Ingresá

Foto: Juana Ghersa

Qué ves cuando me ves

10 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

Son argentinos con caras de japoneses, cuarentones con energía de adolescentes, compositores que no le temen al plagio, la versión o la reescritura: son Los Parraleños, reyes y protagonistas enmascarados de la «cumbia samurái»

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Los ojos no mienten. El rostro, tampoco. Un padre de 50 y pico y una hija adolescente de 14 cantan en un karaoke —sin titubear ni un momento— la siguiente ensalada: «AC/DC, Rush, Steve Vai, Led Zeppelin, Deep Purple, Parraleños, Metallica, Van Halen, Iron Maiden, Rage Against the Machine». El ritmo es el de «Aserejé», aquel one hit wonder con el que Las Ketchup contaminaron todo el año 2002. Y lo dicen de corrido: los ojos del padre miran con orgullo a los de su hija y el rostro de su hija, de cara al público, es el de la felicidad. El tema del karaoke, «Acedecé», es una de las juguetonas aproximaciones de Los Parraleños a una realidad en la que todo es diversión, alegría y joda.

Comandado por Mariano Takara, el Karaoke Kamikaze, que cerró el año del Mercat Villa Crespo, lugar que entroniza cierta brisa nipona y funciona como venue de la cultura pop de Buenos Aires, tuvo la presencia de ese padre y de esa hija, de La Masa (esa bola de músculos de 100% lucha), de un tipo que cantó canciones de Soy Luna, de unos fanáticos de Oasis y del mismísimo Mariano, vocalista de Los Parraleños, agitando la gritona velada. El cierre de la jornada vino con un show de Los Parra con su formación completa, de siete músicos, en escena. La enorme mayoría de ellos son nikkeis, argentinos descendientes de japoneses. Los ojos no mienten. El rostro, tampoco.

Alguna vez la escritora y periodista Mariana Enriquez escribió sobre Los Parraleños en un número perdido del suple NO de Página|12 del año 2002: «No son una banda tropical cualquiera. Sus miembros visten kimono y maquillaje kabuki en cada uno de sus shows, pero con accesorios tales como cinturones de tachas y muñequeras dignas de los habitués de la difunta disco Halley». Por ahí, incluso desde sus comienzos, Los Parraleños asomaban un sincretismo cultural muy propio de ellos, ese que empezó a finales de los noventa, cuando todavía se llamaban El Pelado Sosa y sus Parraleños (un guiño absurdo a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota), que, aseguran hoy, arrancaron «para boludear» y casi tres décadas después siguen haciéndolo.

Mientras algunos integrantes de la banda se ponen una base de blanco en sus caras, Mariano apura la faena y se ata el kimono: es el primero en estar listo para la acción. Aquella es una máscara que se dibuja en el cuerpo y se convierte en una nueva cara social, la de los rockstars paródicos y cómicos deformes y cumbiametálicos sin ley. Sin embargo, en su caso, el espejo refleja lo mismo que lleva el alma. Lo suyo es imposible de caretear. Los japoneses, de hecho, tienen una palabra para las «fachadas» y los comportamientos públicos de las personas que buscan siempre la armonía social. A ese concepto le llaman tatemae y a Los Parraleños, que deben su nombre al vino en damajuana Parrales de Chilecito, les importa un bledo: «La comunidad nikkei piensa que nosotros somos unos borrachos quilomberos. Lo piensan, sí, pero no lo dicen», asegura Mariano. Un rebusque full del tatemae. Ellos, que son argentinos, son realmente quienes quieren ser.

Y, eso sí, a pesar de beber algún que otro vasito de cerveza, mantienen un orden que los antecede: «Es una de las pocas cosas que tenemos “de japonés”. Eso y que a todo le ponemos arroz y salsa de soja», cuenta Santiago Yonamine, tecladista de la banda. Pero amén de haber sido bautizados cariñosamente en sus colegios como «chinos», esa maña inoxidable que le cae a cualquier asiático sea de donde sea (Taiwán, Tailandia, Japón et al.), Los Parraleños visten y hablan como argentinos.

