Una vez más, Juan Carlos Mondragón nos pone a prueba con una novela en la que los límites de la verdad y lo imaginario chocan constantemente. La puerta del Dr. Nisman combina un hecho real de la historia argentina reciente con una trama policial de naturaleza puramente literaria, mientras el narrador queda atrapado en un juego de espejos que lo transforma en guionista, y reconoce en la escena del asesinato del fiscal los elementos de un thriller que él mismo podría haber imaginado.

La historia comienza en La Vela, un bar de Colonia del Sacramento. Para el lector habitual de Mondragón, el nombre de este lugar es un guiño de familiaridad, un espacio donde sus personajes buscan refugiarse en sí mismos. Sin embargo, en esta novela, la calma del entorno es solo aparente; el narrador nos advierte desde el inicio que la historia está “repitiéndose idéntica en varios lugares a la vez y según lo estipula el principio fractal que rige la Naturaleza. El autor no propone aquí una reconstrucción histórica del asesinato del fiscal Alberto Nisman, sino una exploración de cómo este suceso puede transformarse en un “virus troyano” que infecta la subjetividad del protagonista.

Pablo, un autor de historietas frustrado, verá cómo su proyecto llamado Planeta furioso deja de ser un mero fracaso editorial para convertirse en una perturbadora anticipación de hechos. En sus encuentros con el Inquisidor Ateo, un funcionario de la Fiscalía General que actúa como mentor y proveedor de datos clasificados, confirmará que los asesinatos que había imaginado para sus viñetas ya forman parte de la memoria colectiva, pero devenidos en crímenes reales: “Sucede que tus historias entre gente atrapada por la violencia, que el editor de la revista aquella nunca consideró tan delirantes, al punto acre de despertar el interés comercial del público lector, se están pareciendo a ciertos casos inusuales, que debemos tratar en el despacho estos últimos meses”.

El tránsito definitivo entre la invención y la crónica policial se materializa a través de la idea del encierro. Mondragón utiliza la figura de una mujer del pasado como el elemento que arrastra al protagonista hacia el misterio de la muerte en la ficción. El narrador se obsesiona con rastrear a esta mujer y experimentar la misma devoción que condenó al arquitecto Fabio Cohen, un hombre cuya vida se convirtió en “un tártaro de este lado de la existencia, llevándolo sin impedimentos a la amnesia total forzada de todas las otras mujeres del planeta”. Es bajo ese influjo persecutorio que el protagonista confiesa: “Quería conocer en carne propia la mujer al origen del Taj Mahal esquizoide del arquitecto Cohen”. Esta figura femenina, descrita en la obra con un olor a tragedia, representa la arquitectura de la obsesión. El “Taj Mahal esquizoide” encarna una construcción de naturaleza opresiva en el plano de la invención, operando como la antesala conceptual del escenario donde transcurre la tragedia central: la torre Le Parc.

Es aquí donde la obra expone la paradoja de la seguridad, representada a través de Puerto Madero y sus torres diseñadas para blindar a sus habitantes del mundo exterior. Sin embargo, ese exceso de vigilancia y control perimetral termina revelándose como un mecanismo trágico. Lejos de prevenir el desenlace del fiscal, la arquitectura del encierro, sumada a la exasperante lentitud de los protocolos –“no se puede hacer más lento”–, facilita el aislamiento absoluto. Esto se reproduce como eco en la propia psiquis del protagonista, cuyo refugio en el bar termina siendo invadido por la paranoia ante la inminencia de una amenaza directa. En el último instante, el narrador observará el tatuaje de una cobra enroscada en el cuello de la camarera, “lista a inyectar su ponzoña mortal al primer polizón de La Vela navegando sin rumbo a la deriva”. Para él, al igual que para las víctimas de su relato, ya no habrá lugar seguro.

Mondragón agudiza esta sensación de encierro con una narrativa que nos somete a la crudeza de un misterio que se perpetúa en la negligencia institucional, sugiriendo que la historia podría haber sido otra si alguien hubiera tenido el entusiasmo de derribar, al menos, una de las tres puertas que protegían al fiscal. De esta manera, su obra presenta una propuesta literaria arriesgada, al tocar una herida abierta de la historia reciente que, sin embargo, desplaza el foco del expediente judicial hacia la mente de un guionista asediado por las resonancias de su propia invención. La puerta del Dr. Nisman se presenta como una constatación literaria incómoda; el reconocimiento de que, a menudo, la peor de las ficciones es aquella que la realidad ya se encargó de ejecutar.

La puerta del Dr. Nisman, de Juan Carlos Mondragón. 316 páginas. Díaz Grey Editores, 2026.