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Libros Reseñas
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Una historia condensada: La bailarina, de Patrick Modiano

El nobel de literatura 2014 vuelve a exhibir su dominio sobre el punto de vista y la forma breve.

El poeta entrerriano Juan L Ortiz contó alguna vez que, durante su juventud, para ganarse la vida, se había dedicado un tiempo al oficio de miniaturista, pintando paisajes en cabezas de alfiler y en otras superficies igual de reducidas con la ayuda de una lupa. Hay algo en ese acto creativo que exige, además de la necesaria concentración y una buena vista (o unas potentes gafas, en todo caso), un dominio total del universo representado, pues la reducción del espacio para plasmar la obra obliga a limar y a condensar, estableciendo desde el arranque una visión total del conjunto que luego no podrá modificarse. Esa noción espacial para desplegar una obra artística se encuentra en la base del propio gesto creador y determina, más allá de la estética, la corriente o el estilo en el que se inscribe, un elemento de juicio para el espectador. Así, hay canciones que nos parecen largas (no solo en el prog rock), películas de dos horas y media que podrían acabarse una hora antes, y novelas que una vez terminadas nos llevan a afirmar “¡qué buen relato podrían haber hecho con esto!”.

Lo anterior viene a cuento de La bailarina, última novela del escritor francés Patrick Modiano, premio nobel de literatura 2014, que acaba de desembarcar en librerías locales. Autor prolífico y profusamente editado en nuestro idioma por el sello Anagrama, Modiano es un artista de la condensación: exceptuando las novelas Calle de las Tiendas Oscuras (240 páginas) y el tomo autobiográfico Libro de familia (204 páginas), ningún otro de sus libros alcanza las 200 páginas, incluso, como ocurre con algunos de ellos, valiéndose de un buen tamaño de fuente y generosos espacios en blanco. La bailarina es uno de los libros más breves del autor, elemento que se convierte en uno de sus puntos más altos.

Si uno fuera novelista, lo primero que imaginaría al momento de leer La bailarina es la suma de procedimientos de la que se valió el autor para condensar la historia que cuenta sin volver al libro un esbozo o una suma de bocetos. La ciudad es París, el tiempo es el presente (aunque hay varios saltos hacia atrás) y el narrador en primera persona no tiene nombre (dato que no importa mucho). La historia fluye a través de ese narrador que protagoniza largos pasajes de la trama y que, al desdoblarse para contar en tercera persona las peripecias de otros personajes (especialmente los de la bailarina también innominada del título), adquiere una omnipresencia problemática.

Este último adjetivo no constituye un demérito, sino todo lo contrario: Modiano trabaja con sutileza y envidiable pericia el punto de vista, hace que la historia avance y vuelva sobre sus páginas, convierte la Ciudad Luz (especialmente algunos barrios y un puñado de calles) en una de las protagonistas de la novela y sustenta todo el entramado en la mediación del recuerdo (la evocación de un momento se confunde con algo oído a medias; una cara conocida vista de sopetón en la calle dispara la rememoración; las conversaciones entre unos pocos personajes vuelven sobre los mismos temas, etcétera).

En el centro de la novela están la bailarina y su hijo Pierre (llegados a París desde las afueras y asimilados por la ciudad), y a su alrededor gravitan otros personajes por momentos concretos y de a ratos fantasmales, encabezados por el misterioso Serge Verzini, cuyo encuentro casual con el narrador en la calle propicia y dispara la historia de La bailarina.

Entre las subtramas que se desprenden de la historia condensada de la novela se encuentra el vínculo del narrador –un joven con ínfulas de escritor– y el legendario editor Maurice Girodias (1919-1990), fundador de la editorial Olympia Press, cuyo catálogo se alimentó de libros prohibidos en Inglaterra y Estados Unidos (fue el primer editor de Lolita, de Vladimir Nabokov, con quien se enredó en un aparatoso litigio por derechos y liquidaciones de regalías) y que dio a imprenta obras de autores tan variados como William Burroughs, Georges Bataille, Samuel Beckett, Alexander Trocchi y JP Donleavy. En un momento de La bailarina, Girodias contrata al protagonista para que adense –esto es, le sume páginas– el cuento largo “The Glass is Falling”, de Francis La Mure. Curiosamente, o no tanto, el narrador de la novela termina llevando a la práctica el procedimiento inverso a la condensación de la que se habló antes, hinchando una historia para que tenga más páginas y pueda incrustarse mejor en las disposiciones del mercado editorial.

Finalmente, quisiera apuntar un dato de carácter más sociológico o demográfico, antes que literario, que Modiano introduce como reflexión en la voz de su protagonista: el avance del turismo en las grandes ciudades, con especial atención a París, que parece despojada de sus marcas distintivas para convertirse en una gran urbe inidentificable. “Los transeúntes iban andando en grupos de unas diez personas, tirando de maletas con ruedas, y la mayoría con mochila. ¿De dónde venían esos cientos de miles de turistas de los que uno se preguntaba si no serían ya los únicos que iban a poblar a partir de ahora las calles de París?”, comenta el protagonista en las primeras páginas, aunque la preocupación lo acompañará durante toda la novela. En ese contexto, adquieren especial relevancia algunos espacios notorios de la ciudad, tales como la estación de trenes Gare du Nord y el Boulevard des Batignolles, que, al encontrarse íntimamente atados al pasado de los personajes, no logran perder ante la contaminación que establece el turismo masivo.

Novela de engañosa fácil lectura (la brevedad no es aquí sinónimo de levedad), La bailarina es otra muestra del arte prodigioso de Patrick Modiano, un autor que libro tras libro demuestra que, en ocasiones, la Academia Sueca da en el clavo.

La bailarina, de Patrick Modiano. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. 112 páginas. Anagrama, 2026.