«En mi casa eran de tradición budista, de honrar a los ancestros, pero me mandaron a un colegio católico. Querían que me integrara a la sociedad», revuelve Mariano, que es tan criollo que hasta hizo la colimba en La Tablada. «Me tocó en el Ejército. Y como era de familia de tintoreros, me mandaron a la tintorería. ¡Al final soy más patriota que muchos, viejo!», Takara dixit.

Y en cada show, Los Parraleños se someten a este acto performático en el que cada uno interpreta, un poco como Kiss, otro poco como los íconos del arte escénico tradicional japonés, a un personaje japotropical. Como «cumbia samurái» los presentó en sociedad César Mascetti, en Telenoche, antes de un informe sobre las diversas vertientes de la cumbia (piquetera, villera... ¡samurái!). «Nosotros no teníamos ni idea de qué era la cumbia samurái, pero obviamente nos subimos a la ola», suma Santiago.

Así las cosas, detrás de esa base de maquillaje, los ojos rasgados que vienen de antepasados okinawenses que, en su mayoría, huyeron de Japón por culpa de la Segunda Guerra Mundial. «El uchināguchi, que es el dialecto okinawense, suena muy parecido al guaraní», dice Mariano, segunda generación de japoneses, entre risas. Esa risa que, como la de Yayo, como la de Marcela Feudale, como la del Mozart del film Amadeus, garpa como gatillo de más comedia: si Mariano ríe, todos ríen. Y en sus shows, ante cualquier pifie, entrada fuera de tempo o sorpresa entre el público, Mariano suele mirar a Santiago, tercera generación de japos y usual responsable de macanas varias, y meter una de esas risas que generan confort. Pase: bienvenido, usted está en casa, se está riendo con Mariano.

La historia de estos nikkeis tiene un punto explosivo, de masividad total, de una viralidad sin marco teórico, a partir del lanzamiento de «Megadeth», una parodia de «Morrisey», de Leo García, que giró infinitamente entre Los 10 + pedidos de MTV y que hasta llegó al puesto uno de la poderosa señal televisiva. Dato pour la galerie: MTV acaba de anunciar el cese de sus transmisiones musicales. Volvamos. Claro, aquellos eran tiempos en que Japón estaba ensanchando su soft power al ritmo del animé, del sushi, de Alfredo Casero con «Shima uta» y del mundial de Japón y Corea.

«¿Qué hubiera pasado si Argentina pasaba de ronda o, ponele, si salía campeón?», se pregunta Mariano, en un chiche absolutamente contrafáctico. «Y... si Argentina salía campeón, tal vez explotábamos como La T y la M con “Pa la selección”», completa Santiago después de darle unos besitos a una cerveza. La Argentina de Marcelo Bielsa prometía grandes hazañas y, no obstante, se volvió en primera ronda.

Pero «Megadeth» fue un hit indiscutible. «Nos salió medio de casualidad. En el 2000 viene nuestro guitarrista, el Afro, y nos cuenta sobre “Morrisey”, esa canción de Leo García que sonaba por todos lados. Enseguida arrancamos con “Sympathy for Destruction” y la armamos casi en vivo. La presentamos en Plata Alta, en Flores, y explotó. Ese día la tuvimos que tocar cuatro veces. Días después conocimos al productor Juanjo Carmona, que en ese momento trabajaba con gente que manejaba a Alejandro Lerner, y nos propuso grabarla. Después vino MTV y nos filmó el video. Y así se hizo el boom», recuerda Santiago.

Sin un mango, con apenas unos shows en el under del under, Los Parraleños agarraron la tarjeta del productor con suma desconfianza e incurrieron en alguna que otra mentirita piadosa. «En el intercambio con Carmona, Mariano de chamuyo le dijo que nosotros en vivo nos poníamos un kimono y nos pintábamos la cara, cosa que era absolutamente mentira. Entonces tuvimos que pedirles a nuestras abuelas esos deshabillés largos. Ni siquiera eran kimonos, eran unas yukatas que usaban las viejas para dormir», cuenta Santiago. Probablemente el nuevo amanecer de Parraleños estuvo signado por esa decisión, por ese chascarrillo inocentón: ellos son, también, por cómo se ven, por cómo lucen, amén de cómo se oyen y de quiénes son.

