Es inevitable, en lo simbólico que habita en Al final de todas las cosas, evocar la presencia de ese inexorable que es la muerte, y lo que tantas veces la antecede: el padecimiento, la enfermedad, el deterioro físico o mental, la simple conciencia de una finitud. Y una enfermedad es, precisamente, la que enfrenta uno de los personajes, quien ha comenzado a evidenciar ciertas conductas extravagantes o erráticas que, claramente, alteran el ecosistema doméstico y constituyen una durísima prueba para su familia.
La peripecia, narrada desde la mirada de uno de los hijos, el más pequeño de tres, que evoca su infancia y adolescencia, es una suerte de pérdida de la inocencia asimilable a la de la bildungsroman o novela de iniciación, aunque definir así este trabajo de Martín Otheguy, su primera novela para público adulto, sería limitarlo porque, en efecto, Al final de todas las cosas puede ser leída de muchas maneras: como un viaje de la memoria a la infancia y adolescencia, una exploración de los lazos familiares, la gestión emocional ante un duro diagnóstico, un manifiesto de amor filial, una lucha contra la adversidad. El epígrafe de Lucia Berlin, en todo caso, instala una amarga pero certera afirmación: “Cuando fallecen los padres [...] ya no queda nadie para protegerte de la muerte”.
Todo comienza con la voz narradora de Manuel, quien evoca su accidentada infancia y su adolescencia solitaria con la impronta sosegada y naif de un chico introvertido y marcado por la excepcionalidad del infortunio. Algunos hechos singulares marcan su vida: sobrevivir a una meningitis, haber perdido a unos hermanos gemelos antes de nacer y, lo más excepcional del conjunto, el ataque de un mismísimo tigre. En la descripción de esos hechos, que impactan en la salud del protagonista o lo rondan, e incluso en las comparaciones del narrador o sus observaciones, se cuela, muchas veces, alguna referencia al mundo de la naturaleza o de las ciencias, una opción que no desmiente la condición de Otheguy como periodista científico. Y una elección, también, en sintonía con una contención de las emociones que, en otras manos, probablemente hubiera caído con facilidad en el desborde emocional ante la tragedia en ciernes.
La cercanía con la sensibilidad infantil-adolescente, en tanto, también delata la condición del autor como escritor de literatura infantil (El mundo sin lunes, El invierno es un lobo que viene del norte, entre otros) y como director de Gigantes, publicación que ya podría considerarse un hito en el azaroso panorama de las publicaciones periódicas para público infantil en nuestro medio.
El comienzo de la novela se anima también a explorar los repliegues de la metaliteratura, exhibiendo o pensando los pilares de su arquitectura. Para ello el narrador evoca a una suerte de amigo imaginario, el Sr. Fiorito, algo así como una “condensación” de todo lo leído hasta entonces por el protagonista, que le asesora sobre cómo estructurar el relato y otras cuestiones teóricas. Esa exhibición de los entretelones o de la hechura del texto se continúa en el espacio reservado a los agradecimientos, donde es posible rastrear las fuentes del autor para construir un relato vinculado al deterioro de la memoria y cómo esa vulnerabilidad impacta en el entorno del paciente.
Si un paratexto cobra singular relevancia en el libro, es el comentario de Edmundo Canalda, señero director de Fin de Siglo fallecido recientemente, contenido en la nota de la editora al final del volumen. Asevera allí lo siguiente: “Creo que Otheguy es uno de los autores más valiosos que tenemos. Esto es lo mejor que he leído en mucho tiempo. Mi novela uruguaya preferida sigue siendo Todo termina aquí de Gustavo Espinosa, pero después de esa, no he leído ninguna mejor que esta”. Es un elogio importante para una novela debutante, y una bella evocación de una hija (la editora) hacia su padre en una novela que destila, precisamente, amor filial.
Al final de todas las cosas, de Martín Otheguy. 248 páginas. Fin de siglo, 2025.