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Ilustración: Ramiro Alonso

Levrero desde sus obsesiones: se edita en Uruguay Un hombre entre paréntesis

La aproximación biográfica del escritor argentino Mauro Libertella recoge testimonios y opiniones críticas sobre el autor de La novela luminosa

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Cuanto más reservado, más atrayente. Por lo menos es así en los casos de Juan Carlos Onetti y Mario Levrero, escritores reacios a exponer asuntos privados que generaron una gran curiosidad en torno a sus circunstancias íntimas, traducida en entrevistas de personalidad, ensayos crítico-biográficos y semblanzas varias. La pareja puede parecer caprichosa, pero se trata de dos autores uruguayos de gran éxito al difundir entre generaciones más jóvenes su idea de lo que debería ser un creador entregado a la escritura, en una especie de magisterio ético y estético que tuvo adhesiones y rechazos fuertes.

A Levrero –no es extraño– le “costaba” leer a Onetti. Es una de las cosas de las que uno puede enterarse en Un hombre entre paréntesis: retrato de Mario Levrero, que el escritor argentino Mauro Libertella publicó en 2019 en la colección Vidas ajenas, que dirige Leila Guerriero para la editorial de la Universidad Diego Portal (UDP), de Chile. Ahora, el libro aparece por primera vez en Uruguay, en un lanzamiento del sello Estuario.

No es la primera aproximación biográfica a Levrero, ni será la última. Libertella, entre otras muchas fuentes, cita varios tramos de Mario Levrero para armar: Jorge Varlotta y el libertinaje imaginativo, del español Jesús Montoya, que publicó la desaparecida editorial Trilce en 2013. Por otro lado, está en marcha un ambicioso proyecto del historiador Gonzalo Leitón, especialista en la obra de Levrero que trabaja sobre su archivo, ahora disperso entre la Universidad de Notre Dame, de Estados Unidos, y la Universidad de Rosario, de Argentina, pero del que quedaron reproducciones digitales en la Sección de Archivo y Documentación del Instituto de Letras de la Facultad de Humanidades (Udelar).

Breve, ágil, el libro de Libertella se centra en los desplazamientos geográficos, afectivos y atencionales de Levrero. Abundan los testimonios; los de la escritora y alumna Fernanda Trías, el amigo bonaerense Eduardo Abel Giménez y los editores Gabriel Sosa y Marcial Souto son de los más llamativos. Muchos de los capítulos apuntan a los conocidos entusiasmos y fijaciones de Mario Levrero/Jorge Varlotta –lo paranormal y lo onírico, la beca Guggenheim, las novelas policiales (nueva conexión Onetti), las muchachas (otra más)–, pero también hay hallazgos exploratorios, como los veloces tramos sobre su relación con la política. Así, nos enteramos de un supuesto paso por la UJC y de que, durante su escapada parisina, se convierte en otro destinatario de la advertencia “decile a Mario que no vuelva”, pero la desoye y retorna al Uruguay predictatorial; varios tramos de Un hombre entre paréntesis contienen aportes laterales a la historia cultural soterrada de los primeros años 1980.

Libertella estará conversando sobre su obra el 13 de noviembre en dos actividades de la Noche de las Librerías. En los aprontes de esa visita a Montevideo, dialogamos acerca de este libro, que toma su nombre de un pasaje de El discurso vacío: “Yo sería un hombre después del primer paréntesis preguntándose por el segundo”.

Antes de este libro habías publicado, además de tu propia ficción, El estilo de los otros, de diálogos con otros escritores, y luego tu trabajo sobre Ricardo Piglia. ¿Qué puntos de contacto y qué divergencias hay entre estos tres libros?

Mi trabajo literario se fue dividiendo, por decirlo de alguna manera, entre las novelas o los libros más narrativos y estos otros textos, a los que llamo ensayísticos a falta de una mejor definición. Por supuesto que la división tampoco es tan rotunda, porque las novelas tienen su dotación de ensayo y los ensayos tienden a ser bastante narrativos, pero, en fin. Entre los tres libros que mencionás, creo que hay algunos puntos de contacto: la obsesión por algunos escritores, el cruce entre vida y obra, la pesquisa por qué es un estilo y cuál es la lengua de un escritor.

El libro sobre Levrero fue el primero que hice en este género medio biográfico, medio retratístico, pero supongo que las entrevistas, sobre todo las más largas, aspiraban, con las limitaciones de una conversación, a relevar algo sobre una persona, cómo es, por qué hizo lo que hizo. El libro sobre Piglia se montó sobre esa experiencia previa, y fue un libro donde, además del recorrido de Piglia, o a través de Piglia, va entrando toda una época de la literatura argentina, diría que 50 años de literatura argentina, porque Piglia, a diferencia de Levrero, buscó siempre ocupar el centro de la tradición, del debate, de la conversación de su época.

Me dijiste que Un hombre entre paréntesis no es exactamente una biografía. ¿Cómo lo definirías?

En la edición original que hicimos con Leila Guerriero para la UDP de Chile le pusimos “retrato”, que es una palabra muy linda y bastante amplia. Un retrato es como una biografía, pero no busca el efecto totalizador que tienen siempre las biografías, no quiere dar cuenta de todos los acontecimientos que la constituyeron, es más como una mirada biográfica sobre una persona, una mirada que decide poner el foco sobre algunos aspectos y no sobre otros, que arma un recorrido un poco más antojadizo o caprichoso y que trata de desentrañar el misterio de cómo era alguien. Para escribir una biografía, además, creo que hay que acceder a otros materiales, por ejemplo, a la correspondencia completa; es un trabajo titánico que respeto y admiro y en el que no sé si me animaría a meterme. El retrato o el perfil abreva por supuesto de la biografía, es su hermana menor, pero toma cosas también de la crónica, de la novela, del ensayo literario, de la crítica; es un género súper mestizo, medio alocado a su modo, es un género que se inventa a medida que se escribe y eso me encanta.

El libro oscila entre lo temático y lo cronológico. ¿Cómo te decidiste por esa estructura?

Hubo una primera instancia de este libro que fue el de la investigación, que también tuvo sus propias etapas internas. Antes de pasar a la entrevista con las personas que lo conocieron o lo leyeron, leí todo lo que encontré, que no era mucho, que fuera más o menos biográfico o testimonial, además de sus libros. Y, a medida que leía, fui anotando en un cuaderno algunos nudos de sentido que aparecían acá y allá y tendía a estructurar una vida: las fobias, dos o tres ciudades, las mujeres, el humor, las novelas policiales, el dinero, los sueños, etcétera. Veía que eran estribillos que reaparecían en testimonios de amigos, de familia. Y entonces fui haciendo una lista de esos nudos y me di cuenta, un poco por diseño y un poco por azar, que ya tenía una estructura para el libro, y que podía contar la vida de Levrero alrededor de obsesiones o problemas y no tanto de manera cronológica. Sin embargo, corría el riesgo de que, si no ponía algunos hechos antes que otros, no se entendiera nada. Así que terminé armando un simulacro de linealidad con varios saltos en el tiempo que impulsaban su historia con esas obsesiones.

Mauro Libertella.

Foto: Alejandra López, difusión

Recurriste a mucha documentación y a libros y entrevistas anteriores. ¿Qué podés comentar sobre el libro de Montoya y otros que consultaste? Hay también un documental de Leonel Livchits que, por lo que entiendo, sigue inédito, que citás bastante.

No encontré demasiado material biográfico sobre Levrero cuando me puse a trabajar. Había algunas notas de amigos en diarios y revistas, semblanzas con motivo de un aniversario, y el libro de Montoya, que tiene una parte biográfica y otra ensayística de carácter más académico, y que es una primera aproximación, digamos.

Y fue providencial el hallazgo de un material muy extraño que apareció en un blog. Era de alguien que había tenido la intención de hacer un documental sobre Levrero y el proyecto había quedado trunco, pero llegó a hacer varias entrevistas y las desgrabó y las colgó en esa página web improbable. Son textos muy crudos, llenos de digresiones, sin edición, donde desgraba hasta las onomatopeyas. Fue encontrar un tesoro enterrado, porque además muchos de los entrevistados hablaban sobre todo del Levrero íntimo, doméstico, de entrecasa. Fue un poco el material sobre el que me apoyé para empezar a tomar vuelo propio.

Tuviste entrevistas con los dos hijos de Levrero, Carla y Nicolás, y con el cineasta Juan Ignacio Fernández, el hijo de su pareja Alicia Hoppe. Su hija es una persona de bajo perfil, por lo que entiendo.

Sí, hablé con Juan Ignacio, que es el hijo de Alicia, con Nicolás Varlotta y con la hija. Las tres fueron experiencias muy propias y muy interesantes. Es cierto que la hija tiene un perfil más bajo o más secreto. Vive en Piriápolis, y me fui hasta allá para hablar con ella. Fue una tarde tórrida de verano. Hablamos durante varias horas y tuvo algo muy puro, porque es una persona que no está tan acostumbrada a hablar del padre frente a un grabador, y eso siempre produce algo real. Me acuerdo de que me dijo que nunca pudo leer La novela luminosa porque todavía le duele escuchar la voz tan nítida de su padre, como aparece en ese diario. Levrero tuvo una relación con los hijos que no fue ideal, si es que existen los vínculos ideales. Tenía un poco esa tesis de que los hijos se crían solos. No fue su máxima prioridad, digamos.

Me resultaron novedosos los roles de Tola Invernizzi en el estímulo a las primeras producciones de Levrero –habría sido el motor detrás de La ciudad– y también de Fogwill, tanto en su encuentro con él en la década de 1980 como por su participación en el trabajo de publicación de la obra de Levrero tras su muerte.

Sí, siempre son muy atractivas esas figuras que funcionan un poco como maestros, un poco como ángeles de la guarda, un poco como impulsores de una obra literaria. Tola fue el tipo que le dice “escribí, vos escribí, después vas viendo, pero escribí”. Se lo dice además en un momento muy vulnerable y muy formativo para el escritor, que es cuando está dando los primeros pasos y entonces no sabe muy bien quién es. Esas figuras son importantísimas en ese momento de la vida.

Lo de Fogwill es un poco posterior y el encuentro entre ellos es muy breve. Levrero estaba en Buenos Aires, en un restaurante, y Fogwill se le acerca para decirle que admira su trabajo. Fue un momento determinante porque Levrero se topa ahí con la mirada de alguien de afuera, alguien que no es de su círculo íntimo, alguien que no conoce personalmente y que además es un escritor y que además es de otro país y que le dice que su trabajo es leído y es admirado. Es una validación, sin duda, y eso levanta el ánimo para seguir haciendo eso tan solitario y tan poco redituable como es escribir. Casi podríamos decir que escribimos para encontrar un lector, y Levrero ese día lo encontró, aunque ya tenía otros, obviamente. Fogwill era un tipo complejo, difícil para el trato, podía ser muy malvado, pero también era muy generoso, y era un gran difusor de las cosas que le gustaban.

También abordás sus dos meses de estadía en París. Se me antojó parecida a la de Felisberto Hernández, que fue más larga pero igualmente desligada de actividades vinculadas al arte, a primera vista.

Sí, es una cosa rarísima para su recorrido, sobre todo para un tipo que prácticamente no salió de Uruguay más que para cruzar el charco a Buenos Aires. Era toda una epopeya para él, que vivía jaqueado por fobias y manías que le hacían bastante trabajosa la vida cotidiana. El texto que escribió sobre esa experiencia, Burdeos, 1972, es una delicia y es también un libro que abre su veta diarística, que es la que a mí más me gusta.

Entiendo que partís del supuesto de que la vida de un autor contribuye a explicar su obra. Vos hacés dos o tres interpretaciones sobre esa correspondencia a lo largo del libro.

Sí, no sé si la vida explica completamente la obra, pero me resulta imposible, o poco estimulante, en todo caso, leer la obra deslindada de la vida, como pretendían algunas escuelas formalistas duras del siglo XX. Como lector, tengo una predilección por las biografías, las memorias, los testimonios, los diarios, las cartas, los papeles personales y todos esos lugares donde vida y obra se anudan hasta volverse inseparables. Pero tampoco creo que haya una correspondencia directa entre una cosa y la otra. De hecho, cuando escribí el libro sobre Ricardo Piglia, ese fue un gran problema, en la medida en que sus diarios fueron profundamente modificados por él para dar una imagen de sí mismo que no era exactamente la del tipo que había sido, y entonces tenía que transitar esa intersección entre vida y obra con mucha cautela. Con Levrero es distinto, porque su producción más autobiográfica es mucho más directa, más cruda, tiene una honestidad aplastante. Por eso me gusta tanto.

En ese sentido, me interesó también que te ocupás de tres asuntos ligados a la carrera de Levrero. Por un lado, su compleja relación con el mundo editorial. Por otro, su relación con algunos lectores y críticos. Y por otro, el de su impacto como referente, tanto para colegas como Felipe Polleri y Pablo Casacuberta como para quienes fueron sus talleristas.

El vínculo de Levrero con el mundo editorial es muy interesante porque él empezó a ganar lectores y a hacerse más conocido en el momento en el que el campo editorial se profesionalizaba; los escritores empezaban a tener agentes, tallaban los premios literarios fuertes, las residencias, los festivales, etcétera. Y Levrero estableció una relación de resistencia, medio contracultural, casi artesanal, pero no sé si fue algo deliberado o si fue una consecuencia de un temperamento que a veces se saboteaba a sí mismo. No tengo la respuesta; queda planteada la pregunta en el libro, me parece. Hay algo muy atractivo en el escritor que no “transa” con el mercado, digamos, pero también puede haber algo un poco ingenuo o un poco autodestructivo en la posición que adoptó frente a las editoriales. En todo caso, su obra se ordenó y se empezó a leer en varios países y a reimprimir y a traducir cuando él murió.

Es cierto que en sus últimos años Levrero se convirtió en una referencia total para un grupo grande de autores de su generación, pero sobre todo más jóvenes. Sus talleres contribuyeron a armar ese lazo, ahí se produjo ese trasvasamiento. Levrero era muy generoso, los leía, les decía algo a cada uno, tenía siempre una palabra, un consejo. Cuando hablaba con alguien, se entregaba a fondo a ese vínculo, sin especular. A muchos les recomendaba que dejaran su trabajo y se dedicaran a escribir, algo que es muy difícil. Polleri le hizo caso. Uno de mis momentos preferidos del libro es cuando Polleri me dijo una frase que siempre me vuelve, nunca la pude olvidar: “Él era nuestro ejemplo. Un tipo que se dedica, con todos los sacrificios del caso, a escribir, al arte y a nada más en el mundo. Eso es profundamente inspirador. Es importante que en tu época haya al menos una de esas personas circulando”.

Hablaste también con dos escritores-críticos, Martín Kohan y Alan Pauls. ¿Por qué te interesaban sus puntos de vista? Kohan, por ejemplo, distancia a Levrero de Roberto Bolaño, que parecía ser tu inquietud al consultarlo.

Siempre me interesa lo que dicen (y los tenía cerca). Son dos escritores-críticos, que es una figura de gran tradición en el Río de la Plata, y que ellos encarnan de una manera que me resulta muy productiva. Además, los sabía levrerianos, y desde enfoques distintos: Pauls me habló mucho de La novela luminosa, y a Kohan le interesan más otras zonas de Levrero.

El vínculo Levrero-Bolaño como dos caras de una moneda de escritores que fueron importantes para el cambio de siglo y permearon con fuerza en las generaciones que vinieron después era una “tesis” que yo venía rumiando y la sometí a la mirada de rayos X de Kohan para que la iluminara.

¿Qué tendrías que revisar hoy si hicieras una edición actualizada del libro?

Es una edición corregida. Cuando salió, algunos lectores, sobre todo cercanos a Levrero, me marcaron algunas inexactitudes, imperfecciones, errores. Y los fui anotando todos en un cuadernito. También se publicó una reseña extraordinaria de Elvio Gandolfo en la Revista Ñ donde también puntualizaba una serie de errores (cómo se necesita la crítica literaria para elevar la vara). Amigos también me marcaron erratas. Con todo eso anotado, cuando hablamos con HUM/Estuario para hacer esta edición, desempolvé el cuaderno y corregimos todo el libro, de modo que esta es una versión “definitiva”, diría. Más allá de todo eso que enmendamos, no le agregaría material nuevo, porque sería abrir de nuevo la caja negra de Levrero, y me puedo perder para siempre.

Un hombre entre paréntesis: retrato de Mario Levrero, de Mauro Libertella. 178 páginas. Estuario, 2026.

Libertella en La Noche de las Librerías. Viernes 13 de noviembre a las 19.30 con Nicolás Tabárez en Feltrinelli y a las 22.00 con Gabriel Peveroni en Cultural Alfabeta.

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