En ese entonces, si tenías entre 0 y 99 años resultaba imposible escapar de «Megadeth». Fueron tapa del suple Sí! del diario Clarín, estuvieron en lo de Marcelo Tinelli, perdieron unos MTV Latinos contra las Bandana, hicieron un tema para América Sports y tocaron en todos los eventos veraniegos del país. Los Parraleños gozaban de una popularidad tal que parecía imposible de derrumbar. Estaban en la cima. Pero no había un disco en la calle. Para ese entonces, el ruido se capitalizaba con discos y los discos traían más presentaciones en vivo. Llegó un contrato de Universal, un cambio de dirección de compañía, unos shows con Lerner el 19 de diciembre de 2001 y, poco a poco, un lanzamiento que se fue dilatando. Y se fue dilatando. Y se fue dilatando.

No hubo un disco con una multinacional que garantizara el envión. Es decir, sí, se grabó en el estudio de Javier Calamaro, existió, pero la compañía decidió priorizar otros proyectos (¿Operación Triunfo? ¿Intoxicados?). No había demasiado calce para Escalera al triunfo y, absolutamente demorado, terminaron sacándolo de forma independiente. Ahí, la cosa empezaba a cambiar. Esos ojos rasgados, esos maquillajes, esos vestidos singulares comenzaban a bajar de su hype. El mercado puede ser cruel con sus new big things.

«Después del boom, nos miramos a la cara y nos preguntamos: “¿Y ahora qué hacemos?”», tira Mariano. Desde el costado, Los Parraleños, que habían gozado de un apoyo inicial de mucho combustible y anabólicos del mainstream, de pronto tenían que arreglárselas de nuevo por las suyas. Como antes de «Megadeth», cuando tocaban para amigos de amigos en eventos de la comunidad japonesa. Como cuando hacían lentejas para un puñado de personas en un antro de San Telmo. Como cuando todavía todo era un juego, aunque siga siéndolo.

«Cuando nosotros arrancamos había un montón de bandas de rock de la comunidad japonesa. Organizábamos festivales con la premisa de que al menos uno en la banda tenía que ser de la colectividad. Pero aun con “Megadeth” siento que nunca tuvimos seguidores. Siempre venían amigos de amigos. Es que no hicimos under. Recién ahora siento que estamos haciendo seguidores de verdad», confiesa Mariano.

«Megadeth» fue su pasaporte a la fama. Y ellos, a contrapelo de Luis Alberto Spinetta con «Muchacha (ojos de papel)», conscientes, agradecidos y sin renegar de la canción que los volvió famosos, siguen tocándola en cada presentación. «Cuando arrancamos ni preguntábamos si había plata. Tocábamos y ya. La verdad es que fue todo muy vertiginoso», explica Santiago. «Una vez, en los MTV Latinos, yo viajé a Miami y me sentaron con Catupecu Machu y Érica García. De pronto, vino Susana Giménez y me preguntó: “¿Por qué estás vestido de japonés?”. “¡Porque soy japonés, Susana!”», recuerda Mariano.

A puro trabajo de hormiga y con el dolor a cuestas de la muerte de Niko Takara, uno de sus miembros fundadores, Los Parraleños fueron rearmando sus partes y buscando su lugar en nuevos ecosistemas. Sus ojos japos les destrabaron presencias en eventos de animé. Así, fueron montándose al boom de la animación japonesa de finales de los dos mil. «Hace un tiempo también empezamos a hacer temas de animé porque, bueno, nos invitaban a esos eventos y dijimos: “Hay que aprovechar el momento”. Ahí sacamos “Mazinger”», dice Mariano. Una sorpresa: a pesar de su ADN japonés y de su inherente influjo otaku, prácticamente no ven animé. «Es más, yo no vi Dragon Ball en mi vida», se sincera Santiago. «Yo vi algún capítulo, por mis hijos», sigue Mariano.

Y en vivo, un show festivo que se sale de la vaina, que regala covers a rolete, que propone jugueteo como lo harían Kapanga o Los Auténticos Decadentes, que suenan pipí cucú, que resuelven todo con carisma y cuyos públicos responden con pogos, transpiración y crujido de tachas. De esa mezcolanza salieron la celebrada «Dragon Ball azul», medley entre el opening del famoso animé de Akira Toriyama y «Azul», hitazo del cantante mexicano Cristian Castro, y «Cristian Ball», misma fórmula con «No podrás».

