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El gótico y sus derivas: ensayos de Mariana Enriquez

Conversación con la oscuridad es una serie de reflexiones sobre el terror como género y como metáfora de lo latinoamericano.

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La cúpula de la fábrica textil Campomar en Valentín Alsina, la ciudad donde se crio Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973), atraviesa de diversas formas el paisaje del reciente libro Conversación con la oscuridad, un ensayo dividido en cinco vértebras sobre la escritura del miedo. Fundada a finales del siglo XIX, la fábrica cerró de forma definitiva en 1972 y sus 60.000 metros cuadrados se encuentran abandonados, a excepción del espacio que ocupa la escuela de enseñanza media 9. Fue resguardada en 2012 como posible centro clandestino de detención durante la última dictadura militar y, aunque la Justicia impide cualquier tipo de demolición o de innovación en el lugar, aún no ha sido declarada oficialmente sitio de memoria. La cúpula de la fábrica se parece a la tapa de una bombonera, por lo que muchos en la zona la conocen como “la bombonería”, entre ellos la propia Mariana Enriquez en su cuento “Cementerio de heladeras”, incluido en Un lugar soleado para gente sombría (2024).

La imagen de la fábrica Campomar le sirve a Enriquez no solo como espacio de ficción y punto de reflexión sobre las múltiples conexiones de los lugares y el pasado reciente, sino como ejemplo cercano y palpable de lo que es el gótico, tema neurálgico de su ensayo, que descompone en múltiples derivas. Si, tal como determina al inicio de la primera vértebra del texto –“Espacios e intersticios”–, el gótico se aplicó por primera vez en la ficción con la novela El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, “no podemos hablar del gótico como si fuera una estética fija, casi museística, ligada necesariamente a castillos, abadías, pasillos de piedra y tormentas europeas, porque esa imagen resulta ajena desde lo cultural y lo emocional, en especial para los lectores hispanoparlantes”.

Para desmenuzar el gótico en particular y, a partir de él, su propio trabajo como escritora en el género del terror, Enriquez emprende un viaje erudito y ameno, basado en su experiencia como lectora (y espectadora de películas y de series) y en su labor como autora de ficción. El ensayo permite reconocer las claves de su propia poética (sus temas y personajes, las determinaciones que la acercaron a ciertos fenómenos, su tratamiento de los mitos populares, sus particulares zonas de interés de la historia de Argentina, etcétera), pero también invita a reflexionar sobre cómo funciona el prodigioso mecanismo de la memoria.

En el entramado de temas abordados por Enriquez en Conversación con la oscuridad conviven sus intuiciones como lectora con una serie de marcas establecidas por el canon del género, pero el tono es siempre inquisidor y disruptivo, pródigo en nombres propios, obras y referencias múltiples: desde El obsceno pájaro de la noche (1970), de José Donoso, hasta la prescindencia de los mitos locales de Misiones en la escritura de Horacio Quiroga; desde la suerte que corrieron los despojos del general Juan Lavalle hasta la conformación del personaje de Juan Moreira; desde la estructura de las películas slasher hasta las andanzas del serial killer bonaerense Cayetano Santos Godino (protagonista del cuento “Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo”, incluido en Las cosas que perdimos en el fuego, de 2016); desde el trabajo inaugural sobre el tema del monstruo en Mary Shelley hasta los milagros del Gauchito Gil y San La Muerte; y desde la noción de loop (ese bucle temporal en el que un personaje revive el mismo suceso una y otra vez) hasta la Reina del Vudú Marie Laveau y su impronta que fusiona el pasado con el presente en la ciudad de Nueva Orleans.

En la quinta vértebra del ensayo, “La fractura expuesta del trauma”, Enriquez explicita algo que venía sobrevolando de diversas formas las vértebras anteriores: la cuestión política del género. De pronto, la memoria personal se cruza con los estragos de la última dictadura (los pasajes dedicados a la ESMA y a otros sitios de detención y tortura son especialmente estremecedores) y la realidad se impone en su forma más descarnada: “Siempre me preguntan por qué me gusta el terror. La respuesta lleva un rodeo que no en todas las ocasiones tengo la paciencia de completar del todo: porque el terror me parece un género formidable para hablar de otras cuestiones. Del poder del cuerpo, de la vulnerabilidad, de casi todo. Sin embargo, también hay una respuesta más corta y más honesta: porque la realidad latinoamericana, y la de Argentina en particular, tiene la estructura del terror. No como metáfora. Como descripción”.

El cuerpo de notas de Conversación con la oscuridad, que supongo que fue redactado por la prologuista Inti Soledad Bustos, es tan extenso y preciso como erudito, ocupando 60 páginas del volumen en un tamaño de letra milimétrico (en futuras reediciones podrían ubicarse a pie de página). Al cierre del texto, entre la sección de las notas y el siempre valioso índice onomástico, se incluye una serie de 14 fotografías tomadas por la autora y que ofician de concreta puesta en imágenes de varios de los asuntos tratados. Allí puede verse la antigua cárcel de Port Arthur en Tasmania, el santuario de la Difunta Correa en Vallecito (provincia de San Juan), la tumba del fundador y sistematizador del espiritismo Allan Kardec en el cementerio del Père-Lachaise, una casa abandonada en la isla Martín García y una solitaria calavera en el piso del cementerio Presbítero Matías Maestro en Lima. La cúpula de la fábrica Campomar no desentonaría en esa espectral galería.

Conversación con la oscuridad. Teorías, intuiciones y escritura del miedo, de Mariana Enriquez. 272 páginas. Páginas de Espuma, 2026.

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