El 15 de marzo de 1977, el escritor quebequense Hubert Aquin se suicidó de un disparo en los jardines del Collège Villa Maria, en la ciudad de Montreal. Sobre el final de la nota de suicidio que le dejó a su pareja, Andrée Yanacopoulo, escribió: “No olvides que siempre supe que elegiría el momento; mi vida ha llegado a su fin. He vivido intensamente, se acabó”. Al momento de su muerte, Aquin, que ya había intentado suicidarse con barbitúricos en 1971, tenía 47 años, pero parecía haber atravesado múltiples existencias, cuyo cómputo en jornadas duplicaba o triplicaba el tiempo efectivamente vivido hasta el momento.
Descendiente de una familia en la que se mixturaba la sangre francocanadiense con la irlandesa, Aquin estudió con los jesuitas y se licenció en Filosofía por la Universidad de Montreal, fue periodista y profesor, guionista radiofónico y cineasta todoterreno (llegó a visitar durante tres días a su admirado Georges Simenon en Francia, sobre quien rodó una película que nunca vio la luz), director editorial, creativo publicitario y fanático de las carreras de autos (hizo todo lo posible para crear el Gran Premio de Montreal), pero, por sobre todas las cosas, se presentaba como revolucionario de profesión, algo que no era una simple baladronada sino una descripción real de su forma de vivir en sociedad. Activista inquieto e incansable por la independencia de Quebec, Aquin integró durante casi toda la década del 60 la llamada Rassemblement pour l’Indépendance Nationale, una agrupación que, en esencia, representó el ala más a la izquierda del Movimiento por la Soberanía de Quebec.
Harto de la palabrería de la dirigencia revolucionaria (a la que él mismo había contribuido con sendos escritos en diarios y revistas, siendo “La fatigue culturelle du Canada français”, aparecido en 1962 en las páginas de la revista Liberté, su texto más conocido en la materia), el 19 de junio de 1964 Aquin anunció en una carta pública que se convertiría en comandante de la Organización Especial y que pasaría a la acción. Menos de un mes después, un policía de civil lo detuvo en el estacionamiento del Oratoire Saint-Joseph-du-Mont-Royal, en Montreal, a bordo de un auto robado y con un revólver escondido entre las ropas. Tras ser interrogado varias veces durante el proceso, en el que no dejaron de sumarse cargos, terminó siendo confinado durante dos meses en el pabellón de máxima seguridad del hospital psiquiátrico Albert-Prévost.
Fue en ese sitio, entre cuatro paredes, vigilado y con una heteróclita compañía proveniente de las demás alas y pabellones, donde Hubert Aquin comenzó a escribir su primera novela, Próximo episodio, que casualmente narra la historia de un revolucionario encerrado en un psiquiátrico.
Para un revolucionario, la ficción puede ser un arma y al mismo tiempo una estrategia, pues sin el recurso de la imaginación, que permite construir posibilidades (remotas muchas veces, irrealizables otras), la acción se empantanaría y nunca abandonaría el plano de las ideas. Eso lo entendió muy bien el prisionero Hebert Aquin, que desde su celda vigilada elaboró a partir de su propia experiencia una historia rocambolesca, con elementos propios del folletín y de las novelas de espionaje, trasladando la acción desde Quebec a Suiza y dándole voz a una primera persona por momentos delirante y por otros muy lúcida, que arremete contra las convenciones de la lucha armada, la política, la familia y otras instituciones, con un fraseo entre sardónico e hiperobjetivo que se convierte en su mayor rango distintivo.
Vaya a modo de ejemplo este pasaje: “Respiro con pulmones de acero. Lo que me viene de afuera está filtrado, cortado con oxígeno y vacío, de modo que con este régimen se acrecienta mi fragilidad. Me someten a una pericia psiquiátrica antes de llevarme a juicio. Pero sé que esa misma pericia contiene un postulado tácito que confiere su legitimidad al régimen que combato y una connotación patológica a mi empresa. La psiquiatría es la ciencia del desequilibrio individual enmarcado en una sociedad impecable. Enaltece al conformista, al que se integra y no al que se resiste; glorifica todos los comportamientos de obediencia civil y de aceptación. No solo combato la soledad acá, sino también el encarcelamiento clínico que pone en duda la validez revolucionaria”. Que tanto el narrador de la historia como el autor de la novela se expresen desde un hospital psiquiátrico vuelve al pasaje citado, y al organismo léxico que lo integra, una finísima ironía.
Escrita en francés y originalmente publicada en Quebec en 1965, Próximo episodio se convirtió en un éxito de crítica y público, algo que se repitió con la traducción al inglés realizada en Toronto dos años después. Inexplicablemente, o quizás no tanto, el mercado editorial en español, que traduce y regurgita semana tras semana, mes tras mes, un torrente de novedades insustanciales, nunca hasta ahora se había interesado por la obra de Hubert Aquin. Ha sido la joven editorial local Forastera la primera en verter a nuestro idioma la obra más conocida del autor quebequense. La traducción estuvo a cargo de la argentina Melina Blostein (traductora de Louis Althusser y Alejandro Jodorowsky, entre otros), que prolongando una decisión ya presente en otros títulos de la editorial (verbigracia Auē, la primera novela de la neozelandesa Becky Manawatu, en traducción de Rosario Lázaro Igoa, y Taormina, del escritor francés Yves Ravey, en traducción de Lil Sclavo) opta por el empleo del “vos” (y sus variantes) antes que el de “tú”, estableciendo así una marca idiomática que, lejos de convertirse en un exotismo, le otorga un plus a un libro más que interesante.
Próximo episodio, de Hubert Aquin. Traducción de Melina Blostein. 160 páginas. Forastera, 2025.