«Tenemos licencia para jugar. Somos la única banda de ese palo que no respeta los temas y los deforma todos. Los hacemos ska, fiesteros. Hacemos mierda los openings de animé», desliza Santiago. Y Mariano se pliega: «Nos gusta jugar». Hace poco lanzaron «Heavy de noche, cumbia de día», una parodia bastarda de «Fuego de noche, nieve de día», de Ricky Martin. Para Los Parraleños, la vida es un juego. Y, si bien se toman su banda con mucha seriedad, ellos viven de sus otros trabajos: Mariano hace repartos con una camioneta y Santiago estampa remeras. En sus ojos y sus frases no existe el anhelo de «lo que fueron», sino que apenas los convoca seguir en la ruta de la música.

Así y todo, amén de no haber vuelto a su viejo prime, Los Parraleños disfrutan de los shows (vienen de un fin de año con un buen raid de tocatas) y de las giras (hace unos meses visitaron México, con resultados un poco más discutibles) y toda esta vuelta es la que los mantiene enérgicos, divertidos y, definitivamente, con vida. «Todavía nos divierte tocar. El día que no nos divierta más, chau, dejamos todo y ya está, a otra cosa», afirma Santiago.

Paralelamente mantienen otros proyectos parientes, como Metaleños, una agrupación que transforma temas de cumbia en metal, y el Dúo Kamikaze, la versión bajo presupuesto que Mariano y Santiago tienen para «agarrar» shows en vivo sin todo el despliegue de la banda. «La gente se enamora de Parraleños en el vivo. Ese es nuestro fuerte. Una vez que nos ven en vivo, se enganchan y chau», señala Mariano.

Sin ir más lejos, Los Parraleños, con su versión full full, acaban de tocar en un pequeño reducto del conurbano oeste, con 30 grados sobre sus testas y sin aire acondicionado. Pero la aventura puede más. Un poco de maquillaje corrido y listo, sanseacabó, la misma energía de siempre. «Creo que el día que nos vean los europeos, la pegamos definitivamente. Somos argentinos con caras y ojos de japoneses haciendo cumbia mezclada con metal, una locura», sueña Santiago. La fantasía húmeda del sincretismo cultural y, al mismo tiempo, una oda absoluta a la sencillez. Y sigue, un poco en broma, otro poco cargado de verdades: «El tema es que no tenemos haters». A propósito, en esa misma línea que fue tema de debate en el seno del grupo, Mariano observa que «el otro día alguien subió un pedazo de “Megadeth” y todos los comentarios eran positivos. No puede ser. Necesitamos a alguien que nos odie. Eso te hace subir las visualizaciones». Tal vez, el castigo por ser demasiado queridos.

Hacia adelante se vienen más conciertos en vivo, eventos y la grabación de algunos temas nuevos. Y por estos días siguen escuchando rock, cumbia, cuarteto y chamamé, como antes, como probablemente mañana. «Las bandas que nombramos en “Acedecé” son de las que nos gustan de verdad», reconoce Mariano. ¿Y cómo sigue todo, entonces? «Y, bueno, es muy difícil hacer un hit. Con “Megadeth” se nos alinearon los planetas», corona Mariano.

«A esta altura, nos mantiene en pie la amistad», cierra Santiago mirando a Mariano con esos alargados ojos que no mienten, mostrando sus fauces en una sonrisa pícara que corona con otro besito al vaso de cerveza. Aquí no hay máscaras, ni maquillajes, ni kimonos, ni disfraces, ni espadas samuráis, ni nada de nada: apenas el fulgor adolescente de jóvenes viejos de 40 y 50 y pico. Porque, a fin de cuentas, los chicos sólo quieren divertirse. Tampoco hay mucho más por qué preocuparse. La vida se digita con esos compases.

Hernán Panessi es periodista especializado en cultura popular. Nació en Lanús en 1986 y escribe a diario desde una cafetería del Centro de Buenos Aires. Publicó cuatro libros y un fanzine. Tiene un canal de YouTube. Además, es parte del staff del suplemento NO de Página|12 y desde hace más de una década colabora para la diaria y Lento.

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesó este artículo?
Suscribite y recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Suscribite
¿Te interesó este artículo?
Recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura