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Primeros abismos de Labatut: La Antártica empieza aquí

Tras su impacto internacional, reeditan los cuentos debut del escritor chileno.

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Cuando la noticia saltó en la redacción, nadie entendía muy bien de dónde salía el nombre. Un poeta de 64 años, con apenas cuatro libros finitos publicados y un silencio de décadas, aparecía de la nada en la lista de candidatos al Premio Nacional de Literatura. Karol Vasek era un fantasma para el circuito capitalino, pero para un periodista joven, acorralado por la amenaza del despido, se convirtió de golpe en la posible salvación. Había que armar una nota larga, aunque rodara alguna cabeza: había que reconstruir el mito a los ponchazos y salir a buscar las huellas de un tipo que parecía haberse borrado del mapa. El poeta perdido resultó ser un exintegrante del ejército chileno que, de la noche a la mañana, colapsó, abandonó la escuela militar y luego juntó a un montón de soldados para llevarlos a una misión imposible.

Ese es el punto de partida de “La Antártica empieza aquí”, el relato que abre y da nombre al primer libro del chileno Benjamín Labatut, recientemente reeditado por Anagrama a la sombra del impacto global de Un verdor terrible y MANIAC. El autor dijo recientemente en una entrevista para La Nación que lo reescribió por completo, metiéndole desde la perspectiva del escritor que es hoy. Leer esta historia, entonces, implica mirar al primer Labatut a través del filtro del último; una especie de conversación entre dos escritores que son, en definitiva –aunque él diga que ahora escribe mucho mejor–, el mismo.

Lo cierto es que Labatut leía a Bolaño. En este compendio de cuentos hay un periodista que querría ser escritor y lee hasta abajo de la ducha, a lo Mario Santiago –recuérdese la anécdota de Bolaño: sus libros aparecían misteriosamente mojados hasta que encontró la respuesta al agarrar infraganti a su amigo poeta leyendo mientras se intentaba enjuagar el jabón del cuerpo–. Y este periodista se manda a perseguir las huellas de un poeta elusivo, al mejor estilo Cesárea Tinajero en Los detectives salvajes. Vasek, además, encarna la temática de la poesía fascista emparentada con el futurismo –hay hielos eternos, hombres salvajes, águilas y manadas de lobos–, que calzaría perfecto en el índice de La literatura nazi en América.

La búsqueda arranca en la librería de viejo de Samir Nazal (a quien está dedicado el libro) y sigue en los archivos cubiertos de mugre de la revista Época. Ahí hay un acierto narrativo enorme: Labatut no reproduce los poemas de Vasek, y deja que la sombra del mito trabaje sola, evitando el riesgo de decepcionar a los lectores. Es justamente en esos folios empolvados donde el periodista descubre que la figura de Vasek está atada al fantasma de una expedición militar suicida enviada a cruzar los mares de hielo de la Antártida. Una misión trágica, silenciada y rodeada de sombras. Para entender qué pasó allá abajo y qué papel jugó el poeta, la pesquisa necesita dar con los sobrevivientes. Allí el cuento explota.

El mismo clima de amenaza latente y descomposición de lo cotidiano es el verdadero combustible que mueve al resto del volumen. Para incomodar, Labatut no necesita artificios raros ni escribir como si “boxeara”, como diría Leila Guerriero, sino que le alcanza con empujar a sus personajes un milímetro fuera de su eje. Pasa en “La cura de Ana”, donde una enfermedad de la piel va transformando lentamente el cuerpo de una mujer hasta convertirlo en algo irreconocible (casi como una serpiente), y la frontera entre sanos y enfermos se vuelve un contagio mutuo. En “Deseo” y “Club de campo” el sexo, el masoquismo y la violencia convierten al cuerpo en una suerte de territorio en disputa, un lugar donde el deseo y la crueldad terminan conversando y llegando a puntos en común.

Podemos divisar una aproximación temprana a la matriz del body horror (esa exploración del cuerpo sometido a la mutación o al daño que hoy juega un rol importante en la narrativa latinoamericana y tiene varios mojones en el cine), que en la historia literaria uruguaya tiene un antecedente famoso en “El guardaespaldas”, el cuento con el que Nelson Marra ganó el concurso del semanario Marcha en 1973 (y desencadenó el cierre del semanario y la prisión de los notables jurados), que describe los abusos y torturas perpetrados por un represor.

La Antártica empieza aquí cierra con “Alfredo en cama”, en el que un músico de jazz con oído absoluto predice terremotos mientras se consume postrado, en un delirio que nos devuelve de lleno a Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño, y al monólogo febril del cura Urrutia Lacroix en su lecho de muerte. Al final, la Antártida importa menos como paisaje que como agujero: un lugar donde las explicaciones se van quedando sin aire, la razón empieza a patinar y los personajes yacen ante algo que no pueden nombrar ni controlar. Leído a la distancia, este debut deja ver que buena parte de lo que Labatut haría después ya estaba ahí, todavía en estado bruto, buscando una forma propia de mirar la locura, la violencia y ese lugar incómodo donde la realidad empieza a descomponerse.

La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut. 168 páginas. Anagrama, 2026.

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