado, sus pies recién lavados, rosados como los de un bebé, exhibidos con cuidadoso descuido en las cercanías de sus chinelas vacías (el detalle le parecía a la señora Wakefield intensamente significativo), no fueron apreciados por Wakefield. Ella recordó súbitamente, entonces, que muchas veces su esposo la había visto en el baño, e incluso en el escusado mientras hacía aguas, y nunca se había mostrado interesado.

De modo que una noche, luego de una perturbadora visita de su amiga Mary, que acababa de casarse con un poeta, durante la que habían bebido champán que aquella había traído para festejar la boda, que había sido un acontecimiento oscuro y casi secreto, la señora Wakefield, achispada y llena de locos impulsos, llegada al lecho levantó el camisón de Wakefield y por primera vez tocó con su mano la blanda cosa masculina, aunque, a juzgar por el grito que profirió su esposo, de pronto despierto, con un poco de fuerza de más. Intentó colocar la cosita dentro de sí, mientras Wakefield trataba de resistirse. Ella, a horcajadas sobre las piernas de su esposo, le dio un golpe de puño en el pómulo izquierdo. Él se tranquilizó, pero los esfuerzos de la señora Wakefield fueron infructuosos. A esa altura le resultaba evidente que a la cosa de su esposo le faltaba un hueso. Jamás volvió a intentarlo y ni ella ni Wakefield hablaron del asunto en los años que siguieron.

A veces, la señora Wakefield soñaba que su marido se las ingeniaba para introducirse dentro de ella (muchas veces tomando la forma de un minúsculo explorador que penetraba las anfractuosidades de su entrepierna de arbustos pelirrojos) y darle un hijo, pero con los años ese sueño se fue desvaneciendo. Luego, Wakefield la abandonó sin decir palabra, y desde entonces las cosas siguieron siendo igual que siempre.

El acontecimiento había sido así: Wakefield le dijo que debía ir por negocios a una ciudad cercana; volvería, le dijo, al día siguiente, en todo caso no más tarde que el viernes, es decir, dos días después. Pero pasaron diez años y Wakefield no había vuelto. Ahora, doblando cada día cofias recién planchadas por la mucama, se daba cuenta de que ya nada le importaba.

***

A veces, en los momentos más inesperados, le sobrevenía un acceso de llanto convulso e inexplicable, que quien observara sin conocer los profundos orígenes a los que se debía podría atribuir a la pena por la desaparición de su esposo.

En una ocasión como esa, algunos meses después de la partida de su esposo, la mirada de la señora Wakefield se elevó y se posó en la ventana que daba a la calle, como cuando uno, sumido en un pesar íntimo, mira al infinito en busca de una esperanza o una huida. Vio, entonces, al levantar la vista, algo tan extraordinario que le hizo olvidar completamente sus sufrimientos: una figura embozada la estaba espiando desde la calle. Y por su apostura, su tamaño y los movimientos que hizo esa figura a continuación, la señora Wakefield supo que se trataba de su esposo.

En los relatos, los personajes tardan muchos párrafos, a veces muchas páginas y en ocasiones capítulos enteros en comprender lo que el lector ha captado en el primer instante. Como recurso para que el lector se sienta inteligente, esto es aceptable si uno es un editor ansioso por complacer a los compradores de sus libros, pero en la vida real las cosas ocurren de un modo mucho más extraño y súbito.

La señora Wakefield entendió instantáneamente, mientras la figura del otro lado de la ventana huía del campo visual en cuanto se vio descubierta, todo lo que había sucedido desde la partida de su esposo. ¡Ah, señora Wakefield, qué inútilmente paciente y comprensiva fuiste!

A pesar de estar vestida de entrecasa con una simple robe en chemise, la señora Wakefield no perdió el tiempo en coqueterías. Se ató una de las cofias que acababa de doblar, se echó sobre los hombros un mantón de lana de ocho puntas y se lanzó a la calle apenas calzada con pantuflas, sin preocuparse por el frío ni por el barro del arroyo.

Cuando salió al exterior, su esposo daba vuelta la esquina, cuarenta metros más allá. Ella corrió tras él y al llegar a la esquina moderó el paso y se asomó cautamente para estudiar la situación. Wakefield estaba cruzando la calle en diagonal, unos treinta metros más adelante, presuroso y encorvado como para mantenerse embozado. Ella avanzó pegada a las fachadas de las casas, lista para meterse en cualquier vano si fuera necesario ocultarse de una mirada de su esposo. Wakefield se dirigía rectamente hacia un portal de una casa de pensión. Ella no le sacaba los ojos de encima. Enlenteció la marcha cuando estuvo segura de que él iba a entrar en aquel portal. Buscó refugio en un umbral. Allí, con su mantón de color tan oscuro como la puerta delante de la que se apretaba, era casi invisible. Wakefield entró a la pensión y poco después se encendió una luz en una de las habitaciones del piso superior. La silueta de Wakefield se perfiló en la ventana mientras se despojaba de su abrigo.

Profundamente conmovida por lo que acababa de presenciar, la señora Wakefield se permitió, mientras volvía vacilante a su casa, a la vuelta de la esquina, verter lágrimas de viuda.

***

¿Cómo pasaste, señora Wakefield, los veinte años que duró la ausencia de tu esposo?

Mientras él espiaba a su esposa creyendo que ella nada sabía de él, ella lo sabía todo y esperaba. Lo hizo declarar difunto; cobró la herencia; donó la casa a un orfanato, con la condición de que ella pudiera vivir allí hasta que decidiera cederla definitivamente.

La señora Wakefield se tomó muy seriamente su educación libertaria, para lo cual requirió el auxilio de su amiga Mary, que convenció a su marido Percy de acceder a enseñarle todo lo que sabía acerca de los placeres de la carne. Ensayaba las enseñanzas de Percy, luego de aprenderlas con él, las practicaba muchas horas por semana con Jeremy, su muchacho para todo servicio, que siempre se portó muy correctamente y jamás confundió el cariño de su ama con permiso para faltarle el respeto. La señora Wakefield envejeció feliz, y no por engrosarse por el paso de los años su talle se hizo menos ágil en las secretas prácticas de boudoir.

Al fin, una tarde de otoño oscura, fría y húmeda, se abrió la puerta de calle y entró Wakefield, como de regreso de una breve ausencia, dispuesto a retomar su rol de amante esposo.

Una enorme sonrisa se instaló en el rostro de la señora Wakefield en cuanto vio a su esposo, que, como había sido su costumbre veinte años antes, dejó su maletín —el mismo con el que había partido a su voluntario exilio— en el piso, cerca de la puerta de entrada, se quitó el sombrero con gesto suave y medido, lo entregó a la doncella, que, si bien no lo había visto nunca, porque había comenzado a trabajar en la casa apenas seis años antes, sabía quién era debido a que la señora Wakefield la había aleccionado persistentemente en vistas a esta mismísima ocasión, y se despojó de su abrigo.

La señora Wakefield, de pie en el umbral de la puerta que comunicaba el vestíbulo con el salón, estaba, hay que reconocerlo, un poco nerviosa. Se estrujaba las manos una contra la otra, produciendo un frufrú que denunciaba la buena calidad de la tela de su falda, y no podía sacarse del rostro su espléndida sonrisa. En todos esos años, mientras se dejaba espiar por Wakefield, ella lo había, a su vez, vigilado de muy cerca y conocía cada uno de sus estúpidos pequeños movimientos cotidianos, su espantosa soledad insignificante. Veía ahora detrás de la expresión impasible de su rostro envejecido una diabólica intención de desafiarla, de dejar que ella aceptara su regreso, corriera a abrazarlo y a darle la bienvenida.

Wakefield la miró brevemente desde el abismo de la decrepitud en que lo había sumido su vida denigrante. Se asustó al descubrir en ella una belleza inesperada, que no había podido ver durante sus veinte años de control y de acecho, una belleza que las arrugas no hacían sino aumentar. Y por primera vez en toda su inútil vida, Wakefield sufrió la herida súbita del deseo, y treinta años de lamentos perdidos congelaron su corazón y lo hundieron en la ciénaga poblada por los cadáveres de los impíos que se han negado a vivir.

La señora Wakefield desapareció de su vista para recoger la maleta que cada mañana, desde hacía veinte años, dejaba pronta al lado de la puerta por si llegaba este momento. La doncella, que seguía los pasos acordados con su ama tiempo atrás, apareció vestida de calle y ayudó a la señora Wakefield a ponerse el sombrero y un capote, y luego se dirigió a la puerta de entrada con paso decidido, saludando a Wakefield con una genuflexión insinuada cuando pasó a su lado.

Wakefield, alarmado por el silencio sonriente y los preparativos ciertamente misteriosos de su esposa, permanecía inmóvil en el recibidor, y cuando la señora Wakefield se le acercó sin perder la sonrisa, mirándolo con ojos brillantes, se asustó un poco, porque no supo qué hacer.

Pero ella sí sabía: lo miró directamente a los ojos de una manera que difícilmente se pueda describir sin las habilidades de un Hawthorne: el brillo de la mirada, alimentado por la gran sonrisa, derivó, a medida que se iba acercando a Wakefield, hacia el tono acerado de los ojos de la fieras que no apartan la vista de sus presas, y al pasar a su lado fue girando el rostro para enfrentarlo, de modo que él quedó más cerca de su piel de lo que jamás había estado y sintió el perfume de mujer plena que ahora emanaba del cuerpo feliz de la señora Wakefield, con lo que no tuvo más remedio que retroceder medio paso y seguir, ahora él, con su triste mirada, el recorrido diríase imperial de su esposa, que, el camino abierto por su doncella, se iba para siempre de esa casa ya enajenada, dejando al falso muerto más viudo que nadie en este mundo.

Carlos Rehermann (Montevideo, 1961) es narrador, dramaturgo y arquitecto. Ganó una decena de premios nacionales y ha sido traducido al italiano, el francés y el vietnamita. Su último libro es Wampir (Estuario Editora, 2023).

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